Imagen 1. Powell, William Henry. (1877). Asalto a Chapultepec. New York. Johnson & Miles Publishers.
WINFIELD SCOTT ORGANIZA EL AVANCE

Con una base militar asegurada en Veracruz, el general Scott hizo planes para el avance hacia la ciudad de México. Como de costumbre se enfrentó con dificultades: las provisiones no eran las adecuadas y tardaban en llegar; los voluntarios que querían convertirse en soldados daban problemas; el plazo de un año de servicio para muchos de ellos estaba por vencerse o ya se había vencido; además estaban los problemas de las relaciones con la población civil que son comunes en los ejércitos de ocupación. Pero en lugar de preocuparse, el general estaba muy optimista y confiado de que estaría en la ciudad de México al inicio del verano, si es que el enemigo no firmaba los términos de rendición antes de eso. Él da cuenta de esto en una de sus “rápidas” cartas (todas sus cartas parecen haber sido escritas apresuradamente, aunque sean largas) dirigida al secretario de Guerra:
En mi breve reporte del 29 último, lo puse al tanto de la captura de esta ciudad y del Castillo de San Juan de Ulúa. (…)
Este ejército estuvo detenido por seis semanas en Brazos y Tampico, esperando los transportes marítimos que fueron solicitados con gran antelación, y ahora está parado de nuevo porque no llega el suficiente número de carruajes y equipo. (…)
El jefe de aprovisionamiento del cuartel reporta que 180 carros y equipos están listos para ponerse en camino, y 300 carros sin equipo están en el mar. Sospecha que muchos de ellos pudieron haberse perdido en las recientes tormentas que ha habido en estas costas, y yo he reportado anteriormente que muchos de nuestros caballos de los cuerpos de artillería y caballería han muerto a bordo de los veleros, a causa de las inclemencias del tiempo. En esta situación estamos realizando los mayores esfuerzos sin siquiera poder proveer ni el diez por ciento de lo que necesitamos en caballos, mulas y bueyes. Pasando Jalapa (que está a sesenta y nueve millas) las probabilidades de éxito son mejores.
Estoy organizando un movimiento de tres o cuatro brigadas para que vayan sobre Jalapa y solo estoy esperando la llegada de dos barcos de vapor desde Tampico, que traen mulas para sesenta carros adicionales. Mientras tanto la ciudad y el campamento siguen libres de mostrar cualquier signo de la fiebre maligna, esperamos que continúen saludables por muchas semanas.
Es evidente que el movimiento de cualquier fuerza militar sin asegurarle los debidos recursos hará que debamos recurrir a nuestras bodegas en los barcos, lo cual sería mucho peor que si se hicieran las cosas de una manera rápida. Cuando comencé la marcha, hubiera deseado que esta fuera continua, con solo los pequeños retrasos que fueran necesarios para ocupar el Puente Nacional y Jalapa, que están a 30 y 60 millas de distancia respectivamente. Al momento sé que no habrá una resistencia seria de este lado de Perote (que está a 90 millas). Una vez ahí, estoy seguro de que encontraré algunos animales para poder formar una pequeña caravana. (…)
Habiendo sido puesto en esta costa con seis semanas de retraso por culpa de otros, respecto al vómito, se me ha hecho insistir de la manera encarecida por la seguridad del ejército.
Tampico no es menos insalubre que Veracruz y Tuxpan es considerado el peor de los tres lugares.
No hay otra ruta posible para los carruajes desde Tampico a San Luis Potosí excepto que por ciudad Victoria y Monterrey, a menos que sea abierta una por la playa a través de Tuxpan, con pérdida de tiempo y mucho esfuerzo; o de Tampico a Perote o a algún otro punto en el Camino Nacional que va hacia la capital. Esa larga línea de comunicación que aún está por abrirse en gran parte está fuera de cuestionamiento desde luego y no puede hacerse más corta haciendo a Tuxpan un depósito, por dos razones: 1. Ese puerto es de mucho más difícil acceso; y 2. Cuando se ha llegado a él es el peor para la salud. Puedo añadir que está más lejano de Jalapa, Perote y el centro de los refuerzos del enemigo, que Veracruz.
Nuestras bodegas, por lo tanto, deben estar por fuerza situadas en este lugar: Veracruz. El puerto es el mejor de la costa y el camino de aquí a la capital es el mejor en todo el país.
Con el debido cuidado, no preveo que haya una gran mortalidad en los guardias (…) que serán dejados en esta ciudad y en el Castillo de San Juan de Ulúa o entre los que han sido implementados en los cuarteles y comisarías, porque nosotros ocuparemos principalmente, si no de manera exclusiva, la parte que da hacia el mar de la ciudad, separados de los nativos y de cara a la brisa marina. (…)
Han surgido rumores en uno de los regimientos de voluntarios más antiguos que están aquí y se han ido extendiendo a los otros siete (1) seguramente, en los que se asegura que: 1. Se autoriza al regimiento a quedar libre de sus labores y regresar a su casa al momento en que cumplan un año de servicio; 2. Dado que el regimiento se expuso a la malaria en Río Grande, se le concederá ahora un retiro adelantado, antes de que se exponga de nuevo a la fiebre aquí y en Nueva Orleans, cuando vayan de regreso a su casa. Lejos de alentar estos rumores, he tomado medidas para silenciarlos, y prevenir que se diseminen entre otros regimientos.
1 – Un acta del Congreso, publicada en una orden general del Departamento de Guerra (No. 14), marzo 27, 1847, invitaba a los hombres en esos regimientos para reenlistarse por el tiempo que durara la guerra. Cuando esta orden llegó al cuartel de mando de Scott, inmediatamente la remitió a los regimientos de voluntarios involucrados. Estos eran: Caballería de Tennessee, 3º y 4º Regimientos de Infantería de Illinois, el 1º y 2º de Infantería de Tennessee, el de Infantería de Georgia y el de Infantería de Alabama.
Los siete regimientos de voluntarios que me acompañan se han hecho respetables en disciplina y eficiencia, no nos darán problemas cuando llegue el tiempo de liberarlos de sus cargos y regresarlos a sus casas. Espero que llegue ese momento, así como la llegada de los regimientos que me ha autorizado el Congreso. Reforzado con ocho o diez mil hombres, de esa fuente, y los reclutas de los viejos regimientos, que se incorporarán en cualquier punto que no sea más allá de Puebla, creo que tomaré la capital en el verano, si no es que antes se detiene mi avance por un tratado de paz, o por los términos de un armisticio que se negocie.
Los habitantes de esta ciudad, bajo el excelente gobierno del general mayor Worth, se están empezando a sentir seguros de protección, se muestran más tranquilos. Los habitantes vecinos han sufrido más por los nuevos reclutas que han diluido a las compañías regulares, y por los voluntarios. Mis últimas Ordenanzas, las número 87 y adjuntas, en contra de los desórdenes, han sido obedecidas por miles de buenos soldados para apoyar a la autoridad. Mientras tanto, han sido muchos los reclamos de daños, principalmente de parte de los países neutrales, a través de sus cónsules. Estoy sin autoridad o medios de indemnizarlos, solamente puedo sentir y deplorar su desgracia que dejan en nuestros brazos, sufridas a causa de villanos desconocidos. (…)
Mientras escribo se me reporta que han llegado por vía marítima 180 mulas, también he sabido que mañana llegará un número similar desde Tampico; además espero poder obtener doscientas de los alrededores. Estas adiciones a nuestra caravana serán muy útiles en el movimiento que se ha planteado previamente. (2)
2 – General Mayor Winfield Scott, Comando del Ejército, Veracruz, a William L. Marcy, secretario de Guerra, Washington, D.C., abril 5, 1847, Casa de Representantes, Documento ejecutivo No. 60, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 909-911.

POR EL CAMINO NACIONAL HACIA LA CIUDAD DE MÉXICO.

El 8 de abril, Scott recibió órdenes para iniciar la marcha tierra adentro desde Veracruz. El primer objetivo era Jalapa, situada a 111 kilómetros al noroeste en el Camino Nacional hacia la ciudad de México (3). El camino estaba en mejores condiciones de las que había encontrado el ejército del general Taylor en el norte de México. Los numerosos puentes estaban en buen estado, eran de piedra, el camino estaba en las condiciones que describe un soldado: “pavimentado todo, como nuestras banquetas en Nueva York”. Pero las primeras 8 o 10 millas estaban cubiertas por arena, y la marcha era cuesta arriba. Williams Higgins, un voluntario, se encontró “desfalleciente de cansancio (4)” al final de la primera jornada de marcha. George Ballentine, un escocés que estaba con los soldados regulares, se desmayó por la irregularidad en la forma de marchar, pero lo sobrellevó con buen ánimo. Atribuyó los incidentes de los que se desmayaban en el camino a la mala condición física y a la falta de disciplina. Ballentine escribe en su autobiografía:
3 – El Camino Nacional o Camino Veracruz-México, vía Xalapa o Perote, se identificaba en su momento como el Camino de las Ventas, ya que era el camino de llegada de viajeros, virreyes, comercio exterior, correo y de toda la influencia cultural europea; duraba el trayecto 22 días recorriendo aproximadamente 412 km. (Cf. Muñoz Espejo, Francisco. (2006). “Camino Real de Veracruz-México: por las veredas de la Historia”. En Patrimonio cultural y Turismo-cuadernos. México, CONACULTA, No.15, pp. 210-223. Disponible en: https://www.cultura.gob.mx/turismocultural/cuadernos/pdf15/articulo13.pdf).
4 – William Higgins, Birmingham (¿Michigan?), a William Carter, Defiance, Ohio, enero 14, 1848, Western Americana MSSS, Beinecke.
El general Twiggs, que lideraba la cabeza de la división, cometió un grave error al permitir que los hombres al frente avanzaran demasiado rápido en el avance de este día. Las consecuencias fueron que un gran número de hombres, débiles por los efectos de la diarrea, no pudieran seguir el paso, dejaban de lado el camino para ir a los matorrales, mismos que después de dejar Santa Fe comenzaron a ofrecer una invitante sombra y al amparo de los cuales, muchos yacían deliberadamente resueltos a quedarse rezagados de la división. Al llegar al lugar donde tendríamos que acampar esa noche, un pequeño riachuelo como a cinco millas de Santa Fe, la parte de la retaguardia de la columna aún estaba muchas millas atrás, los hombres luchando en su marcha con sus propias fuerzas, y cuando hubo llamado al caer el sol, cerca de un tercio de los hombres no habían llegado. Buscamos refugio temporalmente bajo los árboles a la orilla del camino, el pasto estaba deliciosamente suave y mullido, después de una cena de café, pan y cerdo. Nutt nos hizo ponche de aguardiente, lo bebimos de un sorbo, nos recostamos y dormimos muy confortablemente hasta que nos despertó el toque a la mañana siguiente a las cuatro.
Preparamos café tibio antes de que amaneciera, nuestros cocineros, que no tienen otro deber en la marcha más que el de cocinar, siempre se levantan temprano para tener el café listo antes de que comience nuestra hora de trabajar. A la hora de hacer el llamado a filas esta mañana, había entre 300 y 400 hombres que aún estaban ausentes, de acuerdo con el reporte. Además esos hombres no corrían peligro, pues estaban en grupos pequeños y podían defenderse, cada hombre además estaba bien armado y con provisiones en su mochila para tres días. Cualquiera podría cuestionarse sobre este sistema tan irregular de avance, que conlleva que se hiciera tan largo y que pudiera ser de consecuencias nefastas para la disciplina del ejército. Hoy marchamos muy lento, descansando frecuentemente y cuidando que ninguno de los hombres se quedara demasiado atrás. (5)
5 – Ballentine, George. Autobiography, pp. 169-170.
EL GENERAL SANTA ANNA EN CERRO GORDO
Jalapa, el objetivo inicial de Scott, está en tierras altas a una altitud de 1200 metros y a 113 kilómetros de Veracruz y del Golfo. La ciudad está amurallada y la iglesia cercana a la puerta oeste se convirtió en una fortaleza. Santa Anna hizo los preparativos para bloquear al ejército de Scott su camino hacia la ciudad.

Después de su retiro de Buena Vista (La Angostura) el 23 de febrero, Santa Anna regresó a San Luis Potosí, situado a 450 millas al norte de la ciudad de México. Ahí hizo descansar a su ejército y recibió las noticias de una revuelta en la capital, la llamada de los Polkos. Apresuró su regreso al sur, restauró el orden, además de consolidar su poder y reorganizar sus fuerzas. El 31 de marzo, solo cinco semanas después de la batalla de Buena Vista (La Angostura), hizo una exhortación, invitando a los mexicanos a que tomaran medidas heroicas.
Al preparar su estrategia de defensa de la ruta de invasión hacia el corazón de su país, Santa Anna decidió no defender Jalapa. Escogió en cambio fortalecerse en Cerro Gordo a 34 millas al sureste. El paso de Cerro Gordo era una angosta brecha de 6 y medio kilómetros de ancho, situada entre pendientes casi perpendiculares, también conocido como la mandíbula del diablo. En este lugar, queriendo hacer tenaza, el general mexicano se proponía aplastar al ejército de Scott.
SCOTT SE PREPARA PARA LA BATALLA DE CERRO GORDO

A 5 kilómetros al este de Cerro Gordo, el camino de Veracruz atravesaba el Río del Plan. (6) La División del general Twiggs llegó al cruce el 11 de abril y fue seguida por la División de Voluntarios del general Patterson al día siguiente. El general Scott llegó ahí el día 14 en plena primavera.
6 – Había 5 kilómetros en línea recta desde el Cerro Gordo hasta el cruce del río, pero por lo sinuoso del camino la distancia era de más del doble.
Scott acampó en Río del Plan, donde la tierra caliente termina para internarse en tierras más altas; a partir de ahí el Camino Nacional se hace sinuoso, pasando por colinas cercadas por desfiladeros muy profundos hasta llegar al pueblo de Cerro Gordo. Cortando transversalmente a través de la ruta, había profundos barrancos en cuyas salientes Santa Anna había colocado artillería fuertemente apoyada por destacamentos de infantería. La posición de avance mexicano (por el flanco derecho) estaba ubicada en el filo de un precipicio de 150 metros que veía al Río del Plan; pero la concentración más fuerte del ejército mexicano estaba a 800 metros al este de Cerro Gordo, en una villa llamada El Telégrafo, una colina que gradualmente descendía hacia el oeste y que tenía una elevación de 150 a 180 metros dando hacia el este. Desde ahí se podían dominar todos los accesos, el camino bordeaba su flanco sur. Cerca de El Telégrafo, ligeramente al noreste estaba otro cerro más abajo conocido como la Atalaya. El cuerpo principal de las fuerzas del ejército de Santa Anna instaló su campamento en la parte baja, cercano al pueblo de Cerro Gordo. Una batería de cinco cañones lo defendía.
El reconocimiento llevado a cabo por los ingenieros de Scott le indicó que, si una fuerza partía del Camino Nacional a medio trecho entre Río del Plan y Cerro Gordo, siguiendo una precaria senda que corría por la derecha y hacia el norte del camino, se podría hacer que la posición mexicana revirara pues deberían de pasarse del flanco derecho al izquierdo, y se dejaría a la base mexicana abierta para recibir ataques. Scott encargó para realizar su plan a la División de Twiggs, dejando que la brigada de Shield (7) y la División de Worth continuaran con el movimiento. En sus planes, Scott no previó un asalto directo sobre El Telégrafo. Sin embargo, ordenó que la brigada del general Gideon Pillow y su brigada de voluntarios dejaran el Camino Nacional, se movieran hacia el sur, acercándose al río (justo fuera del radio de alcance de las baterías mexicanas) hasta que se lograra envolver el flanco derecho mexicano, o se avanzaran posiciones hacia un sitio más cercano al campamento norteamericano. En lugar de eso la brigada de Pillow hizo de una manera inepta la maniobra, ya que se movió entre las armas pesadas deteniéndose, y hubiera estado en serios problemas si no hubiera sido porque la batalla favoreció a los norteamericanos en todo sentido.
7 – Esta brigada estaba conformada por el 3er Regimiento de Voluntarios de Illinois (coronel Ferris Foreman), el 4º Regimiento de Voluntarios de Illinois (coronel Edward D. Baker), y el Primer Regimiento de Voluntarios de Nueva York (coronel Ward. B. Burnett).
El movimiento sobre el flanco izquierdo mexicano funcionó exitosamente, pero no tanto como se había planeado. La brigada de Shields bordeando la Atalaya y circulando por el norte de El Telégrafo, descendió finalmente sobre el campamento mexicano no sin que eso le costara a Shields ser herido de gravedad, y tampoco sucedió de una forma tan rápida como para cortar la retirada de las tropas mexicanas hacia Jalapa. El resultado final de la batalla fue decidido sin embargo por dos brigadas de la División de Twiggs en un asalto a la Atalaya y al Telégrafo el 17 de abril. La brigada de Harney tomó la Atalaya, a la mañana siguiente pelearon por el lado este de El Telégrafo. Mientras esta acción se llevaba a cabo, la brigada de Riley atacó las defensas mexicanas en un puesto que estaba debajo de El Telégrafo (en la ladera oeste del cerro), después de lo cual arrasó con la base del campamento mexicano a menos de media milla más adelante. Con la moral destrozada por estos movimientos, la parte central y la derecha del ejército mexicano se rindieron e iniciaron la retirada.
El general Scott da un breve resumen de la batalla en su reporte al secretario de Guerra. Lo fecha en Jalapa el 23 de abril de 1847:
Resuelto a si era posible hacer que el enemigo se volteara hacia su izquierda y acometerlo en la retaguardia, mientras se le atacaba también por el frente, envié varios hombres a explorar con el fin de encontrar una ruta para el asalto y tomar el camino a Jalapa y así cortar la retirada.
El teniente Beauregard (8) comenzó las exploraciones, continuándolas los ingenieros del capitán Lee a través de un camino lleno de pendientes difíciles y grietas profundas en el terreno -lejos de la vista del enemigo; aunque hubiesen podido ser alcanzados por su fuego si se les descubría-, hasta que, llegando a las líneas mexicanas se hizo imposible seguir con la tarea de exploración si no se llevaba a cabo una acción. El punto seleccionado para el encuentro, el camino a Jalapa, no se ha alcanzó, aunque creemos que está muy cerca (…)
8 – Pierre Gustave Toutant Beauregard (durante la Guerra contra México acostumbraba firmar solamente como G. T. Beauregard), graduado como segundo lugar de su clase en West Point y fue 2º teniente del 1º de Artillería en julio 1, 1838; 2º teniente, Ingenieros, julio 7, 1838, y 1er teniente, junio 16, 1839. Obtuvo dos condecoraciones en la guerra contra México por Contreras-Churubusco y por Chapultepec. Fue general en el Ejército de los Estados Confederados, 1861-1865.
La División Twiggs, reforzada por la brigada de Shields de Voluntarios, fue enviada al frente el día 17, tuvo que iniciar el ataque al tomar campo para establecer su posición temporal y establecer un sitio alto para poner nuestras baterías pesadas. Muchos de nuestros oficiales y hombres fueron heridos o muertos en este agudo combate, que fuera comenzado de una manera muy brillante por la 7ª compañía de infantería bajo el mando del 1er teniente Gardner (9), que es muy apreciado por todos los comandantes por los servicios que ha prestado. El coronel Harney se unió con los regimientos de fusileros y el 1º de artillería (también parte de su brigada); barrió al enemigo, ocuparon la cima desde la cual en la noche se colocó la batería con un cañón de 24 lb y dos obuses de 24 lb, bajo la superintendencia de ingenieros del capitán Lee y la ordenanza del teniente Hagner. Estas armas abrieron fuego a la mañana siguiente y fueron utilizadas con eficacia por el capitán Steptoe (10), el teniente Brown del 3º de Artillería (11), el teniente Hagner (ordenanza) y el teniente Seymour del 1º de Artillería (12).
9 – Teniente Franklin Garnder, 7º Infantería, fue ascendido a 1er teniente por Monterrey.
10 – Capitán Edward Jenner Steptoe fue capitán del 3º de Artillería, en marzo 3, 1847. Obtuvo condecoraciones por Cerro Gordo y Chapultepec.
11 – Teniente Hachaliah Brown fue 1er teniente, 3º Artillería en marzo 3, 1847, y ascendido a capitán por el asunto de Medellín, cerca de Veracruz, marzo 25, 1847.
12 – Teniente Truman Seymour fue 2º teniente, 1º Artillería, en marzo 3, 1847. Durante la Guerra contra México obtuvo condecoraciones por Cerro Gordo, por Contreras y Churubusco. Fue ascendido a general Mayor (Ejército de la Unión) en marzo 13 de 1865, después de haber obtenido no menos de seis medallas en la Guerra Civil.
La misma noche, en condiciones de extremas de trabajo y dificultad, bajo la superintendencia del teniente Tower (13), ingenieros y el teniente Laidley (14), ordenanza, y un obús de ocho pulgadas se colocaron en posición cruzando el río opuesto a la batería derecha del enemigo. Un destacamento de cuatro compañías bajo las órdenes del Mayor Burnham (15), de los Voluntarios de Nueva York, llevó a cabo este meritorio servicio, el cual hizo que el teniente Ripley (16) del 2º de Artillería, que estaba a cargo de la pieza, hiciera fuego de manera precisa desde ese cuarto.
13 – Teniente Zealous Bates Tower, graduado primero en su clase en West Point, fue 2º teniente, Ingenieros, julio 1, 1841. Obtuvo tres condecoraciones en la guerra contra México.
14 – Teniente Theodore T. S. Laidley fue 1er teniente, Ordenanzas, marzo 3, 1847. Sus condecoraciones en la Guerra contra México fueron por Cerro Gordo y la defensa de Puebla.
15 – Mayor James C. Burnham, 1er Regimiento de Voluntarios de Nueva York (Regimiento Burnet).
16- Teniente Roswell Sabin Ripley fue ascendido a capitán por Cerro Gordo y a Mayor después de Chapultepec.
Muy temprano en la mañana del día 18, las columnas se dispusieron para el ataque general, nuestro éxito fue rápido y decisivo. La brigada de Pillow atacando la posición derecha del enemigo y evitando su retirada tuvo el efecto que he descrito antes. La división de Twiggs atacando fuertemente la parte más fuerte y vital de Cerro Gordo (El Telégrafo) logró penetrar al centro, ganando el control de todas las posiciones, dejándolas sin refuerzos. Mientras que nuestra infantería (La brigada del coronel Riley) (17) atacó el cuerpo principal del ejército enemigo; las armas de su propio fuerte fueron volteadas rápidamente para participar en ese enfrentamiento (bajo el comando inmediato del general Santa Anna, quién huyó durante la confusión). La brigada de Shield, que asaltó con fiereza la izquierda, llevó la batería de retaguardia (cinco armas) al camino a Jalapa y ayudó a completar el cerco al enemigo (…)
17 – Coronel Bennet Riley fue teniente coronel, 2º Infantería, diciembre 1, 1839; ascendido a coronel por la batalla de Cokachatta, Florida, junio, 1840; ascendido a general Brigadier por Cerro Gordo y a general Mayor por Contreras y Churubusco. Murió el 9 de junio de 1853.
El momento en que se decidió la suerte de la batalla fue cuando la caballería y las baterías de campo de Taylor y de Wall (18) avanzaron hacia Jalapa delante de las columnas de Infantería (La División de Twiggs y la brigada de Shield, que ahora dirigía el coronel Baker) (19), y el Mayor Patterson fue enviado a tomar el mando de ellas. En la acalorada persecución muchos mexicanos fueron capturados o asesinados, antes de que nuestros hombres y caballos estuvieran cansados por el calor y la distancia (20). (…)
18 – Capitán William Wall, 3º Artillería; murió el 13 de agosto de 1847.
19 – Coronel Edward D. Baker.
20 – De acuerdo con el informe de Scott, sus fuerzas totales en acción en la Batalla de Cerro Gordo y en reserva eran 8,500 hombres, él estimaba que el Ejército de Santa Anna era de 12,000. Las bajas norteamericanas fueron 431 hombres (63 en acción); las bajas mexicanas se estiman entre 1,000 a 2,000.
El total de nuestra fuerza actual en acción y en reserva es de 8,500 hombres y se estima que el enemigo posee 12,000 o más. Tenemos cerca de 3,000 prisioneros, cuatro o cinco mil reservas de armas y 43 piezas de artillería que les quitamos. Al escribir el presente, me duele encontrar que nuestras pérdidas fueron mucho más graves de lo que se había supuesto al principio, sumando en dos días 33 oficiales y 398 hombres -dando un total de 431-, de los cuales 63 fueron muertos. Las pérdidas del enemigo se estiman entre 1,000 a 1,200. Estoy complacido de comunicar que hay grandes esperanzas por el restablecimiento del valiente general Shields el cual ha mejorado al traerlo a este lugar. (21)
21 – Winfield Scott, Cuartel general del Ejército, Jalapa, a William L. Marcy, Secretario de Guerra, Washington, D.C., abril 23, 1847, Documentos Ejecutivos del Senado, No. 1, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 261-263.

