Imagen 1. Anónimo: General Zacarías Taylor en el campamento, grabado coloreado, s/f, (US. National Park Service, Brownsville Texas. The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Liary. «Zachary Taylor [signature] at the period of his commanding in Mexico. «New York Public Library Digital Collections 5111194).

Zacarías Taylor en Corpus Christi
Durante los nueve meses que precedieron a la guerra con México, mientras la administración del presidente Polk hacía los esfuerzos finales para concretar sus ambiciones de expansión territorial por vía diplomática, el general brigadier Zacarías Taylor estableció la base desde la cual realizaría la invasión a México.
El 15 de agosto de 1845, Taylor reportaba sus actividades al presidente Polk:
Después de un cuidadoso examen hecho personalmente de las bahías de Aransas y de Corpus Christi, me he establecido en este último punto, al oeste del Río Nueces, que es la más favorable para los objetivos que tenemos, y he instalado a las tropas y provisiones de manera tan rápida como nos lo han permitido nuestros transportes. (…)
Estoy muy agradecido (…) de que las tropas estén en mejores condiciones de las que hubiera esperado, tomando en cuenta que han estado expuestas a una muy mala calidad de agua en la costa. (1)
La euforia militarista del General Worth
A pesar de todas las malas pasadas y contratiempos, la moral de muchos de los hombres, aunque sin duda no de todos, era elevada. En una carta escrita el 1 de noviembre de 1845, se expresaba el espíritu guerrero, el hambre por la batalla solo por pelearla, así como por defender al país en una guerra “a la que definitivamente por donde se vea fuimos forzados”. El general brigadier William Jenkins Worth (2) rápidamente llegó a ser una de las figuras más controversiales y luminosas de la guerra. Escribió esta explosiva carta, tras haber estado en servicio en el ejército regular por muchos años, donde contemplaba nuevos horizontes que se abrían ante él. En efecto, estaba documentando del análisis de Tocqueville sobre las aspiraciones guerreras del ejército de una nación democrática y observa:
En los ejércitos democráticos, el deseo de seguir avanzando es casi universal: es ardiente, tenaz, perpetuo; se refuerza con otros deseos, y solamente se apaga cuando se muere. Pero es fácil ver que ese sentimiento de avance debe ser más lento en los ejércitos de las naciones democráticas en tiempos de paz (…)
Lo que nos hace llegar a esta singular conclusión: de todos los ejércitos, los que más febrilmente desean la guerra son los democráticos, y, de todas las naciones, las que más desean la paz son las naciones democráticas; lo que hace este hecho aún más extraordinario es el hecho de que estos efectos contrarios se producen al mismo tiempo por un principio de igualdad. (3)

La revelación de las ambiciones de Worth queda al descubierto en el siguiente texto:
Venir aquí, como hemos venido todos, con presteza y altas aspiraciones además de las naturales esperanzas profesionales, de una vez por todas a participar en una guerra que, por donde le veamos, nos vimos obligados, y cuyos resultados nunca se han puesto en duda en lo que respecta al honor de nuestro país o a la calidad de los elementos a su servicio. Puede imaginarse bien, mientras se entiende la depresión que conlleva, la seguridad de que esto es “todo y el fin de todo” –que todas esas agradables fantasías se evaporarán en el humo-. Gracias a Dios esto no es suficiente para volverse loco, la primera oportunidad en el pasado y, probablemente, la última dentro de 30 años o más en la que el ejército tendrá la oportunidad de actuar más allá de la aventura, y que además exista una conjunción de la posición legal apoyada en la Constitución y el respaldo popular para poder jugar un papel protagónico en la gran puesta en escena de este drama nacional ¡Se debe desplegar rápidamente y con vigor una fuerza sobre el Río Grande!
Se ha logrado reunir con asombrosa fuerza y rapidez desde los más remotos rincones de nuestro vasto dominio, de donde han venido guiados por su valentía. – Tal vez existan dudas que podrían haber sido solucionadas si ambos gobiernos hubieran hablado directamente en lugar de atenerse a años de notas y tratos protocolarios llevados a cabo por los diplomáticos–, pero el tiempo pasa -si no es que se ha agotado ya-. El gran resultado no ha sido ni será alcanzado -como el tiempo y las circunstancias demostrarán, nuestro valiente y viejo general no se siente autorizado para dar ni un paso adelante- ¡Que desgracia que las instrucciones no hayan sido más específicas y de acuerdo al tono y sentimiento del día! ¿Por qué México es tan importante ahora?
La raza anglosajona ha robado tierras desde tiempo inmemorial, así que ¿por qué no debería de hacerlo ahora? Cuando les echan el ojo a otras tierras, lo mejor que se puede hacer es ponerse en acción: en esta instancia, en la que hemos lanzado nuestras águilas sobre las riveras del Río Grande, los mexicanos deberían haberse ido a Washington y solicitado el honor de pagar por firmar los papeles.
Pero bueno, aquí estamos, asimilando nuestro disgusto lo mejor que podemos en medio de todo esto, -500 o 1/8 de la lista de enfermos y se espera que ese número aumente por lo menos al doble en cuanto llegue nuestra gente del norte gracias a la execrable agua, pero ¿qué es eso para nosotros, “los cuales tenemos por meta la muerte”? Mi conclusión es que la democracia norteña se niega a medir el efecto de un (innombrable) objeto específico, habiendo logrado lo que se podría decir así: “Accedimos a anexarnos Texas en tanto que se conserve como era, no como va a ser –estando seguros de eso, díganles a sus tropas que no pasen del Río Nueces-”. Pero el Rubicón ya ha sido pasado, un paso más hacia Roma no aumenta la indignidad, si ninguno de nosotros la ha acometido contra nuestros vecinos – ¡Oh! Qué gloriosa conveniencia-. ¡Todas las circunstancias, conspirando juntas en los asuntos internos de México, hacen que la confusión sea peor! Para muchos de nosotros es la última oportunidad. Antes que otro, estaremos aún lejos de ser alabados – si no es que, por casualidad, aunque es probable, Inglaterra decida apoderarse de esa olla (para usar una frase culinaria) hirviendo, hasta que hayan resuelto sus propios asuntos y quieran usar los puertos mexicanos (…) para echar a perder nuestro sur y al mismo tiempo tener el derecho de vía a California y ¡Colocarse encantadoramente en nuestro flanco de marcha hacia Oregon!
Debo agregar antes de despedirme que nuestras tropas están fuertemente motivadas, y como siempre, dispuestas a hacer su trabajo. Le aseguro que estará orgulloso de ellas. (4)

El avance hacia el Río Grande
El belicista Worth pronto sería complacido. En enero de 1846 aproximadamente la mitad de las tropas estadounidenses estaban en Corpus Christi. (5) Recibieron la orden de avanzar el 8 de marzo y se movieron hacia el Río Grande (o Bravo). El objetivo inmediato de Taylor era Punta Isabel en el Golfo de México, situado como a 240 kilómetros al sur de Corpus Christi (315 km por la ruta que él tomó) y a menos de 16 kilómetros de la desembocadura del Río Grande. Estaba protegido por la Isla del Padre, pero no servía como puerto dada su poca profundidad. Aun así, Punta Isabel y la isla Brazos proveían los mejores puntos para anclar y, durante la guerra, fueron bases de aprovisionamiento para el ejército de Taylor en la campaña del Norte de México. (6)
Después de once días de camino los norteamericanos tuvieron su primer contacto con el ejército mexicano en Arroyo Colorado, encontrándose con la avanzada de Taylor, el cual los amenazó con atacarlos ante cualquier intento de cruzar el río. El general Taylor dio la orden de cruzar a sus tropas el día veinte sin oposición alguna, tomando el convoy de sus provisiones para proseguir la marcha. El 23 de marzo llegaron al camino que iba de Matamoros a Punta Isabel. Ahí se dividieron: Worth con gran parte de la infantería regresó a Matamoros, mientras que Taylor guió los convoyes con las provisiones a Punta Isabel. Una vez que estableció su base ahí, regresó para unirse a Worth.
Enfrentamiento en Matamoros

El 28 de marzo los norteamericanos llegaron al Río Grande y comenzaron la construcción del “Fuerte Texas” (después llamado Fuerte Brown) (7), lo cual les llevó un mes bajo la dirección del capitán Joseph King Fenno Mansfield, jefe de ingenieros (8). Al otro lado del río estaban las tropas mexicanas comandadas por el general Pedro de Ampudia (9).
En una carta, escrita por el teniente John P. Hatch a su hermana, se relatan las actividades y los problemas que vivían:
Hace una semana que llegamos a este lugar, y hemos acampado muy tranquilamente en la rivera del Río Grande. No ha habido quién se nos oponga y probablemente no lo habrá. El general Taylor de seguro va a tomar el pueblo en cuanto se lance el primer disparo, mientras tanto las acciones de ambos ejércitos son muy cómicas, ambos están ocupados en levantar baterías a ambos lados del río tan pegadas que casi podemos conversar entre nosotros pero no se ha disparado ni un solo tiro. Los hombres trabajan sin ninguna intención de llegar a un arreglo. Muchos de los oficiales y de los hombres se bañan en el río. Algunas veces, grupos de cada bando se bañan en diferentes lados del río. Aún no sabemos qué será lo que traman los mexicanos contra nosotros. Muchos piensan que en cuanto reciban tropas nos van a atacar. Actualmente tienen más hombres que nosotros pero están esperando tres mil, pues creen que necesitan pelear en proporción de tres a uno contra nosotros. Desde luego nosotros no aceptaremos menos que eso, pues estamos seguros de que los podremos hacer trizas de una manera tal que jamás se atreverán a mirar a la cara a otro norteamericano. Anteayer colocaron a sus tropas en las baterías que han construido y ahí las tuvieron concentradas. Dos sacerdotes arrojaron agua bendita sobre ellos y las tropas se arrodillaron. Creo que hicieron esto dado que no poseen más que cañones de nueve libras. Los nuestros, de dieciocho libras, llegaron hoy y serán colocados en la batería que fabricamos contra ellos. Intentamos atacar el pueblo a la mínima provocación.
Hoy uno de nuestros hombres que había desertado, regresó y acabo de oír su relato. El general Worth había mandado por él hace unos días, y le dijo que le haría un gran trabajo a su Patria si escogía regresar, pero que se lo dejaba a su libre decisión y que no regresara a menos que de verdad quisiera hacerlo. El desertor dijo que quería ir a Matamoros para espiar a las tropas y saber cuántos eran, ver cómo iba a defenderse, ver cuántas pistolas tenían, y la cantidad de sus provisiones. El general le dijo que tendría la reputación de desertor, y correría el peligro de que le dispararan ya fuera a su salida o a su regreso, además del riesgo de ser colgado como espía. Él dijo que correría los riesgos. Hoy regresó, dijo que tienen 3,500 soldados, 500 son de caballería y son tropas muy preparadas, lo que sobra son buenos para nada, un miserable montón de muertos de hambre. Tienen más o menos 30 piezas de artillería, ninguna más grande que un “nueve libras”, la mayoría de ellas de dos o cuatro; tienen dos morteros. Sus soldados comen una vez al día y es muy poca la comida. (…) Nos dice que no nos atacarán hasta que tengan 7 mil hombres, y que entonces nos harán rendir y no dejarán que ninguno escape. Sin embargo, él cree que cualquiera de nuestros regimientos los podría vencer sin problemas. No creo que jamás puedan juntar 7 mil hombres y, aunque los tuvieran, creo que les da miedo atacarnos. Si se precipitan se van a arrepentir. Ayer tuvimos dos alarmas que nos dieron una muestra de lo ansiosos que están nuestros hombres por entrar en batalla. La primera fue por la tarde, un soldado estaba a punto de desertar y fue descubierto por dos guardias. Ambos estaban a poca distancia de él, uno arriba y otro abajo, le dispararon cerca de 20 tiros y lo mataron. Al escuchar los disparos muchos pensamos que por fin estábamos a punto de pelear. Los hombres dieron tres ¡hurras! Y corrieron por sus equipos, se formaron de inmediato, muy dispuestos a combatir. La otra alarma fue por la noche, un hombre hizo lo mismo y alcanzó igual suerte. No hubo voz de alarma esta vez pero los hombres reaccionaron igual.
6 de abril, ayer por la noche hubo un pequeño encuentro entre nuestros soldados y un barco de soldados mexicanos que pasó a este lado, suponemos que herimos a uno de sus hombres y se retiraron. No hubo alarma en nuestro campamento, pero los mexicanos estaban en guardia, ordenaron a los hombres que se pusieran en guardia pensando que seguramente los íbamos a atacar. Comienzo a creer que cualquier incidente así de pequeño puede desencadenar el fuego en no poco tiempo (…) Tenemos muy pocos oficiales en la tercera brigada, y una gran cantidad de tareas que atender. La fatiga de la guardia y los deberes caen sobre nosotros como sobre cualquier otro regimiento que carece de suficientes oficiales. (10)
El 12 de abril, el general Ampudia demandó que las tropas se retiraran hasta el Nueces y, ante la negativa de Taylor, el clima de guerra se recrudeció. Sin embargo, aunque Taylor seguía creyendo que los mexicanos no harían nada, ordenó el bloqueo de provisiones a Matamoros. Mientras tanto daba tiempo para seguir construyendo el Fuerte Texas y las defensas de Punta Isabel.
El sitio al Fuerte Brown

La suposición de que el general Ampudia no haría nada resultó correcta, pero fue reemplazado por el general Mariano Arista (11), quién era más agresivo. El 24 de abril la caballería mexicana cruzó del otro lado del Río Grande y Taylor envío un pequeño destacamento de dragones contra ellos. El día 25 los americanos fueron rodeados y, después de una breve pelea en la que muchos murieron, se rindieron. Aunque fue una pelea pequeña, y la primera batalla de la guerra.
El 30 de abril los mexicanos volvieron a cruzar el río, esta vez abajo de Matamoros poniendo en peligro el Fuerte y Punta Isabel. Para hacerles frente, Taylor dejo 500 hombres en él y condujo el resto de sus efectivos (cerca de 200 hombres) para resguardar Punta Isabel (12). El 4 de mayo los mexicanos comenzaron a bombardear el Fuerte. El comandante mayor Jacob Brown (13) fue herido de muerte (el Fuerte se llamó Brown en su honor, y la ciudad Brownsville posteriormente) y el mando fue asumido por el Capitán E.S. Hawkins (14).
Una vez concluido el sitio escribió un informe, del cual tomamos los siguientes fragmentos:

Tengo el honor de informar que por la mañana del día 6 del presente, después de tres días de bombardeo, su valiente comandante, el Mayor Brown, fue gravemente herido y murió a las 2:09. De inmediato asumí el mando, y tengo el honor de informar el resultado de los bombardeos que empezaron a las 7:04 de la tarde, al tiempo que el Capitán Walker (15) se retiró, con un reporte del resultado hasta esa hora. A las 9:04 de la noche escuchamos artillería a nuestras espaldas como a unas 300 o 400 yardas de distancia, y aparentemente extendiéndose por una milla a lo largo de la rivera. Los disparos fueron muy irregulares, esto continuó hasta pasadas las 11 de la noche. Todo el personal estaba con las armas dispuestas, las baterías y defensas a la orden y así siguieron toda la noche. El día 5 a las 5 de la mañana el fuego recomenzó desde las baterías enemigas, el cual fue respondido por nuestra batería de 18 libras y 6 libras, dispuestas en semicírculo en el bastión sureste. El fuego duró cerca de una hora, durante el cual recibimos 50 ráfagas de metralla del enemigo. Las baterías de ambos bandos cesaron fuego al mismo tiempo. Nuestra reserva de municiones era suficiente.
A las 8 de la mañana, Valdez, un mexicano, vino y reportó que una partida de dragones había sido hecha retroceder desde el campamento, y también que había una partida para el fuerte; que había visto treinta desertores del ejército de Arista, que aseguraban que los mexicanos no tenían provisiones para subsistir, que estaban cansados y que querían regresar a sus casas. Que era conocido en el campamento que Arista había recibido un comunicado desde México en el que se le informaba que había estallado otra revolución en México y que no recibiría más ayuda del gobierno. A las 9 de la mañana se informó que un reconocimiento de oficiales, escoltados por hombres montados del enemigo, estaba caminando por la parte de atrás a menos de 800 yardas del Fuerte y que otros grupos de hombres a caballo y de infantería estaban a esa misma distancia y que se extendían desde la laguna hasta el río. El Teniente Hanson (16), del 7º de infantería, pidió permiso para tomar a los dragones e ir a investigar. Se le concedió y en una hora regresó, reportando que el enemigo estaba estableciendo una batería en el cruce de caminos; esta noticia creó gran alarma, y se reunieron a una distancia, escondidos para seguir observando. Todos los hombres se enfocaron en reforzar las defensas. Muchos destacamentos de caballería y de infantería ocuparon hoy nuestro antiguo campamento. A las 11 de la noche se escucharon disparos por la parte trasera, provenientes de la laguna hacia el río. Las tropas están todas ocupando sus sitios esta noche.
Miércoles 6 de mayo. El cañoneo comenzó a las 5 de la mañana desde lo bajo del fuerte hacia la batería de mortero. Hubo muchos disparos hasta las seis de la mañana, cuando cesó el fuego. Durante la última hora todos los disparos estuvieron bien dirigidos, dando en el fuerte y a nuestras tiendas y equipos, destrozándolos e hiriendo muchos caballos. A las 6:30 los cañones de 18 libras fueron disparados, ante lo cual el enemigo abrió el ataque frontal y en retaguardia. El cañoneo continuó hasta las 10 de la mañana, cuando nuestro valiente comandante recibió la herida que lo mató, vimos una gran cantidad de infantería y de caballería en nuestra retaguardia. A las 7 un mortero explotó sobre nosotros y dos en la retaguardia. A las 10 una pequeña tropa de infantería disparó contra nosotros; pero estaban muy retirados y no respondimos al fuego. A las 10:30 a.m. algunos grupos de infantería y caballería nos rodearon por la parte de atrás. Varias ráfagas fueron disparadas desde la posición del teniente Bragg (17), que los hizo dispersarse rápidamente. Nos enteramos de que hubo muchos muertos. Después de eso y hasta las 12 del día recibimos lluvia de metralla por parte de nuestro enemigo. A las 2 hubo cinco detonaciones. A las 4:30 p.m. se izó una bandera blanca. Dos hombres vinieron y se encontraron con dos de los míos para traerme una carta del General Arista (documento A), al que me daba una hora para responder.
Este documento era de tal importancia que creí necesario convocar a un consejo con todos los comandantes y exponérselos. Ellos estuvieron de total acuerdo conmigo en la respuesta, cuya copia anexo como documento B en esta carta. Este documento fue despachado en el tiempo marcado, y poco después de haberlo recibido las baterías enemigas comenzaron a bañarnos con balas hasta el ocaso. La noche fue tranquila, pero se mantuvo una estrecha vigilancia. Cada hombre se mantuvo en su puesto y atento, dado que se esperaba un ataque por la mañana. (…)

Sábado 9 de mayo (…) 2 p.m. El mayor Brown murió y en un muy corto tiempo tuvimos que reorganizarnos. Al cuarto para las 6, la caballería mexicana y algunos de infantería fueron vistos a nuestra retaguardia, al mismo tiempo recibíamos fuego abierto de metralla en nuestro rededor. Desde la hora en la que empezó la batalla, y conforme fue aumentando, los cañones de 18 y 6 libras fueron apuntados en dirección al transportador superior. Cuando se hizo imposible distinguir entre el fuego aliado y enemigo cesó el fuego. (18)
Batallas de Palo Alto y Resaca de la Palma (19)

Taylor llegó a Punta Isabel el 2 de mayo. Durante los siguientes cinco días sus tropas trabajaron en la fortificación (20), después comenzaron a marchar hacia Matamoros (21). Acercándose a Palo Alto, una laguna de cerca de 26 kilómetros en Tamaulipas, enfrentaron a las fuerzas mexicanas comandadas por el general Arista. El 8 de mayo Taylor atacó y pasaron toda la tarde combatiendo. El enemigo se retiró, solo para tomar una buena posición defensiva al día siguiente en La Resaca de la Palma o Resaca de Guerrero, una hondonada a unos 13 kilómetros de Palo Alto. Taylor ordenó de nuevo el ataque e hizo que los mexicanos se retiraran del campo de batalla.

