Imagen 1. Rocabert, J.,Thomas. (1890). “Recuerdo de la Guerra con los Estados Unidos: Trofeos y Monumentos Existentes en México”. En Riva Palacio, Vicente et al. México a través de los siglos. Barcelona, Vol. IV, p. 694.
UN EJÉRCITO DE OCUPACION

Las fuerzas norteamericanas que ocuparon México fueron el primer ejército de ocupación de los Estados Unidos de América en su Historia. Sus experiencias fueron similares a las de cualquier ejército vencedor, condicionado primariamente por sus relaciones con la población civil y el consecuente aburrimiento envuelto en el peso de la disciplina del ejército. Mientras más tiempo pasaba del término de las batallas, más mortificante y para algunos más intolerable la falta de acción. Las diferencias entre los comandantes en jefe, que por largo tiempo trabajaron unidos motivados por la cooperación forzada, apenas terminaron las batallas, se vieron envueltos en polémicas controversias donde se involucraron el general Scott y un buen número de oficiales de menor rango como los generales Pillow y Worth. Con el apoyo del secretario Marcy, los enemigos de Scott consiguieron su destitución del mando, siendo sustituido por el general William Orlando Butler, como preparación del escenario para el juicio de Scott, un juicio altamente publicitado por la prensa a causa de sus decisiones en la guerra con México.
En términos generales los conquistados no son amigos de los conquistadores, y el pueblo mexicano entre 1846-1848 no fue la excepción. Los mexicanos trataron de sobrellevar la situación de la mejor manera posible. Como consecuencia de la ocupación hubo un cierto intercambio pacífico e incluso amistoso entre el ejército invasor y los civiles mexicanos.
Desde el principio, la política del gobierno de los Estados Unidos fue la de superar, o al menos tranquilizar, al pueblo del territorio conquistado y contraponerlo contra sus antiguos jefes políticos y religiosos. Taylor, al principio de la guerra, imprimió una proclama en castellano (preparada por él en Washington) donde declaraba que la guerra era contra “tiranos y usurpadores» que han “extraído del pueblo el dinero con el que sostienen su poder usurpador». Era la política del “divide y vencerás” explicada por el secretario Marcy en un despacho a Taylor:
La proclama que se le ordeno difundir entre el pueblo mexicano incluirá el punto de vista del gobierno en relación al modo de llevar la guerra y también sobre el modo de tratar a los habitantes (…)
El presidente ha visto con gran satisfacción la civilidad y amabilidad con la que ha tratado a sus prisioneros, así como a los habitantes de los lugares donde ha entrado en contacto. Desea que mantenga esa línea de conducta y que aproveche todas las oportunidades para conciliar con los habitantes y hacerles ver que la paz estará a su alcance tan pronto como sus dirigentes acepten hacer con nosotros la justicia. Los habitantes deben ser animados a permanecer en sus ciudades y villas, haciéndoselos saber de una forma muy cuidadosa. Lo mismo se debe decir a los prisioneros, o los que vayan a visitarlos en su cuartel, de acuerdo con las costumbres de la guerra. Es un deseo del presidente que esas visitas se favorezcan, y que sirvan de ocasión para enviar oficiales a los cuarteles del enemigo ya sea con fines militares o no, las cuales son muy comunes entre los ejércitos y que son oportunidades para hablar sobre la guerra y sobre el modo de hacer justicia. Tenemos que buscar obtener más por la negociación que por la lucha.
(…) Un oficial discreto, que entienda español y que pueda ser empleado en el diálogo entre los dos ejércitos, puede ser su agente confidencial en tales ocasiones, y puede ocultar su condición real en lugar de hacer el trato formal de una entrevista militar.
Usted también comprenderá que en un país con tal diversidad de razas, clases sociales y partidos como lo es México, con tantas divisiones locales entre departamentos y discordias personales entre individuos, hay muchas posibilidades para trabajar en los pensamientos y sentimientos de gran número de habitantes, e inducirlos a desear el éxito de una invasión que no tiene el deseo de lastimar a su país; sino de derrocar a sus opresores en beneficio de ellos mismos. Entre los españoles, que monopolizan el capital y el poder del país, y la raza mestiza, que soporta su explotación, debe haber enojo y animosidad. Los mismos sentimientos deben existir entre el bajo y alto clero; los últimos que detentan las dignidades y privilegios, mientras que los primeros viven sumergidos en la pobreza y cargados de trabajo. De hecho, los curas fueron los dirigentes de la revolución que independizó a México de España, y su condición respecto a sus superiores no ha cambiado mucho desde entonces.
Entre los partidos políticos entre los que el país está dividido, debe haber algunos más liberales y más amistosos hacia nosotros que otros; lo mismo se puede decir de los jefes rivales, políticos y militares; y aun entre los departamentos hay antipatías locales y disensiones frecuentes. En todo este campo de divisiones -con todos sus elementos sociales, políticos, personales, y discordias locales- debe abrirles puertas para lograr sus intereses, pasiones o principios de algunos de sus partidos y por tanto para conciliar el buen término, y hacerlos cooperar con nosotros para traerles una honorable y rápida paz. El manejo de estos delicados asuntos se le confía a su discreción, pero no para paralizar el brazo militar, ni en ningún modo para detener o posponer las acciones armadas. En esto debe proceder vigorosamente. La política y la fuerza deben combinarse; y los frutos de la primera serán reconocidos tanto como los de la segunda. (…)
Aprovechando las divisiones que encontrará entre los mexicanos -cuyas alusiones ya se le hicieron-, será su política animar la separación de los Departamentos o Estados, especialmente aquellos que usted invada y ocupe, a declarar su independencia del gobierno centralista de México, e incluso a hacerlos nuestros aliados, o asumir, como entendemos que Yucatán lo ha hecho, una actitud neutral en la guerra entre los Estados Unidos y México. En los departamentos y estados que sigan este camino, usted dará a sus habitantes la seguridad y protección de su ejército hasta el retorno de la paz, en la medida que sea consistente con sus planes de operación. Cuando se logre la paz, ellos decidirán por sí mismos su propia forma de gobierno. (1)
1 – William L. Marcy, secretario de Guerra, Washington, D.C, a general mayor Zacarías Taylor, julio 9 de 1846, Casa de Representantes, Documentos ejecutivos, no. 60, 30 Congreso, 1er sesión, pp. 155-158.
TRATOS CON LAS AUTORIDADES MEXICANAS

Los comandantes del ejército norteamericano intentaron negociar con los habitantes de las poblaciones mexicanas a través de sus autoridades -alcaldes y ayuntamientos- (2). En ocasiones con éxito, como fue el caso de un pequeño destacamento de Caballería de Illinois estacionado en Matamoros que persiguió a unos ladrones de caballos hasta el pueblo de Burgos. El teniente Simón Doyle describe el incidente:
2 – Los alcaldes tenían poderes judiciales y administrativos. Los Ayuntamientos eran el concejo de gobierno municipal y eran la forma de administrador surgidas desde la promulgación de la Constitución de Cádiz en 1812.
Le contaré… de manera concisa sobre un viaje recientemente hecho a Bourgos (sic. Burgos), un pequeño y bello pueblo a 100 millas de este lugar hacia el interior. El día 8, me enteré de que dos mexicanos estaban en Bourgos con 3 caballos norteamericanos. Sospechando que quizá fueran los que nuestra compañía había perdido, partimos a las 2 pm, con 25 hombres. Al tercer día después de un difícil camino a través de las montañas, apareció de repente el pueblo que está en un hermoso valle, por el que corre la más hermosa corriente de agua que haya visto. Precisamente en el pueblo los dos cauces se unen, uno de agua salada y el otro de agua dulce. (…)
Nuestro camino, más bien sendero, pues tuvimos que caminar en fila india casi toda la ruta a través de las montañas y vientos, tortuosos y estrechos pasos, algunos más accesibles, de pronto apareció el pueblo al dar la vuelta a una vereda de la montaña.
Entonces, como verás, estábamos a la vista de todos, y aunque pretendíamos pasar desapercibidos sin que los habitantes se dieran cuenta de nuestra llegada, el ruido de los cascos sobre la grava y el polvo que levantábamos fueron quizá algo jamás visto en Bourgos en toda su historia. Las mujeres comenzaron a correr agitando sus manos, los niños a llorar y a gritar como si se acercara una manada de bestias salvajes que se abalanzaba con furia salvaje sobre la población. Conforme pasábamos las calles podíamos ver a las mujeres y a los niños espiándonos por las rendijas como si fuéramos monos de circo.
El alcalde nos encontró en la esquina de la plaza y dijo que todos eran gente de paz, y habiéndole informado lo que buscábamos nos mencionó que él nos enviaría a los hombres y a los caballos. Nos proporcionó una buena casa como cuartel durante mi estancia en el pueblo. Y después de un día, viendo la gente por nuestras acciones que no éramos los salvajes por los que nos habían tomado nos hizo múltiples invitaciones para que las visitáramos, algunas de las cuales acepté y te aseguro que nunca en mi vida había sido tratado de forma tan hospitalaria y al mismo tiempo no tengo duda de que si no hubieran tenido miedo, muchos de los que ahora daban esos signos de amistad hubieran cortado mi garganta apenas les diera la espalda. Al mismo tiempo, creo que alguna de la población española es favorable a nuestro gobierno. Bourgos es el único lugar en México que he visto donde creo me gustaría vivir. Es el más bello pueblo con 700 habitantes, todo ordenado y limpio, con los habitantes más blancos que haya visto hasta hoy, tengo un gran deseo de regresar para establecerme ahí. Tiene la más fina corriente de agua que atraviesa al pueblo que haya visto, la cual es conducida por canales a la puerta de cada patio. Es un largo y sinuoso arroyo que cae 100 ft a una milla del pueblo y tiene una presa natural perfecta para un molino, hecha de piedra de 10 pies de alto. Después de una estancia de un día y medio en Bourgos, la mañana del domingo 12 dijimos adiós a los buenos amigos de ese lugar e iniciamos nuestro camino de regreso al campamento, junto con los 3 caballos y los dos prisioneros mexicanos. Mientras dejábamos el pueblo las campanas (3) del pueblo fueron repicadas en nuestro honor de la forma más bella. Lo que no puedo asegurar es si esta era una señal para los peones o población indígena de ciudadanos que durante nuestra estancia en el lugar se había ocultado esperando a que los norteamericanos dejáramos el pueblo. (3)
3 – Teniente Simón Doyle, Santa Teresa (al sur de Matamoros) a Margaret Doyle (su hermana), Rushville, Illinois, marzo 15 de 1848, Fondo Doyle, Beinecke.
Los alcaldes eran los voceros de la población. La correspondencia de los comandantes militares norteamericanos estuvo llena de quejas y molestias sobre los mexicanos y otras reclamaciones. Por otra parte, los norteamericanos frecuentemente objetaban lo que ellos creían eran decisiones arbitrarias de los alcaldes, pero ellos eran quienes transmitían el sentir de la comunidad ocupada. Por ejemplo el Intendente general Jesup se queja:
Se me acaba de reportar que el alcalde de Matamoros ha suspendido el corte de madera para los barcos de vapor que se usan en el Río Grande. Si eso es verdad, eso parará nuestros barcos. Nuestra política es incorrecta, deberíamos organizar el gobierno a donde llegamos y no permitir a nadie ejercer ninguna autoridad por encima del comandante militar. Si tengo la oportunidad de ejercer el mando por un breve tiempo, le enseñaría a esa pequeña aristocracia a no interferir en nuestras operaciones. (4)
4 – General mayor Thomas S. Jesup, intendente general, Brazos Santiago, a coronel Henry Stanton, Washington, D.C., febrero 28 de 1847, Fondo Thomas Sidney Jesup, DLC.
El mayor Jubal A. Early, gobernador interino de Monterrey, nos reporta un conflicto con una autoridad mexicana:
Le envío dos circulares del gobernador sustituto de Nuevo León, una ordenando la recolección de un impuesto y la otra ordenando el pago de un dinero que fue recolectado abiertamente antes de la batalla de Monterrey con el fin de defraudar al Gobierno del Estado. No sabía de la existencia de estas circulares hasta hoy por la mañana, cuando recibí la información a través de algunos norteamericanos (…)
Me afectó como algo impropio, bajo las actuales circunstancias, que un ingreso así se estuviera recolectando en territorios ocupados por las fuerzas de los Estados Unidos, lo cual podría ser malinterpretado a favor del enemigo; por lo tanto mandé llamar al Sr. Prieto y conversé con él sobre este asunto; me dijo que el dinero que ha ordenado recolectar es solamente para asuntos del Estado, como es el mantenimiento de los tribunales de justicia, etc. Le dije que antes de emitir órdenes de ese tipo debía enviármelas, para que a su vez las envíe al Comando General. Me dijo que él es de la opinión de que su gobierno es totalmente independiente de la autoridad militar de los Estados Unidos, que sería muy humillante recibir órdenes sujetas a revisión antes de que él las emita, de una manera muy particular me insinuó que no podría aceptar tales condiciones y que si insistía en ello se vería obligado a renunciar a su cargo, antes que seguir ese procedimiento, que cree degrada a su gobierno a los ojos del pueblo.
Le hice ver que mi opinión era que mientras a las autoridades mexicanas se les permita el ejercicio de sus funciones dentro de ciertos límites, cada asunto debe ser supervisado por la autoridad militar de los Estados Unidos. Por esta razón envié por el Sr. Prieto que ahora está ejerciendo la función de gobernador de Nuevo León y he obtenido de él las circulares en cuestión que envío, de forma que sean remitidas a su vez al Comando General. (5)
5 – Mayor Jubal A. Early, Monterrey, a mayor William W. S. Blisss, A.A.A.G., junio 17 de 1847, Western Americana MSS, Beinecke. Early fue gobernador sustituto de Monterrey, mayo-junio 1847 e inspector sustituto de la Brigada del general Cushing de 1847.
LEY MARCIAL

En varias ciudades ocupadas como Matamoros, Tampico y Veracruz se impuso la ley marcial con gobernadores militares para que la aplicaran. Los elementos principales de este código militar no estaban escritos. Las reglas escritas y los artículos de guerra aprobados por el Congreso el 10 de abril 1806 aplicaban solo en el caso de que un norteamericano estuviera involucrado (quedando fuera, por ejemplo, el caso de un mexicano que cometiera un crimen contra un norteamericano, un norteamericano contra un mexicano, o un norteamericano contra otro norteamericano). Para mantener la política de no interferir en los asuntos mexicanos, explícitamente se negaba cualquier jurisdicción a los oficiales norteamericanos o soldados en la administración de la justicia por parte de las autoridades mexicanas en sus propios asuntos. (6). La aplicación variaba, pero a veces era estricta como en Matamoros, cuando el coronel Cushing estaba al mando (7). Su adjunto de regimiento escribió sobre la administración de justicia de Cushing ahí:
6 – A pesar de esto, hubo numerosas quejas de que los mexicanos eran arbitrariamente encarcelados por los comandantes americanos por delitos menores. Ver, por ejemplo, Diario de Gregg, vol. 2, p. 210, donde cuenta el caso de Cecilio Flores, que fue detenido en Saltillo 48 horas por haber sido encontrado ebrio en la vía pública, “mientras que los soldados norteamericanos eran vistos continuamente asombrosa y escandalosamente por las calles en estados lamentables de intoxicación».
7 – El coronel Caleb Cushing y su Regimiento de Voluntarios de Massachusetts estuvieron en Matamoros durante la primavera de 1847.
Difícilmente te puedes imaginar la cantidad de trabajo que hemos hecho desde que llegamos aquí y que el coronel Cushing asumió el mando. Cuando llegamos todo estaba hecho un desorden, el pueblo estaba lleno de vagos y malvivientes, no había nada de orden en la ciudad. Los crímenes y los asesinatos ocurrían cada noche. De hecho no había ningún gobierno efectivo en el lugar. Al llegar el coronel Cushing estableció tribunales civiles y militares y de entrada puso a la ciudad bajo ley marcial. Se emitió una orden de clausura de almacenes y tiendas donde se vendiera licor. Tuvimos considerables problemas y encontramos mucha oposición, pero al final ganamos, estableciéndose el orden. También prohibimos todos los fandangos y fiestas públicas, cerramos los centros de juego. Se formó un fuerte patrullaje en la ciudad después del toque de queda, ordenando que las casas se cerraran y apagaran sus luces. Muy pronto recibimos el agradecimiento de la población mexicana y las maldiciones de los granujas a quienes les habíamos terminado sus negocios. El cónsul español se rehusó a entregar su licor y tuvimos que usar la fuerza para decomisárselo. Él amenazó con quejarse ante su gobierno. Ahora este es uno de los lugares más ordenados en los que he estado, y las calles después de las nueve son tan silenciosas como el patio de una iglesia. (8)
8 – Teniente William W. H. Davis, Matamoros, a John H. Davis, Filadelfia, mayo 5 de 1847, Fondo W.W.H. Davis, Beinecke.
En Veracruz, tan pronto como el ejército de Scott tomó el puerto, el general mayor Worth fue nombrado gobernador militar y emitió las siguientes reglas:
Ordenanza No. 3
1- El alcalde dará seguimiento a las causas de los ciudadanos de Veracruz, otros diferentes a ellos recibirán una autoridad especial, todos entregaran sus armas a esta comandancia; los reportes sobre lo mismo deberán hacerse a esta comandancia.
2- El alcalde emitirá una orden para la clausura inmediata de todas las pulquerías y ninguna nueva se abrirá, salvo que tenga licencia especial. Ninguna permanecerá abierta después de las 6 pm cuando sea aprobada.
3- El alcalde solicitará a cada ciudadano que llene una carta indicando su domicilio, manifestando su ocupación. (…)
4- Las leyes mexicanas, entre los mexicanos, seguirán vigentes y la justicia se administrará por los tribunales mexicanos ordinariamente.
5- En los casos que afecten a ciudadanos norteamericanos del ejército, o seguidores autorizados del mismo, se nombrará una comisión militar para investigar el caso.
6- A todos los mexicanos se les permitirá entrar o salir de la ciudad con libertad entre el amanecer y el ocaso.
7-Los soldados de paso pueden entrar a la ciudad por las puertas de la Misericordia y de México, y no por ninguna otra entrada, entre las 10:00 am, y 6 pm; después de esas horas, todos los soldados que no estén en labores de vigilancia se retirarán de la ciudad. (9)
9 – Teniente William J. Worth, gobernador de Veracruz, por teniente William W. Mackall, A.A.G. Ordenanza No. 3, marzo 30 de 1847, Documentos ejecutivos Casa de Representantes, No. 60, 30 Congreso, 1er sesión, p. 932.
ADMINISTRACION EN JALAPA
Cuando el ejército de Scott avanzó de Jalapa rumbo a la ciudad de México, dejaron detrás una guarnición comandada por el mayor Thomas Childs del 1o de Artillería (10). Cuando la ciudad fue abandonada se convirtió en un centro de actividad de la guerrilla, por lo que tuvo que ser reocupada. La tarea de gobernarla recayó en el coronel George W. Hughes (11), el cual se convirtió en un exitoso administrador del territorio ocupado, aunque esto no estuvo exento de tribulaciones (12).
10 – Childs fue Gobernador Militar de Jalapa de abril a junio de 1847.
11 – El coronel George Wurtz Hughes fue capitán, Ingenieros topógrafos, julio 7, 1838; teniente coronel de los Voluntarios de Maryland y del Distrito de Columbia, agosto 4 de 1847; coronel, octubre 1 de 1847. Obtuvo dos condecoraciones en la guerra contra México, una por Cerro Gordo y la otra por conducta meritoria en servicio en territorio enemigo (en Jalapa).
12 – Coronel George W. Hughes, Jalapa, a general brigadier Caleb Cushing, San Ángel, febrero 3 de 1848, Fondo Caleb Cushing, DLC.
Hughes fue capaz de mantener el orden en Jalapa con medidas sumamente drásticas, las cuales describe un cabo no identificado en una carta al Dr. William Henry Grimes (solo se conserva un fragmento):
Entre el 24 y 25 de noviembre de 1847 hubo algo de movimiento en la ciudad. Se ahorcó a dos norteamericanos y se fusiló a dos oficiales mexicanos. El 24 los dos norteamericanos y el 25 los mexicanos. Uno de los norteamericanos era un jefe de cocheros y el otro un cargador. Se les ahorcó por haber matado a un niño mexicano de diez años. Le dispararon en una de sus piernas y en uno de sus brazos. Cuando estaban a una cierta distancia de él, uno le dijo al otro: regresemos y acabemos con él. Así lo hicieron y regresaron para volarle la cabeza. Reconocieron que merecían ser ahorcados y recomendaron a los que quedaban detrás que no siguieran su ejemplo, que cumplieran con sus tareas de soldados y no asesinaran niños inocentes como ellos lo habían hecho.
Los oficiales mexicanos que fueron fusilados habían sido hechos prisioneros en Veracruz y dejados en libertad bajo juramento de honor. El 15 de noviembre fueron recapturados por el coronel Winekoop (sic. Wynkoop) cerca de su campamento. Se capturaron a cuatro oficiales: un coronel, un capitán y dos tenientes. El capitán y un teniente fueron fusilados el 24. El coronel y el otro teniente fueron llevados a la ciudad de México para llevarlos a juicio, pues la mayor parte de los testigos estaban allá. Serán fusilados en la ciudad. Se destinaron 24 hombres para fusilarlos, doce fueron tomados de nuestra compañía y yo tuve que fungir como cabo de órdenes. Nunca había oído mejor disparo en mi vida, se escuchó como si se tratará de una sola arma, se les fusiló en la parte baja de la plaza principal del lugar. Fueron vendados, y cada uno conducido por un oficial norteamericano y un ciudadano mexicano, ambos iban completamente uniformados y colocados en sus ataúdes una vez fusilados. Ambos cayeron al mismo tiempo y no se movieron. Sus cuerpos fueron entregados… [Fin del fragmento] (13)
13 – [n.n.], Jalapa, a Dr. William H. Grimes, diciembre 14 de 1847, Fondo William Henry Grimes, Duke.