Dos colinas, La Atalaya y El Telégrafo (llamado Cerro Gordo en todos los reportes de campo) (22), iban a decidir el destino de la batalla, como lo describe un oficial: El Telégrafo “más elevado que todas los demás cumbres, estaba coronado por una torre, desde la cual ondeaba la bandera mexicana; alrededor de esa cima se formó un escudo de cinco mil de Infantería y entre este y la torre (…) se plantó una batería de artillería” (23). Los artilleros en El Telégrafo eran los voluntarios irlandeses del Batallón de San Patricio. El 3º de infantería mexicano estaba en la cima de El Telégrafo, pero La Atalaya estaba menos cubierta. Cuando la División de Twiggs avanzó sobre el camino apenas marcado por los pioneros para marchar por el flanco, los mexicanos mandaron refuerzos para la Atalaya. Cerca de ahí atacaron al teniente Gardner del 7º Regimiento. La batalla hizo que rápidamente se uniera el resto de la 1ª brigada de Harney, la cual tomó la Atalaya y comenzó un ataque contra El Telégrafo. Después de una dura pelea los norteamericanos se retiraron, pero conservaron el dominio de La Atalaya. Esa tormentosa noche los voluntarios del general Shields y otras tropas arrastraron sus pesadas piezas de artillería hacia la cima de La Atalaya, y las dispusieron para abrir fuego sobre El Telégrafo. Un oficial de artillería de la brigada de Shields relata esta exhaustiva labor:
22 – Scott y sus tropas al describir la Batalla de Cerro Gordo frecuentemente dan el mismo nombre a la colina que domina el escenario. Más correctamente, esta colina, en cuya cumbre había una torre, es el cerro de El Telégrafo.
23 – “The Hardships of War”, correspondencia del New York Commercial Advertiser, citado en Cambridge Chronicle, junio 3, 1847.
Se había determinado que hiciéramos un pertrecho donde estábamos colocados (La brigada de Shields) para pasar la noche (24), y que reiniciáramos la ofensiva en la mañana. Ya se nos habían mandado refuerzos para ello, se había ordenado subir desde abajo un cañón de 24 lb y nuestra sección de dos obuses de 24 lb, los cuales tuvieron que ser arrastrados cuesta arriba de la montaña, siendo cargados por nuestros hombres durante el día, a fin de poder cañonear la torre, las líneas y la batería en Cerro Gordo (El Telégrafo) temprano, a la mañana siguiente. Quinientos voluntarios (25) cargaron el cañón de 24 lb desde abajo, alcanzando nuestra posición, en la base de la montaña, hacia las siete de la noche.
24 – Estaban en la colina de La Atalaya.
25 – Estos eran voluntarios del general Shield, auxiliados por ingenieros y otros.
La noche que siguió fue la más atormentada que recuerdo haber pasado nunca. Toda la división estaba desgastada y exhausta, pues había estado peleando desde el amanecer. Estaban agobiados por el cansancio, el hambre y peor que nada por la sed. El agua era muy escasa, y todas las cantimploras se habían vaciado antes de que llegara la noche. El “nuevo camino” por el cual habíamos transitado no era más que un sendero rocoso, del cual los exploradores solo habían tenido tiempo de limpiar de arbustos y plantas, hacia un profundo descenso para salir de nuevo de manera abrupta entre las rocas, dejando apenas espacio suficiente para tomar un respiro antes de que las ondulaciones de la montaña nos pusieran al límite de nuestras fuerzas.
De esta manera, con los hombres en tal estado de debilitamiento e indisposición a trabajar, las armas debieron ser arrastradas por el rocoso lado de la montaña, sin que hubiera camino, un sendero o mínimo un rastro por donde se debía continuar, en medio de la abismal oscuridad de la noche. Se encendió un fuego en la base de la montaña, tomando este como punto de referencia subimos en línea recta. Quinientos hombres llevaron a cabo la faena de subir con cuerdas los cañones de 24 lb, cerca de las nueve de la mañana fueron relevados por otros quinientos que en fila india tomaron los puestos de los que habían llegado al límite de sus fuerzas. Espero nunca más en mi vida volver a tomar parte en algo como estas horas de durísimo trabajo y laboriosidad, o como las seis horas que les siguieron.
Muchos de nuestros más fuertes hombres se rindieron debido al extremo cansancio, otros fueron vencidos por la sed, y otros por diversas causas. En lo que los refuerzos llegaban, las ruedas de los pesados cañones debieron asegurarse debidamente tomando todas las medidas para prevenir cualquier descarrilamiento o movimiento en los cañones, pues podrían rodar cuesta abajo llevándose todo a su paso. El agua debía traerse de un pequeño charco lodoso a media milla de distancia para reanimar a los que estaban desvaneciéndose. Algunos caían incapaces de sostenerse, cuando el último cañón llegó hasta arriba -yo diría que hacia las tres de la mañana-, el rastro por donde habían llegado las armas estaba lleno de hombres cansados, extenuados y dormidos, hasta la misma base de la montaña. La fatiga fue mucho más de lo que yo pude soportar -estando como estaba indispuesto, sin mi fuerza y vitalidad características-. Hubiera dado todo cuanto tengo en el mundo por tener la deliciosa y dulce dicha de poder dormir y descansar. Muchas veces me vi deseando recargarme en alguna roca o en el camino, donde quiera que tuviera oportunidad, luchando contra el irresistible impulso de mi naturaleza exhausta – pero no lo hice-, aun doliéndome cada músculo y en dolorosa agonía, me despejaba y desterraba el sopor que embargaba mis sentidos recomenzando la ardua tarea (…)
Al fin nuestras armas estuvieron todas colocadas en sus posiciones sobre la cima de la montaña. Treinta hombres trabajaron hasta la mañana en escarbar la suficiente tierra para hacerles una base a los cañones. Nuestros obuses se levantaron sin la más mínima protección hacia el frente. Me desperté en la mañana escuchando una melodía dulce y lastimera llena de melancolía. Era el toque de diana del ejército mexicano en “Cerro Gordo” (El Telégrafo), que estaba opuesto a nuestra posición; entre ambos bandos había una distancia de unas 80 yardas. Me levanté, trepé por los arbustos que ocultaban nuestra posición y miré un hermoso espectáculo en el amanecer que tenía tonos de luz rosada: el cuerpo principal del ejército mexicano estaba llevando a cabo el toque de diana, los lanceros, los caballeros de México, estaban ahí, con sus lanzas y pendones ondulantes, los zapadores, los artilleros junto a sus armas y cuesta abajo, en la lejanía de la montaña la Infantería Mexicana se reunía en grupos, por cientos o miles.
Era una mañana muy hermosa. Dando la vuelta, situado un poco a la izquierda, vi ante mí el camino a Jalapa y las baterías que lo custodiaban. Ahí también la diana mexicana era llevada por el aire y los soldados salían de sus barracas de techo de palma. Más allá a mi izquierda, y casi en la retaguardia, estaban a la vista todas las líneas del ejército mexicano; la montaña que nosotros ocupábamos dominaba todas sus baterías a excepción de la de Cerro Gordo (El Telégrafo), pues estaba aún un poco más alta que nosotros. No sabían los hombres que estaban en esa posición en las alturas que en una hora un cañón de 24 lb y dos obuses de 24 lb abrirían fuego sobre ellos desde las nubes. (26)
26 – “The Hardships of War”, correspondencia del New York Commercial Advertiser, citado en Cambridge Chronicle, junio 3, 1847.

En la mañana del 18 el coronel William S. Harney y su 1ª brigada (27) asaltaron El Telégrafo. La descripción de Harney de la batalla la da en su reporte fechado el 21 de abril de 1847 en Jalapa:
27 – Brigada del coronel William S. Harney (1er brigada, 2a División). Fue formada con los Fusileros Montados, 1º de Artillería y el 7º de Artillería.
Los Fusileros Montados y el 7º de Infantería durmieron en La Atalaya, y a ese punto llevamos en la noche un cañón de 24 lb y dos obuses de 24 lb, los cuales a las siete de la mañana comenzaron a cañonear la fortaleza del enemigo en Cerro Gordo. Temprano esa mañana fui reforzado por cuatro Compañías del 1º de Artillería, bajo el mando del coronel Childs (28), y seis compañías del 3º de Infantería bajo el mando del capitán Alexander (29), inmediatamente di las órdenes a los diferentes comandantes de preparar sus tropas para atacar Cerro Gordo (El Telégrafo). A los fusileros se les mandó moverse a la izquierda hacia abajo para enfrentar al enemigo, le di instrucciones al Mayor Loring de que en cuanto yo viera que él había comenzado el ataque, movería hacia adelante la fuerza de ataque que estaba organizando. El 7º de infantería se colocó a la derecha, y el 3º de Infantería a la izquierda, la artillería se posicionó detrás de la Infantería con órdenes de cubrirla. Observando que una gran fuerza se estaba moviendo desde la izquierda en el camino principal, atrás de Cerro Gordo, juzgué prudente avanzar, e inmediatamente ordené la carga a efectuarse sin esperar a que los fusileros hicieran fuego.
28 – Coronel Thomas Childs fue mayor, 1º Artillería, febrero 16, 1847. Fue ascendido a coronel por Palo Alto y Resaca de la Palma, y a general Brigadier por la defensa de Puebla, septiembre 13-octubre 12, 1847. Gobernador militar de Puebla, septiembre-octubre, 1847.
29 – Capitán Edmund Brooke Alexander, 3º Infantería, fue dos veces condecorado por acciones en la guerra contra México.
El enemigo vació sobre mi línea una fuerte descarga de granadas, y todo tipo de proyectiles desde las diferentes posiciones que tenía en la colina; pero mis tropas avanzaron intrépida y rápidamente como si fueran en un desfile. No puedo decir palabras suficientes para describir su valentía, ánimo y arrojo bajo tales circunstancias, sin los cuales jamás hubieran logrado vencer todos los obstáculos, naturales y artificiales, que se oponían a su avance. Alrededor de la colina, cerca de sesenta yardas desde abajo, había defensas de piedra que estaban llenas de tropas mexicanas que ofrecieron una dura resistencia, siguieron disparando hasta que mis tropas llegaron hasta ellos, y por pocos minutos se enfrentaron directamente con las bayonetas. Más allá de esto, e inmediatamente alrededor del fuerte, había otro destacamento que se opuso fuertemente a nuestro avance, pero nuestras tropas rápidamente los lograron asaltar, atacaron y penetraron en el fuerte derribando la bandera mexicana, plantando nuestros colores con la orgullosa alegría de nuestras tropas.
De acuerdo a las instrucciones los fusileros se movieron hacia la izquierda, donde se enfrentaron a un grupo de refuerzo que dominaron rápidamente, a pesar de que el enemigo sostenía un fuego muy fuerte desde sus trincheras. Después de que se capturó el cañón del enemigo, le di órdenes al capitán Magruder de hacerse cargo de la pieza y de que dirigiera su fuego contra el enemigo, lo cual llevó a cabo con habilidad y entusiasmo. También debemos al teniente Richardson el hecho de que tan pronto como se tomó posesión del fuerte, se apropió de uno de los cañones del enemigo y en compañía de sus hombres rápidamente lo volteó para atacarlos, lo cual tuvo un efecto desastroso sobre el enemigo. También le di órdenes al teniente coronel Plympton (30) de que al mismo tiempo se moviera con su regimiento hacia el camino a Jalapa, cortando así la retirada del enemigo, lo cual llevó a cabo de manera rápida y mantuvo su posición hasta que las fuerzas y los baluartes del enemigo se rindieron. (31)
30 – Teniente coronel Joseph Plympton, 7º Infantería, fue ascendido a coronel por Cerro Gordo.
31 – Coronel William S. Harney, 2º Dragones, comandando la 1er brigada, Jalapa, a teniente W.T.H. Brooks, A.A.A.G., 2ª División, Jalapa, abril 21, 1847, Documentos Ejecutivos del Senado, No. 1, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 280-281.

Un soldado raso de los mineros y zapadores (Compañía A de Ingenieros), que sirvió bajo las órdenes de Harney ese día y estaba personalmente asignado en “lo más turbulento de la acción”, da detalles más íntimos en una carta que escribe a sus padres:
En la tarde triunfamos después de haber realizado una tarea muy pesada, al llevar nuestro cañón de 24 lb, nuestros dos obuses y dos cañones más cuesta arriba de esta colina. Se tomó a un grupo de los nuestros (cerca de quince) para colocarlos. Todos, menos los tres hombres de nuestra compañía que se quedaron, dormimos en el campo de batalla (32). Esto fue en la noche del día 17. Era una vista aterradora mirar a los pobres heridos que pertenecían a los fusileros, algunos de artillería y de infantería que eran como cien, yaciendo en el campo con piernas heridas, sin brazos y cortados en cada parte del cuerpo, algunos con las dos piernas y un brazo amputados, algunos heridos en el pecho, o en alguna otra parte, algunos apenas con vida. Todos esperando a los médicos que estaban muy ocupados vendando las heridas. Nosotros fuimos obligados a acampar, o mejor dicho a tirarnos aquí sin importarnos los lamentos de los heridos y moribundos, o la constante lluvia que caía pertinazmente. Dormimos profundamente, tal era nuestra fatiga.
32 – En y cerca de La Atalaya
Nos despertaron muy temprano en la mañana, subimos la colina hacia donde se encontraba nuestra batería, trabajamos fijando nuestras armas. Estábamos en una situación muy expuesta pues apenas cubiertos por un pequeño grupo de arbustos éramos un blanco fácil para la batería enemiga. Teníamos una muy buena visión del campamento enemigo desde atrás de unos árboles, se les podía ver muy ocupados preparándose para abrir fuego contra nosotros. Entretanto, preparamos nuestras armas y se nos ordenó ir un poco colina abajo, fuera del alcance directo del cañón del enemigo. Apenas nos habíamos posicionado donde creíamos estar a salvo, cuando el enemigo abrió fuego sobre nosotros. Los proyectiles volaban arriba de nuestras cabezas como si fueran granizos, estrellándose a poca distancia, haciendo agujeros en la tierra, destrozando los arbustos y lanzando piedras en todas direcciones. Vi como una bala le daba a uno de caballería, matando a seis pobres tipos e hiriendo a tres o cuatro más. Es un hecho sorprendente que mientras que algunos regimientos fueron destrozados, otros, más expuestos en la batalla, salieron casi ilesos o con muy pocas bajas. Una extraña fatalidad parece perseguir a algunos regimientos mientras que otros logran escapar.
Nuestra batería abrió fuego sobre el enemigo como a las ocho de la mañana y continuó disparando por media hora o tres cuartos de hora, cuando sonó la carga. El coronel Harney de los Dragones dirigió, y el teniente Smith (33) proveyó sus diez hombres voluntarios (todos los cuales estuvieron aquí mientras los otros se dedicaban a cortar el camino y junto con el general Pillow eran enviados en otra dirección). Nos unimos apresuradamente a las otras tropas precedidos de nuestro valiente teniente.
33 – Teniente Gustavus Woodson Smith, 2º teniente, Ingenieros, obtuvo dos condecoraciones en la guerra contra México por Cerro Gordo y por Contreras y Churubusco. Fue general Mayor del Ejército de los Estados Confederados, 1861-1865.
Descendimos de la colina en la cual estaba nuestra batería bajo un fuego intenso de varios proyectiles proveniente del enemigo, que nos superaba casi cinco veces en número. Ustedes han visto una granizada, y han presenciado como cae el granizo junto con la lluvia, entonces se pueden dar una idea de nuestra situación. Los tiros caían alrededor de nosotros, partiendo los arbustos y pasando a través de la ropa de algunos, haciendo pedazos a algunos más de nuestros valientes compañeros que estaban en el ataque. Pueden imaginarse lo que sentí –pensaba en mis amigos y en mi hogar-, y después, tal era la excitación del momento, que todo el miedo se evaporó. Miré esperando ver que alguno de los valientes de mi pequeña banda cayese, pero siguieron detrás de su valiente oficial hasta que alcanzamos la base de Cerro Gordo, donde tomamos un momento para recobrar el aliento, y entonces arremeter hacia arriba a la casi inexpugnable cima. Los oficiales se vieron obligados a usar sus espadas como bastones para trepar la colina, así como los soldados usaban sus mosquetes. Dispararon cerradamente sobre nosotros, eliminándonos uno tras otro, pero aún así proseguimos, excitados y espoleados a completar la tarea -esa locura que es insensible a la fatiga o inclusive al miedo–. Los encontramos a distancia de bayoneta, los sacamos de sus fortificaciones y después volteamos en contra suya sus propias armas, que estaban ya cargadas para arremeter contra nosotros, disparándolas contra ellos, haciendo una gran destrucción. Casi olvido decir que un refuerzo de 10,000 o 12,000 mexicanos (34) fue visto avanzando hacia esta colina y se enfrentaría a nosotros para tomar el fuerte. Volteamos sus armas contra ellos y sobre la partida de avance, lo cual silenció su batería y los hizo huir en todas direcciones (…)
34 – Los números son exagerados, aunque Santa Anna si envió dos regimientos de refuerzo.
Después de que habíamos asegurado la posesión de la colina y plantado la bandera de nuestro país en sus murallas, proseguimos colina abajo y encontramos una cantidad de artículos de excavación los cuales tomamos en custodia. Hicimos algunos prisioneros entre los cuales estaba el ayudante del general de la Vega que había sido herido en el muslo, y además también capturamos algunos soldados. El teniente Smith entonces mostró que no solamente era un soldado sino también un perfecto caballero y humano. Él ordenó que a este oficial (quién por cierto no sabía inglés) se le pusiera en un sitio confortable, tomó su propio cobertor, lo envolvió y colocó una guardia para él y para los otros heridos, buscando personalmente al médico. Nada podría igualar los elogios que se le rindieron a él y a sus hombres de parte del oficial herido. Era un verdadero caballero. No lo vimos más como un enemigo (…) Continuamos avanzando hasta que llegamos a Encerro (sic. El Lencero) aproximadamente a ocho millas de Cerro Gordo, donde acampamos para pasar la noche. Esa noche se tomaron prisioneros a un gran número de hombres, se les llevó al campamento pero todos menos los soldados fueron liberados. En la mañana partimos rumbo a Jalapa y tras marchar 10 millas a través del más hermoso campo llegamos a Jalapa cerca de las 12. (35)
35 – “The Battle of Sierra Gordo”, carta fechada en Xalapa, México, mayo 5, 1847, New Orleans Courier, junio 7, 1847.