El teniente Jeremiah Mason Scarrit, miembro del cuerpo de Ingenieros, estuvo en ambas batallas (22). En su reporte al General Joseph G. Totten (23), jefe de ingenieros, escrito el 12 de mayo, cuando los detalles aún estaban frescos en su mente, nos da una descripción completa de las tácticas y estrategias usadas:

Sin duda para este momento ya habrá sabido de nuestras batallas los días 8 y 9 en las que fungí como asistente del general Taylor con solo uno de nuestros grupos presentes. Pensé que sería grato para los oficiales tener un relato minucioso. Matamoros estaba suficientemente asegurado el primero de mayo como para permitir que nuestras tropas se moviern. Se dejaron bajo el comando del mayor Jacob Brown, con el 7º de Infantería, 4 cañones de 18 lb, 2 de 6 lb y 2 obuses y un total de 500 hombres. El capitán Mansfield fue dejado en el fuerte. El ejército llegó a Punta Isabel con 2,200 efectivos y nos quedamos ahí hasta las 3 del día 7, reforzando las defensas y aprovisionando nuestro convoy. El día 7 nos desplazamos con nuestro contingente original, acompañados por un convoy de cerca de 200 carros y llevando 2 cañones de 18 lb en carros tirados por bueyes que permanecieron con el convoy. La noche del día 7 acampamos a 8 millas de Punta Isabel. El día 8 cuando estábamos a cerca de 15 millas de Punta Isabel, y a una milla de la posición llamada “Campamento de Worth”, nuestra línea de batalla estaba formada, el contingente estaba parado y el convoy cerrado – esto se hizo porque se nos avisó que a raíz de nuestro avance el enemigo había sido visto enfrente y venía hacia nosotros-. Siguiendo estas órdenes las fuerzas avanzaron hasta que llegaron a la poza en el campamento del general Worth, ahí se detuvieron y se refrescaron, descansando y tomando agua y el convoy se detuvo. Desde esta posición podíamos ver al enemigo a una distancia de dos millas y cómo sus largas filas negras se movían aparentando ser una fuerza avasalladora sobre nuestro pequeño destacamento. Cuando los hombres descansaron y se alinearon de nuevo avanzamos por nuestro flanco derecho hasta estar a una milla y media de ellos. Sus baterías abrieron fuego contra nosotros. Paramos y formamos una escuadra, acostados sobre la hierba, y contestamos con el fuego de nuestras pistolas. El dibujo que adjunto les dará una idea de las posiciones que tenían ambas fuerzas cuando comenzó la pelea. Los mexicanos tenían aproximadamente 800 soldados de caballería situados a ambos flancos, 10 piezas de artillería dispuestas como se ve en el dibujo, en la cual tenían ocho de 4 lb y dos de 9 lb. Tenían cerca de 4,000 soldados de artillería e infantería y dos mil rancheros que ni se aparecieron, supongo que estaban en el bosque. Nosotros contábamos con 1,800 bayonetas, 250 de caballería, dos baterías de cuatro contingentes de armas cada una y dos de 18 lb que se pusieron en línea. Los cañones de 18 lb abrieron fuego a la caballería a la izquierda con tiros contundentes.
Duncan (24) pudo avanzar 50 yardas y Ringold más o menos la misma distancia al frente, abriendo diferentes puntos en la línea. La distancia fue tan buena que se podían hacer tiros precisos desde ahí. La caballería enemiga en la izquierda muy pronto se halló en una situación incómoda y difícil de mantener, así que se retiró por el flanco izquierdo, seguida por las dos piezas de artillería que estaban cercanas. La cabeza de esta columna pronto fue vista a través del bosque efectuando un ataque conjunto a nuestro flanco derecho y al convoy. Su caballería siguió la línea abierta. El 5º de infantería se internó en el bosque con el propósito de defender nuestro flanco derecho y el 3º se retrasó para poder cubrir el convoy. El 5º avanzaba en formación de cuadrado para cuando los lanceros llegaron al bosque. Se reagruparon, pero fueron rechazados y perdieron diez hombres, se retrasaron para que entraran los hombres de mosquete y continuaron su marcha hacia nuestro convoy. Los del 3º llegaron y la retirada comenzó. En lo que esto sucedía dos contingentes de armas de Ringold habían entrado al bosque a la izquierda del 5º. Llegaron a su posición justo cuando la larga línea de caballería comenzaba su retirada. Estos contingentes de armas le hicieron mucho daño a sus dos piezas de artillería que nunca abrieron fuego y apresuraron la retirada de la caballería. Mientras pasaba eso, el capitán May (25) atacaba sus líneas, pero sus baterías eran muy fuertes, dado que las defendía la infantería y la caballería, así que consideró que no había posibilidades de triunfo porque solo los atacaban 65 dragones. Ese era el estado de las cosas hasta el cierre de la primera parte de la batalla, cuando el humo de las armas y del pasto incendiado en la pradera creó una densa nube que no dejaba ver. La batalla comenzó a las 2 y eran cerca de las 4. El fuego de ambos lados cesó y tuvimos una interrupción de una hora más o menos.

El general Taylor reconoció que la batalla de Palo Alto se había ganado gracias a la innovación tecnológica de los cañones móviles (flying artillery). El creador de esta innovación, el mayor Ringold, falleció dos dias después de la victoria, como consecuencia de las heridas que recibió durante la batalla, y se convirtio en uno de los primeros héroes norteamericanos de la guerra.
Como su caballería no regresó a su posición tras de ser repelidos, avanzamos con el 5º al lugar ocupado por su flanco izquierdo y llevamos ahí los dos cañones de 18 lb, avanzando Ringold y su batallón como se representa. Comenzamos de nuevo el fuego que ellos respondieron. Duncan, viendo que el humo impedía su visión de la batalla, se desplazó de la izquierda hacia adelante obteniendo una posición perfecta para abrir fuego mortal sobre sus líneas. Ellos movieron a su caballería a la derecha, pero las ráfagas de Duncan eran tan fuertes que no las resistieron retrocediendo confundidos. También se intentó un asalto de la caballería sobre la artillería, pero con un par de descargas de los cañones de 18 lb y de los mosqueteros se retiraron. Cayó la noche y el fuego cesó a las 7.
Recogimos a nuestras tropas que acamparon con nuestros cañones de 18 lb y el convoy muy bien resguardado en la parte de atrás. No se nos causó mucho daño. Perdimos a tres hombres en el campo de batalla y 47 fueron heridos, de los cuales seis o siete murieron por la noche. Tenemos dos oficiales severamente heridos y uno ligeramente. El mayor Ringold recibió un disparo en las pantorrillas sin que le tocara el hueso, pero murió. Al capitán John Page le volaron la mandíbula inferior, aún vive pero sería mejor que muriera (26). Luther (27) recibió una herida menor en la pierna. Los dragones perdieron 9 caballos. Dos de tres oficiales se quedaron sin caballo, y también tuvimos varios daños menores. Bliss (28) se quedó sin caballo, pero no fue herido. Del daño hecho al enemigo no supimos esa noche y nadie se lo imaginaba. Creíamos que era como para haber revuelto ligeramente el estómago de cualquier mexicano, pero confiadamente esperábamos que siguiera dando batalla al día siguiente o durante la noche.
No estamos satisfechos con nuestra actuación, el convoy nos ha frenado y detenido cualquier avance. El sentir y la opinión era que al día siguiente el convoy debería continuar su marcha. Me sentí muy satisfecho de corroborar que si cualquier ejército hubiera intentado un avance habría sido vencido. Todo lo que nos separaba era una pradera de media milla cubierta con pasto muy alto que hacía que fuera difícil atravesarla. La artillería era tan numerosa y servía tan bien en ambos lados que ninguna columna hubiera sobrevivido un intento de avance (…)
La mañana del día 9 el general Taylor me ordenó asegurar el convoy de la mejor manera posible. Los dos cañones de 18 lb se embarcaron y los de 12 lb quedaron a mi disposición. A las doce el convoy estaba listo. Podía resistir cualquier ataque de caballería proveniente de cualquier dirección. Se hubiera necesitado una caballería muy potente para hacerle frente. El ejército se había puesto en marcha muy temprano, y estaba avanzando cautelosamente hacia el punto en el que al enemigo se le había visto por última vez. (…)

El general Taylor dio la orden de avanzar más rápido. Tomó alguna parte de su convoy y dejó el resto en posición de ataque, dando la orden de marchar. Cuando habíamos caminado más o menos 8 millas el general recibió un informe de su avanzada de que el enemigo había tomado posiciones entre el chaparral (que abunda en este país). El camino por el que íbamos era el único que había. Teníamos cerca de 100 hombres que fungían como tiradores -50 de cada lado del camino. A la batería de Ridgley (sic) (29) se le ordenó que tomara posición en campo abierto– el 5º se distribuyó a la izquierda para vigilar el bosque y apoyar a la artillería, y el 3º, 4º y 8º fueron dispuestos en la misma manera con el mismo propósito. A Duncan se le entregó el escuadrón de May y recibió la orden de atacar las baterías, lo cual realizó de una manera excelente ya que trajo preso al general La Vega (30) y sus armas. Los mexicanos se reagruparon y retomaron sus puestos – el 5º las retomó y las retuvo-. Creo que el 4º y el 8º tomaron un cañón cada uno. Después de la pérdida de sus cañones, los mexicanos permanecieron tenazmente en la derecha, pero tenían a dos baterías de artillería en su flanco y al 8º en el frente. Se rompieron y no hicieron mayor resistencia. Capturamos 8 cañones -50 soportes de armas-, una gran cantidad de municiones -cerca de 400 mulas con su cargamento- y todo el equipo de su campamento, cartas privadas de Arista, etc. En resumen, la ruta fue asegurada y no quedó nada de su ejército, salvo su gran velocidad y el cansancio de nuestros hombres. Hicimos prisioneros a cerca de 14 oficiales y 400 hombres. Y matamos en el campo de batalla a cerca de 300. Los mexicanos calculan que perdieron cerca de 1000 hombres y 48 oficiales en ambas batallas. Nuestras pérdidas totales son de 100 entre muertos y heridos. (…) Hubo una gran demostración de valentía y el más grande espíritu de entusiasmo entre los hombres y los oficiales, pero la artillería ligera fue nuestro amuleto para el éxito. No tengo ninguna queja sobre esta batalla porque demostró plenamente la eficiencia de nuestra artillería y el valor de nuestros hombres. (31)

Edmund Kirby Smith (32) quien se iba a distinguir en la Guerra Civil como general confederado, escribió un recuento de las consecuencias militares inmediatas:
Borren de su mente cualquier preocupación por nuestra seguridad. La guerra casi se termina, nuestros dos mil hombres podrán marchar fácilmente hasta la Ciudad de México, nunca he visto un pueblo tan corto, tan fácil de sufrir un colapso nervioso como los mexicanos. Gastaron todas sus energías y sus recursos en un solo esfuerzo que habían estado preparando por todo un año. Invirtieron todo inútilmente y quedaron indefensos en segundos. En la batalla del día 8 que duró de las 14:30 hasta el anochecer, los mexicanos reconocieron la pérdida de 500 hombres, además de la deserción de un grupo grande de caballería y dos piezas de artillería. Nuestras pérdidas fueron de 40 a 50 entre heridos y muertos. Esta gran disparidad en las pérdidas es debido a lo bien que funcionó nuestra fuerza destructiva de artillería que acertaba en el corazón de sus filas. El día 9 los atacamos en sus atrincheramientos cuando ellos, con un refuerzo de 2000 hombres, esperaban confiadamente poder destruirnos. Asaltamos sus posiciones, capturamos su artillería y derrotamos una fuerza de 7,180 soldados -500 incluyendo su sacerdote se ahogaron cruzando el Río Grande-. Nuestros hombres no dieron cuartel y pelearon con perfecta decisión –era una pelea mano a mano-, un desafío de fuerza personal en muchos casos. Cuando las bayonetas ya no funcionaban, usaban los puños, pero en coraje, así como en fuerza, fuimos por mucho muy superiores y les dimos una lección que nunca olvidarán. Perdimos 180 hombres en ambas batallas entre muertos y heridos en las dos acciones de Palo Alto y Resaca de la Palma. Los mexicanos reconocen una pérdida de 2,500 hombres en la misma. (33)
La ocupación de Matamoros

Después de las Batallas de Palo Alto y Resaca de la Palma el general Arista, tras fallar en la búsqueda de una tregua, evacuó Matamoros, dejando indefenso al pueblo cuyas autoridades civiles se rindieron. El teniente Jenks Beaman describió la ocupación y rendición, y al hacerlo reveló los sentimientos mezclados como los celos, que existían entre los soldados regulares y los voluntarios, así como las quejas de que su heroísmo sería ignorado en lo general.
Tras de la batalla del día 9 de mayo, tan gloriosamente ganada, nos quedamos en el campamento hasta las 2 p.m. del día 12 cremando a los muertos y cuidando a los heridos (de ambas partes) y mandamos a nuestros prisioneros y botín de guerra a Punta Isabel. Después de eso nos reunimos con nuestro viejo grupo y nos preparamos para marchar hacia Matamoros, por el que habíamos peleado tan duro. Acampamos y por la mañana del 17 el general Taylor nos ordenó que estuviéramos listos para marcharnos a las dos hacia el río para cruzar con el propósito de tomar Matamoros. Pensamos que el enemigo nos daría una dura batalla, ya que la ciudad está fortificada. Tuvimos que cruzar el río en lanchas ligeras y bajas, pero cerca de las 11 (antes de partir) una petición de reunión sonó del lado mexicano. A la cual respondimos y un bote con tres oficiales del general Arista vino hasta nosotros.
En nombre de su general reconocían que habían sido duramente golpeados y habían sido enviados por él a pedir un armisticio, pero el general Taylor lo rechazó diciéndoles que ellos habían comenzado la guerra y que él había esperado por dos meses mientras ellos se hacían de recursos, mientras que les prometía que él no haría el primer disparo, y ahora que ellos habían comenzado la batalla en dos combates sangrientos, el debería atacar Matamoros como un movimiento defensivo (para proteger sus posiciones en Texas). Entonces le preguntaron bajo qué términos trataría a la ciudad si se rendía. El respondió: “Deben dejar todas sus armas y municiones, todas las propiedades públicas que pertenezcan a su gobierno, a excepción de las provisiones necesarias para que lleguen a Monterrey”. Prometieron dar una respuesta para las 3 de la tarde, tiempo hasta el cual esperamos, y no hubo respuesta. Marchamos por el río como 3 millas y nos detuvimos, pues comenzaba a anochecer. En la madrugada del 18 teníamos muchas piezas de artillería, 600 hombres y el resto cruzando.
A las 8 de la mañana el alcalde, el prefecto y otras autoridades vinieron para hablar con el general Taylor -y reportaron que la noche previa el general Arista y sus tropas habían abandonado la ciudad-, pidieron que en la toma de la ciudad se respetaran las casas de los ciudadanos. El general Taylor les dijo que no solo serían respetadas, sino que se les protegería, que tomaría posesión militar de la plaza y que tomaría todas las propiedades correspondientes al gobierno de México, pero que los ciudadanos conservarían intactas sus propiedades personales, que si era necesario dar algunas órdenes a la población, se las daría a través de ellos, pero que esperaba que no hubiera necesidad. Dio también instrucciones a las tropas de que cruzáramos hacia Matamoros. Entramos a la ciudad y requisamos todas sus bodegas, arsenales y edificios públicos, en los cuales incautamos 3000 armas y una gran cantidad de municiones.
En este país el comercio de tabaco y puros es monopolio del gobierno, y como consecuencia estos artículos son contrabandeados y se decomisan. Por eso encontramos las bodegas llenas de ellos. Digan a Joel que se imagine su bodega repleta de piso a techo de cajas de puros, y se hará una idea de la cantidad de puros que encontramos en una sola casa, la cual capturamos y la ofrecimos a nuestros soldados, y mientras ellos no se los acaben fumándolos podríamos decir que esta guerra se terminó en lo que dura una fumada.
Acabamos de recibir la declaración oficial de guerra y la manera en la que los voluntarios lo están tomando queda más allá de cualquier descripción. Gracias a Dios el ejército solo se vio golpeado cuatro veces en las dos ocasiones y hemos tomado las bodegas y la ciudad de cerca de 10,000 habitantes antes de que ninguno de ellos nos llegara siquiera a tocar. Se espera que ahora el Congreso nos dé el crédito de estar listos y deseosos de hacer nuestro trabajo, aun a costa de nuestras vidas, y deje a la institución militar que se haga cargo por su cuenta de este asunto. E.U. está en deuda con la institución, dados los triunfos en las batallas de los días 8 y 9, en las cuales el número de muertos y heridos entre las filas enemigas es casi igual al número total de nuestras tropas. El día 9 se cruzaron las bayonetas y muchos hombres fueron muertos por espada, bayoneta y lanza, y esa es una manera de pelear mucho más difícil en la realidad que en cualquiera de los libros que hayamos leído. Tras haber tomado el control de la ciudad el general Taylor mandó un comando de 200 hombres a caballo a perseguir a Arista, lo cual hicieron por cerca de 70 millas. Cuando estaban a cerca de 10 millas de alcanzarlo en su retirada, junto con 4,000 de sus hombres, los nuestros alcanzaron a su retaguardia e hicieron prisioneros a cerca de 20 hombres (con sus armas). Luego de eso se regresaron pues tenían órdenes de hacer lo menos que pudieran para “agarrar al Tártaro”.
Matamoros es una ciudad muy grande, mucho más de lo que yo esperaba. Podría albergar a 15 o 20 mil habitantes pero en la actualidad hay menos, si acaso 6 u 8 mil, y todos los que quedaron son de las clases más bajas. Todas las damas y personas ricas de la ciudad la abandonaron en cuanto se comenzaron a presentar los primeros signos de la guerra. (34)
De Matamoros a Camargo
Taylor se vio obligado a esperar en Matamoros antes de seguir con el movimiento de tropas del Río Grande a Camargo, donde establecería su siguiente base de operaciones. Había muy pocos botes y pilotos que conocieran el río, la madera era escasa, y la que había se usaba para los barcos de vapor. Las abundantes lluvias habían dejado los caminos intransitables, y habían hecho que el río se desbordara en varios puntos. El general Taylor también tenía sus dudas sobre la guerra y sobre sus consecuencias. El 14 de julio escribió:
Me siento confiado en que nuestros ambiciosos proyectos de conquista y expansión contra una fuerza tan débil solo sean restringidos y se circunscriban a nuestra incapacidad para realizar dichos planes. Porque en seis u ocho meses, si es que el gobierno mexicano puede resistir tanto, estaremos tan ansiosos por firmar la paz como lo están ahora ellos, pues, para entonces, habremos invertido en nuestra empresa todo el dinero del que dispone el Tesoro. Cuando nuestro gobierno tenga que recurrir a préstamos y al cobro de impuestos para sostener la guerra optará por un camino que nunca le ha gustado a nuestro pueblo.” (35)
Pero a pesar de todos los problemas de transporte y de sus dudas Taylor avanzó. El 6 de julio el grueso de sus tropas comenzó a dejar Matamoros; el 14 el batallón de avanzada ocupó Camargo. El primer movimiento en esa dirección ocurrió el 6 de junio, cuando el teniente coronel Henry Wilson (36) con sus cuatro Compañías de Infantería (el 1º de Infantería), la Compañía de Price de los Rangers de Texas (37) y dos de los regimientos de la Compañía de artilleros de Bragg, bajo el mando del teniente George H. Thomas (38), marcharon hacia Reynosa (96.5 km). Esto supuestamente fue en ayuda de la ciudad ante los ataques de los comanches y de un tal Canales (39). Wilson entró a la ciudad sin oposición. Pero unos días antes Canales había llamado a la población a mantener su lealtad a México, y muchos habían escapado, mientras que otros se mantenían a distancia cuando Wilson ocupó la plaza. Esto pasaba el 11 de julio. El Ejército Mexicano no ofreció resistencia. Pero para los regimientos del ejército de Taylor, que no tenían modo de ser transportados en barcos de vapor, el avance estuvo lleno de dificultades.
Un corresponsal del New Orleans Picayune la llamó “una marcha de terror”. John R. Kenly “El voluntario de Maryland” describe estos horrores:
15 de agosto, (1846) (40). Dejamos Matamoras (sic) para marchar con el ejército hacia Camargo que está a una distancia de 130 a 150 millas, por lo que se hacía llamar “el camino de la montaña”. Nuestra marcha fue más bien a través del desierto que entre las montañas. Desde que dejamos el Río Grande en Matamoras (sic) hasta que llegamos al Río San Juan el día 23 de agosto, no vimos ni oímos ni un riachuelo, fuente, cascada, o señal de agua. La única fuente de agua la hallábamos en los pozos o “tanques” como los llaman ellos, y que son depósitos que se hacen con las lluvias y que sirven como abrevaderos de ganado. Sufrimos mucho y nuestra marcha fue más bien una caminata de rezagados que el avance bien organizado de una brigada.
La distancia de Matadoras (sic) a Camargo fue, según mis cálculos, de 130 millas y de las cuales caminamos 78 millas en una marcha de tres días continuos. Esta hubiera sido una buena marcha si los caminos hubieran sido buenos, pero nuestro desplazamiento fue penoso y nos dio muy poco crédito en lo que respecta a movilizaciones. La excusa era que nuestros guías habían engañado a nuestro oficial, porque ellos mismos ignoraban la escasez de agua y el estado del camino por el cual viajábamos. Caminábamos a medio día con un sol abrasador sobre nuestras cabezas, y una arena candente bajo nuestros pies. En esta parte del país no ha llovido por meses, y el polvo que levantaban los hombres hacía una nube densa de la cual no se podía escapar. Cuando alcanzamos una charca, que no era más que un revolcadero para los cerdos, hombres y caballos se lanzaron a ella desesperadamente, sin orden ni concierto. Se olvidó todo rastro de organización y rango.
A mediodía del tercer día (…) me desplomé en el camino y vi a los hombres excavar frenéticamente con sus bayonetas para ver si había agua bajo la superficie, pero nada, el suelo esta tan seco como el resto del terreno a nuestro alrededor. Nos fuimos retrasando varias millas cada día, algunos acampábamos hasta después de caída la noche, invitando a ser víctimas de un ataque y despreciando los mandatos de los oficiales superiores en medio de la gran desmoralización que reinaba entre todos.
Se escuchaban maldiciones e imprecaciones por todos lados y una actitud de revancha, que no creí que se pudiera dar entre las tropas norteamericanas. Durante la marcha he visto a hombres caer convulsionándose, agarrando la arena con las manos, dejándose caer hasta que la naturaleza y las sombras de la noche los recomponen en conciencia y fuerza. Hombres de Kentucky, Ohio, y Baltimore estaban todos mezclados, los mejores y más fuertes caminantes iban al frente, los más débiles se quedaban atrás. Ninguno de nuestros oficiales los animaba, tal vez no se necesitaba, para todos los que marchábamos encontrar los tanques o el río era lo único que importaba. Aunque el único objeto de esta brigada fuera marchar hasta Camargo. (41)
Hacia Monterrey