QUITMAN COMO GOBERNADOR
Scott decretó una vez más la ley marcial cuando ocupó la ciudad de México. En esta ocasión nombró al general mayor John A. Quitman como Gobernador. Escribiendo a su esposa Elisa, el nuevo gobernador describía su oficina:
Como gobernador… no tengo tiempo para nada salvo comer y dormir. Estoy obligado a mantener a los seis oficiales de mi equipo, dos secretarios, dos intérpretes y dos empleados, constantemente ocupados… Soy el gobernador civil y militar de la ciudad y el Distrito Federal, tengo poderes absolutos. Ahora estoy sentado en el gran salón de este bello Palacio, junto a mi está mi salón privado amueblado magníficamente, y mi recámara es el estudio privado del presidente. (14)
14 – General mayor John A. Quitman, Palacio Nacional, Ciudad de México, a su esposa Elisa Quitman, septiembre 19 de 1847 (copia mecanografiada), Fondo John A. Quitman, So. Hist. Col. NCa.
En los días que siguieron, la administración de Quitman obtuvo el reconocimiento de mucha de la clase alta mexicana. Pero los pensamientos de Quitman, sin embargo, eran los de un conquistador, un expansionista, imbuido del espíritu del Destino Manifiesto y expresa sus opiniones sobre México y su futuro en unas “cuantas ideas” al Senador H. S. Foote:
El ejército mexicano está en desbandada. El país entero exceptuando donde gobernamos se encuentra en la confusión. No hay perspectivas de que un nuevo gobierno surja. Si deseamos la paz, no hay ningún poder y no habrá ninguno legítimo con el cual podamos negociar. Lo que debemos hacer, y se lo digo descaradamente como cuando hablamos del asunto de Texas: apropiémonos de este país. Es su destino, es nuestro, estamos obligados a dirigirlo. No podemos evitarlo. Hay solo tres formas de llevar adelante esta guerra. Una es incrementar nuestras fuerzas a 50,000 hombres y extendemos por todo el país, ocupando cada capital estatal y ciudad importante. La segunda es retirar nuestras fuerzas del país y asumir la propuesta frontera defensiva. La tercera es ocupar la frontera y ciertos puntos estratégicos como los puertos y esta capital, manteniendo una comunicación abierta con los puertos marítimos.
La última es la política más práctica para este país. La primera tiene la objeción de ser muy cara con pocas perspectivas de obtener buenos resultados. Y desmoralizaría también al ejército como lo hace toda guerra prolongada. La segunda sería igual de cara y prolongaría la guerra de modo indefinido. La última es la única manera práctica y que se nos está imponiendo. Si abandonamos esta capital, en treinta días, los oficiales y jefes de oficina ahora lanzados de sus colmenas, regresarán y restablecerán un gobierno fuertemente militar, cuyo vínculo y motivo de unión sería mantenerse presionando sobre la frontera. Ellos mantendrían viva esta guerra distante en la frontera como opción, para obligamos a mantener fortalezas desde la desembocadura del Río Grande hasta el Pacifico, porque desde el centro ellos golpearían cualquier punto antes que pudiera ser reforzado. Ellos podrían moverse en un semicírculo, mientras que nuestras operaciones deberán ser en circunferencia. Si por el otro lado los 20,000 oficiales licenciados, la aristocracia militar de este país, no va a ser capaz de establecer un gobierno, el país sería dejado en un estado de absoluta anarquía detrás de nuestra retirada, y pronto lo encontraríamos destruido, saqueado y despoblado; se convertiría en ruinas, y pronto sometido como un animal abandonado por un poder europeo. Piensa en el premio que este espléndido país es ¿Se mantendrá por mucho tiempo sin que nadie lo reclame? Inglaterra estaría lista para enviar un ejército a proteger sus intereses mineros, o aliarse con Francia para establecer aquí una monarquía.
No exagero cuando digo que se convertiría en una ruina. Cuánto podría sobrevivir sin un gobierno. Si de por sí ya está destruido. Cinco de sus siete millones de habitantes son bestias de carga, con una inteligencia tan pequeña como la de los asnos con los que comparten las cargas. De la población de esta ciudad, 50,000 son léperos, con ningún vínculo social, sin esposa, hijos ni hogar. Santa Anna fue el único hombre que pudo por un tiempo mantener unidos los fragmentos podridos de su corrupto gobierno. Aquí en esta capital, estamos en posesión de toda la maquinaria de ese miserable aparato que ellos llaman gobierno. Fuera de él no pueden establecer otro. Ningún hombre sensible en este país lo cree así. Por tanto podemos concluir que si abandonamos esta capital, aunque los chacales del ejército regresaran e impongan el viejo cascarón del Estado; la otra opción es la destrucción, corrupción y ruina del país por la anarquía, seguida por la destrucción y el sometimiento a una potencia extranjera. Por otra parte con 10,000 hombres podemos controlar la capital y Veracruz y mantener abierta la comunicación entre estos dos puntos. Controlando el corazón no habrá ninguna fuerza que nos moleste en la frontera, que podremos fijar y ocupar como queramos.
Los gastos serían menores si mantenemos este sitio y la línea fronteriza que ocupar la frontera y dejar la capital como punto de partida para la oposición a nuestro país. Por eso insisto que requeriría menos hombres, menos dinero, menos atención, con menos dificultad y riesgo, el mantener esta capital y los puertos marítimos como parte de una política defensiva. Para mantener los puertos y la capital y mantener la comunicación abierta, una gran parte de los gastos para sostener la guerra podría ser con los medios del país (…)
Dejemos que bienes extranjeros sean introducidos en esta capital bajo nuestro sistema legal, y así mantendríamos una conquista moral sobre este país que pronto nos traería paz, a menos que se produjera una violenta aceptación y simpatía por nuestras instituciones y gobierno, de tal modo que nos veríamos incapaces de sacudimos de nuestros amables vecinos. Un acontecimiento que usted no quisiera que ocurriera ¿verdad? ¿y entonces qué haríamos? Porque los hombres anticuados, como se dijo desde que el primer estado fue incorporado, como se dijo también cuando Luisiana y Florida se compraron y últimamente cuando Texas fue anexado: ¡La Unión está en peligro! ¡El país será arruinado!, etc., etc. Pero yo digo, tomemos el premio, tomemos las minas, el azúcar, las plantaciones de café, los campos de olivo, los viñedos, los mugidos y balidos del ganado que sacia su sed de las nieves del pico de Orizaba y del Popocatépetl, y reposan en la noche bajo los árboles de cacao y vainilla. Por qué rechazar este país, que además de sus minas, sus plantaciones, sus ricos valles y sus montañas enjoyadas posee un tesoro infinitamente más grande, la piedra filosofal del comercio, el poder de imponer impuestos al comercio del mundo pudiendo unir los dos océanos ¿Pero dónde estoy? Pongo mis pies en tierra firme. Tratemos el punto de la política que le propongo y no se alarme porque en este lapso me haya extendido proponiendo expandir nuestra federación hasta el Istmo. (15)
15 – Ídem a H. S. Foote, octubre 15 de 1847, ibíd. Henry Stuart Foote fue senador de los Estados Unidos por Mississippi.
VISION DE UN SOLDADO DE LA CIUDAD DE MEXICO

Después de que el ejército de Scott se estableció firmemente en la ciudad de México y sus alrededores, el sargento J. Jacob Oswandel describe la belleza del valle, la monumentalidad de sus edificios públicos, los placeres y problemas de la ocupación:
No dudes, como la gran mayoría ha oído y leído un buen relato sobre México y particularmente sobre la ciudad de México. Es en verdad la ciudad más interesante en este país. Llena una página brillante en la Historia con la incomparable conquista de Cortés.
Después de su captura por los españoles, fue residencia de los virreyes de la Nueva España (como entonces se llamaba), y ahora es la residencia de su presidente, Congreso y Suprema Corte.
Al aproximarte a la ciudad tú contemplas una de las más bellas y más admirables vistas que puede un ser humano tener ante sus ojos y que nunca será olvidada por alguien que haya entrado a ella. Ningún libro de opiniones o correspondencia de viajeros que haya leído puede describir sus magníficos y románticos escenarios, El hermoso valle se extiende tan lejos como el ojo pueda alcanzar a ver. Ricos tableros, con campos de cultivo y la ciudad con sus innumerables cúpulas blancas y torres. Los volcanes cubiertos de nieve, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl a lo lejos a la izquierda, con su grandeza y extensión, es algo indescriptible.
México (la Tenochtitlán de los antiguos mexicanos) estaba originalmente rodeada por lagos, que fueron secados y era una ciudad sucia, e insalubre, con más de la mitad bajo el agua, lodo y otras inmundicias.
Los españoles la secaron y la trazaron en cuadros y calles regulares; la construyeron con sólidos y bien cuidados edificios de dos a tres pisos de alto. Muchos de ellos son finas mansiones, con hermosas fuentes murmurantes, adornados con juegos de agua, que refulgen con el luminoso sol como brillantes. La gran catedral católica, un monumento de arte, modelo de arquitectura en estilo romano, tiene en la esquina labrado un calendario de piedra de los antiguos aztecas, junto al bautisterio.
La ciudad se encuentra siempre provista por agua, conducida en un acueducto proveniente del Castillo de Chapultepec, cuya fortaleza el 13 de septiembre último fue atacada y capturada por nuestro valiente pequeño ejército.
Cortés en 1521, antes de capturar la ciudad de México, cortó y parcialmente destruyó este acueducto, después lo reconstruyó más sólidamente y de una manera más perfecta.
La conquista de México por Cortés le costó a los mexicanos cientos de miles de vidas. Fueron conducidos dentro de sus templos por sus sacerdotes, después de lo cual les prendieron fuego y todos murieron quemados vivos.
La conquista hizo una cosa buena, puso fin al sacrificio anual de entre veinte a veinticinco mil seres humanos, cuyos corazones eran extraídos por los bárbaros sacerdotes aztecas en la piedra de los sacrificios, la cual aún se conserva y se encuentra en el museo de la ciudad.
Los mexicanos son reconocidos por su fino trabajo de talabartería, la manufactura de plata, los tejidos de seda y la producción de elegante joyería de oro. Son los más arriesgados jinetes de este continente, usan un traje completo para jinetear con arreos de plata y se sientan en sillas adornadas con plata con un valor de $400 a $500, que ponen sobre sus caballos pura sangre mexicanos. México es un gran lugar para la diversión de todo tipo de gente. De hecho, se dice que se presentan los mejores espectáculos con una población de alrededor de 200,000 habitantes.
Hay, creo, siete teatros, incluyendo la plaza de toros. El teatro principal es El Nacional, algunos lo llaman Santa Anna. El segundo teatro en tamaño es el Iturbide, este teatro está dedicado a la ópera cómica. En el Nacional caben tres mil personas, con piso de parquet, cuatro pisos y una galería. Están iluminados con aceite. El gas no ha sido introducido en el país.
Había leído mucho sobre México, pero nunca había leído o escuchado sobre sus templos y sus fuentes. ¿Qué edén es este? Al ver esos palacios, esos portales, ese parque de la Alameda y muchas otras cosas más y qué poco son apreciadas por los miles que diariamente pasan y disfrutan sus bellezas. Gobernada por hombres buenos y habitada por un pueblo educado, sería el jardín de la tierra; pero, al mismo tiempo, de todas las riquezas que saltan a tu paso, particularmente me quejaría por el contraste con los nuevos invasores estadounidenses, cuya única preocupación es llenar sus bolsillos con oro y plata, mientras nosotros sufrimos dolorosamente, especialmente los soldados y cabos. He visto que a la compañía circense del Sr. Bensley le han aumentado números de ballet y pantomima. Es un lugar muy agradable para pasar la tarde o la noche para aquellos que están en la ciudad. Las corridas de toros los domingos son lo mejor de la temporada: la plaza a reventar, los animales furiosos, los matadores igual, los toros, lo segundo mejor. Estaba en este centro de entretenimiento el domingo pasado. Tiene como 400 pies de diámetro, con una arena de 300 pies, y una capacidad con gente sentada y parada de entre ocho a diez mil espectadores. Los agresores se llaman picadores y vienen montados a caballo y con una lanza.
Qué extraño es y qué extraño es ver a los soldados mexicanos y norteamericanos mezclados por las calles y en el paseo de la Alameda, cada uno observando las cortesías que se les hacen tanto a unos como a los otros; claro, eso es entre las clases respetables, los ladrones y léperos ni siquiera se relacionan con nuestros hombres. De hecho parece extraño que rápidamente la gente haya olvidado sus extrañas y formales conceptos respecto a nosotros de bárbaros y salvajes. Es extraño, de hecho, pero esa es la realidad. Como he mencionado en mis cartas formales, cuando llegamos por primera vez a este país era imposible tener contacto con las damas, pero ahora van al teatro, al circo, bailes y otros lugares de diversión y lugares de recreo, alegrando con sus rostros la ocasión. Ninguna ciudad bajo la tienda estrellada del general supremo se encuentra adornada con tal variedad de beldades, tan hermosas como la misma ciudad de México, y sería un pecado que esos queridos ángeles escondieran sus brillantes ojos y dulces labios a tantos galantes admiradores de sus personas, como los hay entre los miembros del ejército norteamericano.
Hay gran abundancia de productos como pollo, pato, faisán, palomas, pato salvaje y muchos tipos de aves; hay poco pescado en el mercado, es muy caro durante la cuaresma y el que hay es recogido en los lagos que rodean a la ciudad.
El cierre de todas las licorerías a las 6 de la tarde (como lo ordenó el general Scott) ha tenido un efecto admirable. El orden era absolutamente necesario para prevenir los asesinatos nocturnos de nuestros soldados, una actividad que ya se estaba haciendo muy frecuente. Ningún mexicano, creo, se sentiría inclinado a atentar contra la vida de un soldado norteamericano sobrio, la mayoría de los hombres que han sido asesinados estaban bestialmente borrachos. (16)
16 – Oswandel, Notes, pp. 453-456.
VIDA SOCIAL EN LA CAPITAL
Para los invasores la victoria era más gratificante en la ciudad de México comparada con las “lodosas” poblaciones que habían visto en el Río Grande, o Veracruz golpeado por la fiebre amarilla. La ciudad de México era una gran metrópoli, una de las más magnificas ciudades de occidente. Los ciudadanos eran más amigables -al menos una parte de ellos-, después de que el armisticio alivió un tanto las tensiones. Al final las hermosas señoritas que habían dado vueltas en las cabezas de los hombres desde el inicio de la guerra estaban ahí. Un joven oficial escribe:
El avance desde Puebla fue hecho de la manera más placentera, debido a que tuvimos a una hermosa muchacha mexicana entre nosotros y bajo nuestra protección. Ella había estado en Nueva York por siete años, recibiendo su educación y estaba regresando con sus padres que viven en México. Es muy agradable y en varias ocasiones me sentí inclinado a enamorarla. ¿Cómo te caería una cuñada mexicana? Esta tarde a las 3 cené con ella.
El grito universal aquí es ¡Paz! ¡Paz! ¡Paz! Se ha firmado un armisticio entre los dos gobiernos y las operaciones militares han terminado. La rama de olivo y la bandera blanca reinan al fin.
Desde el armisticio la ciudad se ha vuelto más alegre. Las damas, antes confinadas estrictamente a sus casas, ahora se muestran radiantes de sonrisas y belleza. Son muy hermosas y aun los soldados más rudos no pueden mantenerse indiferentes a sus pequeños ojos negros y sus graciosas maneras. Ahora salen a los teatros, los paseos públicos y ya no tienen miedo de los oficiales norteamericanos. Estoy yéndome a vivir con una familia mexicana por el resto de mi estancia en México, con el fin de aprender el español. Pretendo dedicar mis tiempos de ocio a aprenderlo y espero conseguir un conocimiento aceptable de él. (17)
17 – Teniente William W. H. Davis, ciudad de México, a su hermana, Elizabeth W. Davis, marzo 14,1848, Fondo W.W.H. Davis, Beinecke.
Mientras estuvo estacionado en Puebla, el joven William Britton recuerda en su diario algunas conmovedoras impresiones de sus relaciones de amistad con los mexicanos:
Marzo 9, Puebla. Bien, qué he hecho en este intervalo del 5, 6 y 7, pues tuvo lugar el carnaval, hubo baile de máscaras cada noche. Yo estuve solamente en el último y me provocó un fuerte deseo de estar en casa. Era una gran vista, pero aún tengo a muchos amigos en la mente, mi mente estaba muy lejos, sintiéndome muy solo.
Marzo 28. Bien, durante todo este tiempo, exceptuando dos días de este mes, he ido dos veces al teatro con damas como compañía (es muy raro que una dama mexicana de buena posición vaya a un lugar de diversión acompañada de un norteamericano. Yo creo que no es causado por el miedo a que su gente resienta su amistad hacia nosotros, sino a que los hombres en los que ha confiado han defraudado su confianza). Eran de origen español, de complexiones delgadas, bellas como las de mi tierra de origen, sociales y atractivas en su comportamiento de tal modo que mis pensamientos se dirigieron hacia mi última relación que aún no he podido olvidar…
Abril 22. Bien, dejé Puebla al mediodía. Al irme a despedir de la familia de Doña (¿Cuebeda?), me obsequió con una canasta llena de provisiones para el camino. Llegué a la hora de la cena a Amozoc, en compañía del general (¿Lane?), el cual iba rumbo a Veracruz. Al abrir mi presente, lo encontré lleno con los más selectos dulces. Confirmando que esta es una verdadera familia mexicana, la tengo entre mis mejores amistades. (18)
18 – Diario de William Britton de 1847-1848, MS, Wis. Hist. Soc.
Cuando Britton llegó a la Hacienda de San Marcos, al final de la jomada, escribió en el mismo tono a su hermano, el 29 de mayo de 1848, sobre su amistad con las familias mexicanas.
Durante el desfile de esta tarde, fue oficialmente anunciado que la paz había sido conseguida y que en pocos días iniciaríamos el regreso a casa… He recibido una carta de Puebla… pero está en español y no puedo traducirla del todo… Es de la madre de Pilar Vásquez la joven dama que me dio esas piezas bordadas. Nada puede afligirme más que la familia con la que estoy me proporcione una taza de chocolate, la cual es enviada a mi cuarto cada mañana antes de que me levante. Viene acompañada con un “Buenos días Señor Guillermo ¿Cómo amaneció? ¿Cómo pasó la noche?” Y si la respuesta es “bien”, su respuesta será “Gracias a Dios”. (19)
19 – William Britton, Hacienda San Marcos, a su hermano, mayo 29 de 1848, Fondo William Britton, Ibid.
HOSTILIDAD EN LAS CIUDADES OCUPADAS
Pero no todo era romance y amistad. Había una constante corriente subterránea de hostilidad hacia los norteamericanos. Descontando las pequeñas quejas a causa de las enfermedades, a veces difíciles de prevenir, surgían incidentes como cuando una multitud hacinada ocupó casas habitación como barracas, o cuando una brigada contaminó el agua de un acueducto al atravesar los campos provocando el corte de suministro que alimentaba a la ciudad, o de constantes rumores que afectaban la paranoia del ejército de Scott. Esto es evidente en el diario del teniente Henry Moses Judah, que escribe:
16 de junio, 1847… fui designado como oficial del día hacia el anochecer. El general Worth levantó una estampida en los terrenos aledaños. Recibió una carta anónima de un mexicano informándole que había un plan organizado entre las guerrillas para masacrar la ciudad, sorprender a nuestros guardias, sumergir a la ciudad en el desorden y matar a todos los que pudieran. Terminaba diciendo que no deseaba que su nombre fuera sabido por sus compatriotas. El plan se nos hizo razonable, pues Puebla tiene la peor fama de todas las ciudades de México; el cuchillo es usado aquí con gran libertad y en la ciudad hay cerca de 10,000 vagos de la peor calaña, hombres que rara vez trabajan, dedicándose al robo, al asalto de caminos y al asesinato.
Es muy peligroso salir después del anochecer, especialmente si uno es extranjero. Cuatro de nuestros hombres fueron apuñalados hoy, a uno de mi compañía de apellido Brown, después de haberlo apuñalado por la espalda, el infernal villano le cortó la garganta. Está muerto. El general Worth ha emitido una orden, reforzando la vigilancia, prohibiendo a los oficiales que salgan a las calles desarmados. Los hombres deben salir en partidas de no menos de 6, mantenerse juntos y ser acompañados por un oficial que no esté al mando. El coronel Graham20 me ordenó que me considerara a mí mismo como oficial de la guarnición y que permaneciera con ella toda la noche. Destiné dos centinelas extras, haciendo todos los arreglos necesarios en caso de un ataque. Tomé una siesta después del amanecer hasta el desayuno.
17 de junio… Escuché hoy algunas de las numerosas mentiras que han estado circulando sobre nuestro avance y que son creídas por las clases bajas. Después de señalamos en términos de cobardes y barbaros, se dice también que hemos enviado a Nueva Orleans desde Tampico siete u ocho barcos llenos de mexicanos como esclavos, los cuales previamente los hemos marcado con hierro ardiente. Eso junto con que hemos matado todo, incluso hasta los perros, que levantábamos a los niños con nuestras bayonetas en Veracruz. Esas mentiras han sido hechas circular incluso por el mismo Santa Anna. Ahora comparen nuestro trato hacia los mexicanos con sus intenciones hacia nosotros. Después de cada batalla y durante la misma hemos alimentado y proporcionado agua a sus heridos; nunca hemos injuriado a un enemigo caído.
(…) En el campo de batalla los mexicanos no solamente han matado a los heridos y mutilado a los muertos. Ellos falsifican y distorsionan nuestros más humanos actos haciéndolos ver de la más ilegal crueldad. Un extranjero me dijo que todo lo que desean es tener a los yanquis prisioneros, que se vengaran, en otras palabras que van a cortar nuestras gargantas para satisfacer su orgullo herido, al haberlos apaleado cuando teniéndolos derrotados a nuestro pies, deberíamos haber hecho eso. Sin ley ni orden la comunidad es una de las cosas básicas, y aquel que puede cometer pillaje, apuñalar y oprimir a la mayoría desde el presidente para abajo, es el mejor tipo. En una ciudad de 80,000 habitantes con tal carácter nuestra pequeña división de 3,000 hombres marchó, siendo en mi opinión una de las acciones más imprudentes que guardaremos en nuestros registros. (20)
20 – Diario de Henry Moses Judah, MS, entradas del 16-17 de junio de 1847, DLC.
OCUPACION DE CUERNAVACA
Cuando cerca de 1,300 hombres fueron enviados como destacamento desde la ciudad de México a ocupar Cuernavaca en febrero de 1848, se encontraron con todo tipo de reacciones desde la brutalidad hasta la fraternidad, como lo relata el teniente William D. Wilkins, superintendente del 15° de Infantería:
Cuando estábamos confortablemente sentados comiendo en el Castillo de Chapultepec el Io de este mes, una orden proveniente del cuartel general se nos entregó, mandando que marcháramos el día 2 rumbo a Cuernavaca… Dejamos el Castillo de Chapultepec a las 8 de la noche del día 2 y marchamos toda la noche hasta el día 4 por la mañana. Nuestro primer punto de descanso fue la Hacienda de Portales, uno de esos deliciosos lugares campestres, decorada con todo lo que la abundancia puede proveer bajo la sugerencia del buen gusto, el cual se encuentra disperso sobre este adorable valle. Sus dueños se acababan de ir y me dolió ver cómo todo ese lujo y confort, fue usado y destruido por rudos soldados. Pensé en cómo me sentiría si mi propio hermoso hogar fuera contaminado por una banda de invasores y fuera obligado a contemplarlo como un incapaz e inútil espectador de la escena. Pero la escena era curiosa. Grandes fogatas encendidas en el patio de mármol, mosquetes recargados en finos tapices, soldados descansando en toda la amplitud de su suciedad en sillas carmesí y en divanes de terciopelo. Sin embargo, esto es parte de la realidad de la guerra. Bendito Dios que nuestro país nunca las padecerá.
Nuestra siguiente jomada por algunas horas atravesó el valle, pero pronto llegamos a su orilla y comenzamos a ascender la ruda cadena de rugosas montañas que cierra como una preciosa joya al hermoso valle. El ascenso por estas montañas fue horrible. El camino había sido destruido por la lluvia, dejando en su lugar una sucesión de barrancas, arroyos y pequeños precipicios. Con esfuerzo tuvimos que empujar nuestros pesados y cargados carruajes, ayudados por las mulas y por toda la compañía que se dividió en cada carro, donde diligentemente ayudaron todos los hombres, tanto oficiales como soldados, a desatascar las ruedas. Pasamos la noche dispersos en la orilla de la montaña, sin fuego, comida ni cobijas, un pobre contraste de nuestro lujoso hospedaje de la noche anterior.
Nos llevó dos días recorrer diez millas, pero al fin pudimos alcanzar la cumbre, pudiendo disfrutar una exquisita vista de ese paraíso terrestre, el Valle de México. Cómo quisiera que tú pudieras haber dejado el frío y nevado Michigan por un momento y pararte junto a mí en la cumbre de esa vieja montaña. La tierra no puede ofrecer una mejor perspectiva que la que se extendía debajo de nosotros y bien valió la pena el esfuerzo, el trabajo y la sangre para llegar hasta ahí. Y siempre es hermoso. El invierno nunca lo cubre con su pálido velo mortal, es verde como la Savannah y extiende su follaje desde los olivares hasta los huertos de naranjos. Nos engaña con lapsos de verano, siempre corriendo brisas continuas y el cielo parece sonreír benignamente en su justa creación. Al siguiente día la jomada terminó sobre una elevada plataforma, casi al nivel de las nubes, en medio de un salvaje y hermoso escenario montañoso. La atmósfera se enrarecía y el viento era frío y penetrante.
Nuestra guardia de avanzada tuvo un animado encuentro con una partida de lanceros, teniendo éxito en capturar a dos de ellos. Acampamos en una pequeña población justo al inicio del descenso de la montaña. Los mexicanos habían cortado el agua y nuestro máximo placer, el café, no se pudo preparar. Nuestros pobres animales también, después de una larga y sedienta marcha, sufrieron excesivamente, y nos acostamos en nuestras sábanas con muy mal humor. No habíamos avanzado lejos en el quinto día de marcha cuando nos encontramos con una representación formada por el alcalde y Ayuntamiento -o consejo cívico- de Cuernavaca que nos informaba que el general Álvarez (21) con una fuerza de lanceros había esa mañana evacuado la ciudad y que nos extendían la hospitalidad de lo mismo, proveyéndonos con cuarteles. Aceptamos su ofrecimiento y consiguientemente, nuestra entrada fue hecha de modo pacífico y con gran satisfacción de los ciudadanos que se sorprendieron en encontrase con que los “norteamericanos” no eran esos salvajes bárbaros que les habían pintado sus cobardes dirigentes.
21 – General Juan Álvarez.
Cuernavaca (anglicado “cow’s-horn”) es la capital del estado del mismo nombre, es una ciudad con cerca de ocho mil habitantes, situado en el centro de un pequeño valle de mayor altitud que el Valle de México, y por consiguiente gozando de un clima más cálido. Los alrededores proveen a México (del que se encuentra a cerca de 60 millas) de frutas; producen inmensas cantidades de azúcar; manufacturan grandes cantidades de aguardiente, un fuerte tipo de ron, café, plátano, té, algunos tipos de especies, incluso el árbol de pan crece en este valle, el cual, incluso en este mes invernal de febrero, se ve como un paraíso tropical. La ciudad en sí misma es tema aparte, pequeñas casas de encanto, rodeadas por árboles de olivo o naranja, construidas irregularmente a lo largo de angostas y sombreadas calles, con sus balcones casi unidos en sus límites, invitando a sus habitantes a sostener una plática vespertina; una plaza en lo más céntrico de la ciudad, rodeada por dos encantadoras tiendas y cerrada por el palacio del gobernador con una fuente, la cual es cuidada por la gente como un objeto fino; y una noble y antigua catedral rodeada por un hermoso panteón, son los lugares más relevantes de la ciudad.
Un tranquilo domingo la más grande paz reina aquí, roto solamente por el toque del tambor y la melancólica llamada para el cambio de guardia, la formación o el desfile vespertino. La gente es extraordinariamente amigable y sociable, los señores nos invitan a sus casas, donde nos comparten sus fragantes habanos y las señoritas de ojos oscuros cantan, juegan o pasean con nosotros, como si fuéramos verdaderos hijos del Anáhuac y no unos heréticos invasores o conquistadores de su tierra nativa. Una en particular, una muchacha de lustrosos y graciosos ojos que vive frente a mí, ha cautivado a un caballero que no debería tener nombre y no si no fuera porque tiene fuertes y queridos vínculos en casa, regresaría presentando a la Señorita Constancia González como la Señora Wilkins Jr. Estamos acuartelados aquí muy placenteramente, algunos en conventos, otros con familias particulares y unos pocos en barracas. El mayor, su asistente y yo tenemos una pequeña y agradable casa para nosotros solos, evidentemente amueblada por completo, y les puedo asegurar que vivimos muy confortablemente. (22)
22 – Teniente William D. Wilkins, Cuemavaca, a Ross Wilkins, Detroit, febrero 16 de 1848, Fondo Ross Wilkins, Burton.
LA PIRAMIDE DE CHOLULA