El general Scott en la batalla de Cerro Gordo, general Whig. Scott, en una colina grande a la derecha, ofrece un plato humeante de sopa al comandante mexicano que sale, Santa Anna, quien se va a caballo. (Para la alusión a la sopa, ver «Operaciones militares distinguidas», no. 1846-15). Desde un barranco detrás de Scott, Polk incita a Trist mientras apunta una manguera de agua al general. La manguera es alimentada por una bomba operada por dos niños en el fondo. A lo lejos, las tropas estadounidenses atacan a los mexicanos en las colinas cercanas al Cerro Gordo. En la esquina superior izquierda aparece el diálogo:
Scott: «¡General Santa Anna! ¿Deténgase y tome un plato de sopa rápido?'»
Santa Anna: «Le agradezco, señor, ¡su sopa está demasiado caliente, debo salir rápido!»
Polk: «Trist, cuídate y enfría la sopa de ‘viejo Hasty’, antes de que» nuestro amigo «lo encuentre de nuevo».
Trist: «Su Excelencia me perdonará, pero he tratado en vano de enfriar la sopa de ‘Old Hasty'».
Polk: «¡Entonces apague el fuego de ‘Old Hasty’ o» esa sopa fatal nos quemará los dedos todavía!»
Trist:» Su excelencia haría bien en enviar a ‘Old Hasty’ a casa y darle a ‘nuestro amigo’ ‘Pillow’ por su comodidad «.
La última referencia fue al general Gideon J. Pillow, un incompetente, pero favorito del presidente Polk, cuyo antagonismo hacia Scott era del conocimiento público, particularmente después de la batalla de Cerro Gordo.
Pero no todo fue gloria para el ejército de Scott. Era evidente que la brigada del general brigadier Gideon Pillow (de la División Paterson) había fallado en llevar a cabo su misión, y esto lo relata un testigo que lo publica en Jalapa poco después de que culminara la batalla:

La brigada del general Pillow, formada por cuatro regimientos: el Primero y el Segundo de Tennessee, y el Primero y el Segundo de Pennsylvania. El plan de ataque era que el Segundo de Tennessee bajo el mando del coronel Haskell (36), y el primero de Pennsylvania bajo el coronel Wynkoop, deberían formar la fuerza de ataque, que sería apoyada por los otros dos regimientos (Segundo de Pennsylvania y Primero de Tennessee). El Primero de Pennsylvania se desplazaría hacia adelante, hacia el punto de ataque (37). Ellos fueron detenidos por el general Pillow (en persona) a cerca de media milla de su posición y al coronel Wynkoop se le ordenó hacer una desviación a través de los chaparrales para que alcanzara el terreno sin ser observado. Para ese tiempo el coronel Haskell estaba casi en posición, además, nuestro regimiento, el Primero de Pennsylvania, ya marchaba a paso veloz, ellos no tenían ni habrían alcanzado su posición hasta que el fuego se hubiera abierto contra el coronel Haskell.
36 – Coronel William T. Haskell, 2º Regimiento de Voluntarios de Tennessee.
37 – El ataque se supone iba a ser contra el flanco derecho de las posiciones mexicanas, justo al norte de Plan del Río.
El coronel Wynkoop quería saber antes de movilizar a su regimiento que el general Pillow le dijera cuándo debería efectuar el ataque, fue mandado muy claramente a tomar su terreno y permanecer ahí hasta que recibiera su señal o una orden del general Pillow a través de un oficial. La seña sería una sola nota de clarín. Él tomó la posición designada.
Nuestra derecha se extendía entre la maleza, bordeando los matorrales, no estábamos más allá de setenta y cinco yardas de las baterías del enemigo cuando un intenso fuego de toda clase de proyectiles se abrió contra nosotros por todos lados, la única razón con la que puedo explicar que hayamos sufrido tan pocas pérdidas (solo 12 heridos y de ellos solo dos de gravedad) la puedo atribuir a la elevación de los cañones del enemigo. Los proyectiles casi totalmente pasaban sobre nuestras cabezas. Los hombres habían recibido órdenes de no disparar y no se jaló ni un gatillo. Permanecimos en esta posición dos horas; nuestros hombres obviamente frente a las narices del enemigo, y sin que se les permitiera moverse. No recibimos ni la señal ni las órdenes para atacar, se nos redujo a estar ahí como piedras, maldiciendo impacientemente. Sé que el coronel Wynkoop mandó muchos oficiales a preguntar si debía o no atacar, y cada hombre en el regimiento sabe que todos los oficiales desde el coronel estaban escocidos por la tardanza. El primer comunicado que recibimos fue la orden de retirarnos y cuando llegamos al rancho, en el camino principal, supimos por primera vez que el coronel Haskell había atacado y había sido rechazado. Nuestro regimiento obedeció sus órdenes al pie de la letra. Estoy seguro de que los generales testificarán ese hecho, fuimos los últimos en dejar su posición, permanecimos firmes bajo la metralla y no nos retiramos (como algunos supondrán debido a las declaraciones en su periódico); tal vez si hubiéramos atacado hubiéramos sido rechazados como lo fueron los otros, pero como ese privilegio se nos negó, creo que es injusto imaginarnos en esa circunstancia.
POR UN OFICIAL QUE ESTUVO AHÍ. – (38)
38 – Jalapa American Star, abril 29, 1847, citado por Notes, pp. 135-136.

El bombardeo sobre El Telégrafo comenzó aproximadamente a las 7 de la mañana del domingo. El 18 de abril el ataque siguió de manera ruda sobre él. Para las 10 de la mañana Santa Anna y su ejército habían huido. Santa Anna con los generales Canalizo y Almonte escapó, junto con seis u ocho mil hombres.
Pero cinco generales mexicanos (Pinzón, Jarero, La Vega, Noriega, y Obando) fueron capturados, y el general Vázquez fue asesinado. El teniente coronel Ethan Allen Hitchcock escribió un resumen de los hechos más significativos de la batalla:
Creo adecuado subrayar, con respecto a las operaciones de Cerro Gordo, que haciendo que el flanco izquierdo del enemigo se diera la vuelta fue atacada la colina principal ocupada por ellos (El Telégrafo), lo cual fue hecho bajo su personal coordinación en el mañana del día 18 del corriente. Su fuerza estaba dividida, todas las baterías del este de la colina estaban separadas del cuerpo principal del ejército que estaba acampado en el camino a Jalapa al lado oeste de la colina. Todas las posiciones del enemigo estaban regidas desde esta, la cual los mexicanos creían que sería inaccesible para nuestras tropas.
Habiéndose atacado y tomado la colina, el cuerpo principal del Ejército enemigo, comandado por Santa Anna en persona, se dispersó en confusión, y solamente unos cuantos fueron hechos prisioneros. Muchas de las tropas en las baterías lograron escapar al mismo tiempo hacia las colinas circundantes, tirando en su huida sus armas. Un oficial mexicano me asegura que no menos de 1,500 escaparon de una sola batería. De esos en las baterías que colgaron las armas, rindiéndose a discreción, más de mil continuaron escapándose del campo de batalla hacia Plan del Río, a más de cinco millas o más, a lo largo de un camino bordeado de bosques y precipicios, y, por lo tanto, el número de prisioneros en libertad condicional se reduce alrededor de 3,000 hombres, consistiendo exclusivamente por oficiales. Además, aunque este no es el lugar de expresar una opinión, garantizo el hecho de decir que la derrota fue tan completa como inesperada para el enemigo, que fue completamente destruido, capturado, o dispersado, diseminando el terror y la consternación a lo largo del país. (39)
39 – Teniente coronel Ethan A. Hitchcock, inspector general, Jalapa, México, a general Mayor Winfield Scott, Xalapa, abril 23, 1847, Fondo Ethan Allen Hitchcok, DLC:
SECUELAS DE CERRO GORDO
Un corresponsal del Vera Cruz American Eagle viajó por el Camino Nacional de Veracruz a Jalapa en compañía del victorioso ejército. En el lugar de la batalla se encontró una horrorosa matanza, luego se unió a la retirada de los mexicanos, y fue testigo de la distribución del botín. Él deja constancia de ello en un primer relato después del evento:

Ayer a mediodía, dejé el campamento cerca de Sierra Gorda (sic) simultáneamente con miles de mexicanos que han sido liberados bajo palabra, que estaban tratando de encontrar un camino de regreso a sus hogares o a algún lugar desde el cual se verán forzados de nuevo a tomar las armas contra nosotros. Creo que su frente estando extendido, como estaba a lo largo del camino, medía como cinco millas de largo. La Guardia Nacional fue el único contingente que mostró orden en su marcha, el resto avanzó de la mejor manera que podía y en el más admirable desorden.
Seguimos por el camino por el cual habían marchado otros con mucha dificultad, dándole vueltas a nuestros caballos en veinte direcciones en el espacio de hora y media para no cansarlos. Los hombres trataban de mantener el humor e inclusive hacían algunas bromas. Esto sucedió en el comienzo del avance. Pero después del ocaso, cuando habían transcurrido 18 o 20 millas de camino, la mayoría de ellos descalzos, se quedaron muy callados y tristes. Los efectos de la fatiga del día combinados con todas las privaciones que acumulaban se asentaron de manera sensible en ellos.
Me llaman la atención de sobremanera las numerosas mujeres que van con ellos. Esas devotas criaturas que los acompañan en lo próspero y en lo adverso y me dolió verlas devastadas por la fatiga, moviéndose tan lento como un caracol, con sus pesadas cargas casi haciéndolas caer por tierra. Mujeres de sesenta años o más –o madres con sus criaturas envueltas en sus rebozos-, las esposas que han sobrepasado el término de “mujeres que quieren estar con el hombre que aman y que es su señor”, las jóvenes señoritas caminando solitarias con el sombrero de su enamorado en la cabeza, inclusive las inocentes niñas que han seguido a sus padres a la guerra. Todas podemos verlas juntas caminando, sin importarles las dificultades del camino, inconscientes de la miseria de este mundo.
Estas mujeres, como las indias, son esclavas del hombre -una esclavitud a las que se someten por la poderosa influencia del cariño-. Además de lo que usan para poner su cama y sus vestidos, cargan en la espalda la comida y los utensilios para cocinar y lo hacen como si nada, mientras sus maridos o novios duermen, ellas hacen sus labores. (…)
Cuando los mexicanos se rindieron, era cerca de la hora de su comida. En uno de sus fuertes las cacerolas fueron quitadas del fuego y se sirvieron las raciones. Cuando la orden de rendición llegó de parte del segundo al mando tuvieron que partir sin comer, esa tarde, sin embargo, grandes cantidades de comida se les sirvieron por nuestros encargados, ellos no hacían diferencia: huesos viejos, o pan rancio y cogían todo lo que pudiera comerse. Ayer en la marcha se fueron encima de una res que había muerto el día anterior en nuestro avance, la destazaron para comerse hasta el último pedazo, con tanta ansia como si estuvieran medio muertos de hambre.
Desde el pie de Cerro Gordo (sic El Telégrafo) a la hacienda de Santa Anna el camino estaba lleno de mexicanos muertos y de caballos. Cerca del rancho donde el general Twiggs encontró a los enemigos que se retiraban, había aún más, en una escena tan horrible que sería difícil de describir. Había mexicanos muertos en todas direcciones; algunos recargados contra los árboles, otros con las piernas y brazos extendidos, y de vez en cuando un lancero con su mano sobre el arma que lo había herido de muerte, que era la misma que había acabado con la del jinete que lo atacara. Algunos de los que iban en la marcha, ocasionalmente se detenían para contemplar la escena, y luego se reintegraban a la marcha junto con los que habían sido más afortunados en la lucha. Desde la parte antes citada se podía ver toda la propiedad y los restos de las armas y municiones que se habían conquistado al enemigo. En un sitio, arreglados en orden estaban todas las sillas de montar, más allá estaban las mulas, las provisiones consistentes en arroz, frijol, pan, papas, piloncillo, ajo, etc. más allá, pilas de zapatos, mochilas, y toda la parafernalia de un campamento mexicano. El capitán Robert Allen A.Q.M (Assistant Quartermaster) paró por un momento y dio la orden de quitar todas esas cosas de ahí.
Los mosquetes del enemigo estaban hechos pedazos cuando pasé por el sitio donde estaban. Estaban completamente inutilizados y por eso la orden de deshacerse de ellos.
J.H.P. (40)
40 – J.H.P., Jalapa, a (nn), abril 20, 1847, citado en el Vera Cruz American Eagle, abril 28, 1847.
LA OCUPACIÓN DE XALAPA

Después de Cerro Gordo seguía Xalapa. Ahí sin duda todos estarían de acuerdo que sin importar lo duro de la campaña habían llegado a una de las ciudades más fascinantes de México. Un corresponsal del Boston Advertiser capturó mucho del colorido y la emoción en sus “Cartas desde México”:
Jalapa, México, abril, 30, 1847.
Mientras te vas acercando a la ciudad, a lo largo de muchas millas, el campo se vuelve más abierto, al mismo tiempo que más montañoso, y en los claros sobre las laderas de las colinas pastan muchos buenos rebaños de reses y ovejas. Aún hay pocos campos de cultivo; distribuidos aquí y allá como parches en los cuales el ranchero produce maíz y verduras suficientes para su propia subsistencia. Ocasionalmente te encuentras con “burros” los diminutos asnos de estas tierras, que son conducidos usualmente por niños pequeños cargados con tres o cuatro costales de carbón de no más de un cuarto cada uno. Los conductores, la montura y la carga son proporcionalmente igual de pequeños. Sin embargo, no hay muchas señas de estar acercándose a una gran ciudad hasta que se está lo suficientemente cerca. A pesar de que es una “ciudad puesta en una cima” la población está escondida efectivamente de la vista del viajero que viene de Veracruz. Finalmente, al término de una larga colina estarás en los alrededores y Jalapa aparece ante ti.
Las afueras de la ciudad parecieran a primera vista muy diferentes de todas las poblaciones que hemos ocupado. Aquí hay muy pocas, o casi ninguna, de las casuchas de barro con carrizos que son ocupadas por indios flojos y sucios. Muchas de las casas están construidas en ladrillo y piedra, cubiertas con cal. Las personas tienen un aire de pulcritud e inteligencia cuando pasamos, los vemos sentados enfrente de sus casas cuando cae la tarde, muy distintos de las costumbres de otros mexicanos más bajos. Los jardines que tienen las casas no solamente muestran dedicación, sino un grado considerable de buen gusto en lo que se refiere a su cultivo. Pasamos muchos pequeños campos de cultivo de bananos, cuyos altos troncos y grandes hojas verdes contrastaban extrañamente con las flores amarillas de las plantaciones de calabaza, hechas muy al estilo yankee, creciendo en muchos trechos, juntas con estas plantas tropicales, como el honesto campesino que se encuentra en una sociedad de nobles, pero se pondrá su traje de domingo y “levantara su cabeza con el mismo orgullo que los demás”.
Entre setos de rosas, buganvilias, claveles y flores desconocidas para mí, puedo observar en muchos de los jardines unos preciosos ramos de flores que se parecen a nuestros convólvulos escarlatas o “gloria de la mañana” pero más grandes. Yo creo que estas son de donde se saca la raíz de la medicina que es muy conocida y que se llama “Jalap” (41), que se produce en abundancia, y en honor de la cual se nombró al pueblo.
41 – Convolvulin del convolvulus (enredadera de mañana de gloria) forma como el noventa por ciento de la resina Jalap o raíz de Jalapa.
Pero después de descender a la ciudad uno se detiene y contempla la escena que se presenta ante uno.
En una ladera de una colina que desciende hacia el sur, se levantan una tras otra las casas de la ciudad con sus tejados casi planos de color rojo, muchas de las casas están pintadas de blanco con cal –aunque hay algunas pintadas de amarillo-, pero la gran cantidad de árboles interpuestos entre ellas, en los jardines (cada casa tiene el suyo, o al menos existe una gran proporción de casas que si lo tienen), atenúan lo que de otra forma sería una discordante plasta de tonos blancos, le da una bella apariencia rural a la vista general de la ciudad, la cual también parece, desde esta distancia, mucho más pequeña de lo que es en realidad, como se da cuenta uno cuando llega a ella. Entre las viviendas y los árboles se levantan aquí y allá las torres y cúpulas de varias iglesias -algunas venerables conjuntos de piedra oscura y pintoresca arquitectura- visibles por todas partes, como huellas de la religión que se les ha enseñado, la cual en esta tierra uno nunca puede perder de vista.
El valle al sur de la población está lleno por los más encantadores campos de cultivo, entre los que se interponen arboledas, lomas y arbustos entre los cuales, rodeados por extensos campos, hay dos edificios blancos, como las residencias de caballeros de buen gusto y de buena fortuna; eso era lo que me imaginaba, hasta que fui informado (¡mala suerte para el romanticismo!) que eran fábricas.
En la vecindad inmediata de la población hacia el sur, norte y oeste se levanta una cordillera de montañas que aparentan estar a unas cuantas millas, así de transparente es el aire en esta región, pero en realidad están mucho más lejanas. En ellas se combinan belleza y majestuosidad en extremo. La vista descansa en una enorme variedad de pequeñas laderas soleadas y recovecos en las lomas, cubiertos con el más rico verdor tropical, levantándose una tras otra, hasta que la vista imperceptiblemente es llevada hacia las cumbres, que parecen formar una barrera infranqueable entre las tierras de este lado y las de más allá.
En el suroeste, las cimas del pico de Orizaba, cubiertas con nieve perpetua, brillan con la luz del sol. Si a alguien que desconociera la distancia se le preguntara que tan lejos está, probablemente diría que a unas diez millas a lo mucho. De hecho está a más de cuarenta de esta ciudad.
Pero mientras se contempla el panorama, uno se da cuenta de que está en una atmósfera diferente a la que h estado en todo el viaje. Un sentimiento de vigor, el cual no había conocido, permea todo el entorno. El cambio es tan significativo porque es inmediato. Se pensará que exagero; pero nada puede ser más placentero que el cambio del bochornoso calor enervante del aire de “tierra caliente” al cual una vez el Sr. Thompson (42), hablando de este lugar, hizo el señalamiento de que “Era imposible para alguien que nunca ha visitado las planicies de México, concebir un clima tan paradisíaco”. No hay un solo día en el año en el que uno pudiera decir “desearía que hiciera un poco más de calor, o un poco más de frío. Nunca hace tanto calor como para quitarte el abrigo, y raramente hace frío como para abotonarlo.”
42 – Waddy Thompson.
A fin de cuentas, sin cansarse del panorama, pero recordando por la puesta del sol que “un hombre no puede vivir de aire”, nuestra partida de reconocimiento descendió a la ciudad, y encontró que era abundante en las más sustanciales comodidades, como podrán escuchar más particularmente en mi próxima entrega. (…)
Jalapa, Mayo 3, 1847.
Al término de mi última carta, iba a presentarles esta ciudad, después de haberles dado una vista general del panorama y de sus alrededores. Al entrar en ella y proseguir a través del centro, se encuentran calles bien pavimentadas, con pendientes hacia el centro, acompañadas de buenas banquetas de piedra lisa, en general no están muy derechas o suficientemente amplias, aunque hay suficiente espacio para dos carruajes. Las casas presentan un aire de confort; muchas de ellas son de estilo moderno, algunas con pretensiones de buena arquitectura, y muchas están pintadas con el más cuidadoso estilo. La mayoría son de dos pisos, y alrededor del segundo piso en muchos casos hay balcones, en los cuales se abren ventanas, todos con puertas de dos hojas. Los pisos en ambos niveles son de ladrillo, de esto también están hechas las escaleras. Un estilo común de edificar es poner una entrada con arco, que conduce a un patio central, de donde se sube al segundo piso.
Las calles están llenas de gente, dando al lugar la apariencia de estar densamente poblado. La población tiene cerca de 12,000 habitantes, pero el número ahora es de casi el doble, por la gran cantidad de personas que dejaron Veracruz cuando esa ciudad fue sitiada por nuestras tropas. Se reconoce que estas personas son gente respetable, uno se encuentra a muchas personas bien vestidas en la calle. Te cruzas con caballeros con largas capas de lana fina, puestas sobre el hombro -a la española-, aquí y allá un oficial mexicano, mezclado con comerciantes y gente de la población en chalecos cortos o zarapes, mujeres con mantos corrientes (43), cargando canastos con productos en la cabeza, niños vendiendo panecillos y dulces y la única cosa que te recuerda que estás en un país enemigo es encontrarte aquí y allá con soldados, o grupos de voluntarios desaliñados o centinelas que rondan con sus cinturones blanqueados, muy tranquilos frente a sus cuarteles, con sus mosquetes barnizados brillando bajo el sol, mientras saludan a algún oficial que pasa por ahí. Las calles están frecuentemente muy transitadas con carros grandes, que portan los materiales y equipo del ejército; pequeños caballos mexicanos alegremente ataviados, las sillas de montar frecuentemente tienen plata, recuas de mulas de carga, en grupos de cinco o seis, amarradas una a la otra por la cola de su “ilustre predecesor”, burros casi ocultos bajo la inmensa carga de sacos de varas o forraje.
43 – NdT: se refiere a los rebozos.
En medio de esta variedad hicimos el recorrido hacia nuestros cuarteles, previamente asegurados por un amigo que se marchó antes y había hecho los arreglos para tener pollo y verduras y otras exquisiteces que solo recordábamos en sueños. Las múltiples campanas de las iglesias que parecen estar sonando todo el tiempo, difícilmente perturbaron nuestro descanso; nos quedamos dormidos, muy seguros de nuestro “amor a primera vista” de Jalapa.
La mañana siguiente visitamos la plaza, ocupada generalmente más o menos como un mercado, donde vimos que se exhibían para venta los más variados productos. Este lugar es más o menos del tamaño de ese que está en su ciudad que llaman plaza Bowdoin, que creo está en la esquina de la calle Cambridge y Green (…) La plaza tiene un declive considerable hacia el sur, está flanqueada en un lado por una enorme iglesia, cuya fachada es de una composición bárbara “sin forma ni líneas armónicas” que hace transportarte a la edad media; los otros lados la plaza está rodeada por casas y tiendas, muchas con portales al frente y las ex-barracas de la Guardia Nacional o milicia. En el Centro hay una fuente insuficientemente provista de agua.
Pero es en domingo cuando debe verse esta plaza, la vista es mucho más animada. Este es el principal día de mercado y todo el lugar se cubre con ruidosos vendedores de comestibles, sentados directamente sobre el pavimento, cada uno a cargo de su pequeño lote, el cual han traído cargado en la espalda desde el campo. Estas personas tienen marcados rasgos indígenas, y de piel oscura; los hombres visten con sacos o zarapes, pantalones amplios y grandes sombreros de paja; las mujeres portan un ligero vestido de algodón (camisa), con o sin corsé “rebozo” o manto y faldas de brillantes colores.
Hay apenas suficiente espacio para pasar entre las filas de comerciantes y poder ver lo que venden. El artículo que parece ser traído en mayor abundancia son los chiles rojos – pero se pueden encontrar una inmensa variedad de otros-. Una mujer tenía tal vez una docena de pollos y pavos; otra, algunas coles, unas espléndidas lechugas y verduras, entre las cuales pude ver flores de calabaza, que son muy apreciadas en sus mesas. Al lado había un hombre con una enorme variedad de frutas, plátanos y naranjas, y una pequeña canasta con huevo. Cerca de él encontrabas un montoncito de nabos y cebollas. Una mujer te recomienda sus piñas y melones, pilas de frijoles, chícharos y limones, canastos de zarzamoras rebosantes hasta el borde –los buenos jitomates son muy abundantes-, y al lado de las frutas que he mencionado otras cuyos nombres son desconocidos para nosotros. Se ofrecen muy bonitos ramos a la venta; y fuera de la multitud hay montones de leña y pequeños paquetes de carbón. De tal forma que puedes comprar tu comida y suficiente combustible para cocinarlos a diario. Se vende carne por doquier. En las tiendas vecinales hay arroz, azúcar, maíz y leche, la cual los vendedores aseguran que es de vaca (un hecho importante, dado que en esta región abundan las cabras y las burras), y que no tiene agua agregada. No obstante la variedad de productos, se sorprenderían de ver lo poco que se trae para vender.
Los domingos también, uno puede ver algo que es inusual en la semana, las damas de Jalapa en su camino desde el mercado hasta la iglesia. Muchas descendientes de castellanos puros y muy hermosas. Sé que si estuvieran aquí seguirían a muchas hasta la iglesia. Muy bien, las campanas están repicando con redoblada energía y ahí va el padre, es un corpulento caballero con una vestimenta azul y sombrero de ala ancha blanco….
Al salir de la iglesia, ves a una multitud en el pórtico opuesto -que es un pequeño mercado en sí mismo-, pero con cosas muy diferentes de las que se encuentran en la mitad de la plaza. No tengo tiempo ahora de mostrarles ni la mitad de esto. No sé cuándo les vuelva a escribir, ya que se espera que las comunicaciones entre esta plaza y Veracruz se corten pronto. Por lo pronto es necesario enviar todo con muchos escoltas. (…)
Jalapa, mayo 6, 1847
Cuando salimos de la iglesia, con lo que terminé mi relato anterior, por falta de tiempo no les hice la descripción del pequeño mercado en el pórtico en el lado opuesto de la plaza. Pero aquí estoy todavía, desilusionado en mi esperanza de seguir con el avance del ejército dado que el avance no se ha efectuado. Cerca de la medianoche del día 3 la orden fue suspendida. Según información recibida y lo que escuché, una buena parte los voluntarios a doce meses no renovarían su compromiso. Y por ello existía la consecuente necesidad de dispensa para las tropas que se encontraran en un movimiento a la avanzada. Esta orden fue seguida por otra, y, para acatarla, muchos de estos regimientos dejaron la ciudad el día de hoy con dirección hacia Veracruz, para embarcarse hacia Nueva Orleans y ser liberados de servicio (44). Los hombres aparentemente estaban muy animosos, muy satisfechos con la cantidad de “servicio militar” que han realizado. La partida, mañana, de otro destacamento me dará la oportunidad de mandar esta carta, por lo cual he esperado largo tiempo. Un convoy grande salió para Veracruz el día tres con una guardia de hombres armados, porque se creía que sería atacado al regreso.
44 – Scott descubrió que solamente unos cuantos de los voluntarios querían renovar su compromiso después de su año de servicio, por tanto, solicitó al jefe de operaciones en Veracruz que preparara el transporte de 3,000 soldados tan pronto como fuera posible. Sobre el asunto de los voluntarios ver capitán H. L. Scott, A.A.G., Cuartel general del Ejército, Jalapa, a coronel Henry Wilson, comandante, Veracruz, mayo 3, 1847; Winfield Scott, Ordenanza general No. 135, mayo 4, 1847, citadas en Casa de Representantes, Documento Ejecutivo No. 60, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 955-957.
Se entiende que se hará pronto un avance sobre Puebla y tal vez más allá. La verdad, no pierdo la esperanza de ser capaz de poder escribirles desde ese lugar y posiblemente desde la misma capital. Un norteamericano que llegó anoche desde la ciudad de México reportó que no hay tropas en el camino como para que se opongan al avance de nuestro ejército, y que no se ha hecho ninguna preparación para formar una resistencia en la ciudad, pues la mayoría de las personas creen que es inútil intentar una oposición más fuerte. (45)
45 – “Cartas desde México”, en Boston Avertiser, mayo 29, junio 1, 1847. Estas cartas fueron publicadas con la nota a pie “De nuestro corresponsal” que firmaba como “K”.
LA POBLACIÓN Y FORTALEZA DE PEROTE