Después de evacuar Matamoros sin pelear, el ejército mexicano se desplazó hacia Monterrey, donde serían comandados por el general Mejía (42) (quién sería reemplazado por el General Pedro de Ampudia en septiembre), lo cual era necesario para reforzar una posición decisiva contra el invasor. Monterrey, la capital del Estado de Nuevo León, era el punto central de la política y la economía del norte de México, y por eso era el siguiente objetivo de los norteamericanos. Después de la ocupación de Camargo, el General Taylor hizo una pausa mientras organizaba el transporte y se reponían las provisiones. En agosto ordenó el avance. (43)

Aún arrastrado por la victoria de Resaca de la Palma, y sin esperar resistencia, el ejercito avanzó solo para darse cuenta de que había subestimado a los mexicanos. En una carta escrita a su madre, E. Kirby Smith da un vistazo al espíritu de las tropas cuando estaban en el campamento:
El 8º Regimiento y la Artillería han recibido órdenes de partir hacia Monterrey esta tarde. (44) Al 5º y al 7º se les ordenó esperar para salir mañana. Estas dos brigadas bajo la dirección del general Worth constituyen la 2ª División. La 3ª, 4ª, 1ª y 2ª están bajo el mando del general Twiggs (45) y forman la 1ª Brigada, se moverán (46) en cuanto llegué Twiggs. Todos estamos muy ocupados haciendo nuestros preparativos para cruzar las montañas. Estamos bien de salud y con la moral alta. El campamento retumba con el murmullo de nuestras voces –los chistes y las bromas nos rodean-, al mismo tiempo que la despreocupación y la imprudencia sobre el futuro están también presentes, pero esto es inherente a la vida de un soldado. Todos parecen estar muy ocupados con sus mulas, sus caballos y sus “amigos mexicanos” (47), como si estuvieran preparando un viaje de placer. No nos preocupa encontrarnos con una gran batalla en Monterrey, aunque para el general, que está cruzado de piernas en su tienda y tan gruñón como un oso viejo, ya hay síntomas de que se acerca una batalla muy grande. Estamos a punto de dejar un lugar bonito en el que acampamos, que se extiende por más de una milla entre los bancos del Río San Juan, pero lo hacemos sin arrepentirnos ya que iremos tras los vientos de la montaña y las acogedoras brisas de la sierra. Los mexicanos aún no se recuperan del pánico del día 9 y aunque creemos que han estado haciendo preparativos para recibirnos en Monterrey, hemos reunido una gran cantidad de municiones y refuerzos. Creo que realmente entraremos a la ciudad sin oposición. (48)
El teniente Ulysses S. Grant, del 4º de infantería, discutía las dificultades logísticas de la marcha desde Camargo hasta Monterrey, y las mulas de carga mexicanas no eran el menor de sus problemas:
Cuando llegamos a Camargo encontramos una serie de tiendas afuera de esta aldea mexicana. Estaba determinado a actuar como comisario y jefe del régimen. Los equipos que he probado, y que son suficientes para transportar toda clase de suministros desde Corpus Christi hasta el Río Grande por las planicies de Texas, fueron inadecuados para las necesidades de reabastecimiento del ejército en una zona montañosa. Para cubrir esta deficiencia se contrataron mulas de carga a mexicanos que las cargaban y guiaban. También hice uso para carga de algunos de los vagones que estaban destinados al 4º de Infantería (49). Sin la ayuda de los mexicanos hubiera sido imposible manejar ese convoy, pues no había hombres suficientes. Como si esta dificultad no fuera suficiente, las tropas debían de iniciar su marcha muy temprano en la madrugada. Después de que se habían puesto en marcha, debían ser empacadas, cargadas todas las tiendas y utensilios de cocina. Las teteras, postes de tienda de campaña y chucherías eran inconvenientes para transportarse en esa forma. Tomaba muchas horas para prepararnos cada mañana, y para cuando ya estábamos listos las mulas, que habían sido cargadas desde temprano, ya estaban cansadas de estar paradas cargando con todo. Algunas veces alguna corría y relinchaba dando de coces, tirando todo su cargamento; otras se echaban y se revolcaban tratando de quitarse la carga, y otras con los postes corrían y hacían destrozos. No recuerdo haber usado exclamaciones profanas en mi vida, pero deberé de perdonar si alguien lo hizo al tener que manejar un convoy de carga con mulas mexicanas. (50)

El mayor Luther Higgins del 1er Regimiento de Voluntarios de Ohio describe la marcha de Camargo a Monterrey (250 kilómetros), así como la ciudad y sus alrededores tal y como eran vistos desde su campamento, a las afueras de Monterrey:
En mi última carta desde Camargo, les informé que nuestro ejército estaba a punto de desplazarse hacia Monterrey, en cuyo lugar esperábamos encontrarnos con las fuerzas mexicanas. Dejamos Camargo el domingo 6 de septiembre, nos detuvimos tres días en Cerralvo, y acampamos en las afueras de Monterrey el sábado 19 de septiembre. Los primeros días de la marcha fueron interesantes; el camino transcurría entre una maleza de espinas, roto de vez en cuando por abismos de cientos de metros de profundidad. Solos en estos barrancos, a millas de distancia de cualquier cosa, los acalorados y fatigados soldados hallaban el agua ofensiva en todos sus sentidos. En Mier, el pueblo tan celebrado en la historia de la disputa de los límites con Texas (51), tuvimos por primera vez la vista de las montañas y al día siguiente acampamos en un transparente riachuelo de las montañas llamado Arroyo Mier, cuyas aguas hacían que los corazones latieran con deleite. Conforme nos acercábamos a las montañas, el paisaje mejoraba y nuestros campamentos los instalábamos sobre bancos en agradables arroyos, bajo la sombra de olivares, cuyas ramas estaban llenas de flores y frutos. La mayor parte de esta vasta región entre el Golfo y las montañas está muy despoblada. A lo largo de varias jornadas de marcha no vimos ningún rancho o ranchero. El único rastro de seres humanos o de su religión era la cruz, que está plantada sobre casi cada monte y en cada valle. En muchos de estos símbolos sagrados había inscripciones en español, pidiendo la oración de los clérigos por los que habían muerto o habían sido asesinados en esos sitios.
En Marín, a dos días de camino de Monterrey, nuestro ejército había estado concentrado marchando en divisiones (…) Marchamos el siguiente día hasta San Francisco, un pequeño pueblo como a 10 millas de Monterrey, que se veía igual a todos los que habíamos pasado en nuestro viaje. Todos los habitantes que no eran tan pobres como para poder huir, lo habían hecho.
El día siguiente (sábado 19 de septiembre) fue la última marcha que muchos de nuestros valientes hombres hicieron. Nuestro regimiento iba a la retaguardia, y antes de que hubiéramos dejado San Francisco oímos el reporte de que había artillería pesada en el camino a Monterrey. Suponiendo que nuestra avanzada ya estaba enfrentando al enemigo todos gritamos: ¡Avancemos en seguida! Y los hombres corrieron por seis millas, acelerando el paso en cada reporte, hasta que nos encontramos con unos dragones que venían en retirada, los que nos dijeron que el fuego venía desde la ciudad, que y los hombres del grupo montado de Texas (52) eran los que estaban luchando, los cuales se habían lanzado sin conocer el rango de las armas del enemigo. El ejército norteamericano invasor, cerca de 6,000 efectivos, -caballos, a pie y artillería- acampó aquella mañana en una bella arbolada de robles a tres millas de la ciudad, el lugar hubiera sido perfecto para tener un día de campo, no habría habido uno igual ni siquiera en nuestro propio pueblo, Dayton. Me han informado que este campamento donde se colocaron las fuerzas invasoras (y desde el cual escribo ahora) es uno de los lugares más apreciados por la élite de Monterrey. (…)
Monterrey alberga a más de 15,000 habitantes y está situada al pie de unas montañas rugosas llamadas “La sierra Madre”. Un brazo del Río San Juan divide la ciudad en partes desiguales. La porción más grande y mejor está entre el río y la base de las montañas. Una colina que asciende suavemente, cubierta en partes con chaparral, y aquí y allá, antes de entrar a la ciudad, se ven dispersos maizales y campos de caña de azúcar. El camino por el que nuestro ejército se aproximó desciende desde aquí hasta el centro de la ciudad. Este camino tiene una elevación a medio camino entre nuestro campamento y la ciudad, de forma que sólo se puede ver parte de la ciudad. Rodeada por una arboleda lo único que podemos observar a través de sus ramas es una aguja o muro blanco.
Frente a la ciudad y cerca de un cuarto de milla afuera, en medio de una planicie, permanece solitario un inmenso fuerte que cubre 3 o 4 acres de terreno. Está construido con materiales sólidos, bastiones, zanjas, etc., y es un edificio tan consistente que, en opinión de nuestros ingenieros militares, solo puede ser tomado en lo que ellos llaman aproximaciones constantes. Este fuerte está dispuesto para 32 cañones, y cubre cada avenida que va a la ciudad desde el lado este. Desde sus murallas se puede disparar cualquier tipo de metralla y fue desde este fuerte (al que nuestros muchachos llamaron después “el viejo caballero de colores” por su digna apariencia) donde se hizo fuego a nuestra avanzada el día en que llegamos.
Por la parte trasera u oeste de la ciudad se levanta, pico tras pico, la imponente Sierra Madre. En el norte de la ciudad hay un profundo desfiladero a lo largo del cual va el camino hacia Saltillo y hacia México. Este paso y los accesos a la ciudad por ese lado están defendidos por baterías que se han colocado entre los picos que salen de la Sierra y en una fortaleza elevada y fuerte, que está a medio camino entre el paso y el pueblo, conocida como “El Obispado”. Es solamente a través de este paso que el Ejército Mexicano puede recibir refuerzos o retirarse de manera segura. La ciudad se protege al sur con una serie de pequeños fuertes (creo que son seis), que se extienden de la falda de las montañas hasta la planicie.
Añadido a esta inmensa defensa externa, en casi cada calle y plaza de la ciudad se colocaron barricadas y cada casa (que está construida en la manera tradicional mexicana con paredes anchas y techos de piedra) se convierte en una fortaleza. Estas fortificaciones de Monterrey (de su posición y fuerza, de las cuales nosotros aprendimos a través una dolorosa experiencia), estaban ocupadas por al menos 10,000 soldados de las tropas mexicanas y defendidas por 50 o 60 piezas de artillería pesada. Como se vería, Monterrey es una de las plazas más fortificadas del continente. (53)
La Batalla de Monterrey:

Las fuerzas norteamericanas, con 6,000 efectivos, llegaron a las afueras de Monterrey por la mañana del 19 de septiembre. Taylor pasó el resto del día planeando el ataque sobre la ciudad, que estaba fuertemente protegida y defendida por un ejército mexicano de 7,000 hombres. El plan finalmente elegido fue atacar por un flanco, dirigido desde el oeste por el general Worth mientras que Taylor atacaría por el frente. La batalla comenzó el lunes 20 de septiembre y duraría tres días. Fue donde los mexicanos resistieron con más tenacidad, peleando casa por casa y defendiendo su ciudad de los invasores.
Los capitanes William S. Henry (54) y Electus Backus (55) describen sus experiencias como participantes en el ataque frontal. El relato de Backus está en su diario:

20 de septiembre de 1846. La apariencia y comportamiento del general (Taylor) esta mañana no mostraban más que seguridad -él ha llegado al punto deseado y tiene a sus enemigos en posición-. Despachó al general Worth a las 11 para apoderarse del camino a Saltillo y cortar la vía de escape y provisiones del enemigo y capturar puntos que se encuentren en las alturas al oeste del pueblo. Nuestros ingenieros fueron infatigables para recabar informes durante el día, pero numerosos cuerpos de lanceros observaban sus movimientos y los hicieron obrar con cautela. Una inmensa planicie al norte de la ciudad se llenó con la artillería de la ciudadela y con tres reductos; al extremo oriente de la ciudad, en las calles había barricadas defendidas por artillería, infantería y lanceros.
21 de septiembre de 1846. Las tropas estaban casi en armas y listas para ejecutar las órdenes de ataque, en cuya destreza y juicio habían colocado toda su confianza. El 1º y 3er Regimientos de Infantería y los del Batallón de Baltimore (56), bajo el mando del Coronel Garland (57), fueron los primeros en ponerse en movimiento y avanzar hacia la ciudad pero pronto dejaron el camino principal para irse por el este. Nuestro frente estaba formado al final de la planicie, tal vez a ¾ de milla de la ciudad, y las armas de la ciudadela abrieron fuego sobre nosotros inmediatamente, causando algunos daños. Poco después las baterías del lado este del pueblo comenzaron su ataque; avanzamos rápidamente en línea hacía la ciudad. El mayor Mansfield y el capitán Williams (58) estaban frente a nosotros; más adelante, con el Sr. Kinney (59) como guía, esforzándose por llegar al punto más accesible, dos o tres compañías de asalto fueron mandadas en avanzada para protegernos. El Sr. Kinney mandó un mensaje al coronel Garland para que cambiara su dirección de avance más a la derecha. En este cambio parcial de dirección observé que el Batallón de Baltimore (la parte izquierda del frente) no mantuvo su posición. No supe nada de ese batallón el resto del día –me quedé con la impresión de que nunca recuperaron su organización después de que se rompió su formación-. Vi a varios hombres del batallón en el pueblo, tanto oficiales como soldados, pero actuaban sin orden.

Tras nuestro cambio de dirección, nos aproximamos a una batería incompleta que nuestra avanzada había rescatado del enemigo. Habiéndolos pasado, entramos a la ciudad por una calle que iba al sur y la cual nos condujo cerca de una de las baterías mexicanas en el lado sur del arroyo. Nuestro movimiento hacia el sur en esta calle fue por el lado derecho. El 3º de Infantería estaba al frente, seguido por el 1º. Cerca del principio de esta calle fuimos interceptados por una zanja llena de agua corriente, la cual nos hizo dar un ligero cambio de dirección. En este punto las baterías del enemigo, que estaban ya sobre el arroyo, eran visibles y estaban a una distancia de 150 o 200 yardas. El Fuerte Diablo estaba a 200 yardas de distancia más hacia el este y se conectaba con esta batería con un cuerpo de infantería que le servía de resguardo, así como los edificios adyacentes. En este punto el 3º recibió una descarga de metralla de las baterías y de un pequeño destacamento desde las trincheras, que le produjo terribles estragos en sus filas. El 1º se detuvo cuando su derecha alcanzó la zanja y fue forzado a irse hacia el frente (a su izquierda) y fueron obligados a seguir adelante. Al mismo tiempo recibieron fuego abierto de mosquetes al frente de ellos, proveniente de casas y matorrales. Nuestro siguiente movimiento sacó al enemigo de sus escondites y los hizo retroceder. Cuando nos habíamos movido cien yardas o más, y limpiado nuestro frente, busqué a un oficial de mayor rango del regimiento para recibir órdenes, y como no había otro con más rango que yo tuve que dirigir a las tropas para cruzar la zanja por nuestra derecha y avanzar. En pocas yardas encontramos a nuestro enemigo en una Tenería desde donde abrieron fuego contra nosotros, pero fueron rápidamente dispersados o destruidos.
Una vez que aseguramos la Tenería me subí a la azotea y mandé a los hombres que me siguieran. Por primera vez tuve la visión completa del enemigo y sus posiciones. Cerca de 120 yardas a nuestro frente (este) había una gran destilería con un gran techo plano que miraba hacia el norte y ahí había unos 200 mexicanos que tenían una defensa de sacos de arena dirigidos al norte. A unas 30 yardas de distancia de esta destilería estaba un reducto defendido por cinco piezas de artillería y por infantería que eran protegidas por la Infantería puesta en la destilería. Todas estas defensas veían hacia el norte y las habíamos pasado tan lejos como para estar oblicuamente en una posición de retaguardia. Fuerte Diablo estaba directamente a mi derecha (sur), a una distancia de 250 yardas, pero había suficientes arbustos como para que nos cubrieran de su mira. Habiendo puesto a mis hombres en la azotea, la cual estaba protegida por un lambrín de dos pies de alto, les mande dirigir su fuego sobre el enemigo que estaba en la destilería que no tenía cubierta en su lado izquierdo. El efecto fue visible en segundos. El techo se vació con unos cuantos tiros y el enemigo se retiró a través del arroyo hacia Fuerte Diablo -poco después un grupo de tal vez 30 mujeres y niños salieron de la destilería y fueron al mismo lugar-. Cerca de 20 hombres guiaban y seguían esta caravana, nuestros hombres fueron avisados de no disparar a las mujeres, pero en la confusión una fue asesinada por accidente. En este momento el mayor Mansfield llegó a mi posición y me dijo que era necesario que retrocediéramos y le contesté que habíamos llegado muy lejos con nuestro pequeño ejército. Él regresó hasta donde estaba el 3º, donde yo había visto por última vez al coronel Garland, y un momento después el mayor Lear (60) del 3º llegó hasta mi posición y me dijo que era necesario que retrocediéramos. Al regresar a su regimiento, y tras haber dado unos cuantos pasos, recibió un disparo en la cara, por el cual murió algunas semanas más tarde. El mayor Mansfield fue herido casi en las mismas circunstancias. Ahora escucho el mandato: «Retírense en orden”, pero sin saber de qué autoridad provenía retuve mi posición. Pronto vi a las tropas cayendo y ordené a mis hombres que bajaran de la azotea. El capitán Lamotte (61) recibió una herida muy severa en el brazo izquierdo, cerca del hombro, y quedó tendido en la parte trasera de un pequeño edificio cerca de la Tenería. Le pedí al capitán Scott (62) que tomara mi pañoleta y vendara la herida, sabiendo que él tenía ciertas habilidades en operaciones quirúrgicas. Decidí retirarnos tan pronto pudiéramos recoger al capitán Lamotte.