Una visita a la pirámide de Cholula mientras el ejército de Scott ocupaba Puebla era una experiencia memorable para el soldado proveniente del norte que subió maravillado para curiosear sobre ella. El capitán George T. M. Davis (23), un asistente de campo, lo recuerda en su autobiografía:
23 – Davis estaba en el 2o Regimiento de Voluntarios de Illinois.
El 31 de julio de 1847, por invitación y gran cortesía del general Scott, fui uno de la partida de la cual el general Twiggs con una escolta de su división formó como equipo explorador que visitó la una vez vastamente poblada y antigua ciudad indígena de Cholula (24).
24 – El centro religioso mas grande de Mesoamérica en su tiempo. Judah refiere a Prescott, Conquest of México, vol. 2, pp. 3-10, para la descripción clásica.
Se encuentra a siete millas de Puebla y en los tiempos de la conquista y devastación de Cortés fue una de las más grandes ciudades de México (25).
25 – Cf. The Bernal Díaz Chronicles, traducción y edición, Albert Idell, Garden City, Dolphin Books, Doubleday & Company, Inc., 1956, pp. 127-143.
Escenario en el que los conquistadores españoles obtuvieron sus más memorables hazañas militares, y después de su conquista les permitió una fácil victoria sobre Moctezuma para ocupar la Capital Azteca… Erigida sobre un sitio antiguo se encuentra la pirámide, de doscientos pies de altura, y la base que la forma tiene dimensiones enormes, cubriendo, como le dije, cuarenta y dos acres de tierra, se dice que es una de las más grandes del mundo, excediendo en su tamaño a las de Egipto (26).
26 – La pirámide de Quetzalcóatl, Prescott la llamaba la “más colosal fabrica de la Nueva España”.
En su cumbre los nativos, anteriores a la conquista, construyeron ahí su principal templo a los ídolos y después de su destrucción los españoles edificaron sobre sus ruinas en 1626 una gran iglesia católica. Este templo, que muchos de nosotros visitamos, es conocido como la Iglesia de la Señora de los Remedios… La iglesia se encuentra en perfecto estado de preservación, aunque las tormentas, tempestades y vicisitudes de casi dos siglos y un cuarto han golpeado contra sus venerables muros, mientras que en su interior aún resplandece con magnificencia la grandeza de su arquitectura y sus altares sin comparación. Hay un gran número de pequeñas pinturas, cada una conmemorando la muerte de algún personaje, muchas de ellas llevan las fechas de 1752, 1761, 1765 y 1792, se encuentran colgadas en una de sus paredes, siendo las más recientes de fecha entre 1820 y 1829. Las pinturas (distintas a las anteriores) son muy buenas, mostrándonos la evidencia del trabajo de muchos viejos maestros; y debajo del piso están varios sepulcros en los que descansan los restos de los más distinguidos españoles de más de dos centurias.
Desde esa altura, conté las torres de no menos de cuarenta y tres iglesias y capillas distribuidas por el vasto espacio, con no más de cinco mil de sus habitantes de los cuales el 90 por ciento es indígena y católicos en su gran mayoría. En la mayoría de estos monumentos dedicados al culto pagano que he contado, las paredes no retumban con cantos paganos de alabanza y adoración, el silencio de los siglos permanece imperturbable, excepto cuando los búhos agitan sus alas o los murciélagos son oídos, buscando refugio de las tormentas o un tugar más seguro de refugio para sus jóvenes crías en esos techos desiertos. Entre las ruinas de algunas de las más antiguas estructuras que la tradición ha establecido como tales, tuve éxito en encontrar y llevar a casa conmigo, como recuerdo de una instructiva visita, las cabezas de tres diferentes ídolos trabajados por los aztecas antes de la conquista; y a los cuales les añadí el valor no solo por su antigüedad, sino por haber sido la trabajadas por una poderosa raza de seres humanos, la cual casi se encuentra extinta. Inmediatamente antes de nuestra partida, la banda se unió a la división del general Twiggs (la cual había inteligentemente añadido con su escolta) y le ordenó que tocaran en sucesión nuestros tres populares himnos nacionales: Hail Columbia, Yankee Doodle y The Star Spangled Banner. Y desde la elevada altura de esa afamada pirámide mexicana, las órdenes del general fueron ejecutadas en un inimitable estilo. (27)
27 – George T. M. Davis, Autobiography of the Late Col Geo. T. M. Davis, Captain, and aide-de camp, Scott’s Army of Invasión (México), from posthumous papers, published by his legal representatives, Nueva York, Press of Jenkins and McGowan, 1891, pp. 184-186.
ENTRE EL INTERCAMBIO Y EL SAQUEO CULTURAL


William Hickling Prescott y su obra La Conquista de México (28) incendió desde antes del inicio de la guerra la imaginación de los oficiales más aficionados a la lectura de Scott y sus hombres cuando su ejército entró en la ciudad de México. Prescott, en cambio, esperaba que entre la recompensa de la victoria de Scott se incluyeran tesoros como manuscritos y libros raros y antiguos en los cuales se hablara del tema de la conquista española, ya fuera comprados o por cualquier otro medio.
28 – NdT: William Hickling Prescott (1796-1859) decidió dedicar su vida al estudio de un tema aparentemente tan lejano de su ambiente. Prescott nunca estuvo en España y la imagen decadente de España que prevalecía en su tiempo, promovida por la historiografía anglosajona y de la cual en pleno siglo XXI aún no podemos librarnos, pudo haber sido antes bien un factor disuasivo para un hombre de Nueva Inglaterra, rico, unitario y ex alumno de Harvard. En este ambiente, España no aparecía como el tema más atractivo para participar en las discusiones académicas. Prescott vio que el mundo hispánico presentaba numerosas oportunidades para la reflexión y la comparación con el mundo anglosajón. En 1824, bajo la influencia de su mejor amigo George Tickner, Prescott viró hacia la literatura y la lengua españolas. Dos años después, decidió escribir una historia general, pero detallada, de España bajo los Reyes Católicos. De esta manera, Prescott se convirtió en el primer historiador norteamericano en estudiar una realidad histórica distinta a la de los Estados Unidos utilizando materiales inéditos, lo cual hace que su experiencia sea aun más llamativa. Se trataba de un estudio de «lo atrasado». En términos del liberalismo decimonónico, España era un país cuyo pueblo había sufrido por las iniquidades del absolutismo y el catolicismo que la ubicaron entre los países más pobres de Europa luego de haber sido el más rico escasamente siglo y medio antes. Al tiempo que Prescott escribía, Estados Unidos era un candidato de fuerza a convertirse en una potencia económica y política pero el mundo español estaba en su camino. Aparentemente sin vinculación con la suerte de Estados Unidos, España y sus ex colonias en América y el Caribe eran en realidad de primer interés en las primeras fases del expansionismo del entonces joven país. La intención de Prescott, no siempre de manera explícita, era comparar las suertes históricas de Norteamérica y España. En especial, las fuerzas internas y externas que determinan la aparición, auge, decadencia y caída de los imperios. Prescott pertenecía a la escuela romántica y liberal de historiadores. Para él, la historia era una rama de la literatura y el historiador podía y debía usar su imaginación al retratar a las grandes figuras del pasado como personas vivas y a los acontecimientos históricos como dramas. Además de imparcial, el historiador perfecto para Prescott debía ser escéptico acerca de la información que manejaba y entender muy bien las condiciones de vida de la gente y el tiempo sujeto a estudio para juzgarlos según esas condiciones en vez de según prejuicios y convenciones contemporáneas. Sin embargo, Prescott reconocía que «no existe tal monstruo como el historiador perfecto». De hecho, él mismo estaba lejos de ser ese «monstruo» pero teniendo en cuenta el nivel elemental de conocimientos que entonces se tenía sobre el tema, su experiencia es muy notable. Su erudición y estilo literario le abrieron las puertas de la gran audiencia y le aseguraron un sitial de primera en el mundo académico. Prescott fue el primer autor norteamericano en ganar fama y reconocimiento en Europa. Si su primer trabajo, History of the Reign of Ferdinand and Isabel (1837) le rindió inmediata popularidad, el segundo, History of the Conquest of México (1843) lo hizo acreedor de la aclamación general. Su History of the Conquest of Perú (1847) y su History of the Reign of Philip II of Spain (1855-58) complementan la lista de los trabajos mayores de un autor que hacia 1857 ya había recibido cuatro grados honoríficos y había sido admitido en 27 sociedades históricas y filosóficas. Prescott era llamado el «Ciego de Boston». En su juventud, Prescott perdió la visión de un ojo cuando estudiaba en Harvard. La ceguera completa le vino después. Su riqueza personal le permitió contratar secretarios para salvar esta desventaja y coleccionar libros y manuscritos. En efecto, Prescott trató de reunir la mayor cantidad de libros acerca de España y sus posesiones americanas. Prescott tuvo amplio acceso a documentos españoles gracias a su amigo, el joven escritor español Pascual de Gayangos (su corresponsal desde 1839). Además, recibió ayuda de, entre otros, Martín Fernández de Navarrete, presidente entonces de la Academia Española de la Historia, Alexander von Humboldt y Leopold von Ranke en Alemania. Prescott era un investigador consciente y cuidadoso. Más aún, su vinculación con las fuentes era casi fetichista. Gustaba decir que el manuscrito era la única materia prima del historiador. Como liberal Whig que era, Prescott buscaba en las instituciones democráticas, la libertad de culto y expresión y en la economía del laissez-faire las fuerzas que predestinaban a unas sociedades para la grandeza y a otras para la decadencia. Como liberal y protestante, Prescott consideraba a la monarquía absoluta, a la Iglesia católica y a los indios como serios obstáculos al progreso. Para él, España representaba un excelente ejemplo de despotismo oriental y de país supersticioso, feudal y de economía atrasada, que tuvo un éxito efímero en el dominio del mundo pero por esas mismas razones estaba condenado irremediablemente a la ruina. En otras palabras, al estudiar el camino español hacia la decadencia, Prescott buscaba enfatizar el camino norteamericano hacia el progreso. Pese a todas sus simpatías pro-españolas, Prescott consideraba que España tenía dos defectos de que carecía Norteamérica: absolutismo y catolicismo intolerante. Desde su punto de vista, la inquisición era una institución que conspiraba contra la formación del carácter nacional. A pesar de considerar que las civilizaciones mexicana y peruana distaban de las tribus errantes de Norteamérica, también las definía como indiscutiblemente orientales en su modo de gobierno. Más aún, el barbarismo de esas civilizaciones las hizo predestinadas a la sujeción y decadencia al ser conquistadas por una nación europea superior, aunque feudal y católica como España. Así, al comparar con otros indios americanos, Prescott encontraba que los mexicanos y peruanos eran «civilizados », pero que todos, indios y españoles, eran decididamente inferiores al ser confrontados con la ilustración y el progreso obtenido por Estados Unidos. No obstante, Prescott consideraba la conquista como algo beneficioso ya que los pueblos nativos de México y el Perú habían sido rescatados del despotismo azteca e inca.
En abril de 1848, Prescott escribió a su amigo, el abogado y general Caleb Cushing:
Usted ha cerrado una campaña tan brillante como aquella del gran conquistador, aunque los españoles han mantenido con empeño la reputación de sus rudos ancestros, la segunda conquista podría ser de una manera a priori mucho más difícil que la primera, considerando la más elevada civilización y ciencia militar de las razas que ahora ocupan el país. Pero no ha probado como yo y mis lectores creerán que he exagerado mucho el valor de los antiguos españoles. Espero que podamos ganar por la posesión temporal de la capital desenterrando algunos de los monumentos aztecas y manuscritos de los archivos españoles donde se encuentren. Los archivos públicos y privados que pertenecen a familias tanto en España como en sus colonias son ricos en manuscritos, que se encuentran ocultos a los ojos de los estudiosos y cuidados celosamente por miedo a que la verdad salga a la luz. De estas colecciones algunas están dispersas en la península, pero debe haber repositorios similares en México. El Señor Alamán (29), ministro de Relaciones Exteriores, me ha contado algo sobre eso y ha hecho un uso libre de ellos en sus propias publicaciones. Si se encuentra con él usted conocerá a uno de los más completos e inteligentes hombres de México. Pero he sabido que estaba en desgracia desde hace un año por sus preferencias monárquicas. Le voy a pedir de favor que le diga si lo encuentra que estoy deseoso de enviarle mi “Conquista del Perú”, que me indique el modo de hacerlo, lo haré inmediatamente con placer. ¿Se ha topado con alguna de las traducciones mexicanas de mi “México”? El tercer volumen de una de ellas está lleno con grabados reproducidos de antiguas pinturas del tiempo de la conquista, al menos es lo que me han dicho. Esta edición contiene también algunas críticas y revisiones hechas a diferentes pasajes del trabajo. (30)
29 – Lucas Alamán (1792-1853), líder de la aristocracia terrateniente y parte del clero en la política mexicana, había favorecido a la monarquía y las dictaduras militares por encima del liberalismo por considerarlo anticlerical. Fue consejero de Guadalupe Victoria, el verdadero gobernante de México durante la administración de Anastasio Bustamante (1830-1832) y jefe de despacho durante los tiempos de Santa Anna y sus sucesores. Uno de sus biógrafos (Arturo Arnaiz y Freg) lo llamaba “un Metternich en un mundo indígena”. Alamán fue un distinguido historiador, autor de una Historia de México en cinco volúmenes, organizador de los archivos mexicanos y fundador del Museo Nacional.
30 – William H. Prescott, Boston, a general brigadier Caleb Cushing, abril 7 de 1848, Fondo Caleb Cushing, DLC.

En otra carta a Cushing, John R. Bartlett (31), bibliógrafo y bibliófilo, quien ayudó a John Carter Brown a formar su gran biblioteca, señaló las ricas posibilidades para un bibliófilo en México. Más allá de que había necesidad de una investigación de la riqueza natural de México. (32)
31 – John Russell Bartlett, de Providence, Rhode Island, de 1836 a 1850 operó una librería (en sociedad con Charles Welford) y una casa de publicaciones que se especializó en libros sobre viajes, ubicada en la entrada del Hotel Astor en la Ciudad de Nueva York. Su establecimiento era el punto de encuentro del grupo literario que incluía a Albert Gallatin, Brantz Mayer, Ephraim George Squier y otros interesados en la historia y la etnología. Con Gallatin, Bartlett fundó la Sociedad Etnológica Americana. Después de la guerra con México, Bartlett fue miembro de la Comisión limítrofe. De 1855 a 1872 fue secretario de Estado en Rhode Island.
32 -John Russell Bartlett escribió sobre una de esas exploraciones. Ver John Russell Bartlett, Personal Narrative of Explorations and Incidents in Texas, New México, an California, Sonora, and Chihuahua, Connected with the United States and Mexican Boundary Commission During the Years 1850, ’51, ’52, and ’53, Nueva York, D. Appleton, 1854, 2 volúmenes.
Mi principal razón para escribirle en este tiempo es llamar su atención sobre el tema que brevemente le mencioné en mi última carta, el de conseguir libros impresos tempranamente en México y en otras partes de América. Mr. Gallatin (33) ha escrito al general Scott solicitándole que compre para él hasta $200 de trabajos sobre un tema particular de México. Le ha dado una orden similar al teniente coronel Emory que partirá de Washington en unos pocos días rumbo a México (34) y me daría mucho gusto invertir 300 o 400 dólares del mismo modo si se presenta la oportunidad.
33 – Albert Gallatin (1761-1849), entonces al final de una larga carrera, había sido secretario del Tesoro en los gobiernos de Jefferson y Madison, negociador del Tratado de Ghent (1814), y después ministro de los Estados Unidos ante Francia y Gran Bretaña. Este funcionario de origen suizo se especializó en los indios norteamericanos. En 1844 fue uno de los principales promotores para fundar la Sociedad Etnológica Americana.
34 – El mayor Emory (no fue ascendido a teniente coronel sino hasta 1857 y encargado del Io de Caballería hasta 1861) había regresado a Washington de California con sus “notas de un reconocimiento militar…” Como respuesta a una resolución del senado del 9 de diciembre de 1847, el secretario de Guerra Marcy en diciembre 15 había enviado el reporte de Emory al senado, donde se ordenó que se publicara. Emory luego pasó a México a incorporarse en el ejército de Scott.
Una gran cantidad de gramáticas y diccionarios en numerosas lenguas de México fueron publicados en el siglo XVII y parte del XVIII. Estos serían deseables con fines etnológicos. Después están los trabajos de Boturini (35), Las Casas (36), Barcia (37), Gómara (38), etc. que serían deseables; los catecismos y otros trabajos incluyendo publicaciones recientes en lenguas mexicanas estarían muy bien, pues son más baratas. Los manuscritos antiguos supongo que son difíciles de obtener, pero sé que en los conventos y museos del país existen manuscritos y antigüedades que podrían obtenerse bajo ciertas circunstancias.
35 – Lorenzo Boturini Benaducci (ca. 1702-1750) Su más notable trabajo fue Idea de una Nueva Historia General de la América Septentrional, Madrid, Imprenta de J. de Zúñiga, 1746. Los manuscritos precolombinos, incluyendo la copia de Boturini del antiguo calendario Tarasco (en 1898), fueron a parar a la Bibliothèque National de París.
36 – Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapas (1474-1566). Misionero dominico español e historiador que escribió la Breve relación de la destrucción de las Indias (1522) e Historia General de Indias, que, sin embargo no fue publicada sino hasta 1875.
37 – Andrés González de Barcia Carballido y Zúñiga (1673-1743). Su trabajo más significativo Historiadores Primitivos de Indias (3 vol.) fue publicado seis años después de su muerte.
38 – Francisco López de Gómara (1510-1569?), autor de La Historia General de Indias, Antwerp, Juan Steelsio, 1554.
Su familiaridad con el tema hace innecesario decir más. Si usted puede gastar la suma citada de forma adelantada, me sentiré obligado a pagarle inmediatamente por lo mismo. No estoy dispuesto a pagar los altos precios que estos libros tienen en Inglaterra. La Sociedad Etnológica o Mr. Gallatin quieren la parte principal, el resto dos o tres de nuestros más importantes coleccionistas que desean obtenerlos.
Donde usted se encuentra ahora no es campo para la investigación de antigüedades, aunque es muy posible que usted se encuentre con tesoros antiguos, un tema en el que estaría muy interesada nuestra Sociedad Etnológica. Cualquier noticia de usted sería muy apreciada.
Hemos recibido algunas contribuciones de interés y valor del teniente coronel Emory y otros oficiales que iban en la expedición del general Kearney a California. Estas serán anexadas en la memoria del Sr. Gallatin en nuestro próximo volumen (39). El teniente coronel Fremont también nos ha prometido una contribución tan pronto como su juicio termine, aunque siento que llegará tarde para nuestro próximo volumen.
39 – Gallatin había ya manifestado su interés en la región al publicar sus “Notas sobre las naciones semi- civilizadas de México, Yucatán y América Central”, en el vol. I (1845) de sus Transactions of the American Ethnological Society. Ver también Albert Gallatin, Nueva York, a teniente W. H. Emory, Washington, D.C., octubre 1 de 1847, en el apéndice No. 1, Emory, Notes of a military reconnaissance, p. 127. En el vol. II de Transactions…, Gallatin, a un año de su muerte, hizo una introducción al trabajo “Hale’s Indians of North-West America and vocabularies of North America”.
Todos los departamentos en Washington, así como los oficiales del ejército, han enviado al Sr. Gallatin de la Sociedad Etnológica papeles, mapas, etc. en su poder y la oficina de topografía nos ha enviado últimamente algunos manuscritos de interés referentes a los aborígenes.
Me gustaron sus sugerencias sobre una expedición científica de las provincias del norte de México, recientemente adquiridas por nosotros; he hablado del asunto a algunos de mis amigos en el Congreso para que la aprueben. Indudablemente que debe haber tesoros en oro, minerales, plantas, antigüedades, etc. que pagarían con creces una exploración sistemática y científica del territorio. Nada me complacería más que organizar una expedición, cuando el tiempo apropiado llegue, veremos que se puede hacer (…)
Cuando estemos en posesión segura de nuestras conquistas y sabiendo qué parte de ellas conservaremos, la pregunta que indudablemente se hará será sobre qué hay en los territorios conquistados. La pregunta solo puede ser respondida enviando a las personas adecuadas para examinar y reportar. (40)
40 – John R. Bartlett, Nueva York, a general brigadier Caleb Cushing, enero 7 de 1848, Fondo Caleb Cushing, DLC.
Cushing se había anticipado a Prescott y a Bartlett. Él tenía en mente realizar un estudio sobre México y había cultivado la amistad del historiador y político Lucas Alamán, el cual estaba en disposición de ayudarle no solo informándole sobre los hechos, sino también sobre asuntos políticos, esto es evidente en una nota que Alamán le dirige a Cushing el 10 de febrero de 1848:
Tengo el placer de enviarle:
1 – El registro trimestral, donde usted encontrara en las páginas marcadas algo sobre el maguey y el pulque, así como otras informaciones interesantes para usted sobre diferentes temas.
2 – Una memoria sobre el maguey escrita por Don José Mariano Sánchez y Mora (el anagrama de su nombre y el título del folleto), conde del Peñasco.
3 – Los viajes de Beltrami, el volumen que habla sobre México (41). Encontrará muchas noticias sobre edificios, pinturas y otras cosas. No le dé mucho crédito, era un charlatán. Le explicaré luego la causa por la que me trató tan duramente.
4 – Una memoria de mi propia defensa (42), en la que hay mucha información sobre el gobierno del general Bustamante en su primer período (43), cuando yo era empleado como miembro de su gabinete.
5 – Un periódico reciente que contiene en el lugar marcado el desenlace de mi Oficina de Industria.
41 – Giacomo Constantino Beltrami (1779-1855), Le Mexique, París, Crevat (etc.), 1830, 2 vols.
42 – Lucas Alamán, Defensa del Ex Ministro de Relaciones Exteriores: D. Lucas Alamán, en la causa formada contra él y contra los ex ministros de Guerra y Justicia del Presidente D. Anastasio Bustamante, ciudad de México, Imprenta de Galván, 1834, 126 p.
43 – El general Anastasio Bustamante fue Presidente de México por primera vez de 1830 a 1832.
Los dos últimos le ruego que los conserve y me encantaría regalarle los primeros tres, pero desgraciadamente son las únicas copias que conservo.
Le regreso muy agradecido los periódicos que me dejó ayer, mañana viernes a las 11 lo espero (en el hospital de las afueras) para tener el placer de presentarle al Conde de la Cortina (44) en la Calle de Juan Manuel (45).
44 – José Justo Gómez, Conde de la Cortina (1799-1860) fue un distinguido estudioso de la época. Era presidente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
45 – Lucas Alamán, ciudad de México, a general brigadier Caleb Cushing, febrero 10 de 1848, Fondo Caleb Cushing, DLC (original en inglés).
EL EJERCITO INVASOR Y LA IGLESIA