Después de su derrota en Cerro Gordo, los mexicanos se retiraron a través de Jalapa por el Camino Nacional hacia la población de Perote, que está aproximadamente a 50 kilómetros de Jalapa, y llegaron un poco más allá. A menos de una milla de la población se encontraba una fortaleza de piedra que dominaba el camino, la fortaleza de San Carlos.
El general mayor William J. Worth, que había sido enviado por Scott para guiar el avance contra la población y la fortaleza, reportó en su misión:
Tengo el honor de reportar, para información del general en jefe, que mi división ocupó la población y el Castillo de Perote a las 12:00 de hoy sin encontrar resistencia. El enemigo, habiéndose retirado la noche anterior y ayer en la tarde, dejó al coronel Velázquez como comisionado representante del gobierno mexicano, para entregar el armamento del castillo que consistía en cincuenta y cuatro armas, morteros de hierro y bronce de varios calibres, en buen estado; 1,165 balas de cañón, 14,300 bombas y granadas de mano, y más 500 mosquetes.
En su retirada el enemigo no se llevó consigo materiales de guerra. No ha pasado ante nosotros ningún grupo más que uno de caballería de unos 3,000 integrantes, en un estado deplorable, comandados por el desertor Ampudia (46). La infantería, más o menos dos mil pasaron en grupos pequeños, desarmados en general. Los pocos que tenían alguna la vendían a quien quisiera comprárselas por una bicoca de dos o tres reales. La ruta está asegurada y el camino está abierto. Se podría hacer un alto en Puebla, pero lo dudo. Estos son los frutos de la victoria en Cerro Gordo.
46 – General Pedro de Ampudia, comandaba al ejército mexicano en Cerro Gordo (El Telégrafo) el 17 de abril cuando el primer ataque norteamericano fue rechazado.
He recibido ya casi 300 cargamentos (211 lt cada uno) de maíz, tal vez 50 cargamentos (de 300 libras cada uno) de harina y mucho más se puede ir obteniendo aquí y en Tenestipec, a dos leguas de distancia más adelante, a precio justo, hacia donde mandaré un destacamento de caballería hoy por la noche. Los alcaldes de Perote y de las haciendas vecinas asistidos por los padres, están en plena actividad y manifiestan un plausible celo para ayudarnos. En una breve entrevista les dejé claros los sentimientos del general en todos los aspectos.
La corriente de descontento parece ir directamente en contra de Santa Anna, de quién se desconoce el paradero, pero se supone que está en las montañas.
Ruego al general que tenga la venia de desplazarse rápidamente; mientras el terror aún continúa, ya que nuestra retaguardia se va a quedar muy desprotegida.
No tengo la menor duda de que podremos obtener muchas mulas de los alrededores ¿Deberé mandarlas de regreso a Jalapa o las retendré aquí? Ya he puesto algunas en camino, el resto las he colocado en la retaguardia.
La fortaleza da acomodo a 2,000 efectivos y a sus oficiales, con amplias bodegas, hospitales, etc., etc., y una buena provisión de agua dentro de sus murallas. A los generales Landero (47) y Morales (48) recluidos en Perote por el asunto de Veracruz, así como a algunos prisioneros norteamericanos, se les permitió marcharse en la retirada de los que formaban la guarnición. Tengo a muchos de los norteamericanos que pertenecen al regimiento de Carolina del Sur que fueron capturados cerca de Veracruz. (49)
47 – General J. J. de Landero.
48 – General Juan Morales.
49 – General mayor William J. Worth, Cuartel general de la 1ª División, Perote, a capitán H. L. Scott, A.A.A.G., Cuartel general, Jalapa, abril 22, 1847, Documentos Ejecutivos del Senado, No. 1, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 300-301.
LA MARCHA A PUEBLA
Nelson McClanahan, un voluntario de Tennessee, escribe sobre el movimiento siguiente de Xalapa a Perote, y de ahí a Puebla. En Puebla el ejército había avanzado más de 300 kilómetros desde Veracruz, a menos de 130 kilómetros de la ciudad de México. Perote en sí mismo era un pequeño retraso, pero la fortaleza era de un interés considerable para el ejército de Scott. Fue una prisión durante la guerra de independencia de Texas, así como durante la guerra mexicana. Mientras peleaba la guerra contra los texanos, Santa Anna mandó un grupo de prisioneros a Perote. Ellos intentaron escapar pero fracasaron. Para evitar que esto se repitiera, sus captores los obligaron a sortear frijoles. Algunos eran blancos, pero otros eran negros; los que sacaban frijol negro eran ejecutados (50). McClanahan tenía esto en mente cuando visitó la fortaleza y lo describe con otros aspectos de la marcha:
50 – Este es el episodio del frijol negro, que involucró a los prisioneros texanos hechos prisioneros por Mier en diciembre de 1842. Las víctimas escogían frijoles de un jarro en el que contenía 176 frijoles. 17 que escogieron los frijoles negros fueron fusilados el 25 de marzo de 1843. El resto fue llevado a Perote.
Tras de dejar Jalapa a solo una corta distancia, la cara del país es otra por completo de lo que había alrededor de Jalapa. Por ejemplo, en lugar de enormes robles se ven pinos aguzados y el camino antes bueno, amplio y nivelado, se transforma en algo estrecho y difícil, va cuesta arriba desde Cerro Gordo hasta cerca de siete millas de Perote, donde comienza el valle de México (…) No intentaré describirlo, solo diré que dudo mucho que exista un paisaje así en la tierra. Marchamos y acampamos entre las nubes, en la ruta entre Jalapa y Perote, y estaban tan espesas que un hombre no podía ver ni siquiera a diez pasos de él.
Nos detuvimos en Perote dos días, pero una vez ahí ¡Solo quería salir de ahí! Llegamos después de que hacía poco había oscurecido, veníamos desde La Hoya y debo decir que estuve más congelado en Perote el primero de julio que lo que me había helado en los Estados Unidos en los últimos días de enero. La marcha fue la primera de esa magnitud que habíamos hecho y yo, con toda la irresponsabilidad de que soy capaz, había dejado en la mañana mi abrigo en el carro, que no llegó aquí sino hasta las nueve de la noche, y ahí me tienen temblando de frío (aun siendo un oficial de guardia), sin abrigo, cobija, o una brizna de fuego. El viento que venía corriendo siete millas en esta dirección y hasta más lejos de lo que la vista podía distinguir hacia delante, silbaba por entre las esquinas de las viejas paredes grises del castillo, parecía que se metía por cada puntada de mi ropa. Nubes de arena blanca (peores que las de las playas de Veracruz) que el viento levantaba, tenían la apariencia de una tormenta de nieve; podría haber estado en una confortable cama si hubiera descubierto alguna, hubiera jurado que se trataba del último día del invierno. Pero a la mañana siguiente, vi inmensos campos de maíz y de trigo sembrados, a las nueve de la mañana el calor era tan intolerable que los hombres tenían que meterse a sus tiendas en busca de sombra. Esto… no es extraño en México.
(…) hace tres o cuatro días tuvimos una helada en el campamento; fue de 1/16 de pulgada de grueso ¡Y el mismo día comí chícharos en la comida!
El Castillo en Perote es inmenso, su exterior es exactamente igual al de Veracruz. Está situado como a una milla de la población, en el valle, y la primera vez que contemplé “las barras y estrellas” flotando sobre él, me imaginé algo grandioso, pero, al aproximarme, presenta una imagen mucho más melancólica de lo que jamás había visto en mi vida; es gris, sus paredes pardas, los numerosos cañones de varios tamaños que sobresalen de sus parapetos han estado ahí tanto tiempo que sus bases se han podrido; todo eso combinado daba la impresión de haber estado ahí hasta donde la memoria del hombre alcanzaba. El interior del Castillo es más hermoso, todo se adecúa perfectamente a los usos a los cuales está destinado. La capilla en el Castillo es una de las más ricas, y la tumba de Guadalupe Victoria (51), uno de los primeros presidentes de México, que también está en el Castillo es uno de los monumentos más grandes que he visto (…) Observé (…) la cruz sobre la cual los infortunados prisioneros de Mier llevaban a cabo el celebrado juego de la “lotería del frijol negro” donde eran ejecutados. Muchos fragmentos de sus huesos aún estaban tirados por ahí. La mayor parte los habían recogido, cremándolos juntos. También vi, por primera vez en mi vida, carros cargados con cadáveres, algunos estaban envueltos en mantas y otros casi desnudos, algunos con heridas en piernas, brazos y cabeza, etc. la mayoría de ellos eran soldados heridos o caídos en batalla que fueron abandonados para que murieran.
51 – General Guadalupe Victoria, primer presidente de México, 1824-1829.
La ciudad de Perote es por poco el lugar más sucio, más lleno de humo, polvoso, o tenebroso que haya visto en mi vida o quisiera ver y que si no fuera por el Castillo no se le reconocería como ciudad. Es el único pueblo en México que he visto en el que las casas no tienen tejados inclinados como los nuestros, o que tengan vigas de madera. Las casas se cubren con placas, las cuales se sujetan con estacas de madera en lugar de clavos. Después de dejar Perote, el camino se dirige directamente hacia el valle de Puebla; muchos lugares que pasamos en la marcha de día son los más horrorosos que he visto nunca, la arena llega a los tobillos en muchos sitios y no hay ni una sola pulgada de sombra en todo un día de camino. No hay obstáculos para llegar al valle, y a lo largo de él tampoco, desde el camino de Perote hasta la ciudad de México, con excepción de cerca de quince millas (en el tercer día de camino desde Puebla), pareciera ser un continuo campo de maíz, trigo y otros granos. Llegamos a Puebla el siete de agosto. (52)
52 – Nelson McClanahan, ciudad de México, a John McClanahan, Jackson, Tennessee, diciembre 8, 1847, Fondo McClanahan-Taylor, So. Hist. Col., NCa.
LA ENTRADA A PUEBLA

Al guiar Worth el avance de las tropas de Scott a Puebla tuvo unos pequeños enfrentamientos contra la caballería de Santa Anna, pero los mexicanos se retiraron y la ciudad fue ocupada sin contratiempos. Worth reporta esto a Scott:
Tengo el honor de reportar, para información del general en Jefe, que las fuerzas bajo mis órdenes, incluyendo la brigada del general mayor Quitman, tomamos posesión militar de esta ciudad a las 10 de la mañana el día de hoy.
Habiendo parado el día de ayer en Amozoc para esperar que se nos uniera el general Quitman -quien ordenó que las jornadas de avance fuesen más cortas que en los días anteriores-, encontré nuestra posición amenazada súbitamente a las 8 de la mañana por un gran cuerpo de caballería. Esta fuerza se acercó lo suficiente, por un camino a nuestra derecha que desconocíamos. En un rápido cálculo cuando los descubrimos, supusimos que se tratarían de cerca de 2,000; pero gracias a una información precisa que se obtuvo aquí se supo que eran 3,000 de caballería marchando en línea, sin soporte ni de infantería o artillería y que se desplazaban a una milla a nuestra derecha y atrás de la retaguardia, lo que nos llevó a la conclusión de que querían atacar en ese flanco, cuando el verdadero ataque iba a ser en la parte alta del camino que estaba al frente; o que planeaban atacar al general Quitman que estaba en la consabida marcha un día detrás de nosotros. Se reportó en el momento que una columna muy grande se aproximaba por el camino principal, por lo que fue necesario dirigir una porción de la fuerza contra el enemigo que se tenía en la mira, para defender el cuerpo más fuerte de nuestro avance, las reservas y municiones, etc. que estaban agrupadas en escuadra de tal forma que no eran vistas fácilmente.
Al 2º de Artillería, con una sección de la batería de Duncan, bajo las órdenes del comandante de brigada, coronel Garland; al 6º de Infantería bajo el mayor Boneville, con una batería ligera, se les ordenó moverse rápidamente en esa dirección para tomar al enemigo por el flanco; con la cabeza de su columna habiendo alcanzado el punto opuesto al centro de la población a más o menos una media milla. Las baterías instantáneamente abrieron un fuego rápido y efectivo. Después de veinticinco disparos la columna entera fue rota, sin mostrar intentos de cargar o disparar una carga más; apresuradamente corrieron hacia las colinas. Solamente una compañía de Infantería (la 6º) pudo realizar desde la distancia sus tiros. Alcanzamos a ver cómo la columna se rehacía y comenzaba una marcha contra la posición del general Quitman. El 2º de Artillería y el 8º de Infantería, con dos secciones de las baterías ligeras, fueron colocados en ese camino, cuando el enemigo de nuevo, con un viraje brusco, se dirigió a la izquierda y desapareció en las colinas. Dos millas más allá, el general Quitman encontró al último de sus destacamentos. Él acababa de descubrir al enemigo, de cuya presencia le habían prevenido los disparos y rápidamente decidió enfrentarlos. El enemigo habiendo perdido su formación llegó a Puebla en la noche, muy tarde, evacuó la plaza a las cuatro de la mañana. Tomamos algunos prisioneros y encontramos algunos muertos. El enemigo reportó haber perdido 89 hombres entre heridos y muertos. El general Santa Anna condujo la ofensiva. (…)
Se entiende que la fuerza que abandonó esta ciudad entre antier y hoy se colocará en Puente de Texmelucan, que queda a doce leguas en el camino a la capital, donde se proponen fortificarse. Nuestra recepción fue respetuosa y fríamente cortés, pero sin la más ligera cordialidad. Las diversas labores de ocupación no me han dejado ni un momento para revisar nuestros recursos y ver como abastecernos, pero el señor x dice que habrá suficiente pan, un poco menos de carne y tal vez las raciones deberán ser más pequeñas. (53)
53 – General Mayor Eilliam J. Worth, firmada por el capitán J.C. Pemberton, asistente de campo, Cuartel general, Puebla, a capitán H. L. Scott, A.A.A.G., Cuartel general del Ejército, Jalapa, mayo 15, 1847 (copia), Casa de Representantes, Documentos Ejecutivos, No. 60, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 994-995.

En 1847, Puebla, con una población de 80,000 habitantes, era la segunda ciudad de México. Es un lugar hermoso, a 2,100 m sobre el nivel del mar. Los soldados de Scott encontraron que las personas eran poco amigables y sombrías, pero no resistieron cuando las tropas entraron en su ciudad. H. Judge Moore, del Regimiento de Carolina, llegó ahí el 15 de mayo inmediatamente tras de que se había establecido la fuerza invasora, describiendo la escena mientras la ocupación comenzaba:
Cerca de las 10 de la mañana, llegamos a la cima de esta alta colina la cual domina la ciudad de Puebla, desde la cual tuvimos una bella vista de los castillos, tejados y torres de esta bella ciudad de los Ángeles. Una gran cantidad de iglesias, teatros, colegios, conventos con mezquitas y minaretes, y miles de agujas, parecía dormir calladamente en su propia grandeza sobre el seno aterciopelado del verde valle que se extendía bajo nuestros pies. A las 12:00 en punto, el sábado 15 de mayo de 1847, las avanzadas del ejército Invasor del Norte, con el valiente e intrépido Worth a la cabeza, entraron triunfales, sin oposición por la puerta sur de la ciudad de Puebla, y avanzaron hacia la plaza principal frente a la catedral, donde descansaron armas y se proveyeron de agua de la fuente. Esta fuente parece haberse hecho con hermosa piedra basáltica labrada, coronada por una media docena de figuras de tamaño real de tigres o perros, con las fauces abiertas por las cuales sale el agua que va a caer en la fuente en todas direcciones.
Creía que había visto grandes masas de gente antes, pero nunca había visto tal mar viviente, moviéndose, animado, compuesto de tal multitud de miles de hombres, mujeres y niños, un flujo y reflujo que se movía como las olas agitadas del océano. Desde la hora en la que nuestras filas entraron por la puerta, hasta que llegamos a la plaza principal, cada calle, acera, callejón, puerta, ventana y azotea, estuvieron abarrotadas, llenas de sólidas columnas de seres humanos, con una profundidad de dos cuadras alrededor en todas direcciones, hasta donde el ojo pudiera ver. Mientras pasaba la vista por ellos, casi llegué a temer por la suerte de nuestro pequeño ejército. Aunque no descubrí armas, ni ningún implemento de guerra, o alguna otra cosa como una organización militar, sí una inmensa nube de ciudadanos hostiles que merodeaban alrededor nuestro en oscuro y portentoso resplandor, la cual hubiera sido suficiente para aplastar a nuestra fuerza entera y aniquilarla con solo la ayuda de piedras y palos. Y eso sin contar que no había buenos sentimientos hacia nosotros de su parte, no se aprovecharon de la ventaja que las circunstancias les puso enfrente, por la cual hubieran podido demoler el avance de nuestra armada invasora antes de que hubiéramos podido tener auxilio. Lo que supe después fue que ellos solo esperaban un líder atrevido y valiente que hubiera podido darle dirección e ímpetu al sentimiento público, y guiar, a la ya de por si animada población, en un grupo organizado contra el alma de la fuerza invasora. Ninguno de nosotros dudaba que el espíritu estaba ahí; los amargos sentimientos de enemistad y odio, que habían albergado desde el tiempo en que se efectuó el primer disparo en los bancos del Río Grande, estaban en ese momento ardiendo en sus pechos como la lava contenida de sus volcanes y ellos únicamente esperaban la oportunidad de apagarlo con el calor que fluiría de la sangre de los pechos abiertos de los soldados norteamericanos.
Pero no hubo ningún moderno Moisés que se elevara para guiarlos, no hubo clarines marciales cuyas notas amenazantes sonaran con el toque de ataque, no hubo sonoros gritos de batalla que serían como los sonidos del rayo en los oídos de los patriotas, urgiendo a los furiosos herederos de los caballeros del Anáhuac (54) contra las apretadas columnas de la fuerza invasora. La flor de su ejército ha caído, los más bravos y las mejores tropas se han ido antes de que llegue el arrasador y asesino fuego de los anglosajones, como pasto después del incendio. Su cacique favorito ha emprendido el camino de manera veloz, volando para ponerse a salvo, acompañado de unas pocas tropas llenas de miedo que han seguido a su líder en este infortunio, dirigiendo sus pasos apresuradamente hacia la capital sin atreverse siquiera a voltear hacia atrás.
54 – Anáhuac, el Valle de México, algunas veces usado como sinónimo de la Nueva España. “los hijos del Anáhuac” eran los mexicas.
La ciudad de Puebla tiene alrededor de cien mil habitantes (55), diez mil de ellos por lo menos tenían capacidad de haber usado armas; y estos, apoyados por una población hostil de ochenta mil, permanecieron tranquilos, y viendo cómo las puertas de su ciudad se abrían, y un ejército de cuatrocientos dos hombres entraba por las calles trazadas por ángeles de esta celestial ciudad, y tomaba posesión pacífica de ella sin haber disparado un solo tiro. Muchos de los ciudadanos y residentes extranjeros después de nuestra entrada se quedaron perplejos ante la fría indiferencia que pareció caracterizar cada movimiento del ejército norteamericano cuando desfiló, teniendo a los lados esa inminente amenaza. Después de ese momento han descansado armas en la plaza principal, han ido a la fuente en busca de agua y después pasarán al mercado a comprar pan y fruta. Mientras que los que permanecieron en guardia de nuestras armas se tiraron a dormir, éramos rodeados en cada dirección posible por miles de hostiles y sanguinarios tipos, que esperaban ansiosamente una oportunidad de ataque para saciar su venganza sobre los invasores de su patria. Pero este mismo espíritu de aparente urgencia e inquieta imprudencia pudo eventualmente convertirse en nuestro más fuerte escudo, ya que tendió a enseñar, iluminando a nuestros enemigos, la forma en la cual nosotros considerábamos el valor de sus fuerzas, así como la absoluta certeza que teníamos en nuestra capacidad, destreza y coraje, la cual siempre ha superado todos los peligros que nos han rodeado. (56)
55 – 75,000 a 80,000 hubiera sido más exacto.
56 – H. Judge Moore, Scott´s Campaign in Mexico, Charleston, South Carolina, J.B. Nixon, 1849, pp. 96-98.