Mientras realizábamos esta operación el fuego proveniente del reducto 1 y del Fuerte Diablo recomenzó, me quedé satisfecho de que nuestras tropas estuvieran avanzando hacia el reducto. Por lo tanto, salté hacia la Tenería, seguido del capitán Scott y nuestros hombres. Descubrimos que había una abertura en el reducto, que nos ofrecía un tiro seguro hacia una multitud de hombres, artillería y mulas. Una pieza de artillería se dirigió hacia nosotros y nos disparó una o dos veces sin dañarnos. Nuestros hombres comenzaron a disparar hacia el reducto. El efecto fue electrizante. Antes de que cargáramos nuestros mosquetes, el enemigo estaba en plena retirada hacia Fuerte Diablo (63). Los perseguimos hasta el arroyo para cortar su retirada o capturar prisioneros. Para mi sorpresa, encontré que el arroyo era profundo y tenía mucha corriente en el punto en el que lo cruzamos; 60 yardas más abajo el agua no es tan profunda ni tiene tanta corriente y es mucho más ancho. Uno de mis sargentos trató de brincar el arroyo y cayó en él, pero pudo trepar hasta el banco contrario. Le tiré su mosquete y formé a los hombres para pasar tras él. Lo mandé a que avanzara más y lo alenté a que sacara a algunos mexicanos que habían caído detrás de unos arbustos cercanos. Lo hizo así y cerca de 20 mexicanos se rindieron. En este momento mis hombres me alertaron de que había un gran grupo de mexicanos detrás de nosotros; le ordené al sargento Kearney que regresara y que me dijera por donde se acercaban. Mis hombres apuntaron hacia la dirección del reducto 1 y entonces descubrí que a los que estaban señalando eran a los voluntarios que justamente se acercaban al reducto celebrando ruidosamente. Mis prisioneros escaparon, con excepción de tres o dos a los que mande a la retaguardia. Los voluntarios de Mississippi y de Tennessee dejaron rápidamente el fuerte capturado y avanzaron a mi posición. (64)
El capitán William S. Henry relata la batalla en su libro Impresiones de la Guerra con México, publicado en 1847:

23 de septiembre. Desde nuestro campamento tuvimos el placer de escuchar que el general Worth abrió fuego sobre la ciudad desde el castillo a las 7 de la mañana. Circuló un reporte de que el enemigo había intentado huir. Todos los hombres se pusieron en armas y marcharon a encontrar al enemigo. Teníamos tantos puntos de mando en nuestra posesión que de un momento a otro esperábamos que capitularían. Fue una gran alegría ver como Worth los atacaba, además con sus propias armas y municiones. El rápido detonar de armas pequeñas en la parte este de la ciudad nos dio la señal que la batalla había comenzado. El Regimiento de Caballería de Texas, comandado por el Coronel Wood, desmontó y junto con los de Mississippi estaban en plena tarea. Los de Mississippi al amanecer tomaron Fuerte Diablo (desde el cual se nos lanzó ese fuego destructivo el 21 y el 22). Lo tomaron sin resistencia, ya que el enemigo lo abandonó llevándose sus armas por la noche. El general Quitman estaba a cargo. Estas tropas pelearon valientemente derrotando al enemigo tras ellos, casa por casa, cargándoselos con sus rifles donde quiera que un mexicano apareciera.
A la Batería de Bragg se le ordenó entrar a la ciudad y al 3º de Infantería se le ordenó apoyarlos. Cuando nos cruzamos con los destacamentos armados de la Ciudadela, la Batería cruzó el campo de fuego a pleno galope y ninguno fue herido. El 3º tomó una ruta más larga y llegó encubierto. Al llegar, la ciudad había sido despejada de enemigos en un área de dos cuadras alrededor de la Catedral, la cual está situada en la plaza principal, y en la cual habían estado concentrados. Los generales Quitman (65), Henderson y Lamar (66), el Coronel Wood y el Coronel Davis actuaron con gran valentía; muchos de sus hombres fueron muertos o heridos. La Batería de Bragg y el 3º de Infantería se mezclaron con ellos y compartieron las experiencias de batalla por el resto de la jornada. Aunque el fuego fue muy severo no se comparó al del día 21, a excepción de una calle que corre directamente desde la Catedral. Para cruzar esa calle se debía pasar por una verdadera lluvia de balas. Una de las piezas de artillería de Bragg estuvo peleando en esta calle con muy pocos resultados, pues el metal era muy ligero. El sargento Weightman, primer Sargento de Bragg, manejó esta pieza como un héroe y recibió un disparo en el corazón mientras preparaba sus armas. La artillería estaba dirigida hacia los mexicanos, caería en su barricada y en cuanto eso sucediera podríamos cruzar sin temor a ser heridos. Tan rápido como eran disparadas sus balas (que nos causaban el mismo efecto que si fueran nueces) se desaparecieron de la calle. Nuestros hombres cruzaron en escuadrones. “¡Vamos muchachos!” unos comenzaban a disparar de inmediato, otros se esperaban hasta que el enemigo hubiera gastado tontamente sus balas y entonces cruzaban.
El general Taylor estaba con su equipo caminando tranquilamente por la ciudad sin tomar en cuenta el peligro. Fue muy imprudente exponerse así. Cruzó caminando la calle en la que había habido esa tremenda balacera, con riesgo a cada segundo de que alguien le disparara. Yo corrí con varios de mis hombres y le dije que era muy peligroso que se expusiera de esa manera, a lo que me contestó “toma esa hacha y derriba esa puerta”. Cuando comenzamos a golpear la puerta el residente amedrentado puso la llave en la cerradura y abrió diciéndonos que si no teníamos objeción nos ahorraría el trabajo. Resultó que era una enorme botica. El propietario doctor San Juan (hay más San Juanes en este país que piedras) era un galeno muy respetable y nos ofreció limas y agua fresca. Tomé las primeras, pero rechacé la segunda pensando que podría estar envenenada. Uno de los hombres, evidentemente menos precavido, se hizo una enorme limonada y me aseguró que era de primera categoría, convidándome a tomarla. El doctor nos dijo que Ampudia estaba en la plaza con 4,000 hombres y que había 2,000 en la ciudadela. La casa en la contraesquina había sido abierta, era una tienda de comestibles, y los hombres hallaron pan y algunas vituallas. Al abrir otra puerta encontramos a cinco mujeres de aspecto fino, varios niños y uno o dos hombres. Estaban arrodillados cada uno con un crucifijo y pidiendo misericordia tan pronto como me vieron su ruego fue: ¡capitano, capitano! Los tranquilice tomándoles de las manos y asegurándoles que no había ningún peligro. Pareció que se alegraron mucho de que no les cortáramos la cabeza. Aunque hemos peleado ferozmente y la sangre de nuestros hombres corre por las calles, no he sabido que se hayan cometido atrocidades contra la población civil por parte de nuestros soldados o voluntarios. (67)
El general Taylor, habiendo encontrado que las posiciones eran de poca importancia, ordenó que nos retiráramos al campamento cuando los voluntarios se hubieran ido. La marcha se ordenó pensando que el general Worth atacaría la ciudad por la tarde. El mortero se le mandó ayer. Era un asunto difícil sacar a los voluntarios de la ciudad ya que se estaban divirtiendo mucho. El enemigo ondeó una bandera de tregua hoy pidiendo el cese del fuego, hasta que las mujeres y niños pudieran salir de la ciudad, a lo cual el general se rehusó. Ya era tarde para suponer que habría tal muestra de consideración. La bandera es un buen síntoma, significa que su tiempo se acerca. No creo que resistan ni siquiera otro día. Supimos que muchos dejaron sus parapetos en las alturas y salieron con sus cargas de mulas esta mañana. Aún el general Worth no ha tomado posesión del camino a Saltillo, me pregunto si muchos de ellos no se fueron de sus lugares desde ayer. Aunque han peleado con bravura, fuerza y tenacidad que no creía que tuvieran.
En el camino al campamento me sorprendió mucho oír a un irlandés decir: “Tengan fe, muchachos, llevamos justo tres días, los mismos que la batalla de Waterloo; los franceses pelearon contra las fuerzas conjuntas de Europa, ¡Nosotros somos las fuerzas conjuntas de Europa y América! Tenemos un poco de todos los países aquí y el conjunto no puede ser vencido”. (68)
Ataque de Worth desde el flanco occidental sobre Monterrey

El teniente Edmund Bradford, del 4º de Artillería, estaba con el ejército de Worth que atacó el flanco occidental mexicano. Nos da una descripción muy vivida de la batalla (69):
Ahora que por fin me puedo sentar, trataré de dar una descripción de las batallas. El 19 todo el ejército tenía a la vista Monterrey y acampó a 2 1/2 millas de la ciudad. Se enviaron muchas brigadas de reconocimiento en diferentes direcciones para ubicar la posición del enemigo. El general Taylor llamó a una junta a todos los comandantes de División y Brigada. A la mañana siguiente la 1ª División (compuesta por dos Batallones de Artillería, 200 texanos a caballo, el Batallón de Arty y los 5º, 6º, y 8º de Infantería) se nos ordenó que tomáramos provisiones para dos días y una cobija para cada hombre. La División estaba al mando del general Worth. Dejamos el campamento como a las 12 y avanzamos hacia Monterrey casi una milla. Entonces nos apartamos del camino a la derecha, pasando por matorrales y maizales hacia la parte izquierda de la ciudad. Estábamos al cubierto del fuego del fuerte, situados al frente de la ciudad, en un pequeño lomerío. A las 5 de la tarde la columna se detuvo. El general Worth y un grupo de texanos fueron a hacer una ronda de reconocimiento de nuestra posición. A una milla de distancia sobre una alta colina vimos una batería del enemigo que dominaba el camino por el cual marchábamos. Bajo la batería en la misma colina había una fortificación llamada el Obispado. Debajo de esta, había otra colina de casi la misma altura en la que también en la cumbre estaba la batería del enemigo y un fuerte de piedra un poco más abajo, ambos dominaban el camino. Tras pasar algún tiempo en el camino escuchamos fuego proveniente de la partida de reconocimiento. Los texanos respondieron el fuego y el tiroteo duró como media hora. Durante ese tiempo hubo muchos disparos desde la cima de la colina pero afortunadamente pasaron muy arriba.
Justo en la puesta del sol una fuerte lluvia comenzó mojándonos hasta los huesos, y así tuvimos que seguir toda la noche. Por fortuna mi cobija estaba seca y me pude enredar en ella. No se nos permitió hacer fogatas para cocinar o para calentarnos.
La mañana siguiente, el 21, nos levantamos antes del amanecer y comenzamos nuestra marcha. Supimos que teníamos que subir las dos colinas y desarmar al enemigo, después de ello cortar su retirada y provisiones por el camino a Saltillo. En cuanto inició el día escuchamos al enemigo tocando diana con gran seguridad. En cuanto estuvimos a tiro de la primera colina el enemigo nos comenzó a disparar. Estuvimos bajo fuego por lo menos media hora y durante todo el trayecto ni siquiera una bala nos pasó cerca como para hacernos daño. Podíamos oír como zumbaban las balas arriba de nuestras cabezas y perderse en la colina a nuestra derecha. Como a las 7 de la mañana escuchamos fuego de mosquetes delante de nosotros, entre los mexicanos y nuestra avanzada. Nuestro batallón se organizó inmediatamente en formación de batalla y arremetió contra el lugar. Pude ver perfectamente al enemigo corriendo en todas direcciones. En la carga pasamos sobre cadáveres de hombres y animales, lanceros, tiradores, etc., estaban por todos lados. Las fuerzas del enemigo se calculaban en 300 hombres de caballería, apoyados por una columna de infantería. Mientras se retiraban abrimos fuego contra ellos causándoles gran daño. Yo por lo menos maté a 30 mexicanos. Cinco o seis fueron muertos en el campo de batalla, entre ellos estaba su coronel de Caballería que supuestamente era uno de los hombres más valientes del ejército mexicano. En nuestro lado solo un texano fue herido. Ni uno solo de los soldados fue alcanzado.
Se formó a la División en el camino, y los capitanes Smith (70) y Scott (71) mandaron a sus compañías a explorar. A la Primera Brigada se le ordenó avanzar por el maizal para que tuvieran un ángulo de tiro lateral sobre cualquier tropa que tuviera la ocurrencia de salir del Castillo. Mientras estábamos en el campo de batalla, el enemigo abrió fuego con dos contingentes armados desde la segunda colina. Indicamos a los hombres tirarse al piso. Así permanecimos por 1 1/2 horas, con las balas pasando por unos pies arriba de nuestras cabezas. Nos lanzaron granadas que cayeron cerca de mis hombres, pero no hirieron a ninguno. En ese momento recibimos la orden de ponernos lejos del alcance del fuego. Mientras hacíamos esto fuimos un blanco seguro por casi media hora y aseguro que ellos tomaron ventaja de esto. Un tiro dio en la tierra a mi derecha aproximadamente a 20 pies de donde estaba y rebotó sobre mi compañía enfrente de mí. Otro herido fue el capitán Henry McKavett (72) en el costado izquierdo, un tiro lo atravesó y murió instantáneamente. Tomamos entonces otra posición esperando otro ataque del enemigo. La batería del coronel Duncan tomó formación en el camino con el Batallón de Arty a su derecha, haciéndola de defensa. La batería del teniente Mackall (73) fue colocada a la izquierda y como retaguardia se colocó al 8º de Infantería a la izquierda del teniente Mackall; a la izquierda del 8º se estacionó la 2ª Brigada, compuesta por el 5º y 6º de Infantería comandados por el general Smith. A tres compañías del Batallón de Arty y dos Compañías de texanos se les ordenó unirse al capitán Smith para trepar a la segunda colina. El ataque inició las 12 ½ p.m.
Después de que hacía media hora que habían partido, al 7º de Infantería se le ordenó ir a apoyarlos. A la 1 p.m. Vimos el fuego en lo alto de la colina y los mexicanos bajando. Pensamos que nuestros hombres habían sido repelidos y mandamos otro regimiento. El enemigo se mantuvo tirando por media hora sin que nuestros hombres dispararan ni una sola bala. Cerca de la 1:45 nuestras tropas comenzaron el fuego y los mexicanos subieron corriendo por la colina. Entonces hicimos un disparo como nunca había oído en mi vida. En unos pocos minutos el capitán Smith estaba en la cumbre. Los persiguió con tal velocidad que ni tiempo tuvieron de recargar ninguna de sus armas. Su cañón fue rápidamente capturado y usado en contra de ellos. El primer disparo fue dirigido hacia el otro cañón (que habían colocado en el Fuerte) y el disparo lo hizo pedazos.
Justo al mismo tiempo, la 2ª Brigada estaba atacando el Fuerte expulsando a los enemigos de él. Las armas se dirigieron al Castillo en la colina opuesta, un fuego incesante se intercambió entre ambos fuertes. En lo álgido de la pelea perdimos un hombre y unos cuantos fueron heridos. Entre los heridos estuvieron tres oficiales, aunque sus heridas fueron superficiales. En la mañana del 22, el capitán Scott, el teniente Ayers (74) y mi compañía del Batallón de Arty, tres Compañías del 8º de infantería y los texanos recibimos órdenes de atacar la primera colina y el castillo. Comenzamos a subir a las tres de la mañana y alcanzamos la falda de la montaña al amanecer. Supongo que nos descubrieron desde el castillo ya que nos tiraron cuatro piedras en diferentes ocasiones. Al momento que empezamos a subir la colina una densa niebla envolvió la cima, lo cual impidió al enemigo descubrir nuestra posición. Cuando estábamos a menos de cincuenta yardas de la cima el enemigo inició el fuego, los nuestros no comenzaron a disparar sino hasta que casi estábamos arriba, entonces comenzamos los disparos y la carga al mismo tiempo. El enemigo se retiró muy rápido y los perseguimos hasta medio camino hacia el castillo y después nos regresamos a nuestra posición. Pusimos la bandera norteamericana en medio de una lluvia de balas provenientes del castillo y lanzamos tres hurras. Los mexicanos hicieron una salida aventurada desde el castillo pero fueron rápidamente repelidos.
A mi compañía se le ordenó que se movilizara para ayudar al capitán Vinton (75), quién había comandado la avanzada que estaba estacionada a 150 yardas del castillo. Al movernos mataron a uno de los míos. Tan pronto como tomamos posición ordené a mis hombres que se tiraran pecho tierra para protegerlos tanto como fuera posible. Así duramos 8 horas durante las cuales los tiros del enemigo pasaban sobre nosotros en todas direcciones. Una vez el enemigo se movió de posición para tener un mejor ángulo de tiro sobre nosotros. De inmediato me moví de posición y ordené a mis hombres hacer lo mismo. Una bala de cañón de 6 lb pasó tan cerca de mí que la tierra de su impacto me cubrió.
Estando separados del cuerpo mayor del ejército, y sin saber que pasaba, comencé a temer que se nos pidiera retirarnos. Entonces escuché la voz del teniente Roland diciendo (76): “cúbranme caballeros, voy a disparar”. Y aseguro que jamás había oído sonido tan agradable. En pocos momentos escuché el zumbido de una detonación sobre mi cabeza y, por los gritos de alegría en la cima de la colina, supe que ese disparo había surtido efecto. El enemigo regresó el fuego con disparos de 6 lb desde el castillo pero sin hacer ningún daño.
Después de que el tiroteo había durado una hora, escuchamos el sonido de las trompetas de su caballería que venía cuesta arriba para atacarnos. El avance había sido mandado para acercarse a la base de la colina y cargar contra nosotros. Cuando el ala derecha de mi compañía se replegó pude ver un cuerpo de lanceros que venían en camino. De inmediato abrimos fuego contra ellos y los hicimos retroceder; la compañía en mi izquierda seguida de la mía nos lanzamos cuesta abajo de la colina para irnos sobre el castillo. Mientras descendíamos pude ver la parte alta del castillo llena de hombres. El teniente Ayers del 3º de Art. fue el primer oficial en llegar al castillo y yo fui el segundo. El teniente Ayers bajó la bandera mexicana. Los hombres llenaron el castillo en un instante y comenzaron a disparar contra los mexicanos que huían. Yo corrí alrededor del castillo hasta el fuerte que estaba enfrente, y ahí encontré un obús muy grande. Reuní a varios de mis hombres y lo trasladamos a donde estaba la batería. Nos dimos cuenta de que estaba clavado, pero le quitamos los clavos y en momentos estuvo bueno para disparar contra el enemigo con sus propias municiones. En pocos minutos habían desaparecido por completo. Capturamos un obús, un cañón de 18 lb, dos de 6 lb y una gran cantidad de municiones, lanzas, etc. Encontramos y enterramos a 20 mexicanos. De nuestro lado las pérdidas no fueron tan graves. No tenemos más de seis muertos y entre 15 y 25 heridos. Tomamos preso a un capitán mexicano que fue herido en un pie. La bandera norteamericana se izó inmediatamente. En mi Compañía tuve un muerto y un herido, uno de ellos fue alcanzado justo en el centro de la frente, vino hasta mí y me pidió permiso para poder retirarse. Le di mi mascada y le dije que la colocara alrededor de su cabeza y fuera al médico. Esa noche el hombre regresó perfectamente a salvo. La bala estaba mal y sólo le rozó la piel.
Al día siguiente, el 23, marchamos hacia la ciudad avanzando muy cuidadosamente, temiendo a cada paso ser baleados desde las casas. Mi compañía junto con otras dos formábamos la reserva. En cuanto llegamos a la ciudad fuimos rompiendo las puertas de cada casa que veíamos a nuestro paso para poder penetrar en ellas en caso de que fuéramos forzados a retirarnos. Cuando habíamos avanzado en la ciudad, por mas o menos una milla, el enemigo abrió fuego sobre nosotros. Los hombres se refugiaron en las casas y entonces comenzó la pelea casa por casa. Nos agarramos de todas las barretas y piquetas que pudimos encontrar. La piedra de la que están hechas las casas es tan suave que podemos cavar una pared de dos pies de ancho en sólo 20 minutos. Al caer la noche nuestras tropas habían avanzado a solo una cuadra de la plaza principal donde está la Catedral. Justo antes de anochecer, un mortero de 10 pulgadas fue plantado por el mayor Munroe (77) en un cementerio en los límites de la ciudad. El fuego recomenzó por la noche, una metralla cayó en el patio de la casa en la que yo estaba y explotó tirando todo el polvo sobre mí. La segunda metralla cayó en la plaza y le dio al enemigo. La mañana siguiente, el 24, los disparos comenzaron como era costumbre alrededor de las 8 de la mañana. Una bandera de tregua fue mandada por el general Ampudia al general Taylor, pidiéndole una capitulación. Durante todo el día el general Taylor y el General Ampudia estuvieron arreglando los términos. A las 3 de la tarde el General Taylor hizo su última oferta y le dio una hora a Ampudia para pensarlo. El general accedió a que los mexicanos marcharan con sus mosquetes, sables y seis piezas de artillería de campo. Al final de la hora pensábamos que seríamos obligados a recomenzar la pelea, pero cuando la bandera regresó supimos que Ampudia había aceptado los términos. Esa noche a las 10 las estipulaciones fueron firmadas. En lo que a ellos respecta, cesarían todas las hostilidades por un término de ocho semanas o hasta que ambos generales hubieran podido establecer contacto con el gobierno de sus países. Tampoco el ejército podía pasar de cierta línea entre Monterrey y Saltillo. Ampudia mencionó que un ministro había sido enviado a Estados Unidos para negociar un tratado de paz. (78)

Heroísmo en el campo de batalla de Monterrey
No todo el heroísmo en Monterrey fue de los guerreros. Un soldado americano fue testigo de un modo de entrega más alto o diferente:
Hambriento y helado trepé con dificultad a una esquina del fuerte para ponerme al sol y al mismo tiempo guarecerme de las bombas que volaban a mi alrededor. Me asomé y, como a unas doscientas o trescientas yardas de distancia, vi a una mujer mexicana cargando agua y comida para los heridos de ambos bandos. La vi levantar la cabeza de un pobre tipo y darle agua y después tomó su propia pañoleta de su cabeza y vendó sus heridas. Así atendió a dos o tres de la misma manera. Regresó para llevar más agua y comida. Cuando regresaba escuché el sonido de dos o tres pistolas y la pobre y bondadosa criatura cayó; tras algunos estertores todo terminó ¡Estaba muerta! Miré al cielo y pensé, “¡Dios mío esto es la guerra!”. No puedo creer más que el tiro haya sido un disparo accidental. Al día siguiente mientras caminábamos de un fuerte al otro pasamos junto a su cadáver. Estaba de espaldas y aún tenía en las manos un pedazo de pan y un cacharro con agua. La enterramos entre lluvia de metralla, esquivando las balas de cañón y las granadas, esperando tener algún momento para poder cavar alguna tumba para enterrar a uno de los nuestros. (79)
La batalla de Monterrey fue de las más sangrientas de la guerra, con alta participación de la resistencia civil. Casi no hay grabado de la época que no señale esto. Los norteamericanos descubrieron que la ocupación de México no iba a ser un paseo donde encontrarían señoritas y vítores aclamando por la liberación de la tiranía y dando la bienvenida a su libertad y democracia. En Monterrey tuvieron que pelear casa por casa para ocuparlo y entre esta batalla y la de Buenavista, días después, casi pierden la guerra por la tenacidad de los norteños mexicanos.
El armisticio después de la batalla de Monterrey