La Iglesia Católica, en muchos momentos, sirvió como puente de conciliación entre los vencedores y los vencidos. Cuando las batallas terminaron, los católicos del ejército invasor fueron aceptados como miembros de la comunidad, cierta tolerancia se extendió en ocasiones a todos los cristianos. En Veracruz el general Scott (46) portó una vela durante la celebración de la Misa de Pascua en catedral, donde una semana antes las cúpulas de las iglesias habían sido el blanco para sus morteros.
46 – Scott como político se declaraba cristiano, pero según las circunstancias se acercaba al bando que le fuera más conveniente. Así lo vemos en la campaña presidencial de 1853, donde contiende y pierde con Franklin Pierce, que para ganar la simpatía de los votantes irlandeses dice que su hija se educó con monjas católicas, a lo que sus contrarios respondieron recordando que había ahorcado en San Angel a inmigrantes irlandeses católicos de la manera más vergonzosa y sin piedad.
El American Eagle de Veracruz (periódico de ocupación) nos narra la historia:
La mañana del domingo de Pascua último entramos a la iglesia de la plaza y fuimos gratificados al ver la completa asistencia de nuestros oficiales y soldados. En vez de encontrar un lugar oscuro, en la orilla del pasillo izquierdo, estaba sentado el general Scott con un buen número de sus amigos. El general participó con devoción y piedad y no como muchos de nosotros que vamos solamente a matar el tiempo. La entrada del general se nos comentó, creó sorpresa entre los nativos mientras lo señalaban y comentaban que era el comandante en jefe de los norteamericanos (…)
La escena en la iglesia el domingo de Pascua fue del máximo interés y solemnidad. Muchos de los que una semana antes estaban disparándose mortalmente uno contra otro estaban ahora hincados, juntos, reunidos por el mismo Dios. Nos dimos cuenta de que se tuvo una gran deferencia hacia nuestro general, y que fue al primero que se le dio una gran vela encendida. La recibió solemnemente y la sostuvo por un tiempo, prendida en su mano. También fue muy placentero para los ciudadanos de todas las condiciones ver que al menos no somos tan demonios como nos han pintado. (47)
47 – “Domingo de Pascua”, Veracruz American Eagle, abril 6 de 1847.
Algunos meses después, cuando el capitán judío John W. Lowe de Ohio visitó una iglesia en la misma ciudad, encontró igualdad ante Dios y deseó que fuera lo mismo en los Estados Unidos:
Esta es la tarde del Sabbat… Para alejarme del ruido del campamento, esta mañana me vine a la ciudad y entré a una iglesia; hay varias abiertas, dos de las que visité eran realmente hermosas; edificios pesados pero recubiertos de oro y plata en su interior, los pisos son de mármol con dibujos de diamantes, un pequeño órgano y algunas sillas. Algo que me complació mucho fue la igualdad de todas las clases ante el altar de Dios. Por este motivo me quedé viendo por más de quince minutos al noble castellano en cuyas venas corre la pura sangre de Cortés, al azteca amarillo, el estúpido indio y el decrépito negro, juntos, hombro con hombro, sin distinción de razas, color, origen o rango, el cual se perdía o se ignoraba, pareciendo que se veían uno a otro, al menos en el santuario, iguales ante los ojos de Dios. En una ocasión (y estoy satisfecho de que ocurra con frecuencia), vi a una hermosa, joven, elegante, muchacha española, evidentemente de la clase alta, hincada; y justo en frente de ella, estaba un viejo pordiosero negro en la misma actitud, mientras que al lado del negro estaba un caballero castellano y su pequeño hijo (como de la edad de Tom), todos devotamente ofreciendo sus oraciones a Dios todopoderoso sin siquiera un pensamiento de “negro apestoso” o “asientos para pobres”. Entonces deseé que fuera igual en mi propia tierra de origen, donde nos jactamos de que todos los hombres son libres e iguales. (48)
48 – Capitán John W. Lowe, campamento cercano a Veracruz, a la Sra. Manorah F. Lowe, Nueva York, octubre 10 de 1847, Fondo John W. Lowe, Dayton.
No todos los que iban a las misas católicas tenían la misma sensibilidad que Lowe. En la ciudad de México, un joven asistente del general Cushing admiró la magnificencia de las iglesias, pero con desprecio se expresa de lo que llama “la superficialidad” de los rituales:
Permanecí en.… la ciudad de México por once días, durante los cuales tuve la oportunidad de ver mucha de su orgullosa magnificencia… Ha habido muchas cosas extravagantes que decir sobre ella, aunque creo que debe ser llamada magnifica por muchas otras. La catedral y los conventos particularmente son lugares de gran amplitud y elegancia. La iglesia de Guadalupe, a cuatro millas de la ciudad, tiene tal cantidad de adornos de plata que lo deja a uno sorprendido y con los ojos abiertos.
Esa iglesia combina de una manera especial la belleza y la riqueza como nunca he visto en mi vida. Ahí se lleva a cabo la fiesta religiosa anual en honor de Nuestra Señora de Guadalupe, que según la tradición se apareció ahí hace muchos años de una manera misteriosa a un indio; además de esto, la iglesia saltó de la roca en una sola noche. ¡Muy maravilloso no crees! La misma Señora de Guadalupe es la santa patrona de todo México y puede hacer muchas cosas extraordinarias. La tienen en gran estima, si vieras cómo. Está presente en todas las asociaciones, incluso los carniceros tienen un lugar especial en sus carnicerías para que bendiga la carne.
No tienes idea de la superficialidad que veo cada día, de todo lo cual los mexicanos llaman religión. (49)
49 – Teniente William W. H. Davis, San Ángel, a su hermana, Elizabeth Davis, enero 11 de 1848, Fondo W.W. H. Davis, Beinecke.
CUARTELES PARA LAS TROPAS
En Puebla, la ciudad de México y pueblos de los alrededores, los regimientos de Scott fueron acuartelados con el clero. Fue una experiencia acogedora para el teniente Daniel Harvey Hill en Pachuca, que lo vio como el primer lugar confortable en México. Un rígido presbiteriano Hill escribe:
Dejé el convento de San Francisco con gusto. Tuve una amplia convivencia con los monjes y los encontré amables y sociables pero extremadamente ignorantes y supersticiosos. Además había algo romántico en mi vida en el monasterio. Dormía en una cama de fraile, en una celda de fraile y comía en la mesa de los frailes. Sobre mi puerta estaba la inscripción “Ave María purísima, sin pecado concebida”. Debajo de esta inscripción había una exhortación para decir estas misteriosas palabras como medio para alcanzar muchas indulgencias. (50)
50 – Diario de Daniel Harvey Hill MS, entrada del 7 de enero de 1848, So. Hist. Col., NCa.
Otro oficial acuartelado en San Ángel observa: “los viejos padres lo toman con calma pues no hay ayuda para ello” (51).
51 – Teniente William W. H. Davis, San Ángel, a su hermana, Elizabeth Davis, enero U de 1848, Fondo W.W.H. Davis, Beinecke.
Pero en Puebla, el sargento de la Compañía de Ingenieros A pensaba que era real camaradería, además de dividendos generosos:
Mi última carta que te escribí fue desde esta ciudad y está fechada el 8 y el 12 de junio pasados. En ella te contaba que nuestra compañía está acuartelada en un castillo fuera de los límites de la ciudad. Después nos cambiamos a la ciudad y ocupamos unas espléndidas habitaciones en un convento, con autorización de los frailes, quienes reciben una renta que rivaliza con las rentas que tu pagas en Nueva York -$90 al mes-, una buena renta por acomodar a una pequeña compañía. Por este motivo convivimos con los clérigos diariamente, a cada hora, en términos de la más grande intimidad, ocupando espléndidos cuartos en el corazón de su Sanctum Sanctorum, compartiendo con ellos sus ronquidos, paseando por sus edificios, patios y fuentes, sus modos y costumbres. Los frailes son un alegre conjunto, no malos para beber y apostar con nuestros hombres, ni para cantar o maldecir en inglés, lo cual pueden hacer perfectamente, pues no es pecado decirlas en inglés como lo es en latín y español. La Iglesia de esta ciudad es sorprendentemente rica, siendo propietaria por lo que me han informado de un tercio de la ciudad. La catedral, la iglesia principal, es la más bella que yo haya visto. Todos los frailes son sacerdotes oficiantes. La orden con la que estamos hospedados es llamada Orden de San Francisco. (52)
52 – Samuel Starr, Puebla, a la Sra. Eliza Starr, Ciudad de Nueva York, julio 7 de 1847, Fondo Samuel H. Starr, Colección Bixby, Missouri Historical Society.
LOS COMERCIANTES SIGUEN AL EJERCITO

La recompensa de la victoria también incluía negocios rentables para los comerciantes tanto mexicanos como norteamericanos que siguieron el avance del ejército. Apenas Taylor había entrado a Matamoros en mayo de 1846 cuando un ejército de mercaderes apareció en la ciudad, ayudado por el secretario del Tesoro Robert. J. Walker cuya circular del 11 de junio permitía a los barcos americanos que llevaban productos norteamericanos entrar a los puertos capturados de México sin pagar ningún impuesto. (53)
53 – Robert J. Walker, secretario del Tesoro, “circular a los recolectores y otros oficiales de la aduana”, Washington, junio 30 de 1846, Documentos ejecutivos de la Casa de representantes, No. 60, 30 Congreso, 1er sesión, pp. 158-159.
Thomas Bangs Thorpe describe el animado comercio en la parte baja del Río Grande:
El alto precio de productos de algodón en Matamoros, debido a los impuestos mexicanos es bien conocido. Algunos comerciantes yanquis desde que el general Taylor tomó posesión de la ciudad se han “mudado” y han abierto tiendas, vendiendo productos de “bajo precio” a un tercio de los precios mexicanos, pero al doble que los precios norteamericanos. Es una divertida escena contemplar las multitudes en estas tiendas, compuestas por una mezcla de la gente de la ciudad. Mujeres finamente vestidas, rancheros, indios desnudos y negros; todos ansiosos por comprar. (…)
Este río, bajo la influencia de los comerciantes norteamericanos, está cambiando, mostrándose muy activo. Los vapores Frontier y Cincinnati han llegado a Matamoros, dándole al puerto del pueblo una viva actividad. Los predios con frente al río pronto serán caros en esa ciudad y seguramente se construirán tiendas en la rivera. (54)
54 – Thorpe, Army on the Rio Grande, pp. 165,172.
Como lo indica el New Orleans Delta, era un comercio de ida y vuelta, especialmente después de que el ejército de Scott penetró en la región donde se producían los frutos tropicales. Las “frutas de la victoria” aparecieron entonces en el mercado de Nueva Orleans:
Nuestras últimas operaciones en México nos han abierto el mercado de frutas de Jalapa. Podemos ver diversas variedades de melones, higos y otras frutas en nuestros mercados. Y lo mismo en las tiendas de frutas de Veracruz. Grandes cantidades son transportadas por cada barco. Encuentran una buena venta en nuestro mercado. El valle de Jalapa es famoso por sus deliciosas frutas. La piña producida ahí es de las mejores del mundo. (55)
55 – “The Fruits of Victory”, en New Orleans Delta, junio 13 de 1847, citado por Nile’s National Register, vol. 72, julio 3 de 1847, p. 281.
POLITICA FISCAL Y DE RETRIBUCION
Fue el mismo presidente James Knox Polk quien declaró que los mexicanos deberían ser obligados a pagar por la guerra, ya fuera a través del comercio o exigiéndoles una contribución económica. Explica sus puntos de vista en un mensaje al secretario del Tesoro:
El gobierno de México, habiendo repetidamente rechazado los amistosos acercamientos de los Estados Unidos para iniciar negociaciones con miras a restablecer la paz, me parece político y justo, en vista de los intereses de nuestro país solicitar que al enemigo se le haga cubrir en la manera de lo posible los gastos que ha conllevado esta guerra, de la cual ellos son los iniciadores y que de manera persistente insisten en continuar. (…)
En el ejercicio de… los incuestionables derechos de guerra, considerándolo seriamente, he dado la orden de que todos los puertos o lugares de México en que estamos o estemos en el futuro, con la presente posesión de nuestra tierra y fuerzas navales de conquista, deben ser abiertos, mientras nuestra ocupación militar continúe, al comercio con todas las naciones neutrales, así como con la nuestra, con artículos que no sean útiles de guerra, pagando las tarifas prescritas y obligaciones, las cuales serán hechas saber y reforzar por nuestros comandantes militares y navales.
Mientras se adoptan estas políticas se impondrá un impuesto al enemigo y al mismo tiempo se le privará de los beneficios derivados del comercio en esos puertos y lugares, hasta que nos aseguremos de que los gastos de guerra hayan disminuido. Para vigilar los intereses generales del comercio y facilitar las obvias desventajas de la uniformidad en el ejercicio de estos derechos de guerra, se requiere implantar normas bien consideradas y restricciones para orientar a aquellos que estarán a cargo de ponerlas en práctica. (56)
56 – “Documentos Importantes”, James E. Polk, Washington, a secretario del Tesoro Robert J. Walker, marzo 23,1847, citado por el Washington Union, abril 1 de 1847.
LIBERACION DEL COMERCIO MEXICANO
El intendente general Thomas S. Jesup pedía al Departamento de Guerra que permitiera negociar con los mexicanos. Esto implicaba permitir el uso de moneda mexicana, necesaria para manejar los recursos en el país:
Respetuosamente envío para la consideración del Departamento de Guerra la solicitud para que se permita a los ciudadanos de los Estados Unidos, en los lugares tomados y ocupados por nuestras tropas en el golfo, entrar con mercancías para comerciar con los mexicanos. Todos los artículos que podrían ser usados contra nosotros en la guerra deberían prohibirse. Pero si la venta de tabaco, productos secos, etc., fuera permitida, los oficiales que compran en México podrían conseguir lo que necesitan, sin el gasto o riesgo de transportarlo, además, pudiendo orientar los recursos del país en trabajo y medios de transporte para nuestras mercancías, cuando la gente del país podría estar temerosa de tratar directamente con oficiales públicos. (57)
57 – General mayor Thomas S. Jesup, intendente general, Oficina del Intendente General, Nueva Orleans, a William L. Marcy, secretario de Guerra, Washington ciudad, nov. 26 de 1846, Documentos ejecutivos Casa de Representantes, no. 60,30 congreso, 1er sesión, pp. 565-566.
ABOLICIÓN DE LA ALCABALA
Si la ocupación norteamericana trajo algún bien a México, fue haber liberado a las clases trabajadoras y al sistema productivo del peso de la alcabala y otros impuestos opresivos. Un escritor del American Star comenta con énfasis sobre la situación en la ciudad de México:
Desde el primer momento que llegamos a las costas de Veracruz hasta nuestra llegada a esta capital (ciudad de México), los derechos de personas y propiedades han sido respetados; todos los productos como harina, granos, carnes, etc., que se requieren para el servicio, son comprados y pagados a precios aún más altos que los que son pagados por los ciudadanos del país.
Durante todo el tiempo que nuestras fuerzas han estado en el Valle de México, hemos pagado a los agricultores de cinco a siete dólares por carga de cebada, y de ocho a diez dólares por el maíz, mientras que al mismo tiempo en esta capital se promulgó por las autoridades una tarifa que limita el precio de la cebada a tres y medio dólares, y el maíz a siete dólares. En Veracruz, Jalapa, Perote y Puebla hemos dado libertad a los trabajadores y a las clases productivas aboliendo el odioso sistema de la alcabala o impuesto al trabajo, por el cual tanto productores como consumidores se ven beneficiados: el primero es capaz de vender los frutos de su labor sin ninguna restricción o tasa y el consumidor está en posibilidad de comprar los frutos de la tierra a sus precios verdaderos, casi al costo de producción.
A las autoridades municipales de esos lugares se les ha enseñado una útil lección viéndose forzadas a restaurar el sistema democrático de recolectar impuestos sobre la propiedad, en vistas a sostener la política y el gobierno de sus respectivas ciudades, lo cual ha sido hasta ahora con el impuesto sobre el trabajo. Nos alegramos de que en esta ciudad de los palacios, las autoridades municipales han permitido e incluso temporalmente sostenido su política y gobierno aboliendo la alcabala o impuesto del trabajo. Los pobres indios que se presentan en la entrada de la ciudad con una canasta de fruta, una docena de huevos, algún producto de caza o una carga de carbón, es obligada a pagar un impuesto antes de entrar y si no tiene dinero para pagarlo, son obligados a depositar con el guardia parte de su producto, alguna pieza de ropa, hasta que pueda efectuar una venta y regresar con el dinero para recuperar el artículo empeñado. Como consecuencia de este impuesto, es obligado por adelantado a poner precio a sus productos al pobre artesano que lo produce y por este modo indirecto de cobrar impuestos, se sostiene la política y gobierno de esta magnífica ciudad.
La población de la ciudad se estima que es de 200,000 habitantes, de los cuales 12,000 o el 6 por ciento son propietarios; estos están en posesión de todos los bienes y el poder por el cual hasta ahora intentan mantener por la fuerza la costumbre monárquica de la alcabala o impuesto para los trabajadores pobres, que aunque no vale mucho, se cobra para contribuir al sostenimiento del gobierno municipal. La injusticia de este sistema impositivo es obvio para todos y sinceramente esperamos que las causas que hicieron que se continuara cobrando sean pronto desechadas y la libre venta y consumo de los frutos de la tierra se establezca, para lo cual las clases trabajadoras deberían aprender y consideramos de la misma manera como ha sucedido a sus compatriotas de Puebla, Veracruz, etc. Es decir los ricos se comporten como benefactores y no como enemigos que destruyen. (58)
58 – “El avance de nuestro ejército de Veracruz a México”, en México City American Star, septiembre 25 de 1847.
RECAUDACIONES DE SCOTT
Algunos beneficios ocasionales pudieron haber llegado al pueblo mexicano, pero la administración de Polk se enfrentaba a un déficit por los gastos de guerra y estaba determinado a hacer que los mexicanos pagaran por la guerra, ya fuera apropiándose de los productos del país a través del cobro de impuestos o imponiendo contribuciones (valuaciones) sobre la tierra conquistada. Scott discutió el problema en sus memorias:
Al inicio de la campaña comencé a recibir cartas de Washington, presionándome para que apoyara al ejército con contribuciones forzosas. En las condiciones que estábamos eso era imposible. La población estaba dispersa. No teníamos ningún partidario en el país y hubiéramos encontrado la hostilidad tanto de la religión y de la raza. Los mexicanos en un principio nos consideraban infieles y ladrones. Por tanto no había entre ellos un campesino, un molinero, un propietario que no hubiera destruido cualquier propiedad que no pudiera trasladar o alcanzar pronto que nos permitiera apropiamos de ella sin compensación. Para el primero o segundo día quizá hubiéramos tenido suficientes alimentos, a lo mucho para cinco millas de nuestra ruta; pero para el término de una semana, el ejército entero hubiéramos tenido que dividirlo en destacamentos, distribuyéndonos a lo largo y ancho del país, suplicándole a los rancheros y a las tropas regulares por alimentos para calmar el hambre del día. ¿Con invasores así, hubiéramos ocupado y conquistado México?
Estando la guerra virtualmente concluida ocupa mi atención ahora buscar un sistema de financiamiento para sostener al ejército y para estimular el camino hacia la paz. El tema requiere consultas extensivas y una muy cuidadosa elaboración. Mi intención era la de reunir en el primer año alrededor de doce millones de dólares, con la menor presión posible para la industria y bienestar del país, con un incremento a quince millones en los años subsecuentes. (59)
59 – Scott, Memoires, vol. 2, pp. 552-553.
Para poner en práctica su plan, Scott decomisó cerca de $150,000 en la ciudad de México, apenas concluida su ocupación. El gobierno poseía tabaco almacenado en las aduanas, el cual apenas cayó la ciudad se distribuyó entre los soldados, aunque una buena parte se mantuvo decomisado por las autoridades municipales. Las políticas de Scott en estos asuntos se indican en la siguiente nota del 21 de septiembre:
Apruebo las sugerencias escritas; es decir, que los ingresos del correo y otras fuentes internas de ingreso permanezcan en la ciudad; también que los ingresos externos (los ingresos de las aduanas y las garitas) también permanezcan en la ciudad; respecto al tabaco decomisado, una parte puede ser repartida con generosidad y el resto que la municipalidad disponga de él como se propone. Respecto al reparto generoso del tabaco (me estoy refiriendo a todos los efectivos del ejército), le pido al general mayor Quitman me haga una propuesta.
El tabaco que no pertenezca al gobierno mexicano y que de aquí en adelante se introduzca en el mercado, puede ser dispuesto por las autoridades de la ciudad como hemos acordado.
El primer pago de la contribución pedida no había sido pagado aún hasta el día de ayer, pero espero no tarde; si no es pagada informen a la municipalidad que los recibos en las garitas y otras fuentes de ingreso serán entonces administrados por el ejército. (60)
60 – General mayor Winfield Scott, nota, septiembre 21 de 1847, citado por teniente George W. Lay, Cuartel general del ejército, ciudad de México, a general mayor John A. Quitman, septiembre 21 de 1847, Fondo John A. Quitman, Houghton.
El 15 de diciembre, Scott emitió su Ordenanza General No. 376, en la que daba noticia que el ejército estaba próximo a ocupar varias partes de la República de México y que solicitaba que todos los impuestos recolectados por el Gobierno Federal mexicano se les entregaran a los norteamericanos para el sostenimiento del ejército de ocupación. La Ordenanza decía:
- Este ejército está próximo a extenderse y ocupar la República de México, hasta que no se logre un tratado de paz aceptable para el gobierno de los Estados Unidos.
- Con la ocupación del principal punto o puntos en cualquier estado, el pago de todos los impuestos al gobierno federal de esta República, cualesquiera que sea el nombre, tipo que exista hasta 31 de mayo de 1847, que sea pagado o recolectado por el gobierno, quedan absolutamente prohibidos, exceptuando los impuestos o cobros que sean solicitados a las correspondientes autoridades civiles para el sostenimiento del ejército de ocupación.
- En el Estado y el Distrito Federal de México, habiendo sido ya ocupados, así como los Estados de Veracruz, Puebla y Tamaulipas, los impuestos ordinarios y cobros que se hacían al Gobierno Federal se considerará como obligación y pagaderos a este ejército al inicio del presente mes y serán oportunamente cobrados por las autoridades de los estados mencionados y del distrito, bajo las reglas y sanciones que serán anunciadas y promulgadas.
- Otros Estados de la República como las Californias, Nuevo México, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, etc., etc. ya ocupados por las fuerzas de los Estados Unidos, aunque no bajo el mando inmediato de un general en jefe, se ajustarán a las prescripciones de esta ordenanza, excepto aquellos estados donde se haya adoptado un sistema diferente, con la aprobación del gobierno de Washington.
- Los impuestos internos u obligaciones referidos son: 1) impuestos directos; 2) obligaciones sobre la producción de oro y plata; 3) obligaciones por trabajo y fusión; 4) impuesto del tabaco; 5) impuesto por papel sellado; 6) impuesto por la manufactura de impresión de cartas de juego; y 7) impuesto al correo.
- El impuesto de la lotería nacional queda abolido. La lotería queda de ahora en adelante prohibida.
- La importación y exportación de bienes en los puertos de la República continuará bajo el control del gobierno de los Estados Unidos, excepto la exportación de oro y plata en barras o lingotes, que queda prohibida hasta recibir instrucciones del gobierno al respecto.
- Todos los artículos importados, bienes y materias primas, que hayan pagado por adelantado, o se tenga la certeza del pago de impuestos a los Estados Unidos, en cualquier puerto de entrada de la República, no deben ser cargados con ningún impuesto extra en cualquier parte de la república ocupada por las fuerzas de los Estados Unidos.
- El cobro de impuestos por el tránsito de animales, bienes y materias primas, ya sea de origen extranjero o doméstico, de un estado de la República a otro, o al entrar o salir por las garitas de cualquier ciudad dentro de la República, será abolido y prohibido, al menos mientras las fuerzas de los Estados Unidos estén en poder de prohibir su cobro. Otros medios equitativos y moderados se implementarán en los estados y por las autoridades de la ciudad, para el sostenimiento de sus respectivos gobiernos.
- El impuesto para el tabaco, las cartas de juego y el papel sellado, será emitido por tres, seis o doce meses, bajo concesión al mejor postor, respectivamente para los distintos estados; el Estado y Distrito Federal de México, considerándolo como una sola entidad. Se hará la oferta a los postores para esos impuestos en cada estado o para todos ellos. Se enviará tan pronto como sea posible, sellado, al cuartel o comandantes de departamento, excepto para el Distrito Federal y Estado de México. (61)
61 – General mayor Winfíeld Scott, por Capitón H. L. Scott, A.A.A.G., ciudad de México, Ordenanzas Generales No. 376, diciembre 15,1847, citada por el New Orleans Courier, enero 7 de 1848.
LA EXPEDICION A PACHUCA