MANUEL DOMINGUEZ Y SU COMPAÑIA ESPIA
El ejército invasor permaneció en Puebla desde el 15 de mayo hasta el 7 de agosto de 1847 en lo que Scott enumeraba sus problemas y desgracias, pero se consoló sabiendo que Santa Anna estaba peor que lo que ellos se encontraban.
Fue en Puebla que el jefe salteador Manuel Domínguez entró al servicio de los norteamericanos. Como lo relata Ethan Allen Hitchcock, la leyenda de Domínguez era en muchos aspectos la versión mexicana de Robin Hood. Hitchcock lo describe como un comerciante respetable que fue robado y arruinado por aquellos que deberían de haberlo protegido. Resentido, llegó a ser el jefe de una banda de salteadores que tenían “una perfecta comunicación entre ellos por medio de signos infalibles y secretos, como los de los masones”, y vivían gracias a los robos que hacían, pero no asesinaban. En las reminiscencias de su carrera militar, Hitchcock (como inspector general) relata cómo Domínguez llegó a ser empleado del ejército de Scott:
“Puebla, 5 de junio de 1847. (A.M.) He tomado bajo mi servicio a una persona extraordinaria, un mexicano, muy fornido para dedicarse a lo que se dedica, pero que posee una aguda visión y evidentemente es tan arrojado como un león o un hombre honesto. Él ha sido el renombrado capitán de una banda de ladrones, conoce a su gente y toda la región. Lo he contratado para llevar una carta al oficial al mando en Jalapa, y si lleva a cabo la tarea honestamente lo voy a seguir empleando. (…)
Puebla, 20 de junio de 1847. El mexicano que es jefe de una banda de malhechores, Domínguez, a quien he enviado con una carta para el general Scott en Jalapa y Veracruz el día 3, ha regresado trayendo una respuesta del coronel Childs (…) fervientemente quiero hacer un arreglo con este hombre, que sería el siguiente: que, por una cantidad de dinero aún por determinarse, los asaltantes dejen a nuestra gente pasar sin ser molestada, y que ellos deberán, con una compensación extra, proveernos de guías, correos y espías.
Puebla, 23 de junio de 1847. El asaltante Domínguez es un hombre muy curioso e interesante. Cuando llegó el general Worth aquí, hubo muchas personas que lo señalaron como un gran asaltante, deseaban que fuera ajusticiado. Él estaba viviendo muy campante con su familia en este lugar, las personas le temían tanto a él como a que las leyes fueran insuficientes para castigarle. El general Worth lo arrestó, pero luego de unos días le mandó decir que había sido arrestado por las quejas de su propia gente, dándole a entender que no contaba con muchos amigos entre los mexicanos; le ofreció tomarlo a su servicio. El plan funcionó y cuando el general Scott llegó, de inmediato me envió a Domínguez.
Lo entrevisté y me pareció confiable. Cuando llegué a un arreglo con él, le pagué cerca de $110, incluyendo su vestimenta. Le sugerí que trajera a nuestro servicio a toda su banda de asaltantes profesionales que estaban a lo largo del camino de México a Veracruz. Él accedió, pero hablando francamente acerca de la dificultad de asegurar su buena fe y honestidad. Le dije que meditara en el asunto y que hablaríamos de nuevo después.
Al día siguiente, el intérprete del Mayor Smith (El señor Spooner) (57) reconoció a nuestro Domínguez como ¡El tipo que le había asaltado en el camino! Domínguez le quitó $5 y le dio un pase para protección de otros ladrones.
57 – Probablemente mayor John Lind Smith, Cuerpo de Ingenieros, que fue ascendido a teniente coronel por Cerro Gordo y a coronel por Contreras y Churubusco. El Spooner mencionado aquí quizá sea el capitán de la Compañía Espía de Domínguez.
Ayer por la tarde vimos a Domínguez de nuevo y contratamos cinco de sus hombres a $2 diarios, pagándole a él $3 diarios. Le dije a Domínguez que averiguara con cuantos hombres se podría controlar el camino. Él cree que con 300. He enviado a los cinco hombres que contratamos en distintas direcciones para que recaben información. (…)
Puebla 26 de junio 1847. Esta mañana me traje a doce hombres de la prisión de la ciudad para presentarlos a Domínguez y ser testigo del más extraordinario reencuentro. Domínguez se encontró a varios de sus amigos por primera vez en años, hombres con los que sin duda alguna había estado involucrado en muchas aventuras, tal vez ladrones de caminos. Ellos se abrazaron y se juraron fidelidad eterna entre ellos y a los Estados Unidos. Los volví a mandar a prisión, diciéndoles que reportaría sus casos al general y pediría por su liberación.
Junio 28. Y así lo hice. Le reporté al general y ordenó que fueran liberados. Distribuí cerca de $50 entre ellos, y ayer en la tarde arreglé con Domínguez que debería de por lo menos enrolar a 200 de ellos. Se les formará en compañías para operar bajo las órdenes del general. Vamos a pagarle $20 a cada hombre al mes y ellos proveerán todo. Cada hombre cuenta de hecho como si fueran dos para nosotros, dado que si nosotros no los empleamos, el enemigo lo hará. Así que uno que deserte de las filas enemigas y se ponga de nuestro lado hace la diferencia de dos a nuestro favor. Domínguez dice que va a traerse a la guerrilla de nuestro lado o que va a capturar a los jefes y a traerlos prisioneros a nuestro general, etc., etc. (58)
58 – Ethan Allen Hitchcock, Fifty Years in Camp and Field, Diary of Major-general Hitchcock, U.S.A., W.A. Croffut, Nueva York y Londres, G. P. Putnam´s Sons, 1909, pp. 259, 263-265.


El teniente Henry Moses Judah, del 4º de infantería, también tuvo un encuentro con la compañía espía de Domínguez en el verano de 1847, y lo consigna en su diario:
Agosto 17 de 1847… Mi regimiento fue llevado a una casa en San Agustín ocupada por un caballero español. Cuatro compañeros, incluyéndome, fuimos acuartelados bajo el balcón que rodeaba el patio de la casa; los hijos del caballero, que parecía del tipo de gentilhombres que hay en Filadelfia, eran muy atractivos en apariencia y modales. Nos dieron a los oficiales un muy buen cuarto e insistieron en darnos de cenar, lo cual hicieron. Al anochecer fui enviado ex profeso a llevar a la compañía “D” a acuartelarse un poco más allá en la calle. Siendo el teniente R. el oficial del día. Después de comer algo en la cena, me enviaron mis cosas aquí; me encontré que no había ya cupo para los oficiales, y tres de nosotros debimos dormir en el pórtico alrededor del patio interno. La compañía de espías mexicanos estaba acuartelada en el mismo edificio y trajo sus caballos al pórtico, dejando el final de este para nosotros. Los caballos y los oficiales estaban tan apretujados unos contra otros que golpearon mi cama varias veces durante la noche, si no hubiera tenido un catre hubiera acabado bajo sus pies.
Lo siguiente es la historia de esta compañía. Poco después de llegar a Puebla, el general Worth fue informado de que el más renombrado jefe de asaltantes en México, Domínguez, estaba en la ciudad, en la que había cometido siete asesinatos, había estado bajo sentencia de muerte tres veces, pero por influencias de dinero, y el miedo de sus perseguidores por sus vidas, había escapado a la justicia. El general Worth lo hizo arrestar. Este capitán de ladrones es un hombre muy apuesto con una buena apariencia, nada que indique crueldad. Él puede comandar por una firma a diez mil hombres en el camino que va desde Veracruz hasta México; puede otorgarte un pasaporte que te hará llegar en perfecto estado, aún en el camino más infestado de maleantes, y ha logrado hacer una fortuna con estos pases que vende a ricos comerciantes para que puedan transportar bienes y dinero por los caminos. Cuando el general Scott llegó, logró un acuerdo con él contratando sus servicios. El jefe prometió organizarle al general una compañía de cien mexicanos (principalmente asaltantes) que continuarían a su servicio durante la guerra, como una especie de espías o una compañía de guardias montados. Estos hombres estarían bajo las órdenes directas del general Scott para realizar los servicios que se requirieran. El general Scott le preguntó sobre qué seguridad tenía de que cumpliera con lo que había prometido. “Mi palabra” respondió el asaltante y hasta este momento ha sido fielmente cumplida. (59)
59 – Para distinguirse de los guerrilleros mexicanos, ellos usaban bandas rojas “banderas de sangre” alrededor de sus sombreros. Que eran fieles a sus promesas no es notable, pues como el teniente Edmund Bradford señala: “si alguno de ellos era capturado por los mexicanos, con toda certeza sería ahorcado”. Cf. Teniente Edmund Bradford, Vergara, a John M. Tazewell, Norfolk, Virginia, enero 2, 1847, Fondo Edmund Bradford, Western Americana MSS, Beinecke.
El general Scott citó a un hombre llamado Spooner de Virginia que ha sido ladrón en este país bajo las órdenes de Domínguez y por algún tiempo capitán de la compañía. Domínguez está conforme con ser el supervisor general de la compañía. Esta compañía le abrió paso al capitán Ruff a San Juan, donde murieron muchos guerrilleros tomando parte activa en la matanza. Ellos llevan lanzas, escopetas, espadas y pistolas, poseen buenas monturas y están bien vestidos. Dondequiera que necesitan un caballo o ropa llegan con cualquier persona de sus connacionales y de una manera muy educada se quedan con lo que necesitan, disculpándose como se disculpan los ladrones. Domínguez dice que él nunca ha matado a un hombre en su vida, pero no le creo. Estos hombres con los cuales yo estuve acuartelado, aparentan ser un grupo de alegres temerarios. (60)
60 – Henry Moses Juda Journal, marino, se incorporó en ago. 17, 1847. Judah fue 2º teniente del 4º de Infantería, abril 19, 1846, y 1er teniente, sep. 26, 1847. Obtuvo condecoraciones por Molino del Rey y Chapultepec. Durante la Guerra Civil fue general Brigadier de los Voluntarios del Ejército de la Unión.

Sin importar cuán valiosos hayan sido sus servicios para el ejército de Scott, la Compañía espía se hizo famosa por todas partes. El Dr. Elisha Kent Kane (61), en aquel entonces asistente de cirujano en la Marina de los Estados Unidos, pero que después ganaría fama en las exploraciones norteamericanas en el Ártico, escribió al comandante general de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en la ciudad de México sobre la violencia y la sangre fría de Domínguez y su banda:
61 – Elisha Kent Kane (1820-1857) fue asistente de cirujanos de la Marina de los Estados Unidos en 1842; después sirvió a los Guarda Costas y participó en la primera expedición de Grinnell al Ártico (1850-1851), comandó luego la segunda expedición de Grinnell.
El día 6 mientras íbamos hacia la ciudad de México acompañados por una escolta de lanceros bajo las órdenes del coronel Domínguez, nos encontramos con un cuerpo del ejército mexicano que cruzaba el Camino Nacional cerca de Nopalucan. En la acción participaron los generales Gaona (62) y Torrejón; el Mayor Gaona y dos Capitanes fueron hechos prisioneros junto con 38 de sus hombres. En seguida presento respetuosamente ante usted los hechos subsecuentes, los cuales puedo testimoniar de manera satisfactoria.
62 – General Juan José Gaona, comandante en Puebla y gobernador de la fortaleza de Perote en 1847.
1) Que después de la rendición formal de la partida mexicana, Domínguez con sus tenientes, Rocher y Paladios (sic) y otros, intentaron a sangre fría sablear a los prisioneros.
2) Que un oficial norteamericano que quiso impedir esto, fue tratado de la misma manera, siendo amenazado e insultado, recibiendo además una herida de gravedad.
3) Que, con la anuencia y participación de Domínguez, los efectos personales de los prisioneros, incluidos caballos, ropa, relojes, dinero, y espadas, fueron distribuidos entre los lanceros -tomando Domínguez para sí los animales elegantemente ataviados del oficial general– valuados al menos en tres mil dólares.
4) Que los oficiales mexicanos, dos de ellos generales de alto rango, fueron ignominiosamente montados en caballos sin silla, y en Nopalucan se les confinó promiscuamente en un solo cuarto, sin comida ni ropa: Domínguez, en respuesta a las apremiantes protestas del oficial norteamericano antes mencionado, se rehusó a restituirles, aunque fuese de manera temporal, sus mantas o la ropa que les había robado. Los prisioneros, tres de ellos peligrosamente heridos, fueron obligados a dormir descubiertos sobre el suelo de piedra en una noche de intenso frío. Podría agregar otras cosas aunque no sean de mi conocimiento directo, pero que sostengo por testimonios de otros.
5) Que, a más de treinta y seis horas de haber sucedido la captura, cuando los prisioneros fueron privados de la protección norteamericana, Domínguez ordenó que los fusilaran. Su orden, ya habiendo sido dada a sus tropas, fue detenida solamente por una súplica del general Torrejón argumentando que los castigos eran prerrogativa única de las autoridades de los Estados Unidos. (63)
63 – Elisha Kent Kane, cirujano asistente, Marina de los Estados Unidos, ciudad de México, a mayor general William O. Butler, comandante del Ejército Norteamericano, ciudad de México, marzo 14, 1848, Cartas Recibidas, Ejército de Ocupación, AGO, RG 94, Nat. Arch.
PREPARATIVOS PARA LA ENTRADA AL VALLE DE MÉXICO

El teniente Raphael Semmes de la Marina de los Estados Unidos, que acompañó al Ejército de Scott durante la última fase de su campaña, describe los preparativos para entrar a la ciudad de México mientras Scott estaba en Puebla en el verano de 1847:
Nos estamos cansando mucho de alguna manera por nuestra inactividad. Puebla comienza a perder el encanto de la novedad, y estamos ansiosos por avanzar hacia los “Palacios de Montezuma”, ese final de la campaña, que cada quién ha imaginado en su propia mente en tan brillantes colores que nos compensará por tanto fastidioso retraso, por tanto cansancio y trabajos arduos. El susodicho cansancio y trabajos duros en lo que a los oficiales respecta (que en su mayoría tienen una buena montura, y carros de equipaje para que transporten sus guardarropas y sus camas tan confortables) han consistido en un viaje muy entretenido ¡A través de un país muy singular e interesante! Esperábamos “deleitarnos” en los palacios para la celebración del próximo 4 de julio; pero hemos dejado de lado esa esperanza, pues será imposible para nuestros refuerzos estar listos en esa fecha.
Pero ya que no podemos seguir nuestra marcha estamos haciendo lo mejor que podemos hacer, entrenando y preparando a nuestras tropas para el avance. La ciudad de México, que alguna vez nos invitó de puertas abiertas a entrar, ahora se está convirtiendo en una ciudadela por el infatigable Santa Anna y tendremos que pelear una o más batallas para capturarla. Tenemos dos estupendos campos de entrenamiento cercanos a Puebla y son tan clásicos como hermosos. Uno de ellos situado en el camino a Tlascala (64) (sic), el otro desde el cual se tiene una vista completa de Cholula. Las montañas nevadas los contemplan a ambos, y están cubiertos con la más aterciopelada y verde hierba.
64 – Tlaxcala está a 34 kilómetros al norte de Puebla.
Siempre hay un regimiento entrenando en uno u otro de esos terrenos; y una o dos veces a la semana se pasa revista a la División, en la cual el general en jefe algunas veces está presente. Cuando el general Worth o el general Twiggs entrenan a sus divisiones, la mitad de la población viene a ver el espléndido espectáculo. Los veteranos de dichas divisiones (la 1ª y la 2ª de soldados regulares), que han estado desde el comienzo mismo de la guerra, que esperan volverla a sentir igual, realizan sus variadas evoluciones con la soltura y precisión de una maquinaria. Bajo el manejo de diestros oficiales, nada puede sobrepasar la visión que implica contemplar una revista de una de estas famosas tropas en el magnífico terreno unido a la transparencia de una brillante atmósfera no vista antes, casi inconcebible para un morador de las tierras bajas. El sólido conjunto es desplazado de aquí para allá, a voluntad; el brillo de las bayonetas, los pendones ondeantes y la música proveniente de las bandas que eleva el alma, forman en su conjunto una imagen que puede ser concebida por la imaginación, pero que la pluma, o al menos mi pluma, se rehúsa a trasladar al papel.
Siempre he vinculado estos despliegues militares –sin duda plagados de fantasía- con la historia de Cortés y sus exploraciones. Nuestra situación es sin duda similar. Con un puñado de hombres, al igual que él, nos hemos arrojado valientemente hacia el interior del país. No hemos quemado nuestras naves, pero nuestra retirada puede ser cortada en caso de desastre; y ahora nos preparamos para marchar sobre la misma ciudad de México que él conquistó, partiendo casi desde los mismos sitios desde los que inició su marcha para realizar su gran expedición: primero desde Tlascala (sic), luego desde Cholula. Ciencia y destreza, y el tipo de armas utilizadas por nuestro gran predecesor, comparándolo con su enemigo, le dieron gran ventaja. Para formar su fuerza invasora se alió con los Tlaxcaltecas y otros indios, reuniendo a veces cerca de veinte a cuarenta mil hombres; siendo sus aliados al menos iguales, si no superiores a los soldados del enemigo. ¡Nosotros esperamos poder desplazar diez mil hombres juntos! En caso de ser vencido, Cortez (sic) podía retirarse hasta Tlascala (sic), cuya pequeña república se había convertido en su fiel amiga y aliada en la guerra; pero si nosotros somos derrotados, nuestra destrucción será total e inevitable. (65)
65 – Teniente Raphael Semmes, The Campaign of general Scott in the Valley of Mexico, Cincinnati, Moore & Anderson, 1852, pp. 165-167. El teniente Semmes del USS Porpoise era un voluntario adscrito al general Worth. Durante la Guerra Civil comandó el Sumter y el Alabama de la Marina de los Estados Confederados.

Recuperado de: https://www.westpoint.edu/sites/default/files/inline-images/academics/academic_departments/history/Mexican%20and%20Sp%20Am%20wars/mexican%2520war%2520map%2520_Scott12Aug.jpg
EL PEÑÓN OBSTRUYE EL CAMINO

La mañana del 7 de agosto, “entre estandartes ondeantes, y el excitante redoble de los tambores” (66), la primera División de Twiggs emprendió el camino hacia la ciudad de México; mientras que su División de avance marchaba firmemente hacia la capital de México por casi cien kilómetros hasta llegar al pueblo de Ayotla, donde se detuvo por algunos días. Ayotla está situado a solo treinta y dos kilómetros del destino final. Adelante en el camino a cerca de cinco kilómetros está la población de Los Reyes. Y más adelante, a cerca de tres kilómetros, está “El Peñón” (67). Esta colina fortificada domina el camino, situado a cerca de catorce kilómetros y medio de la gran ciudad, es el lugar donde el camino daba vuelta en su trayectoria casi recta desde la orilla del lago de Texcoco al noroeste de donde parte. Gran parte del camino corría en un cauce flanqueado por pantanos y zanjas, que frecuentemente estaban inundados en la temporada de lluvias. El largo y poco profundo lago estaba justo al noreste de la ciudad de México.
66 – Teniente George Maney, “San Agustín cerca de la ciudad de México”, a su padre Thomas Maney, Nashville, septiembre 6, 1847, Fondo John Kimberley, So. Hist. Col., NCa. George Maney estaba en el 3º de dragones.
67 – El Peñón estaba rodeado de agua, conectado con el camino por un angosto pasillo; se encontraba “defendido por veinte diferentes baterías, teniendo troneras para cincuenta y un cañones, junto a una infinidad de trincheras para la Infantería”. Cf. George Wilkins Kendall, The War Between the United States and Mexico. Illustrated by Carl Nebel, Nueva York, D. Appleton & Co., 1851, p. 27.
Al sur de Ayotla había otro lago -El lago de Chalco- en cuya ribera este estaba la población de Chalco y un pequeño fuerte; al oeste, el lago estaba conectado por una especie de canal con el lago de Xochimilco, un gran cuerpo irregular de agua que se extendía hacia el noreste hasta casi hasta llegar a la ciudad de México.
Cuando la división de avanzada se detuvo para efectuar un reconocimiento, el primer problema con el que se encontraron fue la factibilidad de proceder a un asalto sobre El Peñón. Si se tenía que seguir el camino principal, la fortaleza no podía ser evadida. Para efectuar el reconocimiento de El Peñón, Scott eligió a su brillante ingeniero, el capitán Robert E. Lee.
Su informe sobre la situación en E Peñón, además de revelar la información, nos muestra la inteligencia, precisión y arrojo de este oficial. El reporte dice lo siguiente:
En cumplimiento de sus órdenes, acompañado por el capitán Mason (68) y el teniente Stevens (69) del cuerpo de ingenieros, seguí el camino hacia la ciudad de México para examinar la manera de acercarnos a las defensas de El Piñón (sic). El camino hasta Los Reyes, a casi 4 millas de distancia esta bordeado a ambos lados de campos de cultivo. A partir de ese punto está abierto a la derecha hacia el lago de Tescuco (sic). Aproximadamente a 1 1/2 millas más adelante hay un manantial que corre hacia el lago de Tescuco (sic), donde comienza una calzada elevada que conduce hacia el Piñón con una cuneta a ambos lados. A casi media milla de este manantial el agua rebasa los bordes de su cauce y se extiende por completo alrededor del Piñón (sic). La distancia a tierra firme frente al pie de la colina es de aproximadamente 1,300 yardas, y hasta la punta es de casi una milla. Más adelante del Piñón a aproximadamente 300 yardas y a otras trescientas para atrás de un puente en la calzada, hay una batería de tres armas que atraviesa el camino. Las aberturas en la pared desde donde se puede colocar un arma para disparar son muy visibles, pero ningún arma se podía apreciar. La base de El Piñón (sic) estaba envuelta hasta donde se podía ver por una partida de mosquetes. Después de cruzar, el camino se terminaba hacia el extremo izquierdo en una batería de campo, en la cual no pude descubrir ningún arma.
68 – Capitán James Louis Mason era capitán de Ingenieros, abril 24, 1847. Ganó dos condecoraciones por Contreras y Churubusco, y por Molino del Rey.
69 – Teniente Isaac Ingalls Stevens, graduado primero en su clase en West Point como 2º teniente de Ingenieros, julio 1, 1839; 1er teniente, julio 1, 1840. Recibió dos condecoraciones en la Guerra contra México por Contreras y Churubusco, y Chapultepec. Durante la Guerra Civil fue coronel del 79º Regimiento de Voluntarios de Nueva York; ascendido a general Brigadier de Voluntarios y a general Mayor de Voluntarios. Murió en la Batalla de Chantilly, septiembre 1, 1862.
Otro campo de trabajo, situado en el pie de la colina del lado derecho, y hacia la parte trasera, limitó mi visión en esa dirección. La cima de la colina está resguardada por tres baterías en distintas elevaciones aunque casi en la misa línea recta. Adicionalmente había un escudo casi a medio camino que flanqueaba el camino, y dos pequeños escudos aparentemente situados para defender el ascenso donde es el camino más fácil para subir. No encontré armas en ninguno de los puestos en la colina. La comunicación entre los distintos puestos situados en la colina parece ser fácil y segura, y la comunicación alrededor de la falda de la colina realizable por caballería. El agua que rodea a El Piñón aparentemente no es más profunda que uno o dos pies, aunque fui informado por algunos indios que alrededor de la base de la colina es de una profundidad de cinco pies. Se me dijo que el fondo del lago es firme. Vi numerosas tropas tanto a pie como a caballo alrededor de la colina, pero no tengo manera de calcular correctamente su número. No vi nada que indique que el asalto resultaría impracticable.
Después de examinar El Piñón (sic) como algo realizable, procedí mi camino como una milla hacia Mexicaltzingo. Por lo que pude examinar, es un camino firme y bien definido. Antes de alcanzar las partes más bajas fui llamado por el comandante del grupo. Supe por los indios vecinos que era un buen camino por todo el trecho, que no medía más de una legua. Sin embargo, estaba custodiado en las cercanías de Mexicaltzingo, y el puente que existía en ese lugar estaba roto. El camino pasaba por entero lejos del alcance de las baterías de El Piñón y en el punto en el que daba la vuelta hacia el camino principal se encontraba un excelente lugar para acampar, bien provisto de madera y agua, y algunos sitios para refugiarse (70). La villa de Los Reyes no provee de ninguna oportunidad para la defensa y tampoco refugio para las tropas. (71)
70 – Había, sin embargo, razones para no tomar esa ruta. El camino a Mexicaltzingo corría al oeste de Los Reyes, justo al sur de El Peñón. El pueblo de Mexicaltzingo está a diez kilómetros al sur de la ciudad de México, conectado por una calzada y cerca de la parte norte del Lago de Xochimilco. Mexicaltzingo estaba fuertemente fortificado; un avance de ahí hacia la ciudad debería haberse hecho por la calzada, bajo un fuerte fuego de artillería, o a lo largo del canal desde el Lago de Xochimilco, un avance que también estaría expuesto a los cañones mexicanos.
71 – Capitán Robert E. Lee, Ayotla, a Mayor J. L. Smith, jefe de ingenieros, Ejército Norteamericano, México, agosto 12, 1847, Cartas recibidas, Oficina del Jefe de Ingenieros, RG 77, Nat. Arch.
Aunque Lee no reportó que un ataque a El Peñón era imposible, gracias a sus observaciones, apoyadas por los descubrimientos de otros ingenieros, Scott decidió que su ejército debería seguir otra ruta en su avance. Posiblemente como una treta, los botes se reunieron como si fueran a transportar a las tropas a través del lago de Chalco. Las otras divisiones, sin embargo, pronto fueron seguidas por la fuerza de la retaguardia de Twiggs, marcharon hacia la población de Chalco por la orilla este del lago, y continuaron por caminos muy poco transitados y antiguos de la ribera sur de los lagos de Chalco y Xochimilco hasta llegar a la población de Xochimilco (que está a medio camino en la orilla sur de ese lago), después se desviaron hacia el oeste hacia el atractivo pueblo de San Agustín de las Cuevas (72). Ahí estaban a solamente 19 kilómetros al sur de la ciudad de México.
72 – NdT: Tlalpan, antes conocido como San Agustín de las Cuevas, nombre que el 28 de agosto de 1645 fue asignado a esta demarcación, debido a que ese día se celebra el santo del mismo nombre. Asimismo, por las cuevas que la explosión del Xitle dejó en la zona. Estas cuevas que rodeaban a Tlalpan, fundamentales para el triunfo de los norteamericanos, estaban llenas de misterio y de anécdotas; por ejemplo, eran lugares en donde se escondían las gavillas de los asaltantes, de los viajeros que se atrevían a cruzar por el Mal País, como le llamaban al Pedregal. La feria que conmemoraba al Santo Patrono llegó a ser una de las más famosas y concurridas por sus bailes populares, fiestas de carnaval, palenques, juegos de azar, peleas de gallos, charreadas, serenatas con estudiantina, misas, ferias, venta de antojitos mexicanos, procesiones de los barrios. En esta Fiesta, celebrada anualmente durante tres días, la abundancia de oro y plata era admirada por los extranjeros que visitaban México, quienes se asombraban de la facilidad con que se perdían y ganaban fortunas inmensas, prestigio y hasta esposas. Antonio López de Santa Anna, entre otros muchos personajes históricos, la convirtió en su favorita porque pudo satisfacer su afición desmedida por el juego. De tal suerte que en 1845 el juego adquirió proporciones tan alarmantes que el Gobierno del Estado de México, al cual pertenecía Tlalpan, prohibió este tipo de actividad, misma que se reinició en 1853. Esta Feria, también llamada de la Pascua del Espíritu Santo, fue considerada por las familias de México como un acontecimiento de la mayor importancia. Todos los carruajes, diligencias, ómnibus y hasta los carretones eran ocupados, las calles centrales se llenaban de vehículos de transporte, la multitud de personas y niños arribaba desde las seis de la mañana, la concurrencia era más considerable desde el tercer día, en que la calzada se llenaba con casi todos los vecinos de la capital.
LA BATALLA DE CONTRERAS (PADIERNA)