El 25 de septiembre el ejército norteamericano entró en Monterrey, según informa el reportero del Yankee Doodle.
En algunos cuarteles Taylor fue criticado por permitir al enemigo un armisticio. El presidente Polk estuvo entre los críticos. Pensaba que los mexicanos deberían haber sido obligados a entregar sus armas y la ciudad de Monterrey. Convocó una reunión de su gabinete y el secretario de Guerra expidió una carta ordenando la terminación del armisticio. La orden le llegó a Taylor el 2 de noviembre. Obedeció enviando a Santa Anna, ahora comandante en jefe del Ejército Mexicano (80), una nota en la que le informaba que el armisticio se terminaría el 13 de noviembre. Pero Taylor resintió la crítica presidencial y estaba en desacuerdo con sus razonamientos, creía que seguir pensando en el norte de México era inútil. Él declara todo esto en una carta mandada el 9 de noviembre y publicada en el New York Express:
No creo que las autoridades en Washington estén satisfechas con mi conducta en relación con los términos de la capitulación que hice con el comandante mexicano, que no dudo ya conozcan pues sé que se han divulgado por medio de un órgano oficial y copiado en varios periódicos. En este momento he recibido una respuesta (a mi oficio, anunciando las condiciones de la rendición de Monterrey y las circunstancias que se dieron para ello) del secretario de Guerra, diciendo que “el presidente lamenta que no se hubiera considerado aconsejable insistir en los términos que yo había propuesto en mi primera carta al comandante mexicano, en lo que se refería a la rendición de la ciudad”, añadiendo que las circunstancias “que han sido dictadas no justifican el cambio”.
Además, los términos de la capitulación son vistos como demasiado liberales de nuestra parte por el presidente y sus consejeros, así como por algunos otros más, que están lejos, particularmente por aquellos que no ven la situación en la que estamos (de otra forma tendrían otra opinión en relación a este asunto) y, aún reconsiderando, no veo nada que me haga arrepentirme de lo que hice. La proposición del general Ampudia, que influyó en mucho en el camino que decidí tomar, estaba basada en que nuestro gobierno le había propuesto colocar las dificultades existentes en una negociación (lo que yo sabía que era el caso aunque no conociera los resultados), la cual estaba entonces en curso con las autoridades competentes y de las cuales él (general Ampudia) no tenía duda de que resultarían favorables, dado que su gente estaba a favor de la paz. De esta manera, yo consideré que el derramamiento de sangre no solo era innecesario sino inadecuado. Su ejército era considerablemente más grande que el nuestro, y desde el tamaño y posición de la plaza no podíamos agotar nuestros recursos solamente en ella; no así una gran proporción de sus tropas, si no es que todas, que habían sido dispuestas para ese efecto y, sin embargo, en una sola noche abandonaron la ciudad, se internaron en los pasos montañosos y efectuaron su retirada. Hicimos lo que deberíamos haber hecho. Fuimos puestos en la disyuntiva de tomar la ciudad por asalto (lo cual hubiéramos logrado sin duda), pero en lo cual hubiéramos perdido probablemente cincuenta o cien hombres, además de los heridos, lo cual quiero evitar en todo sentido ahora que existe una perspectiva de paz aunque sea distante. También quise evitar la muerte de mujeres y niños, la cual hubiera sido muy grande de haberse efectuado un asalto. Además, ellos tienen una grande y fuerte ciudadela cercana a la ciudad, la cual si se hubiera tomado a bayoneta hubiera implicado un gran sacrificio de vidas; y con nuestro limitado número de artillería pesada se hubieran requerido veinte o veinticinco días para tomarla por aproximaciones sucesivas.
Que ellos hayan rendido una plaza tan fuerte como Quebec, bien fortificada, construida bajo la supervisión de ingenieros expertos, resguardada con 42 piezas de artillería, con municiones suficientes y custodiada por 7,000 soldados y 2,000 tropas irregulares en conjunto, con algunos miles de ciudadanos capaces de usar las armas (de lo cual no tengo la menor duda ahora), y dispuestos a defender su ciudad contra un invasor que además es la mitad en número, con pocas provisiones y con un ligero convoy de artillería, son algunos de los elementos a tomar en cuenta de entre los incontables sucesos que han ocurrido.
Estoy decidido a no conducir de este modo la guerra más allá de Saltillo, además esa plaza ha sido abandonada por las fuerzas mexicanas, las cuales han sido concentradas en San Luis Potosí; y no quiero perder tiempo en ocupar Saltillo, ya que el cese de hostilidades referido va a expirar pronto. Esto lo he notificado a las autoridades mexicanas por órdenes del Presidente de los Estados Unidos. (81)

Sosiego para reagruparse
Aunque el armisticio terminó oficialmente el 15 de noviembre, las hostilidades no reanudaron de inmediato. Hubo una pausa en la guerra mientras las estrategias se consideraban tanto en México como en Washington y se daban las órdenes de reagruparse en los campamentos. Una semana antes de la fecha señalada para la terminación del armisticio, Taylor envió la Ordenanza 139 que mandaba la ocupación de Saltillo (violando la línea de no agresión) por las siguientes tropas: la Batería del teniente James Duncan, el Batallón de Artillería (ocho compañías), el 8º de Infantería, el 5º de Infantería y la Compañía del capitán Blanchard de los Voluntarios de Luisiana, todos bajo el mandato del general Worth. Taylor envió a Saltillo además a los Regimientos de Voluntarios del 1º de Ohio y el 1º de Kentucky, y puso al general mayor William Orlando Buttler a cargo de todas las tropas del frente desde Saltillo hasta Punta Isabel (82). El ejército se reunió en Saltillo en diciembre con otra fuerza, la comandada por el general brigadier John Ellis Wool, que había avanzado desde San Antonio vía Monclova y Parras. Desde Saltillo el avance siguió hacia Encantada, Agua Nueva y el Paso de Rinconada.
Tras haber ordenado al 2º de Dragones (exceptuando a dos compañías) reunirse con Butler en Saltillo, Taylor dejó en Monterrey el 4º y 7º Regimientos de Infantería, dos compañías del 3º de Artillería y dos compañías de fusiles a caballo. Después avanzó con el 1º de Infantería a Montemorelos en su camino hacia Ciudad Victoria. Él era seguido de cerca por la Brigada de Voluntarios de Quitman de la División Old Field (ahora fragmentada), compuesta por los Regimientos de Georgia, el 1º de Mississippi y el 1º de Tennessee. En Montemorelos los regimientos del 2º de Infantería y el 2º de Tennessee se les unieron para marchar hacia Ciudad Victoria. El 4 de enero, Taylor entró a esa ciudad pero no se quedó por mucho tiempo. En lugar de ello regresó a Monterrey, después de que la administración de Polk decidió que una parte de su ejército –muchos de sus soldados y algunos de sus voluntarios- debería ser trasladada para la nueva expedición de Scott, para ir en la campaña contra Veracruz. De Monterrey Taylor se fue a Saltillo, donde se involucró en la operación que desembocó en la batalla de Buenavista. En febrero de 1847, a pesar de la orden terminante de que permaneciera a la defensiva, Taylor avanzó, esta vez contra Agua Nueva, al sur de Saltillo. Ahí se quedó esperando los acontecimientos.
El avance del general Wool

Al mismo tiempo que Taylor estaba en campaña otra fuerza norteamericana, “El Ejército del Centro”, comandado por el general brigadier John Ellis Wool, había invadido México, partiendo de San Antonio con el objetivo inicial de atacar Chihuahua, para situarse al oeste del escenario de operaciones de Taylor y al sur de Nuevo México. Pero las noticias de que se preparaba un ejército para atacar a Taylor hicieron que cambiaran los planes originales. Un corresponsal del Boston Evening Post enviado para cubrir toda la campaña de Wool, o como se ha dado en llamar más correctamente: ”La marcha de Wool”, nos la narra.
El general Wool desembarcó del Golfo el 2 de agosto (1846) en La Vaca, Texas, con el 1º y 2º Regimientos a pie de Illinois, comandados por los coroneles John J. Hardin (83) y Wm. H. Bissell (84), poco después tomó camino rumbo a San Antonio de Bejar, a 150 millas al norte. Ahí se le unió el Regimiento Montado del coronel Yell de Arkansas y el del coronel Marshall (85) de Kentucky; también la Compañía de artillería ligera del Capitán Washington (86), de Carlisle Pennsylvania con ocho piezas de artillería, así como el Batallón de Infantería del mayor Bonneville (87), el coronel Harney (88) se unió a esta división junto con cuatro compañías de dragones (…) Los dos meses que pasamos en esta agradable región fueron bien empleados para el entrenamiento de las tropas.
El 26 de septiembre, dos días después de la capitulación de Monterrey, el avance comandado por el capitán Harney (89) se desplazó por el Río Grande, seguido después por el general brigadier Wool, quien nombró al coronel Churchill como inspector y al coronel Bissell para la retaguardia, cosa que comenzarían a hacer hasta el 14 de octubre. Todo el ejército en este momento constaba de 2,600 efectivos, nosotros en la avanzada marchamos por el Río Grande doscientas millas en doce días, descansando uno en el que el general Wool se nos unió.
(…) Cruzamos el límite actual entre nuestro país y México el día 12 de octubre, y pusimos nuestra planta en suelo enemigo. De ahí marchamos una distancia de 400 millas a la ciudad de Parras en el límite sudoeste de este estado (Coahuila), y que se encuentra junto a un lago llamado del mismo nombre; avanzamos ocupando pacíficamente en nuestra ruta las ciudades de Presidio del Río Grande, Nava, San Fernando, Santa Rosa, Monclova, la vieja capital de este estado, y Parras, a la cual llegamos el 6 de diciembre. Estas ciudades tienen una población de cinco a quince mil habitantes excepto Nava que tiene dos mil. Monclova y Parras son ciudades prósperas, y poseen muestras finas de arte español y refinamiento. Pasamos algún tiempo en ellas con gusto y beneficio, ya que vimos mucho de las costumbres y educación mexicanas y disfrutamos de un aparente cordial intercambio con los ciudadanos. (…)
El terreno que bordea el Río Grande donde cruzamos y nos internamos por una distancia considerable dentro del país es del lado oeste, y hacia el sur, bajo, plano y muy fértil, regado por riachuelos o canales. Cuenta con una gran población y con las ciudades de Presidio, Nava, y San Fernando; las dos últimas situadas a 40 y 50 millas del oeste del río, y me sorprendieron por su prosperidad.
La tierra entre el Nueces y el Río Grande por cerca de mil millas, a excepción de algunas praderas fértiles, está dividida entre desiertos arenosos y terreno agreste, ambos tan difíciles de acceder como las selvas de la India. Será terreno solo apto para salvajes y bestias por muchísimos años, si no es que para siempre (…)
Los efectos de nuestro avance prolongado y la estricta disciplina aplicada por nuestro general, además de los ejercicios de entrenamiento, fueron muy saludables para la condición física del ejército, después de estar acostumbrados a la vida sedentaria en el terrible clima del Mississippi. La campaña al menos tuvo un efecto renovador. El ejército acampó tres semanas en Monclova, período en el cual la retaguardia llegó y al general Wool se le ordenó apoyar la acción en Monterrey con el general Taylor, en lugar de seguir sobre Chihuahua como era el plan original. Tardamos once días en llegar a Parras, doscientas millas más adentro del país, donde las provisiones son abundantes. Aquí estuvimos detenidos once días en un amistoso intercambio con los residentes del sitio y muchos de ellos no son faltos de moral e inteligencia. Los estafadores norteamericanos que nos acompañan, caballeros sin escrúpulos, empeñados en negociar y cazar fortunas, me causaron más disgusto que el más despreciable de los mexicanos. Muchas personas de las clases altas de México merecen mi más alta estima.
Pero estos placenteros días se fueron rápidamente y acontecimientos más conmovedores estaban por suceder. El general Worth que estaba en Saltillo, a 120 millas al noroeste de nosotros, con mil soldados, recibió el día 16 de diciembre un comunicado, el cual acreditaba que Santa Anna estaba a tres días de camino con 30,000 soldados, y seguía avanzando. Worth envió mensajeros a Monterrey y Parras para pedir refuerzos, prometiendo que resistiría un día contra cualquier ejército y pidiéndonos que lo reforzáramos al cuarto día. El General Taylor se había ido a Ciudad Victoria, pero el general Lane se quedó en Saltillo con dos Regimientos. El General Wool recibió la noticia la tarde del día 17 y en menos de dos horas todo el ejército estaba en marcha. El 21 nosotros reforzamos a Worth pero no se presentó ningún enemigo. Por tres noches sin parar avanzamos, completamos el recorrido en tres jornadas y media. El ejército era levantado a primera hora de la mañana para proseguir con la marcha. La caballería y los de artillería nos llamaban “los sonámbulos” y se quejaban de que estábamos haciendo que sus caballos se fatigaran. El espíritu demostrado por estos hombres, su presteza, alegría y paciencia eran admirables. Estando en espera del enemigo a cada hora, como estaban, su comportamiento inspiraba confianza a los demás y a todos los oficiales. Mientras tanto los voluntarios, comparados con los soldados, no eran tan disciplinados; de repente adquirieron rapidez y prestancia para acatar órdenes, aunque no todos fueran como la vieja guardia de Napoleón.

Esta marcha fue el preludio para la Batalla de Buenavista. El 21 de diciembre acampamos en Agua Nueva, un pequeño rancho o villa veintiún millas al sur de Saltillo y cercano al gran paso entre las montañas que conduce a San Luis Potosí, sede de los poderes mexicanos. Aquí pasamos la Navidad, esperando que apareciera el enemigo en este paso o en dos más pequeños que estaban a pocas millas de distancia a cada lado de nosotros. Pasamos el Año Nuevo en la Encantada, a 9 millas de distancia de Saltillo, aún veíamos y disfrutábamos el derroche de las frecuentes llamadas de falsa alarma. Poco después tomamos nuestras posiciones en Rancho Buenavista situado a 5 millas de la ciudad y nos preparamos para defender el paso a dos millas de distancia de nuestro campamento. (90)
Preludio a la batalla de Buenavista

La amenaza que trajo presuroso a Worth al lado de Taylor para apoyarlo fue Santa Anna. Tras la Batalla de Monterrey, Santa Anna había consolidado su posición como amo del país; en septiembre comenzó a armar en San Luis Potosí un ejército que llegaba a 25,000 hombres. San Luis Potosí está directamente debajo de Tampico donde las tropas estadounidenses se preparaban para ser transportadas hacia Veracruz, y además es medio camino entre Veracruz y Monterrey. De esta forma Santa Anna podía escoger su objetivo de ataque. La elección se tomó después de que los mexicanos interceptaron una carta del general Scott al general Taylor, la cual fue entregada a Santa Anna. En ella no solamente se revelaba toda la estrategia norteamericana sino también que las fuerzas de Taylor habían sufrido una fuerte debilitación. El general mexicano decidió aplastar a Taylor antes de que desembarcara en Veracruz. El 2 de febrero de 1847 emprendió la marcha al norte, el 21 llegó a La Encarnación, a cincuenta y seis kilómetros de los cuarteles de Taylor en Agua Nueva.
Taylor, quién al principio dudó que los mexicanos estuvieran realmente aproximándose, comprendió que su posición en Agua Nueva era indefendible, y se retiró hacia el rancho Buenavista donde su disminuido ejército realizó una fuerte defensa de la plaza.
Santa Anna rápidamente venció a una pequeña guarnición que había sido dejada en Agua Nueva para guardar provisiones que no podían trasladar (fueron quemadas) y se enfrentó, cara a cara, con su ejército a Taylor el 22 de febrero. Conminó al general norteamericano dándole una hora para rendirse, y cuando la demanda fue rechazada atacó. Fue el principio de la batalla más feroz de la guerra, una que los norteamericanos estuvieron a punto de perder:
Por la mañana del 21 (febrero de 1847) se confirmó que una gran fuerza estaba movilizándose para atacarnos y se ordenó ponernos en marcha de inmediato. Todas las tropas guardaron sus tiendas y estuvieron listas para avanzar. Se hicieron muchas conjeturas sobre cuál sería nuestro destino, y algunos decían que nos retiraríamos hacia Saltillo. Todo el ejército estaba en movimiento a excepción de la caballería de Arkansas, bajo el mando del capitán Yell, que se le ordenó quedarse en Agua Nueva a proteger el cargamento que se dejó ahí en espera que hubiera alguna manera de ir por él.
El coronel McKee, del 2º de Kentucky, con una sección de artillería se quedó en Encantada con el fin de apoyar al coronel Yell en su retirada en caso de que el enemigo lo atacara. Aproximadamente a tres millas de Encantada, se ordenó al Primer Regimiento de Illinois, comandado por el coronel Hardin, que se quedara a vigilar el paso. El general Wool avanzó hasta Buenavista y ahí acampó. El general Taylor siguió hacia Saltillo junto con el escuadrón del 2º de dragones del teniente coronel May y las baterías del 3º de Artillería del capitán Sherman (91), y del capitán Bragg.
Durante la tarde el coronel Yell se reunió con la caballería de Kentucky, el escuadrón del 1º de dragones bajo las órdenes del coronel Marshall, y los vagones para transportar lo que había quedado en los almacenes, con órdenes para el coronel Yell de que si el enemigo venía sobre él destruyera todo lo que quedaba. De acuerdo con esto, los vagones fueron cargados lo más rápido posible, pero alrededor de media noche se encendieron fuegos de alarma en todas las posiciones, menos en Rancho San Juan que estaba a 10 millas de distancia. Un hombre fue mandado para allá pero no volvimos a saber de él.
Una alarma como esa no la habíamos visto jamás. Los vagones corrían en todas direcciones; algunos estaban enganchados, pero los cargadores no esperaron, sino que huyeron suponiendo que el enemigo estaba justo encima de nosotros. Algunos de los hombres perdieron sus caballos y estaban en un dilema. Habíamos abierto algunos barriles de col agria por la tarde y observamos a un viejo alemán llenando dos costales con ella. Por cierto, había perdido su caballo, estaba en una situación muy embarazosa, pero de ninguna manera iba a perder su col. Vimos cómo se ponía los dos sacos alrededor del cuello, y le preguntamos por qué no se iba y buscaba mejor algo con que vestirse; “Desde luego” dijo, “¡Esto es mejor que la ropa y si pudiera dar con mi vieja montura iría tan rápido como un relámpago!”
Mientras tanto el campamento era incendiado junto con una gran cantidad de trigo, lo cual produjo una gran luminosidad sobre la negrura de la noche. Se veía terriblemente enorme y sublime; si el ejército mexicano estuviera a 600 yardas forzosamente se habrá tenido que detener para admirar la escena.
Las tropas fueron formadas frente al campamento, lo suficientemente alejadas par no ser descubiertas por alguien que viniera de ese lado, pero teniendo un adecuado ángulo de tiro. En esta posición duramos cerca de dos horas (…)
Se dio la orden de avanzar organizadamente, pero no hubo ninguno que lo hiciera. Allá iban los voluntarios, ¡Desorden total!, cualquier grito de detenerse era totalmente ignorado, si los mexicanos nos hubieran alcanzado, no hubiéramos resistido su embate. Cuando llegamos a Encantada, el coronel McKee salió y nos acompañó en la entrada.
Llegamos a Buenavista alrededor de las 4 a.m., y en pocos minutos cada hombre se había envuelto cómodamente en su cobija.
Cerca de las 9 se dio la alarma de que el enemigo estaba a la vista. Esto a juzgar por el movimiento del Primer Regimiento de Illinois que estaba estacionado en el paso, donde habían construido un parapeto o trinchera desde la punta de la cual se burlaban los valientes idiotas mientras se acercaba el enemigo (…)
En un momento el ejército entero se puso en línea y marchó a encontrarse con el enemigo. Era muy grande la ambición y el valor manifestado esa mañana, mientras que el tambor y el flautista tocaban esa melodía vieja y entusiasta “Yankee Doodle”; que inspiraba a cada hombre con renovado vigor y coraje para la lucha. La larga espera de los muchachos de la División Central (que ahora se llamaba “Columna Dormida”) se estaba terminando rápidamente y estaban deseosos de convertirse por ello en hombres. No tengo la menor duda de que el general brigadier Wool veía con orgullo a esa pequeña banda con la que había compartido el arduo trabajo y el sufrimiento de una marcha de seis meses, atravesando con ellos por un inhóspito país. (92)
La ascendencia de Taylor como comandante
Si bien había desorden en la víspera de la batalla, no había miedo. Esto se debía parcialmente a la confianza del ejército en Taylor. Aunque en Washington había una ola de críticas pues se sospechaba (y era cierto) de las ambiciones presidenciales de éste. Sus compañeros en el ejército deploraban sus tácticas y su falta de habilidad en la estrategia de guerra, pero los hombres tenían confianza en el “Viejo rudo y presto” (Old rough and ready), una seguridad que los militares y aún el mismo Taylor compartían. Hay una anécdota de una junta de guerra con Taylor por la noche del 23 de febrero que fue enviada al Cincinnati Chronicle:
Yo creo que el general Taylor ha ganado más influencia sobre sus hombres que ningún otro general que haya existido, a excepción de Napoleón. Cuando Taylor guía en la batalla ¿Quién piensa en algo más que en el triunfo? Hay una convicción en los hombres de que el “Viejo Rudo y presto” actuará infaliblemente. Eso da fuerza a sus armas e impulsa sus corazones para atreverse a hacer más de lo que harían si no contaran con esa seguridad. Fue ese el espíritu que animó a nuestro pequeño ejército cuando vieron el brillo de las armas de los innumerables hombres de Santa Anna que guiaba a sus miles de hombres a través de los pasos de las montañas hacia Buenavista (…)
Uno de los rumores que corrían en el campamento era que Taylor, en la junta nocturna del día 23 de febrero con sus oficiales, discutió si sería mejor que regresaran a Monterrey o si deberían enfrentar al enemigo por la mañana, el comando estaba indeciso y de alguna forma, dividido. Tras un largo debate en el cual las opiniones de la mayoría se inclinaban por no tomar una acción bélica, “Viejo Rudo y presto” se levantó de su asiento y dijo: “Muy bien caballeros, el Consejo de guerra está convocado para reunirse mañana después de la batalla. Por la mañana vamos a examinar al enemigo.(93)
La batalla de Buenavista (La Angostura)