Para finales de diciembre de 1847 se había hecho en los Estados una recaudación equivalente a cuatro veces la recolectada de modo directo en 1843. Aunque solo era recolectada en la ciudad de México y Veracruz, y los ingresos totales eran de menos de $4,000,000, Scott envío tres destacamentos para hacer la recolección en otras ciudades: una a Cuernavaca, otra a Toluca y la tercera a Pachuca, 70 kilómetros al noreste de la ciudad de México, próxima a los grandes centros mineros de Real del Monte. Scott sabía que un gran cargamento de plata iba a ser enviado de las oficinas de Pachuca; para evitar que los militares mexicanos se apoderaran de él, envió una fuerza para custodiarlo y ayudar al traslado del metal. El teniente Thomas Williams, 4o Artillería, describe la expedición a Pachuca y otros problemas de la ocupación militar en una carta del 27 de diciembre:
Estamos de nuevo listos para avanzar con los espíritus que animan a este siglo. En vistas a una ocupación permanente de los norteamericanos aquí hemos tenido tres reuniones públicas para ver la viabilidad de construir un ferrocarril desde esta capital a Veracruz.
El asunto de la cobranza de impuestos del Gobierno Federal ha ocupado profundamente al general Scott por varias semanas, y como van caminando las cosas, esos ingresos tarde o temprano serán nuestros.
La primera expedición será en pocos días hacia el interior con ese objetivo, hacia las minas de Pachuca o Real del Monte. Estas minas son propiedad de extranjeros que pagan un porcentaje en plata y oro al gobierno mexicano. Nuestro objetivo será recolectar ese porcentaje.
Otros destacamentos serán enviados hacia San Luis y Zacatecas, tan pronto como las mal vestidas tropas que acaban de llegar de los Estados Unidos estén provistas con ropa adecuada para el frío, como chaquetas, etc., etc.
Creo que no habrá paz y consecuentemente ninguna indemnización por parte de México, por tanto tendremos que cobrarnos de propia mano, para lo cual primero ocuparemos y luego anexaremos. El presidente (en su mensaje de Navidad) nos dijo que el gobierno de los Estados Unidos siempre ha tenido el propósito de anexar. Lo cual yo creo que será inevitable por todas estas cosas. Pienso que esto no se podrá posponer por más de 30 años. Un intercambio comercial de nuestra parte por ese período con esta gente es necesario para su regeneración y preparación para que acojan nuestra civilización más avanzada y las ideas liberales del gobierno…
En los años por venir la toma y conquista de la capital de México por el pequeño ejército del general Scott será escrito -proclamado-, como el gran acontecimiento de la época y del siglo XIX; y no me sorprendería que se considere el mayor logro militar de toda la Historia. (62)
62 – Teniente Thomas Williams, Cuartel del ejército de ocupación, ciudad de México, a John R. Williams, diciembre 27 de 1847, Fondo John R. Williams, Burton.
LA GUERRA DE GUERRILLAS

La fuerza enviada a Pachuca y Real del Monte también iba tras de las guerrillas mexicanas. La guerra de guerrillas es connatural a los mexicanos; la usaron en la guerra de Independencia, y de nuevo contra Taylor y Scott. Favorecidos por su familiaridad con el territorio, los guerrilleros viajaban ligeros, golpeaban rápido y se desvanecían por los montes. Los ataques de la guerrilla por lo general no eran grandes, sus asaltos eran esporádicos, pero después de la caída de la ciudad de México, continuaron atacando las líneas de comunicación de Scott por varios meses. Uno de sus más notables líderes era el padre Jarauta (63), un ex seminarista, que fue fusilado por actividades revolucionarias en 1848.
63 – NdT: Tomada la ciudad por las tropas estadounidenses al mando de Winfield Scott, el ánimo de los soldados mexicanos por el suelo, el general Santa Anna huyendo hacia La Villa de Guadalupe, tocó a la guerrilla hacer frente por diferentes rumbos a los yanquis. Una de las partidas de guerrilleros -comandada por el padre Celedonio Domeco Jarauta- fue la que más daño hizo a los invasores en septiembre de 1847, conjuntamente con la población enardecida. La figura del padre Jarauta (quien nació en Zaragoza, España, en 1814 y murió fusilado en Guanajuato en 1848) es hasta ahora un misterio, primero porque fue olvidado por los cronistas de su época y, segundo, porque su forma de ser y su personalidad creaban rechazo entre los generales mexicanos, aunque siempre pecó de osado y fue un activo guerrillero que nunca rechazó entrar en combate. Por esto, el padre Jarauta fue doblemente odiado: primero por los mexicanos y después por los invasores yanquis. Su fusilamiento en Guanajuato, por órdenes del presidente Anastasio Bustamante, puso fin a la vida de un hombre que antes de llegar al presbiterado luchó en su país a favor del pretendiente Carlos, pero vencido este, embarcó para América y llegó a Veracruz en 1844. Se secularizó en este puerto y obtuvo del obispo Francisco Pablo Vázquez una parroquia en Puebla, que dejó a poco para domiciliarse en el convento de la Merced en Veracruz. En el puerto jarocho, Jarauta -de quien se dice fue actor circunstancial en La Habana, Cuba- decidió vestir de cura y oficiar misa con un estilo poco ortodoxo. Por ello fue el párroco de moda en ese lugar, donde durante la invasión estadounidense formó su guerrilla y causó muchos daños a las tropas de Scott. Sobre estos hechos y la recuperación histórica del guerrillero trata, justamente, el libro de Daniel Molina Álvarez, La pasión del padre Jarauta, Consejo Editorial del Gobierno de la ciudad de México, 1999. Así lo definió el cronista Antonio García Cubas: «La fama y popularidad del padre Celedonio Domeco Jarauta, el hombre que nunca, jamás, aceptó la derrota; el hombre que se tragó su propia muerte a cucharadas, gota a gota, a sorbos; el hombre que apuró su cáliz sin quejarse».
Daniel Harvey Hill nos cuenta en su diario cómo fue atrapado Jarauta y su banda:

Enero 17, 1848, 9 p.m. He recibido órdenes de estar listo para marchar mañana por la mañana en una expedición secreta. La he mantenido en sigilo aunque algunos otros oficiales tampoco saben nada sobre ella. Iremos en marchas forzadas hacia Tulancingo, una población grande como a treinta millas de aquí, donde se dice que se encuentra el general Paredes (64) y el famoso jefe guerrillero el padre Jarauta reclutando hombres. Nuestra fuerza consistirá en una sección de artillería como de setenta hombres, quince de esta de dragones y otros soldados de infantería escogidos para la ocasión.
64 – General MarianoParedes y Arrillaga, Presidente de México de enero a julio de 1846; partió al exilio en 1847.
Enero 21. Apenas regresamos (40 millas de distancia) después de una decepcionante e infructuosa búsqueda del Padre Jarauta y del general Paredes. Nuestros preparativos para la marcha todos fueron hechos durante la noche del 17, y a las 8 a.m. de la siguiente mañana partimos, enterándonos de que el coronel Withers (65) iba a visitar una hacienda inglesa catorce millas adelante, llamada Mineral del Monte, y deseaba llevar consigo una numerosa escolta.
65 – Coronel Jones Mitchell Withers, nacido en Madison, Alabama en 1814, estudió en West Point como teniente 2º del 1er Batallón de Dragones en 1835. Destinado al Fuerte Leavenworth en Kansas renunció en 1836 para dedicarse a la práctica de la abogacía y atender sus negocios de venta de algodón. Convocado como teniente coronel en marzo 3 de 1847 del 13º Regimiento de Infantería, fue promovido a coronel por su participación en Chapultepec. A su regreso volvió a sus negocios. Elegido diputado del Congreso de Alabama en 1858, fue alcalde de Mobile en 1861. Se unió al ejército Confederado y nombrado general brigadier en julio 10 de 1861 y general mayor en abril 6 de 1862. Indultado en 1864 volvió a la vida civil dedicandose a la prensa y sus negocios. Murió en 1890.
Mineral del Monte esta a tres mil pies por encima de este lugar, el camino para llegar ahí es excesivamente angosto y en algunos puntos hay barrancos profundos y tan peligrosos que cualquier paso en falso precipitaría caballos, cañones y carros cientos de pies abajo. Muchos convoyes se han hecho polvo en estos barrancos. Hicimos un pequeño alto en Mineral del Monte, un pueblo minero de diez mil habitantes. Está construido en un lugar muy escarpado. Todas las casas tienen techos de dos alas inclinados, los únicos en su tipo en México. De hecho Mineral del Monte es esencialmente un pueblo inglés, con casas inglesas, costumbres inglesas y vestimentas inglesas. Vimos en las calles un gran número de mezclas raciales inglesas y mexicanas. Muchos de los ingleses se han casado con mexicanas y una gran mayoría las tienen como sus amantes.
Las siguientes catorce millas después de dejar el Mineral, descendimos para encontramos en el valle de Puebla. Todo el territorio que atravesamos este día es interés inglés y empleo inglés. Nos encontramos con miles de mulas y burros cargados con madera y otros materiales en camino a la ciudad. Ocasionalmente, después de pasar por un angosto desfiladero nos alegrábamos por la vista de una elegante casa de campo inglesa o una hermosa población mexicana.
Poco antes de la puesta del sol nos detuvimos en una hacienda inglesa vecina de un pueblo llamado Huasca. Aquí alimentamos a nuestros caballos, conseguimos algo para comer y nos tendimos en el piso envueltos en nuestras cobijas hasta las once de la noche. Entonces nos levantamos y reiniciamos nuestro camino con un mexicano como guía, el cual estaba amenazado de muerte. El trayecto era excesivamente malo y como mi arnés era viejo y usado, la marcha fue lenta y tediosa. Sin embargo para el amanecer habíamos hecho veinte millas, teniendo delante de nosotros la población de Tulancingo. Entramos a todo galope, para encontramos con mortificación que el enemigo había partido unas pocas horas antes. Jarauta lleva trescientos hombres con él y es apoyado por una población de diez mil habitantes y fueron incapaces de pelear contra cien yanquis. Realmente esta gente tiene una idea exagerada de nuestras cualidades de lucha. Poco después de nuestra entrada, el Ayuntamiento de la ciudad fue convocado a reunirse con el coronel Withers para exigirles por qué daban protección y apoyo a un bandido, cuando ellos sabían que el general Scott había declarado a los guerrilleros fuera de la ley y que a todo aquel que les ayudara y protegiera sería condenado a muerte. El Ayuntamiento contestó que el padre Jarauta llegó con una orden del gobierno mexicano solicitando armas, hombres y caballos y que tenía la capacidad para hacer cumplir esas órdenes, viéndose imposibilitados a no obedecerle y a darle ayuda. Dijeron que el venerable sacerdote había liberado cuarenta y cuatro criminales de la prisión y había cometido muchos excesos y que el pueblo no tenía la capacidad para controlarlo. El coronel Withers y sus oficiales quedaron muy poco satisfechos con las explicaciones del Ayuntamiento, por lo que determinaron imponer una contribución al pueblo de diez mil dólares. Se decidió no pedir el dinero hasta el siguiente día cuando estuviéramos listos para partir, pues de otro modo pudiera haber habido una insurrección esa noche.
Para compensar nuestra fatiga, otro oficial y yo recorrimos la población. La gente no evidenciaba nada de ese miedo y odio tan común en la primera entrada de las tropas norteamericanas en cualquier población. Multitudes de niños nos seguían deseosos de ver el tipo de animales que éramos los yanquis. Muchas chicas adorables se asomaban curiosas a sus balcones y ventanas para conocer a los “monstruos del norte” como éramos conocidos. Entre ellas la hija del general Paredes, una muchacha muy bella. La saludamos varias veces en el transcurso de nuestro paseo. Tulancingo es la población más bella que haya visto en México y sus habitantes parecen más luminosos y por consiguiente más liberales y sociables que la mayoría de los mexicanos.
La noche del 20, la pasamos como la anterior, en el piso, envueltos en nuestras cobijas. La siguiente mañana el ayuntamiento fue reunido de nuevo y sus oficiales se sorprendieron al saber que el coronel Withers había cambiado de opinión con respecto a la contribución forzosa. Parece ser que la noche anterior una representación del pueblo se había reunido privadamente con él para que cambiara su cuartel general a ese lugar. Esto complació de tal manera al coronel que doblegó su furia y renunció a todo intento de imponer cualquier gravamen. Nos sentimos profundamente mortificados por esta evidencia de debilidad en nuestro comandante en jefe.
Hacia la puesta del sol, al anochecer, llegamos a la hacienda inglesa en la que nos habíamos hospedado dos noches antes. Nos instalamos ahí y algunos de nosotros aceptamos la invitación del Sr. Rule, director de las minas y a la hacienda de Don Ignacio Castelazo, donde fuimos elegantemente atendidos. El Sr. Rule, el director inglés, ha estado por veinticinco años en México y habla el castellano como si fuera nativo y es inmensamente rico. Tiene más poder con los mexicanos que un nabob inglés en sus estados de la India. La mañana siguiente visitamos cerca de la casa del Señor Castelazo un impresionante manantial donde nace el Río Panuco o Río de Tampico. Permanecimos algunas horas en Mineral del Monte ese día. La mayoría de los oficiales cenaron con el Sr. Arthur, un notable inglés, mientras que yo cené con un mexicano por invitación de un inglés. Me di cuenta de que los mexicanos de este lugar han adoptado el estilo de cocinar inglés y sirven verduras al estilo inglés en la mesa.
Enero 23. Ayer, con otro oficial, dimos una vuelta por el valle por muchas horas y visitamos tres haciendas, aunque corrimos el riesgo de ser capturados por los rancheros y guerrilleros. (…)
Enero 29, 11 p.m. Estoy de nuevo cazando guerrilleros. Vamos a partir después de medianoche para hacer un largo recorrido, pero no sé hacia dónde y por cuánto tiempo. Nos rodean por todas partes y su objetivo al parecer es matarnos en Pachuca junto con todos los ingleses de Real del Monte y quedarse con las minas. La población de este lugar se muestra más hostil cada día y han agredido lanzándoles piedras a nuestros soldados y oficiales en plena luz del día. Nuestro destacamento es muy pequeño, con la perspectiva de tener hechos sangrientos en pocos días.
Enero 30. Hemos regresado de nuestra expedición nocturna en búsqueda del guerrillero Falcón (66). Esperábamos un hecho sangriento, pero ninguna bala se disparó. Iniciamos nuestro avance hacia las dos de la mañana en el más absoluto silencio. La luna salió una hora después, el agreste paisaje, la pálida luna y el carácter de la expedición, le imprimieron un carácter romántico a la jomada que nunca olvidaré. Siguiendo el excesivamente duro camino, llegamos a la hacienda donde se suponía se refugiaba Falcón a doce millas de distancia antes del jueves. El pájaro ya había volado. Y nuestros soldados cometieron toda clase de desmanes y saqueos. ¡Qué profanación de la santa mañana del santo Sabbat! Permanecimos en la hacienda una hora o dos y entonces sin desayunar tomamos la ruta larga hacia Pachuca. Por un par de millas caminamos por la orilla de una montaña mágica donde crecían unos enormes cactus y luego entramos en un adorable valle sembrado de haciendas. Habíamos sufrido mucho la noche anterior por el frio al cruzar la montaña, pero ahora sufríamos más por el calor. Llegamos a Pachuca hacia las 12 del mediodía tras haber recorrido treinta millas a través del frió, el calor, el polvo y sin ninguna comida. (67)
66 – General Ignacio Garza Falcón.
67 – Diario del teniente Daniel Harvey Hill, entradas de enero 17,21, 29 y 30 de 1848, So. Hist. Col., NCa.
CRIMEN Y CASTIGO EN EL EJÉRCITO

Para los norteamericanos que participaron en la guerra contra México, esta era una victoria; los que murieron o fueron heridos tenían asegurada una indemnización para su familia o ellos. Pero en esta guerra hubo un penoso lado oscuro. Para la mayoría de los soldados cuando son vistos individualmente (en lugar de una colectividad como ejército victorioso), esta parte era la predominante. Aunque se habían ofrecido como voluntarios para ir a la guerra, y por mucho un gran número de ellos cumplieron con honor su cometido trabajando duro en el campo de batalla, comportándose como cualquier soldado en un país hostil se puede comportar, no les gustaba el ejército, no les gustaba la guerra, y generalmente no les gustaba México ni los mexicanos. Esto era para la gran mayoría: no les gustaba el trabajo, resintiendo la disciplina y el rígido sistema del ejército, deseaban solo largarse y regresar a casa.
Los sumarios y juicios en la Corte Marcial realizados en el campo están repletos de listas de infracciones y de los castigos prescritos. La mayor parte fueron sentencias militares tradicionales, que diferían muy poco de las aplicadas en el ejército de George Washington durante la Guerra de Independencia. Un soldado encontrado culpable de ebriedad en servicio era multado con seis dólares de su sueldo y condenado a permanecer sobre la tapa de un barril “dos horas por cinco días sucesivos desde el amanecer hasta el atardecer”. Otro por la misma falta recibía veinte días de trabajos forzados y tenía que cargar “un peso de cincuenta libras desde el amanecer hasta las doce de la noche cada día”; su multa era de doce dólares. Dormirse mientras se estaba de guardia acarreaba la degradación por un cabo, suspensión de la paga hasta el término del servicio y trabajos forzados con un peso de veinticuatro libras encadenado a un pie. Otros eran marcados: HD (Habitual drunkard; borracho consuetudinario), W (Worthless; inútil); se les rapaba la cabeza, y en casos extremos el culpable era expulsado del campamento. Un soldado encontrado culpable por robar ropa fue condenado a estar parado sobre un barril con un letrero colgando del cuello con la frase: “gran ladrón de abrigos”. El uso de collares de hierro y de bolas con cadenas (blackberries) eran normalmente suspendidos cuando el ejército levantaba el campamento.