El 18 de agosto, mientras una parte del ejército de Scott estaba apostada en San Agustín de las Cuevas lista para avanzar, el capitán Lee continuó examinando los caminos hacia el Pedregal, un terreno de filosas piedras volcánicas que se extendía hacia la izquierda. Las Divisiones de Twiggs y Pillow lo siguieron, caminando entre la lava y las grietas. Los mexicanos los atacaron en la batalla de Contreras (Padierna) el 19 de agosto. El clímax llegó a la mañana del día siguiente cuando la Brigada de Riley ingresó al campamento del general Valencia (73). El teniente Richard S. Ewell, del 1º de dragones, escribió el recuento de los enfrentamientos iniciales de la batalla:
73 – El general Gabriel Valencia comandaba al Ejército Mexicano en Padierna (Contreras). Nacido en la ciudad de México, comenzó su carrera militar en 1810 como cadete en la Caballería Provincial de Tulancingo. En dos ocasiones fue comandante general del Departamento de México y Tulancingo. Estuvo en Texas como jefe de cuartel en el ejército del general Bravo en 1836, y en 1839 fue nombrado jefe de Estado Mayor y jefe de la División del Norte. Después de la batalla de Padierna, ante las amenazas de Santa Anna de fusilarlo, huyó a Toluca.
Creo de verdad que uno de los hombres más inteligentes que están adscritos al Ejército es el capitán Lee del Cuerpo de Ingenieros. Gracias a su adecuado reconocimiento hasta la misma boca del cañón, ha hecho que el general Scott pelee sus batallas casi sin dejar su tienda. Su conducta modesta es refrescante, comparándola con la alocada y pomposa de los generales y oficiales del presidente Polk. (…)
Esta compañía ha sido generalmente la acompañante del general Scott, y hemos tenido la suerte de estar en situaciones muy emocionantes en más de una ocasión. Una parte de nuestros deberes es la de acompañar a los ingenieros en sus exploraciones de reconocimiento, cuando solo se requiere de una pequeña fuerza. El 18 de agosto fuimos enviados con el capitán Lee a examinar el camino que está en el Pedregal. Esto, saben, es el nombre que se le da a un río de lava que se extiende a lo largo de muchas millas, y que en tiempos remotos corrió desde las montañas hasta casi la mitad del valle, y que al enfriarse hizo surgir las más hermosas formaciones de agudas rocas, picos, etc. (…)
Estamos en San Agustín, -La avenida principal de la población va hacia la fortificación de San Antonio- (74), y en el lado derecho del camino está el Pedregal, y a la derecha hay un lago. Queríamos cruzar el Pedregal como punta de lanza para comenzar otras acciones, y como he dicho antes, nuestros dragones y algunos cientos de soldados de Infantería bajo las órdenes del coronel Graham (75) acompañaban al capitán Lee en algunas partes de la retaguardia, pero no a lo largo del cruce del Pedregal. Cuando llegamos a los límites, los dragones estaban a pocos cientos de yardas delante de la Infantería, y cerca de 200 mexicanos que estaban ocultos entre las rocas y los picos comenzaron a dispararnos, para mi sorpresa, ya que era la primera vez que había estado bajo fuego. Pasó un rato antes de que pudiera comprender claramente lo que sucedía, hasta que vi cómo un caballo se derrumbaba por un tiro en el corazón pude oír las balas impactándose a nuestro rededor, silbando sobre nuestras cabezas. Había un camino a corta distancia hacia el Pedregal y el capitán Kearny (76) me permitió llevarme a la mitad de la compañía que se encontraba ahí, y conducirlos camino abajo tan lejos como pude, donde desmontamos, dejando a los caballos en un resguardo con un centinela. Me encontré con los señores mexicanos en mi retaguardia y mis flancos, ellos no me dispararon después de que yo comencé. El capitán Kearny llegó con los que faltaban y la Infantería del coronel Graham llegó mandando una compañía al lado opuesto, pero los mexicanos retrocedieron tan pronto como encontraron a 30 hombres lidiándose con ellos, dejando como 8 o 10 muertos y casi el mismo número de prisioneros.
74 – N de T: Se refiere al casco de la Hacienda de San Antonio de Coapa.
75 – Teniente coronel William Montrose Graham, 11º Infantería. Murió en la batalla de Molino del Rey.
76 – Capitán Philip Kearny, 1º de Dragones, fue ascendido a mayor por Contreras y Churubusco. En la Guerra Civil fue general Brigadier de Voluntarios y luego general mayor de Voluntarios del Ejército de la Unión. Murió en la batalla de Chantilly el 1 de septiembre de 1862.
Al día siguiente nuestro ejército empezó a tomar posiciones, entrando al Pedregal en el mismo sitio en el que habíamos tenido la escaramuza. La tarde del 19 salimos con el general Scott y su equipo que se situó en una colina (77), observando el campo de operaciones. Casi todo el ejército estaba en la lava cruzando hacia el otro lado, por cuatro o cinco rutas diferentes. Valencia desde sus puestos les sostenía un fuego incesante de artillería pesada a nuestras columnas, haciendo fuego aquí y allá con sus 6,000 mosquetes, ya que nuestras tropas estaban a menos de 50 yardas (una costumbre mexicana), y entonces para cambiar tiraban una granada sobre las fuerzas del general, o sobre la caballería, pero afortunadamente sin hacernos daño, aunque a veces cayeron entre nosotros. Los mexicanos estaban sumamente sorprendidos de no haber sido vencidos, que hasta pensaron que habían obtenido una gran victoria y comenzaron a celebrar esa noche, entre otras cosas sus bandas tocaron “¡Hail Columbia!” (78), pero apenas habían tocado la mitad de ella y de repente pararon. Valencia otorgó rangos temporales a sus oficiales y estaba loco de alegría. Santa Anna sabía un poco más de los yankees y ordenó a Valencia esa noche por un comunicado que detuviera su festejo y se retirara. “¡Bah! ¡Bah!” dijo él, “Díganle a Santa Anna que se vaya al infierno, he salvado a la República”. Una pelea de diez minutos al día siguiente destruyó por completo a su ejército mandando a todos sus hombres al otro mundo. (79)
77 – NdT: Cerro del Zacatépetl.
78 – Hasta 1931 en que se oficializa The Star Spangled Banner (la bandera de estrellas centellantes), no hubo oficialmente un himno de los Estados Unidos, sin embargo la canción «Hail Columbia!», escrita para el inicio de la presidencia de George Washington, fue usada a menudo como tal.
79 – Capitán Richard S. Ewell, Veracruz, a Benjamin S. Ewell, Lexington, Virginia, nov. 25, 1847, Fondo Richard S. Ewell, DLC. Ewell fue 1er teniente, 1º de Dragones, septiembre 18, 1845, y ascendido a capitán por Contreras y Churubusco. Fue teniente general en el Ejército de los Estados Confederados.

Aún más cercano a algunos aspectos de la acción que Ewell (quien como él fue ascendido posteriormente por su valor en el combate) fue el teniente Daniel Harvey Hill, quien escribió el siguiente relato en su diario:
Agosto 18, 1847. Por la mañana pasamos por el singularmente pintoresco pueblo de Cayahualco. Las casas están hechas de piedra volcánica y la mayoría de ellas techadas con teja roja. Grandes paredes de piedra bordean las calles en cada lado, en los patios hay hermosos y magníficos cultivos de olivos. Una milla o dos más allá de Cayahualco pasamos por un pueblo más pequeño que se parecía mucho al anterior y que se llama San Gregorio. Los voluntarios han pasado la noche aquí y han cometido los más vergonzosos actos depredatorios. Por cinco millas seguimos viendo cultivos de olivo. Ese camino fue horrible dado que la caravana con los carros iba delante de nosotros, de forma tal que nos retrasó mucho, en total no avanzamos más de 300 yardas cuando hicimos un alto. Los mexicanos han obstruido el camino en muchos lugares colocando inmensas rocas que rodaron cuesta abajo desde las montañas y ha requerido de mucho trabajo remover esos obstáculos. Me trepé a una de las colinas y por primera vez vi la gran ciudad de México a unas 15 millas de distancia. La vista desde luego era imperfecta, pero vi lo suficiente como para satisfacerme de su esplendor y belleza.
Aunque sólo marchamos ocho millas, estoy más fatigado ahora que lo que lo he estado después de marchar por veinticinco. El camino realmente es horrible, si un hombre hacía el más mínimo paso en falso de seguro acababa hundido hasta la cintura en el lodo. Para hacer peor el asunto, una punzante y fría lluvia cayó sobre nosotros de forma torrencial por horas, y como estábamos sin cobijo desde luego quedamos mojados hasta los huesos. Al fin llegamos al una vez famoso pueblo de Xochimilco que era una ciudad enorme en tiempos de Cortés, y que ahora es un pueblo de unos dos mil habitantes, pero de ellos no quedan más de doscientos. Los viles voluntarios y los salvajes hombres de la leva han estado aquí, y los habitantes han huido para escapar de estos salvajes. Nos dimos cuenta para nuestra gran sorpresa al llegar aquí que los destacamentos en esta parte de la ciudad de México son muy fuertes y solo pueden ser tomados sufriendo grandes pérdidas. Se han hecho reconocimientos por parte de la División de Worth durante los últimos dos días. Desafortunadamente el valiente capitán Thornton (80) del 2º de Dragones cayó en acción mientras acompañaba con su compañía a los oficiales de ingeniería en su viaje de exploración. El enemigo nos atacó esta mañana repetidamente desde las colinas y después huyó. Continuamos nuestra marcha prestándole poca atención. Supongo que nuestra división no podrá avanzar mañana.
80 – Capitán Seth Barton Thornton, muerto el 18 de agosto de 1847.
Agosto 23 Pueblo de Coyoacán. Los últimos cuatro días han sido muy peligrosos, llenos de dureza y sufrimiento. La mañana del 19 nos pusimos en marcha a las 8 de la mañana desde la villa de Xochimilco y cerca de las 10 de la mañana llegamos a San Agustín de las Cuevas o Tlalpam (sic). Aquí se pararon todos los carros de la división, todos, oficiales y hombres, tomamos cada uno una cobija y la ración de un día en nuestros sacos, y luego nos desplazamos, tomando la delantera de todo el ejército norteamericano. Nuestra expedición estaba marcada por la desolación y la desesperación, y las tropas de otras Divisiones (las de Pillow y Quitman) en San Augustín se colocaron a la vera del camino para desearnos suerte. San Agustín es un pueblo grande, hermoso, y creo que jamás había visto tantos árboles frutales como ahí. Los viles voluntarios habían cometido los excesos usuales, y el hermoso pueblo estaba en buena parte desierto. Pude observar a tres hermosas niñas sentadas en una ventana, mirándonos tranquilamente mientras pasábamos, su mirada me reconfortó mucho, pues esperaba estar dentro de poco en el campo de sangre.
Avanzamos por muchas millas por un camino excesivamente malo que en varias partes acababa de ser trazado por nuestros exploradores, y que al fin nos llevó a descubrir en las alturas un Fuerte en los altos de Padierna, que de forma completa dominaba el camino que estábamos siguiendo. El general Twiggs desapareció misteriosamente y el tonto consumado del general Pillow asumió el mando de nuestra división y desmembró nuestra brigada (la brigada de Riley) que estaba compuesta por el 4º de Artillería, el 2º y el 7º de Infantería (1,100 hombres) para separarnos, colocándonos entre el Fuerte de Padierna y la ciudad de México, mientras que él realizaba un ataque sobre el grupo que estaba al frente de nosotros con los obuses de la montaña y la batería de Magruder de cuatro cañones de 12 lbs. Ciertamente de todas las cosas absurdas que el asno de Pillow ha hecho en su vida, esta fue la más tonta. La estupidez humana no puede ir mucho más allá de esto. La orden de tirar con cañones de seis y doce libras para abatir un fuerte provisto de cañones de 16 libras ¡Y morteros de 16 y 24 lb! Sabio general, el ejército te aprecia si el país no lo hace.
Nuestras baterías ligeras fueron reducidas a polvo en muy poco tiempo, y algunos de nuestros mejores oficiales y hombres muertos o mortalmente heridos. Mientras tanto, nuestra brigada cruzaba por entre pantanosos maizales y profundas grietas, trepaba por filosas piedras volcánicas llamadas Pedregal, hasta que alcanzamos el camino principal hacia México. Tres de nuestro regimiento sorprendieron a un grupo de lanceros, mataron a cuatro e hirieron a otros, y pusieron al resto en retirada. Poco después un espléndido cuerpo de caballería salió del fuerte, y desde una cima adyacente comenzó a provocar a nuestro regimiento (que estaba para entonces más avanzado que el resto de la brigada), haciéndonos burlas para atraernos hacia ellos.
Mientras tanto, el coronel Riley pareciera que dudaba en aceptar o no las burlas y retos, cuando de repente vimos cuatro largas columnas de soldados a pie y a caballo, que avanzaban desde la ciudad. La totalidad de nuestra brigada había ya para esto llegado hasta arriba, y fuimos movilizados por la pequeña villa de San Jerónimo aún cerca del fuerte y también justo al pie de la colina ocupada por los lanceros del fuerte. Estuvimos en la pequeña villa algunas horas parcialmente escondidos del enemigo bajo una densa capa de árboles frutales, aunque ocasionalmente tuvimos a algún hombre alcanzado por alguna metralla del fuerte. Entonces se nos dio la orden de ir hacia arriba y adentro de un barranco, aparentemente con la orden de atacar el fuerte tomándolo desde el cañón. Estando a unas pocas yardas de distancia de él un cuerpo de caballería hizo su aparición a nuestra derecha, mientras que el fuerte frente a nosotros disparó cuatro ráfagas de metralla en la más grande profusión, sin embargo solo unos cuantos de nuestros hombres de la tropa fueron alcanzados, ya que nos refugiamos en el barranco. Un oficial de los lanceros se arrojó hacia nuestra brigada solo con su espada en mano y casi nos alcanza antes de que lo asesináramos. Vi a un mexicano un poco tiempo después mostrando casi igual bravura.
Permanecimos en el barranco donde nos habíamos refugiado un cuarto de hora, y después oímos que se había decidido no atacar el fuerte en esa ocasión. Así que fuimos desplazados aparentemente con la intención de atacar a las tropas que venían desde la ciudad. Nuestra brigada fue detenida, ahora apenas a salvo de los tiros de los mosquetes de los mexicanos, y supimos que la División entera del Ejército de Twiggs había subido ya junto con una parte de la de Pillow. Se efectuaba un consejo de guerra en ese momento para decidir si se daba batalla a las tropas mexicanas que estaban al frente, mientras que a nuestra retaguardia estaba un fuerte tan poderoso como ese. El resultado de la consulta fue hacer una contramarcha una vez más y ocupar la villa mientras transcurría la noche, dado que ya había oscurecido. Entonces supimos que la fuerza que venía desde la ciudad constaba de 10,000 hombres bajo las órdenes del general Santa Anna en persona.
Mientras que esperábamos la decisión del general, un joven oficial del cuerpo de fusileros vino hasta mí y me contó del vergonzoso error de mando del tonto de Pillow, que una batería había sido hecha pedazos y su regimiento (de fusileros) completamente dispersado. Poco después los fusileros fueron atacados y no quedaron ni cien hombres de ellos. Con dificultad fuimos hacia nuestras posiciones cuando comenzó a llover muy fuerte, y continuó lloviendo toda la noche. No teníamos refugios a excepción del que nos daban los árboles y en poco rato estábamos empapados.
Antes de las dos de la mañana se nos puso en guardia, y se rumoraba que habría un ataque nocturno sobre el fuerte; dado que nuestras armas no funcionarían por la lluvia debería de llevarse a cabo solamente con la bayoneta. Nuestros hombres fueron alineados en silencio y movidos por el teniente Tower del cuerpo de ingenieros. La noche estaba tan oscura que a duras penas se podía uno ver las manos frente de la cara, y el camino estaba fangoso y resbaloso. Un hombre de la compañía F de nuestro regimiento se rehusó a seguir pegado al otro, y perdió su lugar haciendo que se extraviara el resto de la brigada que lo seguía. Vagamos por cerca de cuatro horas sin saber por dónde estábamos. Al fin logramos llegar hasta el lado derecho y logramos alcanzar a reunirnos con nuestro grupo al amanecer. Dándonos cuenta demasiado tarde que nuestras armas estaban listas para atacar, nos movimos hacia el fuerte, al cual llegamos en cerca de hora y media después de haber amanecido. El enemigo nos estaba esperando, aunque fue tomado en cierta medida por sorpresa, ya que no todos sus preparativos estaban listos. Mandaron un cuerpo de avanzada para enfrentarnos hasta que más cañones pudieran estar listos para apuntar a nuestra columna. Esos cuerpos de avanzada vaciaron un fuego pesado sobre nosotros antes de que pudiéramos completar nuestro despliegue. La brigada de Riley constituyó por completo la columna de ataque y nuestro Regimiento (81) era la cabeza.
81 – 4º de Artillería.
Regresamos el fuego de los cuerpos de avanzada con efecto mortífero, y entonces marchamos. El enemigo caía delante de nosotros. Los cañones ahora abrieron fuego sobre nosotros, cargados con metralla y balas, pero gracias al miedo de los que apuntaban no causó mucho efecto. Mi compañía llevaba los colores patrios y en consecuencia sufrió más severamente que ninguna otra, ya que en general evitaron el fuego enemigo. El día anterior en San Jerónimo nuestros colores fueron derribados. Esta mañana la borla fue volada por un disparo de cañón, poco después el porta bandera cayó. Nuestro avance era firme bajo una fuerte, pero lejana de ser destructiva, lluvia de balas, ya que los mexicanos no tomaban descanso. Después de pelear por hora y media descubrimos que la infantería y caballería estaban en plena retirada dejando a la artillería aún en sus posiciones. Recibimos una descarga de metralla cuando estábamos a veinte yardas de los cañones. El capitán Drum (82) de nuestro regimiento capturó dos de ellos que resultaron ser los mismos que el teniente O’Brian de nuestro regimiento había perdido en Buena Vista (83). Yo logré capturar tres que el enemigo apenas había abandonado. El enemigo estaba ahora completamente en retirada, marchándose en desorden hacia la ciudad de México. La primera brigada de nuestra división y una porción de la División de Pillow interceptaron a los prófugos, colocándose atravesados en el camino. Recibiendo disparos por el frente y por la retaguardia, los pobres mexicanos se escondieron en los barrancos, cuevas, maizales y hasta debajo de las piedras.
82 – Capitán Simon Henry Drum, capitán, 4º Artillería, muerto el 13 de septiembre de 1847, durante el asalto a la ciudad de México.
83 – Cf. Capítulo II.
El resultado de nuestra victoria fue de quinientos muertos, cerca de un millar de heridos. Cuatro oficiales y más de un millar de hombres prisioneros de guerra, veintidós espléndidas piezas de artillería y municiones de guerra en cantidades casi increíbles. Las pérdidas en nuestra brigada en la columna de ataque fueron insignificantes, el 4º de artillería fue el que más hombres perdió: treinta y siete, catorce de ellos pertenecientes a mi compañía, así más de un cuarto de mi compañía fue reducida, aunque después recompuesta enteramente con reclutas. (84)
84 – Diario del teniente Daniel Harvey Hill MS, notas de agosto 18-23, 1847, So. Hist. Col., NCa. Hill se graduó en West Point como 2º teniente, 1º Artillería en julio 1, 1842; 2º teniente, 4º Artillería en octubre 13, 1845; 1er teniente, marzo 3, 1847. Sus condecoraciones por la Guerra contra México fueron por Contreras y Churubusco, así como por Chapultepec. Renunció al ejército en 1849. Durante la Guerra Civil fue teniente general en el ejército de los Estados Confederados.