El general brigadier Wool escribió un largo reporte de la Batalla de Buenavista (llamada de La Angostura por los mexicanos). En una parte (que se omite en lo que sigue) rinde un tributo especial a la artillería: “Sin nuestra artillería no hubiéramos mantenido nuestra posición ni una hora”. Después escribió una carta, que fue publicada en el American Whig, en la que dice que si una parte del ejército de Taylor no hubiera sido transferida al general Scott antes de la Batalla de Buenavista, dejándole solamente un regimiento de soldados regulares de infantería, “el ejército del general Santa Anna hubiera sido aniquilado”.
Cerca de las 9 de la mañana, nuestro piquete que estaba estacionado en La Encantada, a 3 1/2 millas de distancia, descubrió el avance del enemigo. De inmediato se le envió un comunicado al general al mando que estaba en Saltillo y ordené a las tropas en Buenavista que se agruparan para el enfrentamiento.
La batería del capitán Washington se colocó a lo largo del camino, protegida en su izquierda por unas lomas y a su derecha por profundos barrancos. El 2º de Infantería de Kentucky, comandado por el coronel McKee, estaba apostado en una colina inmediatamente atrás de la batería de Washington. Las seis baterías del 1er Regimiento de Illinois comandadas por el coronel Hardin tomaron posición en una loma alta a su izquierda y dos compañías, bajo el mando del teniente coronel Weatherford (94), ocupaban el puesto defensivo de la derecha de la batería de Washington. El 2º Regimiento de Illinois (95) estaba colocado a la izquierda del Regimiento de Kentucky. La Brigada de Indiana, comandada por el general brigadier Lane (96), se colocó en la cresta de una colina inmediatamente atrás de la línea del frente y el escuadrón del capitán Steen (97) se quedó en reserva atrás de la brigada de Indiana. La caballería del Regimiento de Kentucky bajo el mando del coronel Marshall y el Regimiento de Arkansas bajo el mando del coronel Yell fueron apostados a la izquierda de la segunda línea atrás de las montañas. Poco después, las compañías de rifles de estos dos regimientos se desmontaron y con la caballería del Regimiento de Kentucky y el batallón de rifles de la Brigada de Indiana comandados por el mayor Gorman, bajo el mando del coronel Marshall, fueron mandados a tomar lugar en la extrema izquierda y al pie de las montañas.
Esta disposición fue autorizada por la comandancia general que había regresado de Saltillo, trayendo con ellos al 2º escuadrón de dragones del teniente coronel May y a las baterías de artillería de los capitanes Sherman y Bragg, así como al Regimiento de Fusileros del Mississippi.
El enemigo se detuvo justo atrás de tiro de cañón y dispuso sus fuerzas a ambos lados del camino; comenzó a colocar su infantería ligera en las montañas a nuestra izquierda. Al mismo tiempo, al haber indicios de un intento de penetración a nuestro flanco derecho, forzó al comando general a ordenar al 2º de Kentucky de Infantería y a la Batería del capitán Brags con un destacamento de hombres a caballo, a tomar posición en la derecha de las crestas, a alguna distancia en avanzada de la batería del Capitán Washington.
La Batería del capitán Washington fue dejada en reserva en la retaguardia de la segunda línea.
El enemigo, entonces, llevó su infantería a su derecha entre las partes altas de la cordillera, mostrando una intención evidente de voltear nuestra izquierda para poder dominar nuestra posición básica -las colinas en la izquierda de la artillería de Washington- y además abrir un paso libre para Saltillo.
El coronel Marshall (98) con su regimiento, los Fusileros de Arkansas, bajo el mando del Teniente coronel Roane, y el batallón de fusileros de Indiana, bajo el mayor Gorman (99), fueron encargados de atacar ese frente y de checar nuestro movimiento a la izquierda. El general brigadier Lane con el 2º Regimiento de Indiana y una sección de la Artillería del capitán Washington, bajo las órdenes del teniente O’Brien (100) (capitán del departamento de aprovisionamiento), fue mandado al extremo izquierdo del campo de batalla, el cual terminaba en una profunda zanja que se extendía de la montaña al camino, con órdenes de impedir al enemigo llegar a la base de la montaña.

A las dos de la tarde, mientras que el enemigo colocaba su infantería ligera hacia arriba en la montaña y en las zanjas, abrieron fuego sobre nuestros hombres con un obús colocado en el camino, entre las tres y las cuatro, el coronel Marshall se enfrentó con la infantería mexicana a un lado de las montañas, el fuego continuó a ambos lados con ciertos intervalos, hasta que oscureció. En esta escaramuza no sufrimos pérdidas, mientras que para el enemigo, y lo sabemos por las subsecuentes inspecciones al campo de batalla, fueron considerables. Después del cese al fuego, el comando General regresó a Saltillo para ver los asuntos de esa plaza llevándose al Regimiento de Mississippi y al 2º escuadrón de dragones para enfrentarse con el general Miñon (101) y su caballería.
Las tropas permanecieron armadas toda la noche. Cerca de las 2 de la mañana del día 23, nuestros vigías fueron alcanzados por los mexicanos y al amanecer estos reanudaron el ataque con su infantería ligera y con nuestros rifles que estaban apostados del lado de la montaña.
El enemigo logró por la noche y a primeras horas del día ocupar la cima de las montañas, pasando a nuestra izquierda y a nuestra retaguardia. Además, reforzó su extrema derecha con 1,500 o 2,000 soldados de infantería.
Al mayor Trail (102), del 2º de Voluntarios de Illinois, con sus fusiles, se le ordenó apoyar al coronel Marshall, el cual estaba encargado de mantener la derecha del enemigo vigilada.
El enemigo abrió fuego a nuestra izquierda desde la batería situada en el lado de la montaña cerca de donde había comenzado a subir su infantería ligera; todo indicaba que el ataque mayor sería a nuestra izquierda. El 2º de Infantería de Kentucky y la Batería de Artillería de Bragg fueron mandados hacia la extrema derecha por órdenes dadas al mayor Mansfield; a la Batería de Sherman se le ordenó venir desde atrás para apostarse con el Regimiento del Coronel Bisell (2º de Voluntarios de Illinois) en la meseta que se extiende desde el centro de la línea hacia el pie de las montañas, cuyos flancos estaban ahora llenos con la infantería mexicana y nuestros fusileros entre los cuales el fuego se había vuelto muy enérgico. Al mismo tiempo el comando general regresaba de Saltillo con el regimiento de Mississippi y el 2º escuadrón de dragones. Poco después llegó y tomó su posición al centro del campo de batalla, desde donde podría ver y dirigir la operación todo el día.
A las 8 de la mañana, un gran cuerpo de batalla del enemigo, compuesto por infantería, lanceros y tres piezas de artillería, se movió de lo alto del camino al centro, donde estaba la batería del capitán Washington y el 1º de Voluntarios de Illinois, pero ágilmente fue dispersado por estos últimos. La rapidez y precisión del fuego de la artillería los dispersó en unos minutos con bajas considerables en su lado y pocas o ninguna en el nuestro.
En conexión con este movimiento, una gruesa columna de la infantería y caballería del enemigo además de la batería del lado de la montaña se movió hacia nuestra izquierda que era defendida por el general Brigadier Lane, con el 2º Regimiento de Indianápolis y la sección del teniente O’Brien de Artillería quienes contestaron fieramente el fuego de la Artillería del enemigo, haciendo honor a las palabras, con gran efectividad. El general Lane, de acuerdo con mis órdenes, deseando mover su infantería a poca distancia, le indicó a su línea marchar hacia delante. Esta orden fue obedecida debidamente por el teniente O’Brien, la infantería, sin embargo, en lugar de avanzar, retrocedió en desorden y a pesar de los sumos esfuerzos de su general y sus oficiales, dejaron a la artillería sin apoyo y huyeron del campo de batalla. Algunos de ellos fueron reunidos por el coronel Bowles (103), quien con un pequeño grupo llegaron a las filas de los fusileros del Mississippi y durante el día prestaron un excelente servicio en ese valeroso regimiento. Me pesa mucho decir que la mayoría de ellos (de los que escaparon) no regresaron al campo de batalla pues huyeron hasta Saltillo.
El teniente O’Brien, al quedarse sin el apoyo de la infantería e incapaz de hacer un frente contra la numerosa columna que avanzaba en torno a él con un fuego destructivo, retrocedió hacia el centro, dejando atrás a uno de sus contingentes cuyos caballos y cañones fueron muertos o destruidos por el enemigo. Viéndose aislados del centro por la huida del 2º Regimiento de Indiana, el consecuente avance de las tropas mexicanas de infantería y caballería sobre el terreno que antes ocuparan, los fusileros bajo el mando del coronel Marshall retrocedieron de su posición en la montaña, donde habían combatido tan exitosamente con el enemigo al otro lado del arroyo seco que estaba inmediatamente atrás de nuestra posición. Aquí muchos huyeron desordenadamente hacia la retaguardia. Algunos fueron reunidos después y traídos nuevamente a la acción al lado de sus valientes compañeros, otros fueron detenidos en la Hacienda de Buenavista y ahí castigados por sus oficiales.
El enemigo inmediatamente trajo una batería de tres piezas, tomó posesión en el extremo izquierdo de nuestra línea, bajo la montaña, y comenzó un fuego dirigido hacia nuestro centro, el cual regresamos con buen efecto sobre la columna de avance de los mexicanos, que constaba de cerca de 6,000 hombres de Infantería y Lanceros. Eso hizo que se mantuvieran en el lado alto de la meseta, cercanos al lado de la montaña, en lugar de ir hacia la izquierda y avanzar contra nuestro centro donde era más intenso el fuego de nuestra bien dispuesta artillería, continuaran su recorrido perpendicular a nuestra línea en la extrema izquierda, cruzando sobre el lecho del arroyo seco en la dirección tomada por nuestra línea de retirada de los fusileros, manteniendo libre todo el pie de la montaña. Los coroneles Marshall y Yell, con sus Compañías de Caballería el coronel May, con el 1º y 2º escuadrones de dragones, así como el Escuadrón del capitán Pike (104) del Regimiento de Arkansas, junto con una brigada de infantería, formada por los del Regimiento de Mississippi y el 3º de Indiana (coronel Lane), y un fragmento del 2º Regimiento de Indiana, bajo las órdenes del coronel Bowles, y la artillería de Bragg, más tres piezas de la Artillería de Sherman, lograron vigilar la marcha de esta columna. El Regimiento de Mississippi, solamente con un obús, bajo el mando del capitán Sherman, arremetió contra 4,000 soldados del enemigo y los detuvo en su avance hacia Saltillo. Un gran cuerpo de lanceros de este batallón formó una columna en una de las gargantas de las montañas avanzando sobre la infantería mexicana para realizar el descenso sobre la Hacienda de Buenavista, cerca de la cual nuestro convoy de provisiones y equipaje se había estacionado. Los mexicanos se encontraron con nuestras valientes tropas montadas al mando de los coroneles Marshall y Yell, quienes los vencieron, separando la columna de ataque. Una parte se regresó a las montañas, donde fueron cubiertos por su infantería, y otra parte se fue a través de la hacienda. Estos se encontraron con el fuego destructivo de los hombres que habían abandonado el campo de batalla al comienzo de esta, mismos que habían sido reunidos por sus oficiales. Los Dragones del coronel May y la sección de Artillería bajo el teniente Reynolds (105) llegaron en este momento, completaron el cerco de esta sección de la caballería enemiga. La columna que había pasado a nuestro lado izquierdo, y que se había desplazado a más o menos dos millas a nuestra espalda, ahora se encontraba con la realidad y estaba replegándose dejando al descubierto su lado derecho a un fuego pesado y destructivo de nuestra infantería y artillería, quienes se habían colocado en línea paralela a la marcha de retirada de la columna, por lo cual muchos fueron forzados a volver a las montañas y otros se dispersaron.
El general Santa Anna viendo la situación de esta parte de su ejército, y sin lugar a dudas considerándolo como un corte a sus líneas, envió una bandera al comando mayor general para conocer lo que se deseaba. El general me pidió que fuera el emisario de su respuesta, a lo cual acepte con gusto yendo inmediatamente hacia la batería del enemigo al pie de la montaña para entrevistarme con el comandante en jefe mexicano. Pero a resultas de una negativa de cese de fuego sobre nuestras tropas, a quienes las noticias de una tregua no se habían comunicado y que estaban peleando duramente con la infantería mexicana, declaré las negociaciones suspendidas y regresé sin haber visto al general Santa Anna o comunicado la respuesta de la Comandancia General.
La columna mexicana estaba retirándose rápidamente ahora, perseguida por nuestra artillería, infantería y caballería; a pesar de que nuestros disparos eran certeros, ellos lograron retirarse, en gran parte debido a la configuración del terreno aunque debían pasar el cruce del lecho del arroyo seco y subir a la meseta por la cual habían antes bajado.
Mientras esto estaba sucediendo, en la parte izquierda y trasera de nuestra línea, en el centro que estaba bajo el ojo directo de nuestra Comandancia General, aunque habían sufrido varias bajas por muertos y heridos, aún así permanecían y repelían cada intento de ataque hecho sobre ellos.
Las fuerzas mexicanas, ahora concentradas en la izquierda, hicieron un valeroso movimiento para atacar nuestro centro, avanzando con todas sus tropas desde la derecha y el frente. En este momento se ordenó al teniente O’Brien que avanzara su batería y vigilara este movimiento. Él lo hizo en una manera bravía y gallarda manteniendo su posición hasta que su fuerza de soporte había sido completamente desviada por un vigor infinitamente superior. Casi todos sus hombres y caballos habían sido heridos o muertos y se encontró en la necesidad de abandonar a su grupo cayendo estos en manos del enemigo. Desde este punto el enemigo marchó hacia el centro donde el golpe fue recibido por el coronel McKeel, el 1º de Illinois bajo el coronel Hardin, y el 2º, bajo el coronel Bisselly, bajo el mando inmediato de la comandancia superior. Esta fue la parte más tremenda, la más crítica de toda la acción; en ese momento en el que nuestras tropas estaban casi cediendo bajo la gran fuerza de un poder superior al cual estaban contendiendo, las baterías de los capitanes Sherman y Bragg llegaron justo a tiempo desde la retaguardia y bajo la inmediata dirección de la Comandancia General, y por medio de un fuego bien dirigido, hizo que el enemigo se retirara, sufriendo grandes pérdidas y casi terminándose las municiones. Una parte de los lanceros del enemigo tomó a nuestra infantería por un flanco y los llevó hacia abajo de la loma frente a la batería del capitán Washington, quién los salvó gracias al ataque certero y cronometrado.
Este fue el último gran esfuerzo del general Santa Anna: el fuego entre nuestra artillería y la del enemigo, empero, continuó toda la noche. (106)
Estado de ánimo después de la batalla de Buenavista