El resentimiento de los soldados contra estos castigos afectó profundamente la moral del ejército. Veamos la protesta de un voluntario de Pennsylvania estacionado en Matamoros al final de la guerra:
Nos encontramos bajo una estricta disciplina. Algunos de nuestros oficiales son muy buenos hombres, pero el balance sobre ellos es que son tiránicos y brutales con sus hombres. Salen cada noche y se emborrachan convirtiéndose en el mismísimo diablo. Golpean a los hombres con sus espadas y abusan de ellos de la manera más brutal en que un ser humano pueda ser tratado. Si un pobre soldado es descubierto tomando un vaso de licor, lo niega o dice una sola palabra apelando su inocencia, lo llevan al lago, sumergiéndole la cabeza hasta que casi se ahoga. Muchos pobres soldados han causado baja después de una larga y severa enfermedad causada por el agua que tragaron. Ahora hay uno en el hospital de la ciudad que se volvió loco y está atado a su cama… debido a esta agua. Hay otro pobre que camina encorvado por los efectos de esta agua y podría mencionar algunos otros casos, todos debidos a la mencionada agua.
Otra forma de castigar a los hombres es meterlos en un hoyo angosto y oscuro, el cual solo tiene una pequeña abertura por la cual entra la luz a través de una rendija de la puerta. Los meten ahí a dormir en el suelo frío sin ninguna cobija, proporcionándole diariamente al prisionero solamente tres galletas y el agua para un día. Un hombre del quinto fue sentenciado por treinta días, después de hacerle tomar 400 cubos de agua. Su crimen fue haber cruzado corriendo hacia el guardia. Muchos abusos de este tipo ocurren diariamente. La otra noche un oficial iracundo le abrió el cráneo a un soldado, el pobre hombre está actualmente internado en el hospital del campamento.
Nuestro capitán es un buen hombre. Aprovecha cada oportunidad buscando favorecer los intereses y el bienestar de su compañía. Nunca ha sido visto abusando o excediéndose, aplica su autoridad solamente para prevenir. Su nombre es Joseph A. Yard de Trenton, por mucho tiempo custodio de la prisión del condado de Mercer. También lo fue en Nueva York. Su carácter es bien conocido por todo Nueva Jersey. Es un hombre bien educado y religioso, ama a sus hombres como si fueran sus hijos. Dos capitanes de nuestro regimiento sostuvieron un duelo en Camargo hace como tres semanas: el capitán Wilkin de Nueva York (68) y el capitán Collett (69) de Burlington, Nueva Jersey, en el cual murió Collet. Su cuerpo fue llevado a la iglesia en Burlington previo a su salida de México. Juro que fue el hombre más malvado que haya visto en mi corta estancia que llevo aquí y muy malo con sus hombres. Puedo decir de manera breve que puso a los hombres del décimo Regimiento en una bolsa y la agitó. No sé quien salió primero, pero creo que todos saldrán juntos.
Deseo que un hombre influyente informe a los hombres de Washington de la brutalidad de estos oficiales que tenemos en México, pues sé que no están acostumbrados a que un soldado les escriba y menos a hacerle caso. No tengo ningún motivo para mentir, pero lo hago de corazón y con sentimiento por mis hermanos norteamericanos que tomaron las armas en defensa de su país en un país que no favorecía su salud. Pero días vendrán y será muy pronto, cuando nos encontremos oficiales y soldados en igualdad de condiciones. Los hombres que formamos este regimiento tenemos la certeza de que algunos de los oficiales pronto dejarán este mundo. (…) La vida del soldado es muy desagradable. (70)
68 -Capitán Alexander Wilkin fue capitán, 10o de Infantería en abril 9 de 1847; renunció en marzo 6 de 1848. Durante la Guerra Civil fue capitán, mayor y teniente coronel (Ejército de la Unión) y murió en la batalla de Túpelo, Mississippi el 14 de julio de 1864.
69 – Capitán Joshua Wallace Collett, capitán 10° de infantería, abril 9 de 1847, falleció en un duelo con el capitán Wilkin en enero 21 de 1848.
70 – William P. Tomlinson, 10° Infantería, “Campamento cercano a Matamoros”, a John G. Spencer, Attenborough, Pennsylvania, febrero 15 de 1848, Western Americana MSS, Beinecke.
MOTIN CONTRA EL CORONEL PAINE
La raíz de la mayoría de los abusos se encuentra en la naturaleza del ejército en sí. Los soldados norteamericanos son muy individualistas, ya sean originarios del campo, de un lugar comercial o de una gran ciudad; un hombre podrá ser más rico que otro, pero no mejor. Está acostumbrado a ordenar su vida como mejor le parece. Como soldado está dispuesto a reconocer la necesidad de obedecer órdenes en una batalla o en el avance, pero resiente la disciplina del campamento y cualquier implicación de sentirse inferior a sus oficiales en cualquier sentido, excepto con los altos mandos militares. En el norte de México, después de la salida del general Taylor hacia los Estados Unidos, el general Wool asumió el mando del frente en Saltillo. Exceptuando los ataques de la guerrilla, la lucha en ese frente estaba terminada y los hombres apostados en ese lugar se encontraban lejos de la acción, en un país extraño y sin nada que hacer. En esas condiciones la moral era de lo más baja y las incidencias para la insubordinación y el crimen aumentaban. La rígida disciplina impuesta, en parte para contrarrestar el aburrimiento, produjo un motín la noche del 15 de agosto de 1847. Los amotinados eran de los Regimientos de Voluntarios de Virginia, Mississippi y Carolina del Norte. El motivo de su rebelión fue el coronel Robert Treat Paine. (71)
71 – Coronel Robert Treat Pain, Regimiento de Voluntarios de Carolina del Norte.
El “motín de Paine” tuvo más importancia que el mero aspecto militar que parecía tener. Ilustró todo el problema de la institución castrense y su administración. ¿Cómo mantener la disciplina de voluntarios comandados por oficiales de regimiento muchos de los cuales habían sido elegidos por ellos mismos y cuyo entrenamiento militar no alcanzaba los suficientes méritos para ser respetados por los soldados que comandaban? ¿Qué hacer con tropas ociosas en territorio enemigo? La solución del asunto es también interesante. El general Wool apoyó al coronel Paine y degradó deshonrosamente a dos tenientes que se rehusaron a obedecer las órdenes del coronel durante la infausta noche del 15 de agosto. Una corte militar reivindicó a Paine y confirmó la decisión de Wool, pero los tenientes degradados llevaron el caso al presidente Polk en Washington.
El presidente y el secretario Marcy, influenciados quizá por la impopularidad de Paine y la opinión pública de Carolina del Norte, juzgando que la lucha había terminado en el norte de México, consideraron que los votos eran más importantes que las batallas y restituyeron en sus cargos a los tenientes. Mientras la Corte militar buscaba mantener los rangos militares y la disciplina, el presidente se puso del lado de los muchachos y de los votantes en casa. Paine fue condenado por justificar haber matado a los amotinados y sus subordinados fueron perdonados por rehusarse a ayudarle a controlar el motín. Fue el tipo de cosas que dieron elementos a muchos críticos de dentro y fuera del ejercito para calificar a la guerra contra México como la “Guerra de Polk”.
El relato del motín por parte del coronel Robert Treat Paine está escrito en una carta a su esposa. Es una narración muy gráfica:
15 de agosto. El correo llegó sin noticias de mi muy querida esposa. Una larga, muy larga semana ha terminado y fue más lenta porque sabiendo que tu contestarías en un día o dos después de tus cartas del 14 de julio, pensé que no estarías apurada—–(sic)
¡Mi vida! ¡Dios mío que cambio ha sobrevenido en mi espíritu desde que te escribí esa última frase sin terminar! Estamos a 23 de agosto y desde la noche del 15 he vivido en el sobresalto por los acontecimientos sucedidos. ¡Mi propio Regimiento! Sí, las tropas a mi cargo, y de las cuales la víspera anterior encomiaba a mi querida esposa, se han trocado en un intento de los soldados de otros Regimientos para asesinarme… He recibido los insultos sin fin de la muchedumbre de voluntarios de Virginia y Mississippi, los cuales dolosamente evitaron que supiera de ellos para resguardarme en una o dos ocasiones, cuando mi obligación era la de estar enterado. Mientras su animosidad hacia mí estuvo reducida a amenazas vanas y susurros insultantes; en todas las ocasiones los soporté con toda la paciencia que pude. No hice ningún intento de mi parte para tratar castigar a los ofensores, mi única acción hacia ellos fue la de reportar su conducta al general Wool y a sus superiores inmediatos.
En la noche del 14 molestos quizá por mi aparente indiferencia a sus insultos, una banda de más de cien voluntarios de Virginia entró a mi campamento, ahí durante mi ausencia temporal, en presencia de algunos de los oficiales y la mayoría de los hombres de mi Regimiento comenzaron a pelear a unos cuantos pies de mi tienda. El coronel Fagg (72) y el mayor Stokes (73) estaban enfermos. Animados por estos acontecimientos y sumándose a las personas del Regimiento de Mississippi, comenzaron al anochecer del 15 a deambular en grupos de cinco a veinte o más, con las claras intenciones de hacer algún mal. Una de estas bandas, de 20 o más mientras me sentaba a cenar, pasó a unos cuantos pies de la entrada de mi tienda, profiriendo insultos mientras pasaba. Me levanté de inmediato y saliendo rápidamente agarré a dos de los hombres, los cuales envié arrestados a su coronel Hamtramck (74).
72 – Teniente coronel John A. Fagg, Regimiento de Voluntarios de Carolina del Norte.
73 – Mayor Montfort S. Stokes, Regimiento de Voluntarios de Carolina del Norte.
74 – Coronel John Francis Hamtramck Jr., Regimiento de Voluntarios de Virginia.
Ellos eran voluntarios de Virginia y ordené que los arrestaran y enviaran con el oficial de guardia. A los soldados de este regimiento se les ordenó entonces que no entraran a mi campamento y por media hora todo estuvo tranquilo. Fue en este intervalo en que me senté a terminar de escribir tu carta cuando fui informado que había un grupo de hombres armados alrededor de mi tienda.
Inmediatamente me levanté, dando órdenes a un destacamento de ocho hombres para que se instalaran alrededor de mi tienda y que detuvieran y examinaran a cualquier persona extraña o sospechosa. Al intentar organizar el destacamento, los hombres de la Compañía K se rehusaron terminantemente a obedecer la orden y al entrar al cuartel de esa compañía los encontré totalmente amotinados en mi contra, siendo apoyados por los hombres de la Compañía A. Inmediatamente, aunque no sin dificultad, mandé arrestar a los cabecillas, enviándolos con el oficial de guardia. Algunas personas encubiertas en la oscuridad, eran cerca de las 8 de la noche, comenzaron a lanzarme piedras de tal tamaño, que si me hubieran dado hubiera muerto. Mis dos oficiales de campo estaban enfermos y en cama, el teniente coronel muy enfermo y el capitán Shive (75) al cual siempre recordaré por su lealtad y dedicación a su trabajo agonizaba. Rodeado por estos peligros y dificultades puedes imaginarte que cada oficial, incluso mi adjunto el teniente Singleton (76) y el teniente White (77), permaneció inmóvil en su tienda sin ofrecerme la más mínima ayuda. Ellos sabían lo que pasaba y ambos ya sea por miedo o indiferencia por mi suerte se mantuvieron al margen. Sin embargo no estaba solo. Los tenientes Singleton, White y todo mi equipo, excepto el intendente Sargento C.C. Battle, me apoyaron tanto como pudieron.
75 – Capitán Martin Shive, murió el 16 de agosto de 1847.
76 – Capitán Spyers Singleton.
77 – Teniente Nixon White.
Ya estábamos después del toque de queda, cuando todo soldado debe estar por reglamento en su cuartel, cuando aún había bandas de soldados rondando por los pasillos del campamento y haciendo consultas entre ellos. Hice algunos intentos infructuosos para arrestar a algunas de estas personas, pero lo único que hicieron fue lanzarme insultos y proferir amenazas como respuesta. La lluvia de piedras en contra de mi persona se incrementó, siguiéndome por donde me desplazara. Entonces me di cuenta de que el momento de actuar y tomar una acción decidida había llegado y de que debían darse pasos drásticos para detener este desorden y salvar mi vida, pues no estaba dispuesto a mantenerme en mi tienda inmóvil. El número y la fuerza de los amotinados aumentaba a cada instante. Acudí al extremo izquierdo de mi Regimiento por ayuda, habiendo perdido toda la confianza y lealtad de los hombres en el ala derecha encontrándome con que ellos también se rehusaban a venir.
Me di cuenta de que me encontraba abandonado a mi suerte tanto por mis oficiales como por mis hombres y determiné enfrentarlos como un hombre. Entré en mi tienda (casi cerca de las nueve de la noche) armándome con un par de revólveres y salí decidido a actuar rápidamente. Fui al ala derecha de mi campamento advirtiendo a los soldados que estaba determinado a poner un alto al motín, ordenándoles que se metieran en sus tiendas, indicándoles sobre el peligro que corrían afuera y de la violación de las órdenes que cometían al mantenerse en los pasillos. Expuesto a una lluvia de piedras que me era lanzada, corrí hacia el frente del campamento para descubrir a los autores del desorden. Nuevamente fui advertido de que algunas personas estaban armadas y habían ingresado en el campamento para matarme y que la guardia no iba a intervenir. Yo les respondí que los dejaran. Durante todo ese tiempo, casi dos horas, mi tambor mayor Samuel Roquas, un nativo de Missouri y adscrito a mí en Camargo, me había seguido como una sombra y ahora por primera vez habló. Cuando le dije que los dejaran tomar mi vida, el respondió: “coronel, temo que lo harán, pero que también tomarán la mía”. Le indiqué que se fuera a su tienda, que un solo hombre podía serme de poca ayuda y que estaba exponiendo su vida innecesariamente. “No”, me respondió, “Señor, yo sé que mi obligación es ayudarle y le suplico me permita compartir con usted el peligro”. Entonces pasé al frente de mi campamento hacia el ala izquierda, donde todo parecía en paz, deteniéndome en la tienda del capitán Shive. Lo encontré inconsciente y expirando.
Al dirigirme hacia mi tienda, solo a unos pasos de distancia, me encontré con uno de los músicos (de nombre Stubbs), un tambor, se mostraba alarmado, diciéndome que una gran multitud se dirigía hacia mi tienda procedente del campamento de Virginia. Llamé entonces al teniente Singletary (78) para que trajera en mi apoyo a veinte hombres de su Compañía, notificándole del peligro en que me encontraba y urgiéndole a que acudiera rápidamente. Se rehusó a ejecutar la orden, lo cual me sorprendió y me disgustó.
78 – Teniente George E. R. Singletary.
Comencé a enfrentar a la multitud solo, a excepción de Roquas que no me abandonó. No había avanzado más de cuarenta pasos, cuando vi una muchedumbre en el pasillo de oficiales de la Compañía D, donde sostenían una animada discusión cerca de treinta hombres o más. Me acerqué y vi que usaban el uniforme de los Regimientos de Virginia y Massachusetts. A la distancia de ocho pasos desafíe a la multitud sin obtener alguna respuesta. Era un signo evidente de resistencia. Saqué mi pistola y avancé rápidamente hacia ella, repitiendo en una rápida sucesión las palabras “alto o disparo”. El gentío huyó dispersándose en distintas direcciones, dando gritos mientras corrían. Seguí avanzando hacia la muchedumbre que se retiraba pasillo abajo hacia el frente del campamento, ordenándoles repetidamente que se detuvieran o que iba a disparar. Disparé mi pistola a una distancia de diez o quince pasos hacia la multitud. Un hombre cayó, era de mi propio regimiento, perteneciente a una de las compañías en donde había comenzado el motín; entonces otro hombre exclamó: “¡Oh Dios! ¡Maldición me hirieron en la mano!” El primero sobrevivió hasta el amanecer. La bala atravesó su cuerpo e hirió en la mano después a un voluntario de Virginia, produciéndole una herida superficial. No había duda de sus malas intenciones, pues era uno de los lideres principales en el motín y sus oficiales expresaron gran satisfacción de que la bala lo hubiera atravesado. Mi deseo no era matar, pues intencionalmente bajé mi pistola para que hiriera las partes bajas del cuerpo, pero sospecho que su dirección se desvió en la oscuridad. La muerte de Bradley me dio alivio, pues aunque era joven, probablemente hubiera seguido su carrera criminal con otros, pero lo que aprendí desde entonces y lo que ocurrió después esa noche me llena de satisfacción, pues la muerte de ese hombre salvó mi vida y la de muchos otros en el Regimiento.
Al escuchar el disparo uno de los hombres a cargo de la guardia le ordenó a su destacamento que fueran en mi ayuda, desertando entonces una porción de ellos. El Regimiento fue llamado a las armas y obedecieron a regañadientes, el oficial al mando de la compañía en el extremo derecho, adyacente al campamento de Virginia fue rebasado por los soldados de ese regimiento que entraron en mi campamento sin ninguna resistencia. Me paré entonces en el pasillo de los oficiales decidido a enfrentar la tormenta solo, mi adjunto estaba reuniendo a las compañías y el teniente White se había ido al llamado a reunir su compañía. El teniente Singletary no se reportó y ni después hizo el intento de ofrecer alguna disculpa por no obedecer mi orden de traer un apoyo a mi persona. El Sr. Buck (79) estaba en el campamento en ese momento viendo el estado de cosas y corrió a informar al general Cushing; en dos o tres minutos el general y su equipo estaban conmigo. Algunos oficiales del Regimiento de Virginia también corrieron y ofrecieron su ayuda, ordenando el general hacer una formación que rodeara a los tres campamentos.
79 – Joel A. Buck era adjunto al Regimiento de Voluntarios de Carolina del Norte
El capitán Robinson (80) del Regimiento de Virginia me suplicaba que me retirara a mi tienda asegurándome del gran peligro que corría de ser asesinado; pero me rehusé a ello y justo entonces el general Wool vino con su equipo y guardia insistiendo en llevarme a su cuartel. Me fui entonces y permanecí como una hora, regresando luego a mi tienda resguardado por soldados regulares. El pensamiento fue entonces más humillante, pues tuve que buscar ayuda a tal hora más allá de los límites de mi propio Regimiento. El general insistió en mantener la guardia toda la noche, pero yo decliné. Deseaba poner otra guardia de mi propia gente o incluso quedarme sin nada. El mayor Stokes vino al escuchar los disparos y estaba muy activo obligando a los hombres a que se retiraran. Me fui a la cama hacia la una de la mañana y ningún disturbio ocurrió ya.
80 – Capitán William M. Robinson.
Ninguno de mis oficiales, exceptuando al mayor, el adjunto y el teniente White vinieron en mi ayuda. Temprano al amanecer recibí una nota escrita por el teniente Pender y firmada por cada oficial de Compañía en el campamento, exceptuando los dos antes mencionados, solicitándome mi renuncia, ¡sí que renunciara a mi cargo! Envié inmediatamente este documento al general el cual inmediatamente envió una orden denunciando el motín y degradando deshonrosamente, retirando del servicio a los tenientes Pender (81) y Singletary, al soldado Hunter de mi regimiento y al hombre herido del Regimiento de Virginia. Envió una nota solicitando verme y cuando lo vi me comunicó que cada oficial que había firmado la nota era culpable de amotinamiento y sería degradado deshonrosamente a menos que retirara su nombre de ese papel. Le supliqué que les diera tiempo para pensarlo, dándome 48 horas, solicitando en ese tiempo que den signos explícitos de obediencia a mi autoridad y un leal desempeño de sus labores. El día 16 pasó en paz. Los hombres creo se sentían apenados de su conducta la noche anterior, se quitaban sus sombreros por donde pasaba. Los ejercicios diarios se desarrollaron como siempre y la orden mencionada fue leída en el ejercicio de prácticas.
81 – Teniente Josiah S. Pender.
Para la mañana del 17, todos los oficiales del Regimiento que habían firmado la nota el día anterior excepto cuatro enviaron su renuncia. Tres de ellos solicitaron que sus nombres fueran borrados de la nota y me escribieron solicitándome una disculpa. Dos de los firmantes el capitán Kirkpatrick (82) y el teniente Dunham (83) se presentaron temprano el 17 asegurándome que al firmar la solicitud de mi renuncia habían actuado movidos por sentimientos positivos hacia mi persona, buscando mi seguridad personal y que pretendían que al dejar yo el Regimiento, ellos lo harían junto conmigo… todos ellos el día 17 retiraron sus renuncias y pidieron que sus nombres fueran borrados de la primera nota. (84)
82 – Capitán William E. Kirkpatrick.
83 – Teniente Thomas W. Dunham.
84 – Coronel Robert Treat Paine, Cuartel general del Regimiento de Voluntarios de Carolina del Norte, Brigada de Infantería, Buena Vista, México, a Sra. de Robert Treat Paine, Edenton, Carolina del Norte, agosto 13-30 de 1847, Fondo Robert Treat Paine, So. Hist. Col., NCa.
El teniente Josiah S. Pender, uno de los degradados después del motín, nos da otra visión de los hechos en una carta escrita al coronel Caleb Cushing:
Como usted amablemente me ha prometido ejercer su influencia para que el asunto del que estoy grave e injustamente acusado por diversos actos de regular importancia, establecidos para señalar a un hombre inocente con la deshonra, y poder tener la posibilidad de conducir una verdadera, justa e imparcial investigación para este hombre que ha seguido adelante, en la oscura y lluviosa noche, trabajando en condiciones adversas en un país enemigo, exponiendo mi vida, sin haber sido previamente llamado o notificado. No tuve la oportunidad, durante la breve y excitada conversación que tuve con usted, de decirle que había sido degradado con deshonor, sin juicio, sin investigación, contrario a las reglas del gobierno. Incluso el más déspota entre los déspotas al menos da la apariencia de hacer justicia; aún al asesino nocturno se le permite tener un juicio y audiencia de su caso, pero a un oficial del ejército de nuestra gran República se le niega lo que es un derecho de la forma más ignominiosa. Mi mente trabajando en esas reflexiones probablemente no se exprese bien para explicarse ante usted de una manera lúcida como lo hiciera en otra ocasión; sin embargo termino haciendo esta declaración de la manera más clara, como un testimonio de lo que cualquiera haría para mostrar mi conducta en el cumplimiento del deber, en lugar de ser reprendido como ha sucedido continuamente de una manera activa y enérgica.
La primera vez que conversé con usted en su cuartel no tuve tiempo de expresar nada en mi descargo, siendo invitado a que me retirara; comprendí por lo que me dijo que mi degradación estaba basada en el hecho de haber firmado la solicitud enviada al coronel en la quemi nombre aparecía, la cual tenía un carácter de amotinamiento y de sedición. No pretendo discutir ese punto, lo único que puedo decir es que los oficiales no pretendíamos eso, fue hecho simplemente con el deseo sincero de buscar el bienestar de nuestro Regimiento, cuidar nuestra reputación y la reputación del Estado.
Nuestro coronel había perpetrado actos tan vergonzosos para el cargo que ostenta, algunos de ellos tan penosos en su naturaleza, que se volvieron motivo de burla y chiste entre los oficiales de nuestra brigada. Si los oficiales de la Compañía unánimemente adoptaron y firmaron la solicitud de renuncia del coronel, la cual fue también firmada por tres de los oficiales de su equipo, fue porque no buscaban otra cosa que salvaguardar el honor del Regimiento. (…)
Las causas que suscitaron estos sentimientos, que en consideración nuestra requerían la renuncia del coronel del regimiento, son las que siguen.
El coronel no trataba a los oficiales del Regimiento con el respeto que se merecían. Frecuentemente los arrestaba o los hacía encerrar por los más triviales motivos, debilitando la autoridad de los comandantes de las compañías. En una ocasión en el campamento de Taylor había golpeado a puñetazos a un soldado porque el mencionado soldado no se había quitado bien su sombrero delante de él, ni lo había saludado adecuadamente, diciendo el coronel que si él se lo pedía debería quitarse hasta la chaqueta. Cuando estábamos acampando en Buena Vista insultó a un soldado con el siguiente lenguaje ofensivo: “¡Hey tú, maldito holgazán que estás haciendo con las manos metidas en los bolsillos!” Luego sacó su sable diciéndole: “¡Te voy a cortar la cabeza maldito!” Retirándose unos momentos, regresó insistiendo en que si parecía loco, que le diera motivos y la próxima vez haría algo para que realmente se volviera loco, ensartándolo con su sable. En el campamento de Buena Vista ordenó al tambor mayor que golpeara a un soldado con un pesado palo sin que hubiera motivo para ello.
Los casos de opresión y abuso son numerosos, pero siendo prevenidos sobre lo delicado que es levantar cargos contra un oficial en rango, no declaro nada que no pueda probar satisfactoriamente, aunque son numerosos los testimonios sobre la ignominia y abusos cometidos (…)
Soy testigo de que los oficiales de nuestro Regimiento usaron todos los medios a su alcance para hacer ver de una manera pacífica la conducta inadecuada de nuestro coronel; pero al ver que su conducta empeoraba, algunos de los oficiales presentaron su renuncia, las cuales fueron devueltas con anotaciones adjuntas hechas por él. Nos sentíamos impotentes al ver que su respuesta era el silencio y el desprecio. Fue entonces cuando unánimemente los oficiales decidimos enviar la petición referida, creyendo que la expresión de desaprobación de sus oficiales a su conducta provocaría ya fuera su renuncia o un cambio de actitud hacia sus oficiales y soldados.
En el mismo párrafo nuestros hombres son acusados de amotinamiento, y estoy satisfecho de decir que en mi opinión y en la de todos los oficiales no había ninguna intención de amotinamos. Todos estábamos en una especie de juerga o juego por parte de los de Virginia y Mississippi que estaba en progreso antes de que el coronel disparara su arma…
La misma orden habla de intento de asesinato hacia nuestro coronel. La primera noticia que tuve sobre eso fue en esa orden. Estoy seguro que no había un solo hombre en nuestro Regimiento que incluso en lo más íntimo pretendiera tal cosa. Tengo una mejor opinión de los hombres del “Viejo Estado del Norte”, pues es universalmente conocido que el coronel no es querido ni por oficiales ni por soldados, pero si quisiera decir que aquellos que han acusado a nuestro Regimiento de amotinamiento ya sea directa o indirectamente, que esa no era su intención, que ellos respetan al coronel del Regimiento de Carolina del Norte pero no al hombre.
Ciudadanos del “buen Viejo Estado del Norte” que dejaron sus familias y la comodidad de su vida para exponerse a este pernicioso clima y todo para llevarle la vergüenza ¡Mentira! Venimos a honrarlo y daremos nuestras vidas por él. (85)
85 – Teniente Josiah S. Pender, Saltillo, a general brigadier Caleb Cushing, agosto 18 de 1847, Fondo Caleb Cushing, DLC.
DESERCIÓN
La deserción fue un problema más grave que los amotinamientos. Esta guerra tiene el primer lugar en la Historia de las fuerzas armadas norteamericanas en proporción de desertores respecto a los efectivos. Las causas fueron numerosas. Algunas de estas fueron las comunes a todas las guerras: rechazo a la violencia de la vida militar, desencanto por el “romanticismo y la gloria” en la batalla, resentimiento por acciones reales o imaginarias o huir del castigo por algún crimen. Menos comunes fueron los “traidores” que desertaron para unirse al enemigo. Algunos de ellos indudablemente lo hicieron, porque estando en un país extraño no tenían otra opción. Pero la ideología y las convicciones también influyeron.
Había una gran cantidad de inmigrantes europeos recién llegados a los Estados Unidos en las filas del ejército norteamericano. La mayoría eran irlandeses y alemanes, muchos de ellos católicos. Sus convicciones religiosas estaban arraigadas profundamente en ellos y el gobierno mexicano, sabiendo esto, dirigió su propaganda tanto a su conciencia como a su bolsillo.
Apenas a un mes de haber llegado al Río Grande, el general Mariano Arista, comandante del Ejército Mexicano, hizo una proclama (20 de abril de 1846) invitando a los “soldados del ejército de los Estados Unidos” a que desertaran. Es muy probable que la proclama de Arista tuviera efectos en el Ejército Norteamericano. Al menos para Taylor el problema de la deserción se hizo una molestia que tuvo que discutir en un despacho al asistente adjunto del ejército de los Estados Unidos a finales de 1846:
En respuesta a su comunicado del día 8, solicitando información sobre los desertores que fueron baleados cerca de Matamoros, tengo que declarar que poco después de mi llegada al Río Grande el mal de la deserción hizo su aparición, incrementándose de manera alarmante, esto fue inducido por las autoridades mexicanas que los invitaban a unirse a sus filas, viéndome obligado a tomar las más estrictas medidas para evitar este contagio. Como nuestros desertores simplemente con cruzar el río estaban en las filas del enemigo, me empeñé en poner fin a esta situación. Tratando de cumplir con mi deber y prevenido por esta actitud hostil de los mexicanos, cuyos comandantes asumían que existía un estado de guerra, di ordenes de que cualquier hombre nadando en el río debería ser amonestado por nuestros soldados y ordenársele que regresara; en caso de que no hiciera caso, se le dispararía. Estas instrucciones fueron dadas verbalmente a los distintos comandantes hacia el 1o de abril. Anexo una descripción de los dos soldados que se supone que murieron por esta orden (86), señalando que es imposible en primera instancia identificar a un individuo con absoluta certeza mientras intenta cruzar el río; en segundo lugar, asegurar que realmente hayan muerto, pues el hecho tuvo lugar en la noche. Le suplico me permita añadir que estas medidas parece que han funcionado y han detenido la ola de deserciones. (87)
86 – La descripción anexa de los desertores, supuestamente muertos al intentar cruzar el Río Grande, era de Carl Gross, soldado, 7o Infantería, Compañía I, nacido en Francia, que desertó en abril 1; y Henry Laub, soldado, 5o Infantería, Compañía D, nacido en Suiza, que desertó en abril 5. Ver, Documentos ejecutivos. Casa de Representantes, No. 60, 30 Congreso, 1er Sesión, p. 303.
87 – General brigadier Zacarías Taylor, Cuartel general del ejército de ocupación, Matamoros, a Gene brigadier Roger Jones, Adjunto general del ejército, Washington, mayo 30 de 1846, ibid, pp. 302-303.
Posteriormente en Monterrey, un buen grupo de soldados regulares desertaron del ejército de Taylor para formar un batallón de artillería en el ejército mexicano conocido como el Batallón de San Patricio o Legión Irlandesa. Portaban un estandarte con el escudo mexicano con la leyenda: “Larga vida a la República Mexicana”, de un lado, y en el otro estaba la figura de San Patricio. En marzo de 1847, el general adjunto en Washington ofrecía recompensa por 1,011 desertores. Posteriormente, ese mismo año, Santa Anna, en un volante escrito en inglés, ofrecía granjas y una buena vida en México a los desertores. En su volante declaraba:
El presidente de la República Mexicana a las tropas adscritas al ejército de los Estados Unidos de América.
Las circunstancias de la guerra le han traído al hermoso valle de México, en el centro de un abundante y fértil país. El gobierno norteamericano lo ha comprometido a luchar contra un país el cual no le ha hecho a usted ningún daño; sus compañeros han recibido y solo recibirán después de la batalla el agradecimiento de los Estados Unidos y el escarnio de las naciones de la civilizada Europa, las cuales sorprendidas ven que ese gobierno busca involucrarlo en sus batallas de la misma manera como busca bestias para que tiren de sus carruajes.
En nombre de la nación que represento y cuya autoridad ejerzo, le ofrezco una recompensa, si desertando del ejército norteamericano se presenta como amigo de una nación que le ofrece ricos campos y grandes porciones de tierra, que al ser cultivadas con su esfuerzo le coronaran con la felicidad y el bienestar.
La nación mexicana lo ve a usted como a un extranjero más y por tanto estrecha su mano amiga, ofreciéndole la felicidad y la fertilidad de nuestro territorio. Aquí no hay distinción de razas, aquí hay libertad, no hay esclavitud; la naturaleza aquí es pródiga y está en usted poder disfrutar de ella. Confíe en la oferta que le hago en nombre de la nación; preséntese como amigo y usted tendrá país, casa, tierras y la felicidad que disfrutará en un país cálido con trato humano, civilizado y humanidad. No dude en dirigirse a mí.
Cuartel General en el Peñón, 15 de agosto 1847
Antonio López de Santa Anna (88)
88 – Antonio López de Santa Anna, “A las tropas en México”, agosto 15 de1847, Peñón Viejo, Beinecke.
FIN DEL BATALLON DE SAN PATRICIO