Un recuento más íntimo, que complementa los de Hill y Ewell, fue escrito por el teniente William Montgomery Gardner, del 2º de Infantería, quien sirvió en la brigada de Riley en Contreras (Padierna):
La noche del 18 paramos en un pequeño pueblo llamado Ochomilco (sic Xochimilco). Yo dormí esa noche en una iglesia donde fui atacado por las pulgas como nunca antes en mi vida. Muy temprano, al día siguiente comenzamos a pensar que tendríamos un encuentro antes de mediodía. En nuestro lado derecho viendo hacia el enemigo, estaba Santa Anna con cerca de 10 a 12 mil hombres y dos piezas de artillería ligera. En nuestra izquierda estaba el general Valencia con 27 cañones, algunos muy pesados, y una fuerza de 6 a 8 mil veteranos (…) Cerca de las 7 u 8 de la mañana comenzó a llover torrencialmente, pero fui más afortunado que mis compañeros ya que se me había encomendado estar en un piquete de defensa, donde tuvimos la suerte de encontrar una casa que aparentemente era la residencia de un sacerdote pero que estaba desierta. Seleccionamos esta para establecer los cuarteles del general, avanzando con nuestros hombres desde ahí. Encontramos la despensa del padre muy bien surtida. El capitán y yo cenamos esa noche pollos ahumados, miel, chocolate, brandy, agua y pan duro. Alternamos los tiempos para dormir ya que encontramos colchones, almohadas y cobijas. No tuvimos ninguna queja respecto de suministros.
Apenas había tomado mi primera siesta, cuando un oficial de los ingenieros y el adjunto de Twiggs llegaron a nuestro refugio para resguardarse en su tarea de reconocimiento. Tomé el mando de algunos hombres y salí en medio de la más desagradable noche que hubiera visto. Fue entonces cuando por primera vez supe que íbamos a atacar (…) Justo antes del amanecer, con una comitiva de 30 cañones y contando con 6 a 8 mil hombres. Los que abrirían el ataque serían los de la brigada de Riley. Aunque estaba seguro de que sufriríamos terriblemente en esta empresa, me sentía a la vez liberado de la carga de pensar en los nuestros al día siguiente siendo bombardeados sin ser capaces de poder disparar una sola vez, eso era demasiado fuerte para conservar la calma, si iba a morir quería que fuera en el frente de batalla y no siendo alcanzado por el enemigo desde media milla de distancia.
Cerca de las tres de la mañana, o tal vez un poco después, los tres Regimientos que componían el Regimiento de Riley comenzaron a tomar sus posiciones en el flanco izquierdo del campamento de Valencia y en la retaguardia. Nos posicionamos cuando amanecía; quedaban acaso 30 minutos. El enemigo no nos había descubierto aún.
Cuando hubo amanecido por completo, formamos columnas de ataque. Había dos columnas por división, una compuesta por el 4º de artillería con 6 compañías de mi regimiento. El otro del 7º de infantería con 4 compañías de mi regimiento. Solo imagínense, 900 hombres para las columnas de ataque no llegaban a esos números, agredir a un campamento resguardado con 27 piezas de artillería pesada y por lo menos 8,000 de infantería, sin mencionar a los lanceros. Pensé que por lo menos dos tercios de los nuestros serían barridos antes de que fuéramos capaces de poder usar nuestras bayonetas. El enemigo no se percató de nuestra presencia hasta que habíamos pasado el más serio obstáculo a nuestro avance: una profunda barranca que tenía por lo menos dos pies de profundidad de agua. Cuando salimos de ella observamos un gran griterío y confusión en su campamento, los hombres corrían por sus armas, a montar sus caballos, etc. Para ellos fue una completa sorpresa. Justo antes de llegar al tope de la colina de la cual al otro lado estaba el campamento del enemigo, nos detuvimos por un minuto para que los hombres se reagruparan juntos. Cuando llegamos a la cima, nos detuvimos otro momento por segunda vez para dar tiempo a que los hombres respiraran. Ahí recibimos una carga de la infantería del enemigo que nos disparó de forma apresurada para hacernos frente. No regresamos ni un solo tiro pero nos mantuvimos como si en lugar de balas estuvieran tirándonos manzanas. Cargamos sobre ellos aún en medio de un duro fuego de mosquetes por más o menos veinte o treinta yardas, entonces nos detuvimos, y desplegamos la columna. Durante todo este tiempo no hicimos un solo disparo y los hombres caían de nuestro lado a cada momento. Admiro la sangre fría de nuestros hombres durante este momento de prueba, aún más que su impetuosidad al momento de oír la orden de “a la carga”. Una vez que nos desplegamos en línea de batalla les dimos una carga, el enemigo no pudo resistir esto por más de veinte minutos, entonces se dieron por vencidos. Los perseguimos con una implacable ferocidad.
En conclusión, declaro bajo mi responsabilidad personal que ninguna otra tropa exceptuando el 7º y 2º de infantería y el 4º de caballería tuvo nada que ver con el ataque a Contreras. Los otros regimientos participaron en la persecución pero no en la batalla. El general Pillow dormía a cinco millas de distancia del campo de batalla y también el general Twiggs. Los generales Smith y Shields sé que estuvieron con nosotros, cosa que no puedo decir del resto de los oficiales generales. (85)
85 – Teniente William Montgomery Gardner, ciudad de México, a su hermano, octubre 24, 1847, Fondo William Montgomery Gardner, So. Hist. Col., NCa. Gardner fue 2º teniente, 2º Infantería; fue ascendido a 1er teniente por Contreras y Churubusco. Durante la Guerra Civil fue general Brigadier en el Ejército de los Estados Confederados.
CHURUBUSCO

Mientras la batalla de Contreras (Padierna) transcurría, la División de Worth del Ejército de Scott estaba a corta distancia al este del enfrentamiento, aunque sin poder escuchar el ruido de la batalla. Tan pronto como el campamento de Valencia fue tomado y sus fuerzas obligadas a marcharse la 2º División de Worth se puso en camino hacia la posición principal de Santa Anna en San Antonio (86). Apoyada por la mayoría de la división de Twiggs, Worth peleó entonces la segunda gran batalla para despejar el camino hacia la ciudad de México. Esta fue la Batalla de Churubusco. El capitán Ephraim Kirby Smith (87) describió la sangrienta batalla en una carta a su esposa:
86 Hacienda de San Antonio de Coapa.
87 – Capitán Ephraim Kirby Smith, 5º Infantería, murió el 11 de septiembre de 1847 por las heridas recibidas en la batalla de Molino del Rey.
Difícilmente sé cómo debo comenzar la descripción de los hechos de los últimos tres días. Mi cerebro da vueltas debido a la continua y prolongada emoción, mi cuerpo se duele con los raspones y la fatiga, pero intentaré hacerlo (…) contando las cosas tal como sucedieron. El día 19 aún estábamos cerca de San Antonio (…) Quitman ya se había apoderado de San Agustín y el enemigo estaba en las cercanías en San Antonio. Nuestro batallón (88) había sido reforzado con dos Compañías del 6º, bajo el mando del capitán Hoffman (89), y dos del 8º bajo el mando del Mayor Montgomery (90) que se habían ido hacia la derecha un buen trecho a hacer labores de reconocimiento. Transitamos la misma ruta que habíamos hecho el día dieciocho, pero no nos quejamos de caminar entre las crestas de roca volcánica y zanjas como lo habíamos hecho antes, nos dejamos ver del enemigo, deseando que creyeran que amenazábamos sus posiciones en San Antonio (…)
88 – Este era el batallón comandado por el teniente coronel Charles Ferguson Smith. Estaba compuesto por dos Compañías del 2º de Artillería, uno del 5º de Infantería y uno del 8º de Infantería.
89 – Capitán William Hoffman.
90 – Mayor William Reading Montgomery, condecorado por Palo Alto y Resaca de la Palma; fue ascendido a teniente coronel después de Molino del Rey.
Tan pronto como el general Worth se enteró del resultado (de la batalla de Padierna), la Segunda brigada de su División con nuestro batallón fue puesta en movimiento para intentar tomar la posición de San Antonio. Por dos horas corrimos por entre las rocas moviéndonos por el flanco, mientras que el enemigo marchaba en una fuerte columna, paralela a nosotros y casi a tiro de pistola hasta que la cabeza del 5º de Infantería perforó sus líneas, la pelea comenzó faltando quince para las doce (…) El punto donde nuestras tropas penetraron la columna de retirada del enemigo fue en el camino de San Antonio a México, cercano a la hacienda donde el ala izquierda de su línea de defensa terminaba. Cuando el fuego comenzó nuestro batallón debe haber estado a media milla en la retaguardia. El paso redoblado sonó y todos avanzamos corriendo. Rápidamente llegamos al camino y comenzamos una fiera persecución. Este camino es una ancha calzada elevada de piedra, con maizales y campos de pastura a cada lado, divididos por amplios surcos llenos de agua, de tres a seis pies de profundos. El maíz es muy alto y delgado. Pronto nos dimos cuenta mientras corríamos a lo largo del camino que el enemigo solo se estaba retirando a una posición fortificada, que era su segunda línea de defensas en Churubusco.
(…)

A lo largo del camino hasta este punto no he visto heridos ni muertos norteamericanos, aunque había muchos mexicanos muertos. Vi a un coronel que había sido herido en el corazón yaciendo en el dique. Avanzamos en el camino menos de una milla cuando se nos ordenó internarnos en los campos para asaltar el lado derecho de la posición del enemigo -hablo de nuestro batallón-. Rápidamente nos formamos en línea en campo abierto atrás del delgado maíz para avanzar. Las balas de escopeta silbaban sobre nuestras cabezas durante un buen rato y ocasionalmente una bala de cañón atravesaba el maizal abriéndose paso a nuestro frente.
Para este momento habíamos contestado fieramente la batalla en nuestro flanco izquierdo y en nuestro frente (…), debieron haber sido como las doce y media. Inmediatamente en frente de nosotros, a tal vez quinientas yardas, el estruendo del fuego mexicano excedía cualquier cosa que hubiera oído en la vida. El estrépito era horrible, el rugido de los cañones y los mosquetes, los gritos de los heridos, el espantoso llanto de los caballos y mulas aterrorizados y los alaridos de los fieros combatientes, todos combinados en un sonido tan infernal como pueda concebirse. Los de nuestro batallón no habían disparado un solo tiro, pero ahora rápidamente avanzábamos, todos aparentemente deseosos de entrar a combate mano a mano en el cual conocíamos nuestra superioridad.
No podíamos saber lo que estaba frente a nosotros, si el enemigo estaba en un fuerte común o detrás de trincheras, o mandando su fuego cubierto por los setos y zanjas que bordeaban el camino y los campos, todo estaba oculto por el alto maizal.
Rápidamente salimos de él hacia una intersección del camino cerca de un pequeño grupo de casas, donde estuvimos expuestos a un peligroso fuego cruzado, que a duras penas podía ser resistido. Muchos habían caído, el batallón estaba muy disperso y roto. Las granadas y los tiros de los mosquetes estaban barriendo todo en una tormenta que se esparcía con los muertos y moribundos. Me fue muy difícil hacer que los hombres permanecieran en formación, pero finalmente lo logré con mi compañía, a la que se le ordenó por fin atacar bajo el mando de mi valiente teniente Farrelly. Yo estaba ocupado reorganizando las otras tres compañías; el coronel, muchos de los oficiales y de sus hombres no se aparecieron cuando sucedieron las cosas más terribles de la batalla. Mis hombres por fin se formaron, y se me ordenó efectuar un ataque que yo mismo dirigiría, cuando un espantoso grito vino desde la izquierda y la retaguardia por la que estábamos siendo repelidos. Un grupo de soldados y oficiales pasaron corriendo llenos de pánico en seguida, aplastando y rompiendo mi pequeño grupo. Sin embargo logré sacarlos de la masa, que se componía de una gran parte del 8º, el 6º y el 5º de Infantería, con algunos de artillería. Grité que no estábamos siendo repelidos, que atacáramos, y que sería nuestro día. Nuestro coronel, C.F. Smith (91) se nos unió, y el grito imperante era “¡Avancen!”
91 – Charles Ferguson Smith fue ascendido a teniente coronel por Monterrey, y a coronel por Contreras y Churubusco.
Hasta este momento no sabíamos que otras divisiones del ejército también estaban en la misma situación, pero ahora sabemos que Twiggs y otros estaban presionándolos en la izquierda, habían estado peleando con ellos por una hora o más. Antes de esto descubrimos que estábamos bajo el fuego de dos Fuertes, uno un bastión al frente, un puente que flanqueaba el paso y que tenía al lado una zanja más grande que había sido hecha alrededor de un enorme convento. Ahora cuando todo el ejército gritaba y se lanzaba al asalto, el enemigo abandonó todo retirándose como pudo hacia México. Fueron perseguidos por todos nosotros; cientos cayeron muertos en la retirada, nuestros dragones hicieron una carga sobre ellos hasta los bastiones de las puertas de la ciudad donde se quedaron soportando una tremenda descarga de la batería que protegía la entrada (…)
Tan rápido como terminó la batalla y cesó la persecución, me regresé cansado y dolorido como estaba a recoger a los muertos y heridos de nuestro batallón y no regresé sino hasta la noche. El campo presentaba un aspecto espantoso, los muertos y los heridos estaban profusamente dispersos por el campo, los cuerpos destrozados de las mulas y caballos, de la artillería bloqueaban el camino, llenaban todos los huecos (…) Encontré a dos muertos de mi compañía y quince heridos. El teniente Farrelly (92) recibió dos tiros, uno en el pecho y otro en el brazo. En el batallón que se agregó, de doscientos veinte hubo cincuenta entre muertos y heridos; en nuestra división completa, trescientos treinta y seis, en todo el ejército, mil cincuenta y dos. Setenta y cuatro oficiales fueron muertos y heridos, trece de ellos muertos en batalla (…) Yo he estado en lo más arduo de la batalla por más de una hora, y los disparos de granada y cañón me hicieron caer dos veces.
92 – Patrick Alden Farrelly fue 2º teniente, 5º Infantería, y ascendido a 1er teniente por Contreras y Churubusco.
La pérdida del enemigo debe haber sido inmensa. Hemos tomado entre dos o tres mil prisioneros, entre ellos siete generales y treinta y siete cañones grandes. Sus oficiales dicen que entre muertos, perdidos y capturados deben haber perdido cerca de cinco mil hombres. Según lo que saben, ellos tenían algunos dicen veinte, otros treinta mil en la pelea. Es una victoria maravillosa y sin duda alguna la batalla más grandiosa que haya peleado nuestro país, espero que con esto se logre la paz. Después de estos eventos, la gran ciudad está a nuestra merced y podremos entrar en ella a cualquier hora. (93)
93 – Capitán Ephraim Kirby Smith, Tacubaya, a su esposa, agosto 22, 1847, en Smith, To Mexico with Scott, pp. 197-204.
ARMISTICIO DE TACUBAYA

Las Batallas de Contreras (Padierna) y Churubusco (agosto 20) llevaron al ejército invasor a pocas millas de la ciudad de México. Scott estableció sus cuarteles en Tacubaya, pero sus tropas estaban extenuadas, habían sufrido muchas pérdidas y no estaban en condiciones para un ataque inmediato sobre la capital. Por lo cual Scott demandó la capitulación de la ciudad, y comenzó a negociar un armisticio el 21 de agosto. El Ejército de Santa Anna estaba en peores condiciones que el de Scott, así que el general mexicano se acogió a ese respiro. Las negociaciones comenzaron con el funcionario representante del Departamento de Estado, Nicholas B. Trist, que acompañaba al Ejército de Scott. El día 24 se acordaron los términos del armisticio. Scott vio esto como un paso preliminar para la rendición de México, pero Santa Anna lo utilizó para preparar la resistencia. Desde el día que se firmó el armisticio de Tacubaya estaba destinado a ser una de las decisiones más controvertidas de la guerra contra México. George Wilkins Kendall, un brillante editor del New Orleans Picayune, que acompañaba al ejército de Scott, lo llamó el más grande error de Scott. Él argumentó esto en defensa de su posición:
El más grande error en la campaña del Valle de México fue puramente de índole política, y se dio en el enfermizo armisticio de Tacubaya. Visto desde cualquier ángulo es un error. Después de que Churubusco cayera, y la capital estuviera por completo a merced del ejército invasor, esta gran ventaja pagada con la sangre de más de mil hombres fue rechazada con la vana o ilusoria esperanza de que tan desinteresada muestra de magnanimidad obtuviera la tan anhelada paz.
El general Scott estaba llevando a cabo un acto con el que esperaba conseguir la aprobación del gobierno y la opinión pública en Estados Unidos; es verdad que ambos, tanto él como el señor Trist, pensaron que estaban llevando a cabo los deseos del gabinete en Washington, que estaban ansiosos por asegurar la paz. Este autor no tiene derecho a preguntarse sobre eso. Ha sido la política del gobierno Norteamericano, desde el día que el general Taylor cruzó el Río Grande en Matamoros, el ejercer total magnanimidad hacia los mexicanos -que a los estallidos sigan las palabras suaves-, poner ramas de olivo sobre el humo de los campos desolados, en pocas palabras, intentar convencer a un enemigo orgulloso, mientras que aún se encuentra sumergido en la desgracia y la derrota, para que esté de acuerdo con los términos de la paz, y esto mientras los mismos términos ofrecidos siempre son vistos como un injusto desmembramiento de su soberanía y una pérdida del honor nacional.
Pero más allá de esto, sin comprender en lo absoluto el carácter de los mexicanos, la política que se ha dirigido a ellos ha sido la de efectuar proclamaciones de cuando en cuando, bien escritas es cierto, llenas de verdad, y abundantes en sanas advertencias, pero al mismo tiempo exasperando su naturaleza y siempre fallando por completo en su objetivo. Estas proclamaciones generalmente seguían a cada victoria de los norteamericanos, y llegaban al enemigo cuando aún se quejaban de los efectos de su reciente fracaso. No se podía haber escogido tiempo más inadecuado para dirigirse a una de las más altivas y arrogantes razas de la tierra y es de sorprenderse que dichos llamados fueran realizados, ya que los mexicanos ni los oirán, ni harán caso a tales ofertas tan mortificantes para su orgullo. La esperanza desde luego contemplaba que había una gran porción de personas en México interesadas en firmar la paz con los Estados Unidos, pero esto no se ha podido probar. El que hubiera unos cuantos hombres acaudalados en el país que se opusieran a la guerra es una verdad indudable, su oposición, sin embargo, era de naturaleza tan egoísta que no se atrevieron a confesársela a ellos mismos francamente y un gran efecto de los manifiestos de paz y proclamaciones fue el demorar la guerra hasta un punto en que el enemigo no estuviera en condiciones de sostener la lucha.
La política del gobierno, tan larga y celosamente insistente, tal vez haya tenido sus efectos sobre las acciones del general Scott tras de la batalla de Churubusco. Las victorias de la mañana del 20 de agosto, logradas sobre números tan superiores, y que abrieron, como de hecho lo hicieron, las puertas de la capital mexicana a sus soldados, sin duda pensó que serían muy gratificantes para la población norteamericana, y las noticias de ese brillante éxito, seguidas de un tratado de paz, serían alabadas por la nación entera con felicidad y aclamaciones. Tal consumación valía la pena y llevaba algo consigo, las gracias de gente tremendamente complacida a alguien que deseaba tener distinciones políticas, acompañadas por la orgullosa satisfacción de haberlas ganado. El general Scott, o cualquier otro hombre en su posición, hubiera arriesgado mucho por obtenerlas, y he aquí la excusa para el alto de su ejército victorioso a las afueras de la ciudad cuando virtualmente estaba ya tomada, el subsiguiente armisticio, y los fracasados intentos de procurar el establecimiento de la paz (…)
Aunque el general Scott no considerara las posibilidades de obtener la paz como altamente favorables, no hubiera renunciado a la inmensa ventaja militar que la inmediata posesión de la capital le hubiera dado, no hubiera permitido a su enemigo retener una posición, donde se pudiera tan fácilmente organizar para una nueva resistencia (…) El general Scott desperdició cada ventaja que las victorias de Contreras y Churubusco le habían dado, poniendo en manos de su astuto e inmoral adversario la única arma que podría blandir con la última esperanza de éxito: la de la diplomacia. (94)
94 – Kendall, op.cit. pp. 50-51.
Un argumento opuesto, defendiendo y, de hecho, alabando a Scott por el armisticio de Tacubaya, fue escrito por uno de sus brillantes y jóvenes ingenieros, el Mayor Isaac Ingalls Stevens (que después fue general mayor de voluntarios y muerto en el campo de batalla en Chantilly en 1862). Lo pone en una revisión a la guerra que se publicó en 1851:
El armisticio es objeto de severa animadversión (…) y el general Scott ha sido puesto como ejemplo de poner en peligro la seguridad y sacrificar las vidas de sus valientes tropas por causa de objetivos egoístas, de ganar popularidad y buscar el gran objetivo de su vida: La Presidencia.
Condenamos esto como la más injusta y antiliberal visión de la transacción completa. Se requiere de un examen exhaustivo de las páginas de la historia para aprender que casi todos los tratados de paz, que resultan por el uso de las armas, han al principio sido precedidos de un armisticio, y este armisticio frecuentemente ha sido propuesto por la parte vencedora. Un armisticio es al menos un paso preliminar que un deseable tratado de paz, aunque no del todo esencial (…) No se puede negar que nuestro gobierno y pueblo estaban extremadamente ansiosos de que el conflicto terminara. Todos tenían los ojos puestos en la campaña de Scott para conquistar la paz. Esta expresión estaba en todas las bocas. La paz es el gran objetivo deseado por todos, y mucho más gratificante para todos que los más espléndidos logros de las armas. ¿No es este hecho la simple y obvia explicación de todo el proceder del general Scott? ¿No fue su simple y obvia tarea no dar oportunidades de que algo escapara lo que debería asegurar el cumplimiento de este objetivo?
Personalmente, ¿no hubiera ganado más con una entrada triunfal en la magnífica capital de los aztecas, que ser paciente al entrar en la búsqueda de la paz, y la negociación, la cual iba a redundar en gloria para otros?
El camino seguido por el general Scott al plantear el armisticio de Tacubaya formará una de las más brillantes páginas de la historia de nuestro país. A lo largo del tiempo podrá referirse a ella como una prueba convincente de moderación, sinceridad y magnanimidad del gobierno que él representó. Y cuando consideramos el hecho de que los representantes de ambas partes se encontraron, y que en las negociaciones hubo de todo menos éxito; que Santa Anna mismo había casi accedido a firmar el tratado, y que tuvo suficiente tiempo para pensarlo y que deliberadamente mucho antes había decidido hacer un segundo llamado a las armas, consideramos que el general Scott sale absuelto de este asunto.
Hablamos al respecto de los términos generales del armisticio. En referencia a los detalles, creemos que se cometió un error en no insistir en la rendición de Chapultepec. Pero no creemos que esto sea una causa de censura seria, cuando se reflexiona cuan profundamente postrado en el polvo estaba el enemigo y lo fuertes que estaban el general y sus valientes tropas (…) Esperamos solamente que en nuestras futuras guerras nuestro ejército tenga la guía de un jefe de igual destreza, valor en el fragor de la batalla y de igual magnanimidad para con el enemigo conquistado. (95)
95 – Mayor Isaac Ingalls Stevens, Campaigns of the Rio Grande and of Mexico, with Notices of the Recent Work of Major Ripley, Nueva York, D. Appleton & Co., 1851, pp. 82-84.
LA RUPTURA DEL ARMISTICIO