Un oficial del ejército de Taylor describe la amargura después de la batalla:
En una cierta hora de la noche regresamos al campo de batalla donde habíamos tenido nuestro primer enfrentamiento, ahí vimos los cuerpos destrozados de nuestros compañeros y aunque aún estábamos alertas por la fiereza del combate, no creo que haya existido algún hombre que por un momento no se le parara el corazón al contemplar esa terrible escena, si no hubiera sido por su sombrero de paja y algunas cosas de ropa que los maleantes le habían dejado, nunca hubiera reconocido el cuerpo del joven Eggleston. A él le dispararon, lo acuchillaron y abusaron de él…
Después de la batalla anduve rondando el campo de batalla. Había brigadas que se encargaban de quemar a los muertos, pero había aún cientos de cuerpos yaciendo sin nada que los cubriera o con la poca ropa que los bandidos les habían dejado por considerarlos artículos sin valor. Vi cuerpos destazados por doquier y las expresiones en sus rostros mostraban casi cada pasión y sentimiento humanos. Algunos parecía que hubieran defendido sus vidas con valentía hasta el último momento, mientras que otros habían usado sus últimas palabras para pedir clemencia (…) pasando esta parte del terreno ensangrentado, subí a la meseta que estaba literalmente cubierta con los cuerpos de los que hasta hacía unas horas eran nuestros compañeros, Dios sabe que la escena era suficientemente espantosa, pero estaba despojada de algunos de sus horrores por el hecho de que ninguno de los cadáveres de soldados mexicanos había sido robado o desnudado, ni había la más mínima evidencia de que los cuerpos hubieran sido acuchillados, ni abusados de ninguna manera después de haber muerto. Esto de hecho habla a favor de los “bárbaros voluntarios de los Estados Unidos del Norte”, como nos nombran los mexicanos. (107)
Durante la noche del 23, Santa Anna retiró sus tropas del campo de batalla y se preparó para la larga marcha de regreso. La guerra continuaría y sería concluida por el ejército de Scott en batallas que tendrían como escenario el camino de Veracruz a la Ciudad de México. Pero en el norte la guerra había concluido. La batalla más dura, y quizá la más espectacular por el número de efectivos, y el escenario habían terminado, los hombres que sobrevivieron servirían como un ejército de ocupación en el norte del país y los norteamericanos se dieron cuenta de que su invasión a México no sería ningún romántico paseo como planteaba la propaganda de reclutamiento de un par de años antes.
Relación de imágenes:
Imagen 1. Anónimo: General Zacarías Taylor en el campamento, grabado coloreado, s/f, (US. National Park Service, Brownsville Texas. The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Liary. «Zachary Taylor [signature] at the period of his commanding in Mexico. «New York Public Library Digital Collections “ (5111194).
Imagen 2. Anónimo. (1976). Campaña de Taylor (marzo 1846- febrero 1847. University of Texas, (Board of Regents, The University of Texas System. Perry-Castañeda Library Map Collection),
Imagen 3. Anónimo. (1846). General William J. Worth durante el bombardeo al palacio del Obispo en Monterrey, 22 de septiembre de 1846, (grabado). New York. N. Currier (Beinecke, Frederick, 999952).
Imagen 4. Avery L. (1863). Brownsville ahora ocupada por el ejército al mando del General Mayor N. P. Banks mostrando el ferry de Santa Cruz. (Litografía) Frank Leslie’s illustrated newspaper, Brownsville 1863 Dec. 5, p. 173. (Duke University Archives. The University of Texas at Arlington Library, Special Collections.E405.1.T53).
Imagen 5. Anónimo. (1846). Matamoros visto desde el Fuerte Brown. Philadelphia, Carey and Hart.
Imagen 6. Anónimo, Grabado del mayor Jacob Brown con pluma blanca en el sombrero dirigiendo el combate desde Fuerte Texas donde muere al ser herido (Brownsville Historical Society, (66000811).
Imagen 7. Anónimo (1846). Punta Isabel desde Brazos Santiago ocupado por los norteamericanos. Thorpe, T.B., Our Army on the Rio Grande, Filadelfia, Carey & Hart, p. 29.
Imagen 8. Anónimo. (1864). General Pedro de Ampudia (daguerrotipo). University of Texas at Austin
Imagen 9. Anónimo. (s/f). Antonio Canales Rosillo (daguerrotipo). Saldívar, Gabriel, Historia compendiada de Tamaulipas, Editorial Beatriz de Silva, Tampico, 1945, p. 188.
Imagen 10. Anónimo. (1847). General Mariano Arista (grabado), Latin American studies.
Imagen 11. Anónimo. (ca. 1846). Grabado que muestra el momento en que el Mayor Jacob Brown cae mortalmente herido por una granada durante el sitio de Fuerte Texas. Brownsville Historical Society.
Imagen 12: Paldi, Ange. (1847). Batalla de Palo Alto, 8 de mayo de 1845. Batalla de Resaca de la Palma 9, de mayo de 1846. Litografía de Klauprech & Menzel después Ange Paldi, 5o Inf., U.S.A., 1847, Biblioteca del Congreso EU, LC-USZ62-125
Imagen 13. Anónimo. (1846). El general Zacarías Taylor (Viejo rudo y rápido). Como lucía en la batalla de Palo Alto. New York, C. J. Pollard, 1846, a partir de un boceto de un teniente de artillería. (Library of Congress, 2003674499).
Imagen 14. Anónimo. (1882): Tinta de la Batalla de Resaca de la Palma. Coffin, Charles Carleton, Building the Nation: Events in the History of the United States from the Revolution to the Beginning of the War Between the States, Volume 3, New York, Harper, p. 321. (Brownsville Historical Society).
Imagen 15. Anónimo, (1846). Caída del Mayor Ringgold. Thorpe, T.B., Our Army on the Rio Grande, Philadelphia, Carey & Hart, forro de cuartas.
Imagen 16. Anónimo. (1848). El general Taylor dirigiendo la batalla de Palo Alto. Mansfield D., Edward, The Mexican War: a History of its origins, New York, A. Barnes & Co., 1848. (Library of congress, 2001700089).
Imagen 17. Chamberlain, Samuel (1850). Los Dragones de Harney cruzando el Río Grande. My Confession: Recollections of a Rogue (1850). Austin. Goetzman H. William (editor)- Texas State Historical Association.
Imagen 18. Anónimo. (1848). La catedral inconclusa de Matamoros. Thorpe, T.B., Our Army on the Rio Grande, Philadelphia, Carey & Hart, p. 142 r
Imagen 19.Whiting, Daniel Powers. (1847). Valle de Saltillo desde una colina del palacio del Obispado en Monterey (sic) (viendo hacia el suroeste). New York: G & W Endicott, 1847. (Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C., 2003664238).
Imagen 20. Whiting, Daniel Powers. (1847). Montañas de Monterey (sic) desde el camino de Saltillo hacia la ciudad… La división del general Worth avanzando, tomando posición bajo el fuego del enemigo… en la mañana del 21 de septiembre de 1846. New York: G & W Endicott, 1847. (Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C. 20540 USA, 2003664232).
Imagen 21. Currier, N. (1848). General mayor Z. Taylor frente a Monterey (sic), 20 de septiembre de 1846. Litografía de N. Currier. (Biblioteca del Congreso, LC-USZ62-4919).
Imagen 22. Anónimo. (1886), Monterrey y sus alrrededores. Grant, Ulysses, Memoirs of general U.S. Grant, complete, Charles L. Webster & Co., New York, vol 1, cap. 8.
Imagen 23: Whiting, Daniel Powers. (1847). Asalto final al obispado de Monterrey (un idealizado y medieval castillo) New York, G. & W. Endicott, (Hartford, Connecticut Historical Society Museum, DAE-11324871).
Imagen 24: Swinton, F., (1847). Monterey (sic), desde la colina Independencia, detrás del palacio del Obispado…23 de septiembre de 1846. New York, G. & W. Endicott (Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C. 20540 USA, 98513322).
Imagen 25. Anónimo. (1847). Daguerrotipo del palacio del obispado, nótese la artillería ligera estacionada frente al edificio. Monterrey, octubre de 1846, New York: G & W Endicott, 1847
Imagen 26: Chamberlain, Samuel Emery. (1850). Defensa final desesperada del obispado, My Confession: Recollections of a Rogue. Austin. Goetzman H. William (editor), Texas State Historical Association.
Imagen 27: Currier, N. (1846), Batalla de Monterrey. Los norteamericanos enfrentando férrea resistencia de los mexicanos para ocupar la plaza principal, 23 de septiembre de 1846, grabado de N. Currier, 1846, (Biblioteca del Congreso, LC-USZC4-1642I
Imagen 28. Whiting, Daniel Powers.(1847). El general Ampudia negociando la capitulación de Monterrey con el general Taylor, 24 de septiembre de 1847 (Litografía) New York, G. & W. Endicott, (Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C, 98516160).
Imagen 29. Anónimo. (1847). Daguerrotipo del 1o y 2o Regimiento de soldados a pie de Illinois en las calles de Saltillo, enero 1847. (Brady Handy photograph collection, Library of the Congress LC 706/18472u).
Imagen 30. Clay, Edward Williams. (1847). Notables operaciones militares con un tazón de sopa preparada a la carrera. New York, H. R. Robinson Imp. (Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C., LC-USZ62-62676).
Imagen 31. Anónimo, (1847) Daguerrotipo del general John E. Wool y su estado mayor entrando por la calle Real de Saltillo, enero de 1847. (Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University Digital collection, 2001692).
Imagen 32. Anónimo. (1846). Daguerrotipo del general John E. Wool. (Brady Handy photograph collection, Library of the Congress, LC-DIG-pga-05575).
Imagen 33. Anónimo. (1848). Antonio López de Santa Anna (1794-1876). Mayer Brantz, History of the War between Mexico and the United States, New York-London: Wiley and Putnam, p. 7.
Imagen 34. Robinson, Henry R. (1847). Batalla de Buenavista (de un borrador tomado en el lugar por el mayor Eaton, asistente de campo del General Taylor. New York: Robinson, 1847. (Library of Congress, Washington D.C., reg. 02525).
Imagen 35. Carl Nebel. (1851). Batalla de Buenavista. Kendall, Wilkins, George – Nebel, Carl. The War between the United States and Mexico illustrated, embracing pictorial drawings of all the principal conflicts … with a description of each battle- New York & Philadelphia: Plon Brothers of Paris for D. Appleton & Co. and George S. Appleton.
Imagen 36. Anónimo. (1838). Daguerrotipo mostrando la batería del mayor Lucien B. Webster en las montañas al norte de Buenavista, México, después de una importante victoria Americana en la guerra con México. (Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University Digital collection, 2001686).
Notas a pie:
1 General brigadier Zacarías Taylor, comandante del Ejército de Ocupación, Corpus Christi, al general adjunto del Ejército Roger Jones, Washington, D.C., 15 de agosto de 1845 (copia), Cartas enviadas, Cuartel General Zacarías Taylor, AGO, RG 94, Nat. Arch. Zacarías Taylor fue 1er teniente del 7º de Infantería el 3 de mayo de 1808; capitán el 30 de noviembre de 1810 y mayor 26º de Infantería el 15 de mayo de 1814. Fue dado de baja con honores el 15 de junio de 1815, pero de nuevo adscrito como mayor del 3º de Infantería el 17 de mayo de 1816, y después de numerosas transferencias, ascendido a coronel del 1º de Infantería el 4 de abril de 1832. Ascendido a general brigadier por servicios distinguidos en la guerra contra los Indios Seminolas (1837), y general mayor por las batallas de Palo Alto y Resaca de la Palma. General mayor para el 29 de junio de 1846, renunció el 4 de marzo de 1849 para lanzarse a la candidatura a la Presidencia de los Estados Unidos, y murió en el cargo el 9 de julio de 1850.
2 William Jenkins Worth fue 1er teniente del 23º de Infantería, el 19 de marzo de 1813; coronel del 8º de Infantería, el 7 de julio de 1838; Ascendido a general brigadier, el 1 de marzo de 1842 por sus servicios como comandante en Florida, y ascendido a general mayor después de la batalla de Monterrey. Murió el 7 de mayo de 1849.
3 Alexis de Tocqueville, La Democracia en América, ed. Richard D. Heffner, Nueva York, Mentor Books, 1961, p. 276.
4 General brigadier William J. Worth, Corpus Christi, al cirujano general Thomas Lawson, Washington, D.C., el 1 de noviembre de 1845, Fondo Thomas Lawson, DLC.
5 Orden de Taylor No. 14, Corpus Christi, el 26 de septiembre de 1845, creación del denominado “Ejército de Ocupación”. El 8º de Infantería y las compañías de artillería sirviendo como de infantería fue la 1ª Brigada bajo el mando del general Worth (el 28 de septiembre de 1845 se incorporó otra orden la cual estaba constituida por varios regimientos de artillería al Batallón de Artillería comandado por el teniente coronel Thomas Childs). La 2ª Brigada fue creada de los 5º y 7º Regimientos de Infantería. Y del 3º y 4º Regimientos de Infantería constituyendo la 3ª Brigada. El 2º de Dragones mantuvo su comandancia aparte, como también las cuatro compañías de artillería con sus baterías.
6 A lo largo de la costa desde la desembocadura del Río Nueces (cerca del Río Grande o Bravo) se encuentra la Isla del Padre, una angosta franja de arena separada de la tierra firme por la Laguna Madre. La punta sur de la Isla, llamada Punta Isabel, cierra la Laguna y está frente a Brazos Santiago, que separa a las Islas del Padre y de Brazos. La Isla de Brazos es un islote de arena, donde su única población fue repetidamente destruida por las mareas y los huracanes. Cuando los transportes del general Taylor llegaron la encontraron habitada solamente por una familia y su ganado. En el otro lado de la Isla de Brazos se encuentra otra franja de tierra llamada Boca Chica, pero tenía sólo 50 metros de ancho y como el puerto de Brazos Santiago tenía poca profundidad, por lo cual sólo podían entrar embarcaciones ligeras. Los alrededores de la Isla de Brazos se adaptaron con muelles. Al principio solamente se construyeron en la Isla de Brazos, donde las provisiones se almacenaban al aire libre. Pero poco a poco se fue construyendo un conjunto de bodegas. En Punta Isabel (algunos kilómetros arriba) había fortificaciones que comenzaron a construir los hombres de Taylor, cubrían 200 hectáreas, y pronto recibieron el nombre de Fuerte Polk.
7 Tomó batallones alternativos de cada brigada (alrededor de 2400 hombres) y 30 días para construir el fuerte. Las paredes eran de barriles llenos de arena apilados en filas de siete y reforzados con vigas; además apilaron arena hasta una altura de 3 m. La Ordenanza de Taylor No. 62, del 17 de mayo de 1846, lo nombraba Fuerte Brown, “en recuerdo del valiente comandante que noblemente cayó en su defensa”.
8 Joseph King Fenno Mansfield era capitán del cuerpo de Ingenieros, el 7 de julio de 1838, y fue ascendido a mayor por la toma de Fort Brown; después a teniente coronel posteriormente la Batalla de Monterrey y a coronel por la Batalla de la Angostura. Durante la Guerra Civil fue general brigadier del ejército unionista y el 6 de mayo de 1861. Murió el 18 de septiembre de 1862 por heridas recibidas en la Batalla de Antietam.
9 General Pedro de Ampudia, nacido en la Habana, inició su carrera como cadete de infantería en un Regimiento Español, el 14 de abril de 1818. Comandó al Ejército Mexicano en Monterrey y dirigió una brigada en la Angostura. En la Batalla de Cerro Gordo rechazó el primer ataque norteamericano en el Cerro del Telégrafo. Para la Batalla de Cerro Gordo ver capítulo V.
10 Teniente John P. Hatch, Campamento opuesto a Matamoros, a su hermana, abril. 3, 1846, Fondo John Porter Hatch, DLC.
11 (San Luis Potosí, 1802 -en el Atlántico, 1855) Militar y político mexicano. Dirigió el ejército del Norte en la guerra contra EE UU. ministro de Guerra y Marina (1848-1851) y presidente constitucional (1851-1853).
12 El 7º de Infantería, con las Compañías I del 2º de Artillería, y E del 3º de Artillería, permanecieron para formar la guarnición de Fuerte Texas; el capitán Mansfield, del cuerpo de Ingenieros, también permaneció en el Fuerte con el mayor Jacob Brown. EL resto del ejército de Taylor se desplazó el 1 de mayo. El mayor George A. McCall con un destacamento de elite de tropas ligeros (formado de varias unidades) al mediodía, las otras tropas hacia las 2 p.m. Los que estaban bajo el mando del coronel David E. Twiggs eran los siguientes en este orden: una compañía del 2º de Dragones, 5º de Infantería, Ringold de Artillería, 4º de Infantería, 3º de Infantería, dos compañías del 2º de Dragones. El general Worth había presentado su renuncia en protesta por la falta de promoción y ascenso y porque Twiggs ocupara su lugar. Taylor le concedió permiso de ausentarse hasta el 31 de mayo. El coronel William G. Belknap por tanto quedó al mando del la 1ª Brigada. En la marcha, Belknap comandaba el 8º de Infantería, la artillería de Duncan y el Batallón de Artillería, y dos compañías del 2º de Dragones.
13 El Mayor Jacob Brown de Massachusetts fue mayor del 7º de Infantería, el 27 de febrero de 1843. Murió el 9 de mayo de 1846 por las heridas recibidas el día 6.
14 El capitán Edgar S. Hawkins fue Capitán del 7º de Infantería, 10 de noviembre de 1829, y mayor del 1º de Infantería el 16 de febrero de 1847. Ascendido a mayor por la defensa del Fuerte Brown.
15 El capitán Samuel Hamilton Walker, fue capitán del agrupamiento montado de los Rangers de Texas el 11 de abril de 1846; teniente coronel el 24 de junio de 1846; capitán del agrupamiento montado de fusileros el 27 de mayo de 1846. Murió en Huamantla. Ver el capítulo V.
16 Teniente Charles Hanson, fue 1er Tteniente del 7º de Infantería el 16 de marzo de 1844; capitán el 16 de febrero de 1847, y murió en la Batalla de Padierna.
17 Teniente Braxton Bragg, de Carolina del Norte, fue 2º teniente del 3º de Artillería el 1 de julio de 1837; 1er teniente el 7 de julio de 1838; capitán el 18 de junio de 1846. Fue ascendido a capitán por la defensa del Fuerte Brown; ascendido a mayor después de la toma de Monterrey y a teniente coronel después de la Batalla de la Angostura. La batería de Bragg era la Compañía E, del 3º de Artillería; funcionaba como artillería ligera, pero no fue designada sino hasta 1847. Durante la Guerra Civil, Bragg fue general en el ejército de los Estados Confederados y dirigía las fuerzas de Tennessee.
18 Capitán Edgar S. Hawkins, puesto de comando, Fort Taylor, Texas (Fuerte Brown), al capitán W.W.S. Bliss, A.A.A.G., Ejército de Ocupación, Texas el 10 de mayo de 1846, Congressional Globe, 29 Cong., 1ª sesión, apéndices, pp. 681-682.
19 Batalla de Resaca de Guerrero para los mexicanos.
20 Distintos batallones de cada brigada trabajaron en la construcción de trincheras bajo la supervisión de sus oficiales; el turno matutino trabajaba de las 6:30 a.m. hasta las 12:30 p.m. los vespertinos lo hacían desde esa hora hasta las 18 h.
21 Matamoros está al otro lado del Río Bravo de Fuerte Brown, pero Taylor no buscaba solamente regresar a Fuerte Brown –estaba avanzando hacia el enemigo-. Ver Ordenanza No. 58, Punta Isabel, 7 de mayo de 1846: “El ejército avanzará a las 3 del día de hoy en dirección a Matamoros. Se sabe que el enemigo ha ocupado recientemente la ruta con efectivos –si aún están en posición-, el general les dará batalla. El comandante general (…) desea insistir al batallón de Infantería que su mayor dependencia tiene que estar en la bayoneta.”
22 Teniente Jeremiah Mason Scaritt de New Hampshire, graduado quinto en su generación en West Point y 2º teniente del 6º de Infantería, 1 de julio de 1838; 2º teniente de Ingenieros, 7 de julio de 1838; 1er teniente, 1 de julio de 1839, y ascendido a capitán por la Batalla de Monterrey. Murió el 22 de junio de 1854.
23 Coronel Joseph Gilbert Totten, graduado de West Point como 2º teniente del cuerpo de Ingenieros, 1 de julio de 1805; coronel y jefe de ingenieros el 7 de diciembre de 1838. Durante la guerra con México fue ascendido a general brigadier después de la Batalla de Veracruz.
24 La batería Duncan era la Compañía A del 2º Cuerpo de Artilleros. James Duncan fue capitán del 2º Cuerpo de Artilleros el 16 de abril de 1846; Ascendido a mayor por la Batalla de Palo Alto; a teniente coronel por la de Resaca de la Palma y a coronel por la Batalla de Monterrey. Murió el 3 de julio de 1849 en Mobile, Alabama.
25 Capitán Charles Augustus May fue 2º teniente del 2º Cuerpo de Dragones el 8 de junio de 1836, y capitán el 2 de febrero de 1841. Ganó tres reconocimientos en la guerra contra México por Palo Alto, Resaca de la Palma y Buenavista.
26 Capitán John Page fue 2º teniente del 8º de Infantería el 13 de febrero de 1818; fue transferido al 4º de Infantería en 1821 y capitán el 30 de abril de 1831. Murió el 12 de julio de 1846 por las heridas recibidas en la batalla de Palo Alto.
27 Probablemente teniente Roland Augustus Luther, 2º Cuerpo de Artilleros.
28 Ascendido a capitán, William Wallace Smith Bliss, era el yerno y asistente adjunto desde 1839. Fue el noveno en su clase cuando se graduó en West Point en 1833. Como adjunto era imprescindible para Taylor en el ejército. Ganó dos condecoraciones por las Batallas de Palo Alto, Resaca de la Palma y por la Angostura.
29 Teniente Randolph Ridgely de Maryland, primer teniente del 3er cuerpo de Artilleros el 17 de julio de 1838; adjunto al regimiento de 1838 a 1841 y asistente adjunto general el 7 de julio de 1846. Fue ascendido a capitán después de las batallas de Palo Alto y Resaca de la Palma. El 27 de octubre de 1846 murió en Monterrey como resultado de una caída de su caballo.
30 General R. Díaz de la Vega comandaba la 2ª Brigada del Ejército Mexicano en Resaca de la Palma.
31 Teniente J. M. Scarritt, Punta Isabel, a coronel J. G. Totten, Washington, 12 de mayo de 1846, Cartas recibidas en la Oficina del Jefe de Ingenieros, RG 77, Nat. Arch.
32 Teniente Edmund Kirby Smith era 2º teniente del 5º de Infantería, 1 de julio de 1845; 2º teniente del 7º de Infantería, 22 de agosto de 1846. Recibió reconocimientos por su participación en la batalla de Cerro Gordo, Padierna y Churubusco. En la Guerra Civil fue general del ejército de los Estados Confederados.
33 Teniente Edmund Kirby Smith, Matamoros, a la Sra. Frances K. Smith, 20 de mayo de 1846, Fondo Edmund Kirby, So. Hist. Col., NCa.