En Buena Vista y de nuevo en Churubusco, el Batallón de San Patricio peleó con coraje y desesperación, al punto de matar a los mexicanos que intentaban izar la bandera blanca de rendición en Churubusco. Cerca de ochenta fueron capturados. El asistente de campo del general Scott, capitán George T.M. Davis, nos informa de su proceso y castigo:
Después de rendirse ante el general Twiggs se organizó una corte marcial por una Ordenanza del general Scott para juzgarlos como “desertores del ejército de los Estados Unidos” en tiempos de guerra, cuya pena, bajo los “artículos de guerra” era la de muerte. Todos los cuarenta y dos fueron juzgados, condenados y sentenciados a ser ahorcados, claro, con la aprobación previa del general en jefe, al cual se le envió el veredicto para su aprobación, modificación o rechazo. El general la tuvo en su escritorio por varios días, revisando cada caso con rígida e imparcial consideración. Cuando su dictamen fue promulgado, para poner en práctica el veredicto de la corte marcial, había modificado su veredicto como sigue: 27 fueron condenados a morir ahorcados el 10 de septiembre de 1847; 14 fueron condenados a ser desnudados hasta la cintura y recibir cincuenta azotes en cada parte de su espalda y ser marcados con la letra D en la mejilla, cerca del ojo, sin dañarle la visión; uno fue perdonado incondicionalmente. 42 en total.
Tal decisión generó una gran insatisfacción y malestar entre los oficiales del ejército en general, sobre todo la conmutación de la pena de muerte por azotes y marcado, especialmente en el caso de Riley (89), que estaba al mando del Batallón de San Patricio, formado en su totalidad por desertores del ejército de los Estados Unidos, en un número de cien efectivos, el cual por su rango en el momento de desertar, su inteligencia e influencia, nuestros oficiales creían que había sido la principal causa de deserción de los demás. Se presionó al general Scott diciéndole que era preferible que se perdonara al resto de los cuarenta y dos desertores condenados a que Riley escapara de la muerte, sobre todo porque sabían de la alta estima que tenía como oficial del ejército enemigo. La importancia puesta para salvar su vida fue confirmada por los grandes esfuerzos que hicieron todos los sacerdotes católicos dentro de nuestros dominios para conseguir su libertad por un intercambio de prisioneros o cualquier otra cosa. Se sostenía que si se le perdonaba la vida, el enemigo lo iba a interpretar como temor de nuestra parte y su ejemplo produciría más resistencia interna e incrementaría nuestras dificultades para tomar la ciudad de México.
89 – Sargento John Riley (también escrito como Reilly, Rylly y O’Reilly), Compañía K, 5o infantería, se dijo que desertó temprano del ejército inglés cuando estaba estacionado en Canadá. Se enlistó en el ejército de los Estados Unidos y por un tiempo fue sargento en West Point antes de partir hacia México. Desertó en abril de 1846.
El general Scott escuchó con digna paciencia y cortesía los argumentos con los que fue abrumado para cambiar su postura e inducirlo a abandonar la modificación que había hecho del veredicto de la corte marcial que había condenado a Riley a muerte… Con gran suavidad y elocuencia de expresión el general Scott en pocas palabras descartó todo lo que se había argumentado en contra de la conmutación de la pena de muerte de Riley, denostando a aquellos que, con la mejor intención y con los más patrióticos motivos, le habían pedido que desistiera de lo que a él le parecía estar claramente definido en el espíritu y letra de los artículos de guerra, concluyendo y declarando que en lugar de estar preocupados por si se condenaba a Riley, considerando el veredicto de la corte marcial que lo había juzgado y condenado a muerte, él (general Scott) prefería que todo su ejército tomara la espada para preparar el asalto que iba a hacer de las entradas de la ciudad de México. (…)
Los hechos en los que se basó el general Scott para su decisión fueron simplemente estos: Riley y sus compañeros, cuyas sentencias habían sido conmutadas de muerte a azotes y marcados, desertaron durante o inmediatamente después de la Batalla de Palo Alto, y antes de que los Estados Unidos le declararan la guerra a México. Bajo las previsiones de los “artículos de guerra”, los desertores en tiempos de paz no pueden recibir un castigo mayor que el ser azotados y marcados como castigo por tal deserción (90); mientras que en tiempos de guerra el castigo por desertar es la muerte bajo la convicción del ofendido. Como Riley no desertó en tiempos de guerra (los Estados Unidos aún no declaraban la guerra a México), ahorcarlo de acuerdo con el veredicto de la corte marcial hubiera sido un asesinato judicial.
90 – En 1830 el congreso aprobó una legislación que eliminaba la pena capital por deserción en tiempos de paz. Cf. U.S. Stats. ai Large, vol. 4, p. 418.
Los otros veintiséis desertores que fueron ahorcados, lo hicieron después de haber sido declarada la guerra y ampliamente estaban dentro de lo que indican los artículos de guerra. El 10 de septiembre los condenados cuya sentencia era la muerte fueron ahorcados. Los catorce que iban a ser azotados y marcados fueron amarrados a árboles frente a la iglesia católica en la plaza, sus espaldas desnudadas a la altura de los pantalones, y un experimentado verdugo mexicano les dio los cincuenta azotes con tal severidad que los despedazó. Por qué los sentenciados no murieron de tal castigo es algo que aún me maravilla. Sus espaldas tenían la apariencia de carne molida, la sangre corría de cada costilla expuesta. Cada uno fue posteriormente marcado y después de cavar las tumbas de los que habían sido ahorcados, los catorce fueron sacados del campamento bajo las notas de la Marcha de “Rogues” (91). Hubiera sido mejor haber acompañado esta desagradable escena con una orden para que todos los generales con sus respectivos mandos estuvieran presentes, pero, incluso con esa orden, nada en la tierra me hubiera movido para ser testigo de lo que tuve que presenciar.
91 – Canción militar inglesa que dice en su coro: “Pobre viejo soldado, si hubiera sabido lo que sé hoy, no hubiera sido tan loco”.

Los dieciséis que fueron ejecutados en nuestro campamento fueron enviados a la eternidad simultáneamente, cada uno vestido con el uniforme del enemigo con el que había sido capturado, con sus sombreros blancos amarrados a sus manos. El cadalso tenía cerca de cuarenta pies de longitud, formado por grandes piezas de madera, soportado por grandes postes, a los cuales en la parte superior y a un tercio de la mitad, se encontraban los lazos para los ahorcados; tenían catorce pies de alto y levantado sobre un campo abierto. Los prisioneros fueron colocados en el extremo final de dos carros de transporte, a los que estaban enganchados un par de mulas, las cuales eran conducidas por unos de los conductores más experimentados.
Los equipos (fueron) alternativamente dirigidos hacia el este y al oeste, con el final de los carruajes alineados con precisión matemática, colocados directamente debajo de los lazos para los ahorcados. Los conductores estaban montados sobre la mula que dirigía a cada equipo, listo para avanzar al sonido del tambor como señal. En frente de los prisioneros se puso a cinco sacerdotes católicos revestidos con sus ornamentos, con un crucifijo en una mano, los cuales se mantuvieron rezando desde el momento en que llegaron los prisioneros a la orilla de los carros hasta que fueron ahorcados. Siete de los dieciséis ahorcados eran católicos practicantes, sus cuerpos después de muertos fueron entregados a los sacerdotes para proceder a su entierro en suelo consagrado, los otros nueve fueron enterrados inmediatamente debajo del cadalso donde habían sido ahorcados. Todos a excepción de uno murieron inmediatamente, la excepción fue uno llamado Dalton, que fue literalmente desnucado para matarlo.
Los siguientes dieciséis, de los cuales once fueron ahorcados y cinco azotados y marcados, fueron ejecutados en Mixcoac, bajo la dirección del coronel Harney, que estaba al mando de esa plaza; pero como yo no fui testigo de esa ejecución, no puedo entrar en los detalles de lo sucedido. Un prisionero perdonado consiguió liberarse de la muerte debido a un singular y sentido incidente. Era un anciano que había sido un leal y fiel soldado en el ejército de los Estados Unidos hasta que fue tentado y cayó bajo la maléfica influencia de Riley. En la misma compañía se encontraba su hijo mayor, el cual pasaba del mediodía de lo que se considera la vida de un hombre y aún estaba al servicio de su país. El hijo se había rehusado a desertar o convertirse en traidor a su patria. Esta circunstancia fue del conocimiento del general Scott principalmente por mi conducto, pero sin esperar o buscar de algún modo influir en las decisiones que él tomara. El desertor condenado a muerte fue perdonado incondicionalmente y la única razón que dio el general Scott fue en los siguientes términos: “A la hora de la gran tentación su hijo fue leal y fiel a sus colores”. (92)
92 – Davis, Autobiography, pp. 224-228.

A pesar de la ejecución masiva del Batallón de San Patricio, las deserciones continuaron después de Churubusco. El número de desertores durante la guerra de acuerdo con las estadísticas de Heitman fue de 9,207 (5,331 regulares y 3,876 voluntarios) fuera de 39,197 bajas por diferentes causas, como ya se dijo la proporción más alta de la Historia de las fuerzas armadas de los Estados Unidos (93).
93 – Heitman, vol. 2, p. 282.
El aburrimiento; el desencanto por el ejército; para algunos estar en desacuerdo con esta guerra en particular; nostalgia por el hogar, la cual fue la más común y aceptada por la gran mayoría de los soldados, de una manera que hasta pudiera sorprendemos; la brutalidad, el crimen, los amotinamientos y la deserción fueron la excepción pero fueron parte de los registros escritos de la guerra.
RIVALIDAD ENTRE LOS GENERALES
Hubo, sin embargo, otro episodio que amenazó con quitar su prestigio al ejército del general Scott y disipar su éxito. Fue la controversia entre Scott y un grupo de sus oficiales –particularmente Worth y Pillow- auspiciada por el secretario Marcy. La animosidad que había sido controlada por la necesidad de cooperar en el campo de batalla, estalló poco después de que el ejército entró a la ciudad de México. Pillow era el jefe instigador. Sus informes de las Batallas de Contreras (Padierna) y Chapultepec lo presentaban como un héroe y reducía a Scott a poco menos que un ayudante. En una carta escrita a su esposa después de Contreras, Pillow no minimiza para nada sus logros. Escribe: “Mis amigos en Nashville… sin duda recibirán pronto relatos completos de la batalla a través de las cartas y los informes oficiales. Lo único que puedo decir es que mi participación fue mucho más brillante y conspicua que lo que yo mismo en mis momentos más sanguinarios haya podido esperar”. (94)
94 – General mayor Gideon J. Pillow, ciudad de México, a su esposa Sra. Mary E. Pillow, Columbia. Tennessee, agosto 27 de 1847, Western Americana MSS, Beinecke.
Cuando los informes oficiales de Pillow (fechados el 24 de agosto y el 18 de septiembre) llegaron al escritorio de Scott, el comandante general de una manera amable le solicitó que hiciera algunas modificaciones. Pillow, socio legal del presidente Polk, estaba consciente de que al inicio de la campaña de Scott había tenido desavenencias con el secretario Marcy y había acusado a la administración de Polk de no proporcionar el apoyo necesario para su expedición. Por tanto, no solo se rehusó a modificar su informe, sino que además instigó y probablemente escribió bajo el seudónimo de “Leónidas” algunas cartas que aparecieron en el New Orleans Delta. También Pillow descubrió que el general mayor Worth y el coronel Duncan estaban listos para unirse con él en su lucha. Una segunda lucha, de la cual Duncan reclamaba la autoría, aunque él de hecho no escribe el pasaje que Scott objetó, indicaba que Worth y no Scott había escogido la ruta rodeando el lago de Chalco para atacar la ciudad de México. Scott emitió entonces su Ordenanza General No. 349 prohibiendo esas historias periodísticas de sus subalternos. Las recriminaciones siguieron. Scott arrestó a Worth, Duncan y Pillow. Worth y Pillow apelaron a Washington. El nivel de apasionamiento es evidente por esta carta escrita por Pillow después de su arresto:
El día antes de ayer fui arrestado por el general Scott. Mi ofensa consistió en escribir una carta oficial al gobierno en la cual según su parecer el lenguaje en que me expreso de él no es respetuoso. Mi carta, estoy consciente, hizo que corriera la sangre. También es cierto que estoy preparado para demostrarlo. Él ha violado la ley y roto cada principio de justicia respecto a mi persona y me siento muy confiado en que le ganaré. No puede sostenerse, ni el gobierno, que estoy seguro me apoyará. Está molesto conmigo por oponerme a sus puntos de vista respecto al armisticio fatal y ese es el verdadero motivo por el que ha actuado así, aunque ponga como pretexto mi carta. Ha producido con su conducta y sus órdenes arbitrarias el enojo y la indignación de todo el ejército. El general Worth ha preferido soportar que levanten cargos en su contra por los que deberá ser juzgado por este gobierno. Espero y he solicitado al gobierno que se me envíe inmediatamente a los Estados Unidos para ser juzgado. Tengo confianza de que el gobierno lo hará y estoy casi seguro de que Scott será juzgado también. Es el hombre más maligno que he conocido. Se ofende de nada y está cegado por la pasión, lo cual lo ha conducido a cometer actos que violan la ley y las costumbres militares, lo que está claramente mal, y lo voy a evidenciar ante todo el mundo. Lo haré estallar tan fuerte y lo destruiré tan rápido como lo hizo la carta del “apresurado plato de sopa” y del “fuego por delante y fuego por detrás”. (95)
95 – NdT: Como jefe militar del ejército de ocupación, Scott era tenido en alta estima tanto por las autoridades civiles mexicanas como las norteamericanas. Sin embargo la vanidad de Scott lo llevó a decir frases que lo caracterizaron en su trayectoria política. Al reclamar por la división de mandos entre él y el general Taylor, en una carta escrita al secretario de Guerra William Marcy (25 mayo 1846), Scott inicia la carta diciendo “Su carta de esta fecha, recibida hacia las 6 p.m. mientras me sentaba a tomar un apresurado plato de sopa”. La administración del presidente Polk deseando desacreditar a Scott hizo pública la carta y la frase apareció en caricaturas y canciones populares por el resto de su vida. En la misma carta más adelante Scott expresa que no desea “tener fuego en la retaguardia (de Washingtonmientras el enfrentaba el fuego en el frente de los mexicanos”.
No tienes por qué tener la más mínima preocupación. El asunto producirá excitación y discusión periodística en casa, pero voy a probar con creces que tengo la razón. Mis enemigos parecen decididos a hacerme un gran hombre lo quieran o no. Si no tengo conocimiento del pueblo norteamericano o de los signos de los tiempos, el efecto de los procesos será ponerme en el lugar más prominente y más favorable ante la nación, lo cual será más ventajoso para mí que cualquier éxito en el valle, pero cuando se sepa en los diarios, como suele suceder, casi inmediatamente mis brillantes éxitos resplandecerán ante el público y tan pronto como los hechos salgan a la luz pública, se pondrá en evidencia el grado de maldad de Scott, como un personaje oscuro y atroz que busca la desgracia de sus amigos. (…)
El general Scott ha emitido la más escandalosa orden, violando los principios de la ley, sus atribuciones y los usos militares. Esa orden está dirigida contra mí y el general Worth y busca satisfacer el odio privado de Scott. Por esta orden de Scott, el general Worth ha preferido demandar al general Scott, por lo cual Scott lo ha arrestado. Esto es el colmo. Lo que él quiere es destruirlo y darme los medios para un triunfo inobjetable. Worth es un miembro del partido Whig de gran carácter, valiente y con gran popularidad en los Estados Unidos, siempre ha sido un protegido de Scott y ha hecho más para darle carácter a Scott que cualquier hombre en el ejército. En el partido Whig, en casa, Worth tiene tres amigos y Scott uno. El arresto de Worth hace que este asunto sea un pleito entre dos Whig y por tanto el asunto se vuelve en una discusión interna del partido en casa, deslindando al gobierno de involucrarse como es el caso de la controversia entre Scott y yo. Los Whigs de Taylor, que constituyen al menos dos tercios del partido, contribuirán para aplastar a Scott. Los amigos de Worth se les unirán. El coronel Duncan, un oficial valiente y popular que está arrestado por la misma causa, se unirá también. El periódico Democracy y el gobierno se dejarán ir sobre él, con todos estos elementos andando, aunado a sus arranques violentos, sus ilegales comunicados y ordenanzas, lo haremos polvo de tal modo que nunca sabrá de donde vino el golpe. Solo busco que este último paso sea dado. Él está parado ya a la orilla del precipicio. Solo le falta dar un paso para caer en el abismo más profundo de la condena pública. Pero ese paso ya lo ha dado y eso me da una alegría inenarrable.
La ira ha cegado completamente a Scott. Me siento plenamente capaz de decirte cuál será el camino que seguirá el gobierno. Seguramente ordenará a Scott, a mí, a Worth y a Duncan que regresemos a casa para ir a juicio; seguramente removerán a Scott del mando del ejército, dejándolo sin ningún poder para que siga haciendo el mal y pondrán al mando del ejército a Butler. (96)
96 – Idem. a ídem., noviembre 25 de 1847, Colección Dreer, Hist. Soc. Pa.

Tan enojado como Pillow, y en contra de él, encontramos esta carta escrita por el teniente William Montgomery Gardner del 2o de Infantería:
Han salido a la luz un sinnúmero de cartas escritas por oficiales del ejército, cuya publicación ha causado la indignación no solo de los oficiales más jóvenes de este viejo ejército, sino que se ha extendido hasta los altos mandos militares. Me refiero a las cartas de Leónidas, Veritas, etc. Le informo de un hecho que servirá en cierta medida para explicar la aparición impresa de algunas de estas producciones verdaderamente románticas y conmovedoras.
Algunos distinguidos oficiales de nuestro ejército, y estoy contento de decir que la practica está confinada a unos cuantos, han tenido a lo largo de esta guerra bajo sus órdenes equipos de escritores de cartas, que a la menor provocación tocan las trompetas de sus patrones en los principales periódicos de los Estados Unidos, buscando crear impresiones en la opinión pública en casa, alterando totalmente la verdad y la historia. Por ejemplo Leónidas dice que el general Pillow es el héroe de Contreras, cuando es sabido que Pillow ni siquiera escuchó los disparos de dicha batalla y que la batalla se peleó en contra de su expresa desaprobación…
Sé que las cartas que te envío no aparecerán en un periódico, por tanto te daré mi opinión personal de algunos de los distinguidos oficiales de nuestro brioso ejército. Yo opino que Gideon Pillow es el asno más consumado que cualquier ejército moderno o antiguo haya tenido en sus filas. El ilustre Cadwallader (sic)(97) es casi como su amigo Gideon, tan perfecto como la naturaleza, es aún más perfecto que la naturaleza, pues es el más perfecto y naturalmente estúpido. Es uno de esos tontos que es estúpido por falta de sentido común, el más confundido de los tontos, para expresarme elegantemente y de una manera inteligente. Es casi tanto como Pillow, aunque un poco más. Los generales Quitman y Shields son valientes, talentosos y unos perfectos caballeros. El general Worth es un buen oficial, pero tiene una necesidad tan desordenada del aplauso de las multitudes, que se entretiene en cosas que ningún oficial o caballero debería estar metido. Del resto de ellos no sé mucho. El general Smith es quizá el más cercano al general Scott en talento militar. Existe hoy una viva animadversión entre todos los honorables oficiales y un sinnúmero de falsedades han aparecido en la prensa de Estados Unidos respecto a las brillantes operaciones de nuestro ejército en este valle. Los más estúpidos e inútiles han sido los más alabados. (98)
97 – General brigadier George Cadwalader, de Pennsylvania, fue general brigadier de voluntarios en marzo 3 de 1847 y ascendido a general mayor por Chapultepec. Durante la Guerra Civil fue general mayor de voluntarios en el Ejército de la Unión.
98 – Teniente William Montgomery Gardner, ciudad de México, a su hija, noviembre 22 de 1847, Fondo William Montgomery Gardner, So. Hist. Col., NCa.
Se organizó una comisión investigadora. La administración de Polk quitó del mando a Scott y lo sustituyó con el general mayor William Orlando Butler. Eventualmente todos los cargos fueron retirados con excepción de aquellos contra Pillow. Para entonces Scott se había convertido en un mártir a los ojos de sus hombres, incluso para aquellos que eran incapaces de reconocer su grandeza antes. Su salida se comparó con la de Napoleón Bonaparte cuando dejaba su vieja guardia de Fontainebleu. Uno de sus tenientes escribió: “Oficiales de pelo gris y soldados arrugados lloraron cuando se despidieron de su general, y un grupo de oficiales lo siguió hasta el Peñón para conseguir una palabra o intercambiar una mirada con su héroe e ídolo”. (99)
99 – Teniente William D. Wilkins, Cuernavaca, a Ross Wilkins, Detroit, abril 22 de 1848, Fondo Ross Wilkins, Burton.
El teniente George B. McClellan veladamente nos deja ver que había subestimado a su comandante, pero en una carta a su madre expresa su orgullo por el “noble viejo general Scott”:
La comisión investigadora está ahora en sesión. Las acusaciones del ingrato de Worth en contra del general Scott se están presentando, también las de Scott contra el coronel Duncan. El caso de Pillow está en investigación. Nuestro noble viejo general Scott está saliendo adelante con magnificencia. Pillow queda peor cada día que pasa, casi se ha demostrado que es un mentiroso, un sinvergüenza y un insidioso granuja. No te puedes imaginar los sentimientos en los antiguos del ejército regular respecto al general Scott. Ningún general poseyó jamás los corazones de sus tropas como él. Antes de la persecución de la administración nunca lo había visto como un gran hombre, pero ahora creo que realmente sí es un gran hombre. (100)
100 – Capitán George B. McClellan, ciudad de México, a su madre, marzo 22 de 1848, Fondo George B. Mcclellan, serie II, DLC:
Eventualmente la comisión investigadora, formada por oficiales incondicionales de Polk, trasladó las audiencias a los Estados Unidos, encontrando a Pillow inocente de escribir las cartas de “Leónidas”, aunque no apoyó su interpretación de la Batalla de Contreras (Padierna). Para entonces había una genuina preocupación de que el conflicto entre los generales tendría serias repercusiones para el establecimiento de la paz. El 2 de febrero de 1848, Nicholas Trist había firmado los Tratados de Guadalupe Hidalgo; el 10 de marzo en una votación de 38 a favor y 14 en contra el Senado de los Estados Unidos los confirmaban, pero la ratificación del gobierno de México no llegó sino hasta el 30 de mayo. Un hermano del coronel John W. Geary (101) de Pennsylvania le escribe sobre el caso de Pillow y de los acontecimientos europeos que estarían relacionados con la firma de la paz:
101 – El coronel John W. Geary fue capitán del 2o batallón de infantería de Pennsylvania, diciembre 21,1846; teniente coronel, enero 7, 1847 y coronel, noviembre 3 de 1847. Fue alcalde de San Francisco en 1850 y gobernador territorial de Kansas (1856-1857). Durante la Guerra Civil fue general brigadier de voluntarios y ascendido a general mayor en 1865. De 1867 a 1873 fue gobernador de Pennsylvania.
Ustedes hombres en México, se los digo, no pueden estar muy fortalecidos si en cada avenida son asaltados por la venenosa envidia y la calumnia. Hay un grupo de becerros hostiles en casa con una viciosa propensión de comerse sus laureles. Denles la oportunidad y les harán la guerra como vacas de Basán (102). No lo entiendan como una recriminación de sus connacionales o como ingratitud. Las multitudes están agradecidas y orgullosas de su heroísmo. Esto es verdad exceptuando al partido. Pero muchos quienes pelearían por los panes y los peces, no serán culpables de elevar a mortales a los cielos aunque estén listos a hacer caer ángeles.
102 – NdT: Amós 4,1: Vacas de Basán: expresión despectiva y llena de sarcasmo, que compara a las damas de Samaría con el ganado engordado en Basán, una fértil región al nordeste del Lago de Galilea, famosa por la calidad de sus rebaños.
Hay un interés general y excitación en tomo a los procesos de la comisión investigadora. He leído los cargos contra el general Pillow y los testimonios de Freaner (103) y Trist. Si Pillow no puede invalidar su testimonio, no seré el Pillow de norteamérica. Si los cargos son verdaderos solamente serían un despreciable y canallesco acto más… Solemnemente te digo que si la mitad de las acusaciones son verdad, preferiría asociarme con ladrones de caballos que con él o los que están de su parte.
103 – J. L. Freaner fue corresponsal del New Orleans Delta, el periódico en el que las “Cartas de Leónidas” fueron publicadas.
No pienses que solo te lanzo una racha de prejuicios sobre el caso. No digo que Pillow sea culpable ni tampoco lo deseo. Pero si por otra parte el general Scott cae y Pillow triunfa, el brillo de toda su grandeza será profundamente opacado.
Estas desafortunadas disputas entre oficiales mayores del ejército son profundamente mortificantes, más por la manera en que quedamos a la vista de las naciones extranjeras y me temo también traerá como resultado un desastre en nuestros asuntos en México. Nuestros últimos informes ven dudosa la ratificación del tratado… Las revoluciones en Europa impulsarán el ardor del partido monárquico en México, si es que no echan por tierra las decisiones de Paredes. El efecto de esto puede ser acelerar la paz… El republicanismo se ha vuelto endémico en Europa. Francia se ha enfermado de manera natural y casi todas las naciones se han contagiado. Indudablemente hay una predisposición por ese camino. Aún el viejo oso del norte (104) ha tenido un revés y Mettemich (105) ha sido obligado a retirarse a las saludables sombras de la vida privada. Incluso la buena gente de Prusia le ha tratado con ingratitud y desprecio. En breve los tronos se han vuelto precarios, las coronas caen, los reinos impopulares. Es casi seguro que este año terminarán el absolutismo en Europa, exceptuando en Rusia. El poder de la gente está derrumbando las instituciones políticas del viejo mundo con más violencia que un terremoto y surge el deseo de construir igualdad de poderes anunciando un nuevo amanecer para el mundo. (106)
104 – NdT: El Imperio Ruso.
105 – NdT: (Klemens, príncipe de Metternich) Político y diplomático austríaco, artífice del equilibrio europeo de 1815 (Coblenza, Alemania, 1773 – Viena, 1859). Nacido en una familia nobiliaria de Renania, estudió en Estrasburgo y Maguncia. Su cosmopolitismo aristocrático y su mentalidad reaccionaria le llevaron a ponerse al servicio de los Habsburgo cuando la expansión de la Francia revolucionaria amenazó directamente los intereses materiales de su familia en Alemania occidental. Desde 1794 desempeñó misiones diplomáticas en las que demostró una gran astucia y habilidad (en Gran Bretaña, Sajonia, Prusia y Francia). Las sucesivas derrotas de Austria frente a la Francia napoleónica le llevaron hasta el poder como ministro de Asuntos Exteriores en 1809. Desde entonces puso en marcha su concepción conservadora del equilibrio europeo, destinada a impedir la aparición de una potencia hegemónica mediante el reparto del continente en esferas de influencia entre las grandes potencias del momento. No aspiraba, por tanto, al aplastamiento de Francia en represalia por sus pretensiones hegemónicas, sino a contenerla en las fronteras de 1792 y contrapesarla con el reforzamiento de las restantes monarquías europeas. Ese orden se vería amenazado por estallidos revolucionarios de inspiración liberal o nacionalista, que sacudieron a Europa en 1820, 1830 y 1848. Metternich se esforzó por reprimir ambos tipos de movimientos, ajenos a su mentalidad de Antiguo Régimen, razón por la que empezó a ser visto como guardián del viejo orden absolutista, incapaz de asimilar los cambios que traía el mundo moderno. El estallido de la Revolución de 1848 en Italia, en Alemania y dentro del propio Imperio Austríaco, puso en entredicho todo el orden inspirado por Metternich. Él mismo cayó del poder y hubo de exiliarse, al tiempo que Fernando I se veía obligado a abdicar. Regresó a Austria en 1851, pero el nuevo emperador, Francisco José I, no le llamó a participar en el gobierno, mientras la ascensión del poder de Prusia en Alemania y del Segundo Imperio en Francia anunciaban el fin definitivo del equilibrio diseñado en 1815.
106 -Edward N Geary a coronel John W. Geary, abril 20 de 1848, Fondo John W. Geary, Beinecke.

Mientras el Congreso Mexicano deliberaba, el ejército de ocupación fumaba, ansioso por regresar a casa o de seguir adelante para completar la conquista. El teniente William D. Wilkins recoge estas beligerantes opiniones sobre lo que él ve como un trabajo por completar:
Tenemos la esperanza de que la ratificación del tratado por nuestro Senado infundiría un poco de espíritu en las almas perezosas del Congreso Mexicano, pero esas esperanzas se han desvanecido. Parece que no han podido reunir el quórum necesario desde hace dos meses. Estoy ansioso esperando que reinicien las hostilidades, pues estoy desesperado por la paz, llevamos mucho tiempo de inactividad y odio la pasividad de la vida del soldado. El ejército en general está molesto por el camino que ha seguido el gobierno con México. La excesiva delicadeza con el que los ha tratado, los frecuentes armisticios que les hemos otorgado, destruye indudablemente los frutos de nuestras duramente ganadas victorias; el modus operandi de la guerra, que hace a México más rico y más próspero de lo que podía bajo su propio gobierno, son muchos incentivos para prolongar la lucha.
No queremos a México, su anexión a nuestro país nos traería más males que bienes, pero si queremos terminar la guerra, debemos implantar un nuevo sistema. Debemos enseñarles que si somos justos, magnánimos y liberales, también podemos ser terribles. Imponerles contribuciones excesivas, quemar cada pueblo que ofrezca resistencia, volar sus iglesias y no tomar prisioneros, y pronto humildemente aceptarán nuestros términos. La guerra debe ser el último recurso para las naciones, pero una vez que comienza debe ser conducida y concluida. Las decisiones a medias nunca conducen al éxito. Una idea prevalece entre muchos mexicanos bien informados. Creen que un poderoso partido en los Estados Unidos hará un “pronunciamiento” (107) rebelándose contra el gobierno actual, lo que resultará en la caída del Sr. Polk y el retiro del ejército de México (108).
107 – Forma como en México se denominaba a los intentos de golpe de estado.
108 – Teniente William D. Wilkins, Cuernavaca, a Ross Wilkins, Detroit, abril 22 de 1848, Fondo Ross Wilkins, Burton.
EL FUTURO DE MÉXICO

Representación simbólica de los dos países al término de la guerra. Estados Unidos como símbolo en el Capitolio, la bandera y la Biblia, con un creciente comercio marítimo y desarrollo de infraestructura, separado de México por el Río Bravo, hacia un nuevo amanecer. México, donde se disipan las tinieblas iluminadas por la cruz, pone su contraparte en la catedral de México, la grandeza de sus montañas y el desarrollo de sus recursos.
El teniente Edmund Bradford tenía una visión más equilibrada del escenario mexicano poco antes de que fuera aceptado finalmente el tratado. Sin embargo, estaba seguro de que el Destino Manifiesto seguiría su camino:
Estoy contento de informarle que la paz se ve ahora más cierta para la mayoría de los oficiales e incluso para los mexicanos, de hecho espero que para este tiempo el Tratado haya sido ratificado por el Senado, la Cámara de Diputados, faltando solo la firma del presidente.
Según las últimas noticias desde Querétaro, sabemos que la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso se ha reunido y que todos sus miembros están decididamente a favor de la paz. Inmediatamente después de que el Tratado sea presentado al Congreso, será enviado a la Comisión y luego regresado al Congreso el siguiente sábado. El mensaje de Peña y Peña (109) al inicio causó una sensación de gran insatisfacción, pero pronto fue disipada por el discurso claro, contundente y sensible del Señor Rosa (110), que presentó ante el Congreso el deplorable estado en que se encuentra el país: sin dinero, armas o soldados.
109 – Manuel de la Peña y Peña fue presidente interino de México de 1847 a 1848.
110 – Luis de la Rosa. Previamente de la Rosa había recomendado a Santa Anna no negociar con Trist.
AI final con sus argumentos conclusivos los convenció de que era imposible llevar adelante la guerra con alguna posibilidad de éxito. Concluyó su discurso señalando que existe entre los indígenas un espíritu de alzamiento contra los blancos (mexicanos y españoles) para exterminarlos y que para que el gobierno pueda ser capaz de invertir todas sus energías para superar las insurrecciones de los indios de Yucatán y del sur del Estado de México, es absolutamente necesario que primero se ratifique el tratado. Más de dos tercios del congreso están a favor de la paz, y se dice que Rosa con su discurso ha hecho cambiar la opinión de muchos de los que estaban a favor de continuar la guerra. Incluso aquellos que amenazaban con destruir a la actual administración han renunciado a todo intento de hacer algo, pero aseguran que solo esperarán a que el ejército norteamericano abandone el país.
Una revolución, iniciada supuestamente por instigación de Paredes, estalló en San Luis Potosí, pero la energía del gobernador del lugar la acabó el mismo día. Lo último que se supo de este revolucionario era que estaba en Aguascalientes y Zacatecas intentando organizar un levantamiento contra el gobierno federal. También ahí tuvo poco éxito. La gente no confía en sus palabras. Después de los grandes acontecimientos que ocurrieron en Europa, ha abandonado su proyecto de crear una monarquía en México y ahora está a favor de una dictadura militar. No coincido con usted, querido señor, de que Peña y Peña solamente ofreció el tratado para ganar tiempo, reunir fuerzas, arreglar los asuntos internos de la nación y que al final del armisticio estuviera en una posición favorable para reiniciar la guerra. Creo firmemente que el Presidente (un hombre sensible) ha visto las consecuencias de cualquier resistencia, y ha actuado de buena fe desde la primera reunión de los comisionados para negociar con el Sr. Trist. Por los últimos tres meses he seguido de cerca los acontecimientos que han sucedido en la República y desde hace tiempo estoy convencido de que la mayoría de la gente está a favor de la paz y que hay una gran presión para conseguirla. El gobierno no solicitará más tiempo, pero lo ratificará o rechazará si es modificado por el senado de los Estados Unidos. Si la guerra continuase, México no se encontraría en una mejor condición para seguirla que antes del armisticio, de cualquier modo estamos bien preparados. Nuestras fuerzas han sido incrementadas por nuevos reclutas, los soldados se han aclimatado y por lo tanto son más capaces para soportar la dureza de la campaña. Los nuevos regimientos de voluntarios están mejor preparados, los almacenes bien surtidos, se han hecho los arreglos necesarios para proveer a las tropas con el dinero que requieran, de hecho todo está listo para iniciar las operaciones, incluso si se firma la paz, organizar un rápido retorno a los Estados Unidos.
Cuando se logre la paz, no creo que México esté ansioso nuevamente de hacemos la guerra. No dudo que en un plazo de veinte años todo el territorio que se encuentra entre el Río Grande y la Sierra Madre será anexado a los Estados Unidos, esto será sin guerras y si nuestro país no interfiere. Todos los Estados del norte están ahora sumergidos en el desorden y si el gobierno mexicano no les garantiza más privilegios de los que tenían hasta hoy, en unos pocos años se declararán independientes y solicitarán ser admitidos en nuestra Unión. México con una población cuyas tres quintas partes son indios ignorantes y supersticiosos nunca podrá formar un gobierno sólido. La única forma en que puede lograr un lugar respetable entre las naciones es creando colonias de extranjeros y otorgarles una cierta cantidad de tierra no utilizada. De esta manera los indios conseguirían trabajo y al ver tanto lujo a su alrededor, surgiría el deseo de poseerlo, lo que provocaría que dejaran sus indolentes hábitos. (111)
111 – Teniente Edmund Bradford, Pachuca, a John Tazewell, mayo 19, 1848, Fondo Edmund Bradford, Western Americana MSS, Beinecke.
Relación de imágenes:
Imagen 1. Rocabert, J.,Thomas. (1890). Recuerdo de la Guerra con los Estados Unidos: Trofeos y Monumentos Existentes en México. Riva Palacio, Vicente et al. México a través de los siglos. Barcelona, Vol. IV, p. 694.
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