34 Teniente Jenks Beaman, Campamento del Ejército de Ocupación en Matamoros, México, a la Sra. C.R. Mallory, West Poultney, Vermont, 29 de mayo de 1846, Fondo Jenks Bearman, Biblioteca Houghton, Universidad de Harvard, Cambridge, Mass. De aquí en adelante éste fondo será citado como Houghton. Jenks Bearman era originario de Vermont. Fue 2º teniente del 4º de Infantería, 31 de diciembre de 1842, y 1er teniente el 27 de noviembre de 1846. Murió en Veracruz el 6 de mayo de 1848.
35 General Mayor Zacarías Taylor, Matamoros al Dr. Robert C. Wood, Fuerte Polk (Punta Isabel), Texas, 14 de julio de 1846, en Letters of Zachary Taylor from the Battlefields of the Mexican War; Reprinted from the Originals in the Collection of Mr. William K. Bixby, of St. Louis Mo. Rochester, Nueva York, The Genessee Press, 1908, p. 28.
36 Teniente Coronel Henry Wilson 32º de Infantería el 17 de mayo de 1813, y teniente coronel del 1º de Infantería el 14 de junio de 1842. Fue ascendido a coronel por la Batalla de Monterrey. Después de la ocupación de Veracruz fue comandante y gobernador de dicha ciudad.
37 Compañía independiente de Voluntarios de Texas (Compañía Montada), comandada por el capitán John T. Price.
38 Teniente George H. Tomas fue 2º teniente del 3º de Artilleros en 1 de julio de 1840, y 1er teniente el 30 de abril de 1844. Ganó reconocimientos por su participación en Monterrey y la Angostura. Durante la Guerra Civil fue general mayor (Ejército de la Unión), y se hizo famoso como “La Roca de Chickamauga”.
39 General Antonio Canales Rosillo (Monterrey, Nuevo León, 1802 – Camargo, Tamaulipas, 1852) fue un líder militar mexicano que sirvió como comandante en jefe del ejército de la República del Río Grande (Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas) durante la efímera existencia de la república separatista en 1840. Canales abandonó la causa por la República del Río Grande y recibió el puesto de general brigadier del Ejército Mexicano, sellando de esta manera el destino de la república secesionista.
40 La mayoría de los voluntarios abandonaron Matamoros para el 30 de julio, pero parte del Batallón de Baltimore no lo hizo sino hasta el 15 de agosto.
41 Kenly, Maryland Volunteer, pp. 61-63.
42 El general Francisco Mejía fue general en jefe del Ejército del Norte en sustitución del general Mariano Arista, destituido al ser culpado por la derrota de las batallas de Palo Alto y de Resaca de la Palma. Nació en Valladolid (Morelia) en 1822. En el gobierno del Presidente Lerdo fue ministro de Hacienda (1872-1876). Era diputado por Michoacán cuando murió en 1901.
43 Ordenanza del general Taylor No. 99, Camargo, 17 de agosto de 1846.
44 La tarde del 18 de agosto, una brigada formada por el Batallón Duncan de Artillería (8 compañías) y seis compañías del 8º de Infantería recibió la orden de marchar el diecinueve a Cerralvo con rumbo a Monterrey. También por la tarde del dieciocho, el general Taylor pasó revista a todos los soldados regulares. El dieciocho el Batallón de Artillería cruzó el Río San Juan y acampó en su margen izquierdo; la siguiente mañana el 8º de Infantería lo hizo, y para esa tarde (el diecinueve) toda la Brigada estaba levantando sus tiendas para continuar la marcha. Fue hacia la puesta del sol cuando el Batallón de Artillería y la batería de Duncan se desplazó. Sobre el avance ver cartas de Taylor a Wood, 19 de agosto de 1846, Bixby letters, pp. 43-44.
45 General brigadier David Emanuel Twigss de Georgia, fue capitán del 8º de Infantería el 12 de marzo de 1812; teniente Coronel del 4º de Infantería el 15 de julio de 1831; coronel del 2º de Dragones el 8 de junio de 1836, y general brigadier el 30 de junio de 1846. Después de Monterrey fue ascendido a general mayor. Durante la Guerra Civil (1861-1862) fue general mayor en el Ejército de los Estados Confederados; murió el 15 de julio de 1862. En la ordenanza 49 del general Taylor del 22 de abril de 1846, describe a Twiggs como sigue: “El mando del coronel Twiggs, comprende a la Caballería (2º Dragones) y la 2ª Brigada de Infantería (5º y 7º Regimiento) y podemos llamarla “El ala derecha del ejercito de Ocupación”.
46 La descripción de Smith del ejército de Taylor difiere algo de la organización que nos presenta en una ordenanza de Taylor en el mismo día que la carta de Smith fue escrita. De acuerdo con la ordenanza No. 98 de Taylor, los soldados regulares estaban agrupados en dos divisiones. La Primera División estaba comandada por Twiggs, y consistía del 1º, 3º y 4º Regimientos (de Infantería), las baterías de Bragg, Ridgely y Webster, y cuatro compañías del 2º de dragones al mando de May. Adjunto también a esta división estaba el Batallón Baltimore y la compañía de a pie del capitán William R. Shivor de voluntarios de Texas. Al mando de Twiggs estaban cerca de dos mil hombres. La Segunda División, bajo el mando del General Worth, incluía al 5º, 7º y 8º Regimientos de Infantería, Los Batallones de Artillería (“la infantería piernas rojas” comandada por Childs), y las baterías de Duncan y Mackall. También estaba una compañía de elite de tropas ligeras comandada por el capitán Charles F. Smith, la compañía Blanchard de voluntarios de Luisiana y la de McCulloc de Rangers de Texas. La División de Worth incluía cerca de dieciocho mil hombres. El 20 de agosto, Taylor emitió otra ordenanza (Ordenanza General No. 100) que juntaba a los voluntarios en dos divisiones. Una comandada por el general mayor William Orlando Butler; la otra por el general mayor Robert Paterrson. Las tres brigadas de la Primera División de Voluntarios eran comandadas por el general brigadier Thomas Marshall, general brigadier Thomas L. Hamer y general brigadier Joseph Lane. Los comandantes de brigada de la 2ª División de Voluntarios eran el general brigadier James Shields, general brigadier Gideon J. Pillow y general brigadier John A. Quitman. (Todos los generales brigadieres fueron nombrados por un acta del Congreso aprobada el 26 de junio de 1846). La 1ª División de Voluntarios, conocida como la “División de campo” se desplazó con el Ejército regular a Monterrey. Incluía al 1er Regimiento de Voluntarios de Mississippi (Rifleros de Mississippi comandados por el coronel Jefferson Davis), los Regimientos 1º de Kentucky, 1º de Tennessee y el 1º de Ohio; en total dos mil hombres. Además la brigada Montada de Henderson de Rangers de Texas, que incluía los regimientos de Hays y Wood, unos mil hombres, participando como una brigada independiente, pero después en la campaña adscrita a la División Worth. El ejército con el que Taylor atacó Monterrey será de cerca de diecisiete mil hombres. Los voluntarios dejados atrás “para entrenamiento y servicios de campamento”, fueron sometidos a un “sistema rígido de policía y disciplina”. Los regimientos de voluntarios que venían en el avance, se redujeron a quinientos hombres cada uno, exclusivamente los oficiales; dejaron atrás a “todos los enfermos e inválidos, y a todo aquél que no se veía capaz para soportar las fatigas y privaciones de la campaña”.
47 N del T en castellano en el original.
48 Teniente Edmund Kirby Smith a su madre, 18 de agosto de 1846. Fondo Edmund Kirby Smith, So. Hist. Col., NCa.
49 Las disposiciones de transportación para la marcha eran: un carro para cada cuartel de división y de brigada; cuatro mulas para los oficiales de campo y equipo de cada regimiento o batallón; una mula por cada ocho oficiales no comisionados, músicos y soldados. Tres carruajes estaban asignados a cada regimiento para la transportación de agua, pero cuando el Ejército llegó a Cerralvo, el general Taylor decidió que no eran necesarios y ordeno que los regresaran al Cuartel General. Dos carruajes se asignaron a cada regimiento para la transportación de artículos que no podían ser llevados por las mulas.
50 Ulysses S. Grant, Personal Memoirs of U.S. Grant, Nueva York, Charles L. Webster & Company, 1885, vol. I, pp. 104-106. Mientras el Ejército de Taylor se desplazaba hacia Monterrey y la Caballería mexicana de Torrejón podía verse a la distancia, los conductores de mulas mexicanos se mostraron menos dispuestos para seguir adelante. Kenly escribe (Maryland Volunteer, pp. 94-95): “Pasamos el pueblo de Agua Fría, y vimos delante a la caballería del enemigo; era sin duda la misma fuerza que nos había precedido en el camino de Cerralvo; nos dijeron que era la Caballería del general Torrejón. Me di cuenta de que nuestros arrieros habían cambiado su apariencia y su comportamiento en los pasados dos o tres días. Por algún conocimiento de su idioma, me hice entender por ellos y pude comprender algo de lo que decían, se expresaban en términos agradables del jefe por el que estaban adscritos a nuestro batallón. Éste estaba primero alegre y comunicativo, pero desde nuestra parada en Marín estaba taciturno y sombrío. Estaba cerca de él cuando capté su mirada y la de sus compañeros, el cambio al ver a la caballería de Torrejón. En mi interior tuve lástima de él. Estaba muy alarmado; ¿Qué podía decirle para animarlo? No me sorprendió oír durante el día que un buen número de estos muleros habían hecho un esfuerzo para escapar, dejando sus mulas y cargamento para salvarse, corriendo hacia el monte; pero el coronel Kinney, de Corpus Christi, que era su contratista, (…) los siguió y los trajo de regreso”.
51 La referencia aquí es a la expedición Texana a Mier en 1842. En noviembre de 1842, ordenada por el Presidente Sam Houston, una fuerza de 750 hombres dejó San Antonio al mando del general Alexander Somervell en una incursión más allá del Río Bravo en México. El siguiente mes, parte de esta expedición estuvo en México, eligió a William S. Fisher como jefe, peleó y finalmente se rindió ante una fuerza mexicana muy superior en Mier. Cuando los prisioneros eran conducidos a la Ciudad de México, algunos escaparon pero fueron recapturados en menos de una semana. Una décima parte de ellos fue ejecutada y los demás fueron remitidos a la Fortaleza de Perote. Algunos murieron ahí, otros escaparon y el último de ellos fue liberado en 1844. Thomas J. Green, uno de los oficiales, escribió una narración en su diario de esta expedición.
52 Mientras el Ejército se desplazaba hacia Monterrey, la Brigada de Henderson, comenzando el 18 de septiembre, formaba la avanzada del Ejército. Cf. Ordenanza de Taylor No. 120, 18 de septiembre de 1846.
53 Mayor Luther Giddings, Campamento del 1er Regimiento de Voluntarios de Ohio, cerca de Monterrey, México, a “Messrs. Comly”, editores del Dayton Ohio Journal, citado en el Nile´s National Register, vol. 71, 14 de noviembre de 1846, p. 167.
54 Capitán William S. Henry de Nueva York fue ascendido a 2º teniente del 3º de Infantería el 1 de julio de 1835 y capitán el 18 de mayo de 1846. Obtuvo una mención por la Batalla de Monterrey.
55 Capitán Electus Backus, 1º de Infantería, fue ascendido a mayor después de la Batalla de Monterrey. Murió el 7 de junio de 1862.
56 El general Taylor ordenó (Ordenanzas Generales No. 111, 31 de agosto de 1846) al Batallón Baltimore que se uniera al 1º de Infantería antes de la Batalla de Monterrey. El Batallón se convirtió en parte de la Brigada de Voluntarios del general Quitman.
57 Teniente coronel John Garland, 4º de Infantería, ganó dos reconocimientos en la Guerra contra México; fue ascendido a general brigadier después de la Batalla de Padierna y Churubusco.
58 Capitán William George Williams, Brigada de Ingenieros Topógrafos, murió por las heridas recibidas en la Batalla de Monterrey.
59 El mayor Henry L. Kinney era jefe del Cuartel de División de los Voluntarios de Texas, pero parece que era omnipresente. Fue en sus tierras donde Taylor estableció su campamento en Corpus Christi en 1845. Cuando el convoy de mulas se desplazó de Camargo a Monterrey, Kinney estaba a cargo de él. Al nombrar a Kinney como “encargado general de los conductores de los transportes de mulas”, en la Ordenanza de Taylor No. 103, indicaba que Kinney recibiría ordenes sólo del comandante general y del cuartel general. Kinney también fue guía, comprador de carne y asistente tanto de Taylor y Scott en sus campañas. Aún adquiría bastimentos para el ejército al término de la guerra.
60 Mayor William W. Lear, 3º de Infantería, murió el 31 de octubre de 1846 de las heridas recibidas en la batalla de Monterrey.
61 Capitán Joseph Hatch Lamotte fue 1er teniente del 1º de Infantería el 11 de julio de 1833, y capitán el 7 de julio de 1838. Fue ascendido a mayor después de la batalla de Monterrey.
62 Capitán John M. Scott, 1º de Infantería, fue ascendido a mayor por la batalla de Monterrey.
63 Hay controversia en torno al crédito de la toma de la Tenería entre los reclamos de Backus y sus soldados y los de la Brigada de Voluntarios del general brigadier Quitman. Entre los voluntarios también hay disputas entre el coronel William B. Campbell, del 1er Regimiento de Voluntarios de Tennessee, y el Coronel Jefferson Davis, de los Rifleros del Mississippi, sobre el papel que jugaron sus respectivos regimientos en la acción. Para esta disputa, ver coronel William B. Campbell, campamento cercano a Monterrey, a Allen A. Hall, Nashville, 25 de septiembre de 1846, citado en Nashville Whig, octubre de 1846; Bailie Peyton, Nueva Orleans a coronel William B. Campbell, 5 de noviembre de 1846; Ídem a Jefferson Davis, 3 de noviembre de 1846 (copia); Jefferson Davis a Bailie Peyton, 1 de noviembre de 1846 (copia), todo en Fondo David Campbell, Duke.
64 Diario de Electus Backus MS, Burton.
65 General Brigadier John Anthony Quitman fue nombrado general brigadier de los voluntarios el 1 de julio de 1846; ascendido a general mayor después de la batalla de Monterrey el 14 de abril de 1847. Murió el 17 de julio de 1858.
66 Teniente coronel Mirabeau B. Lamar fue inspector general de los Voluntarios de Texas.
67 Esto no es totalmente preciso. Entre noviembre de 1846 y febrero de 1847 las fuerzas norteamericanas se estacionaron en los alrededores de Monterrey y Saltillo. Entre los soldados y la población civil surgieron conflictos que ocasionaron grandes tragedias. El 10 de febrero de 1847, cerca de Agua Nueva, ocurrió la matanza más cruel: un grupo de voluntarios de Arkansas, llamados los Saqueadores (Racksackers), encontró a decenas de civiles escondidos en una cueva. Empezaron a matarlos haciéndoles escalpes, es decir, arrancándoles la cabellera con todo y piel, costumbre probablemente copiada de los indios del noreste de los Estados Unidos. Samuel Chamberlain, quien llegó a la caverna con otro grupo de soldados para poner fin a esta macabra matanza, en su diario deja una imagen y la descripción siguiente: “En el suelo de roca ardía un fuego que proyectaba su luz trémula y exigua sobre el lúgubre escenario: cerca de treinta mexicanos yacían masacrados en el piso; la mayoría había sido escalpada. En las grietas, los charcos de sangre se coagulaban. Un olor nauseabundo invadió el lugar…” Samuel Chamberlain, My Confession: Recollections of a Rouge, Nueva York, Harper & Brothers, 1957, p. 202.
68 William Seaton Henry, Campaign Sketches of the War With Mexico, Nueva York, Harper & Brothers, 1847, pp. 206-209.
69 NdT: Cuando el autor se refiere al Castillo habla del edificio del Obispado.
70 Capitán Charles Ferguson Smith, fue 2º teniente del 2º de Artillería el 1 de julio de 1825; instructor de tácticas de infantería en West Point 1829-1831; comandante de cadete, 1838-1842; capitán del 2º de Artillería, 7 de julio de 1838. Recibió tres condecoraciones por sus servicios en la guerra contra México (por Palo Alto y Resaca de la Palma, Monterrey, Padierna y Churubusco). Durante la Guerra Civil fue general mayor de voluntarios (Ejército de la Unión), 21 de marzo de 1862 y murió el 25 de abril de 1862.
71 Capitán John Benjamin Scott, 4º Artillería, fue ascendido a mayor por las batallas de Palo Alto y Resaca de la Palma.
72 Capitán Herny McKavett, 8º de Infantería.
73 Teniente William Whann Mackall, 1º Artillería, fue adjunto de regimiento, 1840-1841, y capitán el 20 de agosto de 1847. A partir del 29 de diciembre de 1846 fue ascendido a capitán y asistente adjunto general al nombrado general mayor Worth. Durante la Guerra contra México ganó dos condecoraciones, por las batallas de Monterrey y Padierna-Churubusco.
74 Teniente George Washington Ayers, 1er teniente, 3º Artillería, 20 de diciembre de 1845. Ascendido a capitán por la batalla de Monterrey, y muerto en la Batalla de Molino del Rey, 8 de septiembre de 1847.
75 Capitán John Rogers Vinton, 3º Artillería. Para más referencia del capitán Vinton, ver Capítulo IV.
76 Teniente John Frederick Roland, 2º Artillería, ascendido a capitán el 3 de marzo de 1847. Obtuvo dos condecoraciones por las batallas de Palo Alto-Resaca de la Palma y Monterrey.
77 Teniente John Munroe, nacido en Escocia, fue capitán del 4º de Artillería, 2 de marzo de 1825; Mayor, 2º Artillería, 18 de agosto de 1846. Ganó condecoraciones por las batallas de Buenavista y la Angostura. Murió el 28 de abril de 1861.
78 Teniente Edmund Bradford, “Plaza Monterrey, México”, a Srta. Caroline Bradford, Philadelphia, 27 de septiembre de 1846. Fondo Bradford, Western Americana MSS, Beinecke. Bradford era 1er Teniente, 4º de Artillería. Durante la Guerra Civil fue mayor y asistente inspector general del Ejército de los Estados Confederados.
79 “Touching Incidents”, en Louisville Journal, citado en Nile´s National Register, Vol. 71, 19 de diciembre de 1846, p. 242.
80 Antonio López de Santa Anna, habiendo regresado a México del exilio en Cuba, fue nombrado el 17 de septiembre de 1846 comandante en jefe del “Ejército Libertador” y convocó a tomar las armas contra el ejército de Taylor. El 28 de septiembre, después de encomendarse a la Virgen de Guadalupe, Santa Anna personalmente encabezó la campaña.
81 “Carta del general Taylor”, general mayor Zacarías Taylor, Monterrey, a (nd), 9 de noviembre de 1846, New York Express citado en el Boston Advertiser, 25 de enero de 1847,
82 Sobre las órdenes a Butler, ver ordenanzas del general Taylor No. 159, 12 de diciembre de 1846.
83 Coronel John J. Hardin, 1er Regimiento de Voluntarios de Illinois, murió en la Batalla de Buenavista (Angostura).
84 Coronel William H. Bissell, 2º Regimiento de Voluntarios de Illinois.
85 Coronel Humphrey Marshall. Ver Cap. I sobre Marshall y su regimiento.
86 Capitán John Macrae Washington, 4º Artillería, fue mayor del 3º de Artillería, 16 de febrero de 1847 y ascendido a teniente coronel después de la Batalla de Buenavista (Angostura).
87 Mayor Benjamin L. E. Bonneville, Mayor del 6º de Infantería. Nació en Francia y se graduó en West Point. . Obtuvo una condecoración por la Batalla de Padierna y Churubusco.
88 Coronel William Selby Harney, 2º Dragones, fue ascendido a general brigadier por la Batalla de Cerro Gordo.
89 Coronel Sylvester Churchill de Vermont fue Mayor de 3º Artillería, el 6 de abril de 1835, y coronel e inspector general, el 25 de junio de 1841. Fue ascendido a general brigadier después de la Batalla de Buenavista (Angostura).
90 Teniente Nathaniel Niles, corresponsal del Boston Evening Post, citado en Nile´s National Register, vol. 72, 8 de mayo de 1847, p. 156.
91 Capitán Thomas West Sherman, 3º Artillería, fue ascendido a mayor después de Buenavista.
92 Jonathan W. Buhoup, Narrative of the Central Division or Army of Chihuahua, Commanded by Brigadier Wool…Pittsburgh, M.P. Morse, 1847, pp. 111-114. Buhoup estaba en el Regimiento Montado de Voluntarios de Arkansas.
93 “General Taylor y el Ejército”, Exeter, New Hampshire News Letter, 3 de mayo de 1847. Citando una carta de un oficial de los Voluntarios de Ohio al editor del Cincinnati Chronicle.
94 Teniente coronel (después coronel) William Weatherford sucedió al coronel John J. Hardin (muerto en Buenavista) como comandante del 1er Regimiento de Voluntarios de Illinois.
95 Comandado por el coronel William H. Bissell.
96 General brigadier Joseph Lane.
97 Capitán Enoch Steen, 1º de Dragones, fue ascendido a mayor después de Buenavista.
98 Teniente coronel John Selden Roane, Regimiento Montado de Voluntarios de Arkansas, fue nombrado coronel del regimiento después de que el coronel Archibald Yell muriera en Buenavista. General brigadier en el Ejército Confederado durante la Guerra Civil.
99 Mayor Willis A. Gorman, 3er Regimiento de Voluntarios de Indiana, nombrado coronel del 4º Regimiento de Voluntarios de Indiana, herido en Buenavista. Fue general brigadier de los Voluntarios (Ejército de la Unión) en la Guerra Civil.
100Teniente John Paul Jones O´Brien, 2º teniente, 4º Artillería, el 1 de julio de 1836; 1er teniente, 7 de julio de 1838; capitán y asistente al Cuartel General, 18 de enero de 1847 al 16 de mayo de 1849. Por sus servicios en Buenavista fue ascendido a mayor.
101 General Juan José Miñón.
102 Mayor Xerxes F. Trail.
103 Coronel William A. Bowles, 2º Regimiento de Voluntarios de Indiana.
104 Capitán Albert Pike, Regimiento Montado de Voluntarios de Arkansas; fue general brigadier en el Ejército Confederado durante la Guerra Civil.
105 Teniente John Fulton Reynolds, 3º de Artillería, fue ascendido a capitán después de la batalla de Monterrey y a mayor por Buenavista. Durante la Guerra Civil fue general mayor de los Voluntarios (Ejército de la Unión) y murió el 1º de julio de 1863 en la batalla de Gettysburg.
106 General Brigadier John E. Wool, Cuartel General, Campamento Taylor, Agua Nueva “veinte millas al sur de Saltillo”, a Mayor W.W. S. Bliss, asistente adjunto general, marzo. 4, 1847, Documentos Ejecutivos del Senado, No. 1, 30 Cong., 1er sesión, pp. 145-149.
107 G. N. Allen, Mexican Treacheries and Cruelties; Incidents and Sufferings in the Mexican War…, Boston y Nueva York, inédito, 1847, p. 4.

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