El armisticio de Tacubaya, como quiera que se le interprete, no fue el fin de la guerra. Tras unos pocos días de haber sido firmado, acaecieron incidentes en los que se alegaron cargos de violación del armisticio. Las tensiones prosiguieron hasta que el 7 de septiembre Scott declaró la abrogación del armisticio. Al día siguiente, Worth atacó Molino del Rey, y “en tan solo nueve días, Santa Anna y sus tropas se dieron a la fuga de ese valle (de México)”. Desde el cuartel de Scott, el teniente Pierre Gustave Toutant Beauregard, del Cuerpo de Ingenieros, anotó en su diario noticias en clave de los incidentes ocurridos, desde la firma del armisticio hasta la reanudación de la guerra:
(Agosto) 21 (1847). Marchamos a Tacubaya –Cuartel general en el Palacio Episcopal- (…) Se ofreció un armisticio a Santa Anna. (Agosto 22). El día se fue en discutir los términos del armisticio -De parte nuestra estuvieron los generales Quitman-Smith y Pierce, y los generales Mora (96) y (¿Quijano?) (97) del lado de los mexicanos. (Agosto) 23 –Igual que el 22. (Agosto) 24 -El armisticio se terminó y se firmó hoy. El objetivo fue permitir que el Sr. Trist entrara en negociaciones con los comisionados mexicanos. (Agosto) 25 -Los comisionados mexicanos fueron el general Mora -2-3 (sic. Quijano). (Agosto) 26 -El señor Trist fue hoy a la ciudad para tratar con los comisionados. Una caravana de carros fue mandada también para traer dinero, provisiones y demás -pero no se les permitió la entrada ya que el capitán Wayne (98) iba uniformado-. Santa Anna mandó una disculpa.
96 – General Ignacio Mora y Villamil, Ingeniero general, general del Estado Mayor. Después de la negociación del armisticio fue parte de la Comisión que discutió los términos de la paz.
97 – General Benito Quijano.
98 – Capitán Henry Constantine Wayne, fue 1er teniente, 1º Artillería, de 1842 a 1851; también tuvo el grado de capitán y asistente del Estado Mayor en mayo 11, 1846. Fue ascendido a mayor por Contreras y Churubusco. Durante la Guerra Civil fue general Brigadier del Ejército de los Estados Confederados.
(Agosto) 27 -La caravana entró a la ciudad pero, no bien habían entrado, una turba los atacó a pedradas, matando e hiriendo a muchos, las autoridades fueron insuficientes para controlar a la turba, Santa Anna mandó de nuevo disculpas.
(Agosto) 28- No se enviaron carros a la ciudad hasta que se hicieran los arreglos para que trajeran dinero y provisiones, solo se trajo una pequeña cantidad.
(Agosto) 29- Se realizó otro arreglo para traer esos artículos en botes hasta Mexicaltzingo pero no se hizo nada al respecto, a excepción de algo muy leve en la noche. El ejército el día de hoy se encuentra sin provisiones, a excepción de harina y carne fresca. Todo esto parece ser un disparate y deben de tomarse medidas más drásticas pronto.
(Agosto) 30- Todo permanece en la misma condición. Los rumores de toda clase circulan mientras que se presentan más dificultades para traer provisiones de la ciudad. Hoy un grupo de mulas fue enviado bajo la dirección del señor Argon (sic Aragón), y regresó trayendo algo de provisiones y dinero. Se envió una carta.
(Agosto) 31- Todo parece tener la misma apariencia. Los oficiales de Ingenieros fueron enviados para hacer un reconocimiento del campo de batalla.
(Septiembre) 1.- Se terminó hoy el reconocimiento del campo. El asunto de la paz se hace más fuerte. (Septiembre) 2- Las cosas siguen igual. El armisticio no se respeta en plenitud por los mexicanos. Las autoridades mandan a diario disculpas. (Septiembre) 3- Hoy el general Scott trasladó su Cuartel general del Palacio del obispo hacia la plaza de la población, y comió en nuestra casa. El armisticio sigue siendo roto por el enemigo, y se envían disculpas a diario. (Septiembre) 4- El general y el Señor Trist continúan siendo optimistas con respecto a la paz, pero todo el asunto parece un disparate. (Septiembre) 5- Lo mismo de ayer. (Septiembre) 6- Nos han llegado noticias el día de hoy de que las autoridades van a sancionar las violaciones del armisticio. Se trabaja noche y día con tropas fuertes en las acciones de Chapultepec, el camino de Tacubaya, y San Cosmo (sic Cosme). El general le ha enviado al general Santa Anna la noticia de que la tregua va a cesar mañana a las doce si no se recibe una disculpa amplia y una retribución por todas las violaciones a la tregua.
(Septiembre) 7- La disculpa no se dio y el armisticio se terminó a las doce, se realizaron los preparativos de ataque sobre Molino de los Reyes cerca de Chapultepec. Se nos ordenó comenzar nuestro reconocimiento. Se me ordenó ir con el general Pillow para hacer un reconocimiento nocturno en la Piedad y la Garita de San Antonio. Un disparate. (99)
99 – Pierre Gustave Toutant Beauregard, Diario de la Guerra Mexicana, MS, DLC.
MOLINO DEL REY

El diario de Beauregard comienza el día 8 con una anotación lacónica de que “El general Worth atacó el Molino del Rey, logrando conquistarlo después de haber perdido varios hombres y oficiales” El Molino del Rey, a menos de dos kilómetros al noroeste de Tacubaya, era un grupo de edificios de piedra, incluido uno que se usaba para moler harina, y otros para fundición de balas; ochocientos metros al noroeste estaba Casa Mata, la cual en un tiempo había sido bodega de pólvora. Santa Anna decidió colocar a parte de sus fuerzas en este complejo, como estrategia en su defensa de la ciudad de México y del Castillo de Chapultepec, a un kilómetro al este del Molino.
La Batalla de Molino del Rey, que sucedió el 8 de septiembre, se ha llamado “el más espantoso choque de armas de toda la guerra”. Cuando, después de su captura, se encontró que la fundición no contenía maquinaria para la fabricación de cañones, las tropas americanas se retiraron. Había sido con todas sus consecuencias un ataque parcial; una carga completa del ejército de Scott (seis brigadas en lugar de tres) hubiera resultado en la captura inmediata de Chapultepec.
El teniente Raphael Semmes, que estaba en el ejército de Scott, posteriormente escribió una colorida y precisa reseña, aunque estaba predispuesto contra Scott:
El reconocimiento de los ingenieros demostraba que en el ala izquierda del enemigo se encontraba un grupo de fuertes edificios de piedra (El Molino) en la ladera oeste de Chapultepec y a cerca de media milla de la falda de la colina; que la derecha de esta línea se encontraba un edificio de piedra llamado Casa Mata (…) situado al pie de la cresta de la colina, que gradualmente descendía hacia la villa de Tacubaya, valle abajo, que estaba a una distancia de un tercio de milla del primer edificio. Estos dos edificios estaban más o menos conectados por diques, plantados con magueyes que proveían una excelente cubierta para la infantería y la batería de campo del enemigo, que ocupaba una posición en la mitad de estos dos edificios, apoyado por infantería en ambos lados. Tanto Molino del Rey como Casa Mata estaban llenos con infantería, la amplia azotea del Molino, en particular, les daba una excelente posición para poder atacar a nuestras tropas en cuanto avanzaran.
Un lector militar percibirá por supuesto que el punto débil del enemigo, como aquí se ha descrito, era el centro. Worth ordenó que la batalla se realizara según lo describiré: A la brigada de Garland se le ordenó tomar posición en la derecha (nuestra derecha), y fue reforzada con dos piezas de la batería de Drum, viendo hacia el Molino, así como también hacia cualquier posición que permitiera la llegada de refuerzos hacia el este que vinieran desde Chapultepec, dado que estaba cubierto parcialmente por sus armas. Esta brigada se colocaría al mismo tiempo a una distancia que pudiera apoyar a la batería de Huger (100) con un cañón de 24 lb, que había sido dirigido para tomar posición en una cresta entre Tacubaya y El Molino a unas 600 yardas de este último, al cual debía de atacar socavándolo previamente al asalto. Una partida de ataque de unos quinientos hombres y oficiales bajo las órdenes del Mayor Wright del 8º de infantería (el propio regimiento de Worth) se colocó en la cresta, a la izquierda de la batería de armas, para forzar el centro del enemigo. La brigada de Macintosh (El coronel Clarke (101), su comandante habitual estaba enfermo) con la batería de Duncan fueron asignadas a una posición un poco más lejana a la izquierda, opuestos a la derecha del enemigo, para cuidar nuestro flanco izquierdo, para sostener a la columna de ataque de Wright si era necesario, o para atacar al enemigo ellos mismos (el campo era favorable), si las circunstancias lo requerían. Además, recapitulando brevemente, la izquierda del enemigo, el centro y la derecha, estaban opuestas por Garland, Wright (102) y Macintosh respectivamente. Huger estaba con Garland y Duncan con Macintosh (103); la brigada de Cadwallader se mantuvo en reserva en la retaguardia de nuestra línea, y como una ayuda cercana a cualquier parte de esta…
100 – Capitán Benjamin Huger, Ordenanza, obtuvo tres condecoraciones en la guerra contra México: Veracruz, Molino del Rey y Chapultepec. Durante la Guerra Civil fue general Mayor del Ejército de los Estados Confederados.
101 – Coronel Newman S. Clarke, 6º Infantería.
102 – Capitán George Wright, 8º Infantería, fue ascendido a teniente coronel por Conteras y Churubusco, y a coronel por Molino del Rey, donde fue herido.
103 – Teniente coronel James Simmons McIntosh, 5º Infantería, condecorado por Palo Alto y Resaca de la Palma donde fue seriamente herido; murió en la Batalla de Molino del Rey.
Nos movimos de los cuarteles a las dos y media de la madrugada. En la mañana del memorable 8 de septiembre, las múltiples columnas se habían reportado listas, se pusieron en movimiento alrededor de las tres, en sus respectivas rutas. No había amanecido aún cuando nos desplazamos fuera de Tacubaya; pero las tropas tomaron sus posiciones, con la mayor precisión de acuerdo al orden de la batallas, evitando cometer el más mínimo error. Los de mi equipo nos desplazamos en silencio, el general solamente intercambiaba algunas palabras con el ingeniero sobre la ruta; pareciera que teníamos algún presentimiento sobre la sangrienta tragedia que se desarrollaría. La noche era perfectamente clara, pero sin luna, y el sol después de ella se levantaría en toda su gloria, sobre el campo de batalla para iluminar la obra de carnicería y muerte.
A los primeros indicios del amanecer en el este, Huger abrió fuego con su artillería pesada, que por un tiempo fueron los únicos sonidos que rompían el silencio perfecto del campo de batalla. Chapultepec parecía dormir aún y después de unos minutos se despertó, devolviéndonos nuestro fuego. Cuando Huger ya había tirado unas cargas al Molino, este lugar parecía haberse debilitado de alguna manera; Wright con su partida de carga, bajo la guía de Masion y Foster (104), se apresuró bravamente hacia él para tomarlo y romper el centro del enemigo. Sin embargo, fue recibido por un tremendo fuego de mosquetería, granadas y cañonazos que de una sola vez le revelaron al general Worth la formidable fuerza que tenía en oposición. Nada lo intimidó, siguió apresuradamente guiando a la Infantería y a los artilleros, a punta de bayoneta, pero sufriendo terribles pérdidas. El campo, como lo dije antes, formaba una pendiente gradual hacia las líneas del enemigo, y debajo de esta pendiente (formando un ligero plano inclinado) fue que nuestros valientes fueron obligados a marchar sin apenas un ligero refugio; mientras que el enemigo yacía oculto detrás de los diques y plantas de maguey, o era protegido por paredes y parapetos (alrededor de la azotea) del Molino. La batería de campo del enemigo fue tomada y los cañones inmediatamente posicionados sobre su ejército que se retiraba. Antes de que se retirara, sin embargo, el enemigo, percibiendo que había sido despojado de su posición privilegiada por un puñado de hombres, se reagrupó y volvió a la carga, ayudado por un tremendo fuego de mosquetería que venía de las tropas que estaban en la parte de arriba del Molino a tiro de pistola. Once de los catorce oficiales que componían el comando -el bravo mayor y sus dos ingenieros entre ellos- fueron derribados por este fuego asesino; y los demás hombres sufrieron la misma suerte en proporción. Los que quedaron se retrajeron por necesidad, y el enemigo recuperó la posesión de sus piezas, ¡Rematando con salvaje deleite a bayoneta a los heridos! Este fue un momento crítico para nosotros (…) (Worth) nunca pensó retroceder (…) pero ordenó al batallón ligero de Smith (105), el cual había sido tremendamente disminuido en Churubusco, y que estaba ahora bajo las órdenes del capitán Kirby Smith, -el valiente teniente coronel que estaba enfermo- y al ala derecha de la brigada de Cadwallader, a avanzar con rapidez a apoyar a la partida de ataque que había sido rechazada. Esta orden fue ejecutada con valentía y el enemigo (estando ahora muy presionado por Garland en su lado izquierdo) dio un camino en el centro, y su batería fue capturada por segunda vez.
104 – Teniente John Gray Foster, 2º teniente, Cuerpo de Ingenieros, obtuvo condecoraciones por Contreras y Churubusco y por Molino del Rey. Fue general mayor del Ejército de la Unión, en marzo 13, 1865.
105 – El Batallón Ligero del coronel Charles Ferguson Smith.
Entretanto, la brigada de Garland, sostenida por la batería del valiente capitán Drum, asaltó la izquierda del enemigo, después de un obstinado y severo combate lo apartó de la fortaleza del Molino. La batería de armas bajo las órdenes del capitán avanzaba ahora para capturar la posición, y estaba abierta junto con los cañones del enemigo, en sus fuerzas que se retiraban derrotadas. Mientras que estas operaciones estaban en progreso en el lado izquierdo del enemigo y el centro, la batería de Duncan abrió su derecha y a la 2ª brigada, bajo las órdenes de Macintosh, se le ordenó seguir el asalto desde este punto. La dirección de esta brigada rápidamente cubrió el fuego de la batería de Duncan descontinuándolo por un momento. La brigada se movió con firmeza al asalto de Casa Mata, la cual en lugar de ser una ordinaria casa de piedra como era considerada por los ingenieros, resultó ser una ciudadela rodeada por trincheras e inexpugnables cunetas -una antigua obra española que se había reparado y agrandado recientemente-. Las labores de reconocimiento habían logrado estar solo lo suficientemente cercanas y este error, así como la naturaleza del edificio, habían sido inadvertidas. La obra situada en campos bajos y con las partes más bajas ocultas por diques y plantas de maguey.
Mientras que Macintosh se desplazaba para asaltar esta formidable locación, un cuerpo más grande de la caballería (luego apareció en los reportes oficiales del enemigo que se trataba de cuatro mil elementos bajo las órdenes de Álvarez) (106) fue visto aproximarse en nuestra extrema derecha con la intención de cargar contra nosotros en ese flanco, o darse la vuelta y cerrar esa posición. Tan pronto como la batería de Duncan fue cubierta como lo describí antes, por la interposición de la brigada de Macintosh entre él y Casa Mata, se le ordenó atacar de frente, para mantener a la caballería del enemigo vigilada, lo cual llevó a cabo con rapidez, moviéndose un poco más allá en la izquierda. Los Voltingeurs, bajo el coronel Andrews (107) fueron enviados a apoyarle, el Mayor Sumner (108) con sus doscientos setenta dragones fueron mandados a colocarse en una posición cercana para prevenir cualquier eventualidad, y perseguir si se daba la ocasión a las fuerzas del enemigo que se retiraran.
106 – El general Juan Álvarez, comandante de la Caballería Mexicana, fue luego criticado por no ejecutar algunos movimientos que se esperaba que hiciera. (Atoyac, 1790-La Providencia, 1867) Militar y político mexicano. Su defensa de la República federal le enfrentó con Santa Anna, Iturbide y Bustamante. En 1850 se convirtió en gobernador del estado de Guerrero, al que logró sustraer de la dictadura de Santa Anna. Fue nombrado presidente de la República en octubre de 1855, cargo al que renunció en septiembre de 1856. Poco después, participó en las guerras contra Maximiliano y la presencia francesa.
107 – Coronel Timothy Patrick Andrews. Fue Mayor y Cajero Principal, mayo 22, 1822; coronel de los Voltigeurs de feb.16, 1847 a julio 20, 1848, ascendido a general Brigadier por Chapultepec.
108 – Mayor Edwin Vose Summer, 2º Dragones.
Para hacerse de esta posición el valiente mayor, con el fin de evitar las zanjas que impedían la marcha, se vio forzado a cruzar a tiro de pistola de Casa Mata donde sus tropas sufrieron considerablemente; el enemigo derribó a varios de sus dragones de sus sillas de montar, y los caballos espantados y heridos corrían por el campo. Una de las brigadas del enemigo (de unos dos mil hombres bajo el mando de Álvarez) se movieron con valentía hacia adelante (Duncan había detenido su fuego para atraerlos hacia ahí) hasta que estuvieron a una buena distancia de tiro, fue cuando el bravío teniente coronel abrió fuego sobre ellos de una forma tal que les abrumó en rapidez y potencia, y por el cual su batería fue ampliamente celebrada. El enemigo no pudo reponerse del impacto; primero quedó impávido y luego cayó en la confusión. El frente de su columna se retrajo en desorden sobre su centro, retrocedió hacia atrás, hasta que en una masa comenzó la retirada en desorden. La Segunda brigada, bajo el mando de Andrade (109), que se estaba acomodando para apoyar a Álvarez, se vio envuelta en el desorden y la retirada de la Primera, y los cuatro mil caballos desaparecieron del campo. Mientras que Duncan estaba en la mitad de estos operativos, el general Worth le mandó un ayuda de campo para indicarle que debería estar “seguro de mantener a la caballería del enemigo contenida” (…)
109 – General Juan José Andrade.
Déjenos regresar a Macintosh, al cual dejamos avanzando sobre Casa Mata. Mientras su valiente brigada se colocaba dentro del rango de alcance de las balas, el enemigo abrió un fuego destructor sobre ellos, derribando a hombres y oficiales en espantosa cantidad. Pero Macintosh era un hombre que nunca temió al peligro, y continuó su avance aún en medio de esta lluvia de balas, hasta que fue herido mortalmente. La brigada, bajo el mando del valeroso Martin Scott (110), continuó, sin embargo, hasta que alcanzaron la falda misma del parapeto que rodeaba la ciudadela. Para estas alturas, Scott había sido muerto, su segundo al mando el Mayor Waite (111) había sido herido de gravedad y una enorme cantidad de los valientes compañeros habían sido liquidados. Un retroceso momentáneo y algunos desórdenes siguieron, y lo que restaba de la brigada ahora retrocedió para ser apoyada por la batería de Duncan, que después de haber rechazado a la caballería del enemigo (…) había regresado a su posición originaria. Duncan tenía ahora la capacidad de reiniciar el fuego, y lo hizo contra Casa Mata… Y en pocos minutos tuvimos la satisfacción de ver cómo el enemigo se retiraba de este baluarte (…) Después de haber llegado a El Molino -el cual no era realmente un molino-, no había vestigios de calderas de fundición, herramientas, o de algún otro aparato que sirviera para la fabricación de cañones (…)
110 – Mayor Martin Scott, 5º Infantería, ganó dos condecoraciones por la guerra contra México.
111 – Mayor Carlos Adolphus Waite fue mayor 8º Infantería, en febrero 16,1847; obtuvo dos condecoraciones por Contreras, Churubusco y por Molino del Rey. General Brigadier del Ejército de la Unión en marzo 13, 1865.
Habiéndosenos indicado que lleváramos nuestras tropas hacia Tacubaya, se enviaron los carros, comenzamos la enorme tarea de comenzar a recolectar a nuestros muertos y heridos, lo cual nos mantuvo ocupados por varias horas. El enemigo nos disparaba continuamente desde Chapultepec. (112)
112 – Semmes, Campaign, op.cit. pp. 324-331.
EL ASALTO A CHAPULTEPEC

Después de la batalla de Molino del Rey, el Castillo de Chapultepec aún era un obstáculo entre el ejército invasor y la ciudad de México. Durante la noche del 11 de septiembre, la artillería de Scott comenzó su bombardeo del castillo situado a 62 m de altura; los hombres de la artillería de México contestaron el ataque con algún éxito. En la cumbre, el Colegio Militar sufrió daños considerables, algunas de las baterías mexicanas habían sido destrozadas. Pero el 12 de septiembre, Scott se percató de que Chapultepec solamente podría conquistarse por medio de un asalto. En tanto que las tropas de Quitman y Pillow atacaban desde el oeste, una partida de asalto conducida por el capitán Casey (113) (ayudado por otros elementos) atacaba desde el sur. A las nueve treinta de la mañana Chapultepec había caído.
113 – Capitán Silas Casey, 2º Infantería, ganó condecoraciones por Contreras y Churubusco y por Chapultepec. Durante la Guerra Civil fue general brigadier de Voluntarios y general mayor de Voluntarios (Ejército de la Unión).
El reporte oficial de Scott fue criticado por algunos de los oficiales dado que les pareció que daba demasiada importancia a los voluntarios de Quitman y Pillow. Aun así el reporte está bien escrito y es un detallado recuento de las complejas operaciones de ataque:
La victoria del día 8 en Molino del Rey fue seguida por peligrosos reconocimientos realizados por parte de nuestros distinguidos ingenieros -capitán Lee, teniente Beauregard Stevens y Tower–, dado que el Mayor Smith (114) se encontraba enfermo y el capitán Mason que era el tercero en rango estaba herido. Sus operaciones estuvieron dirigidas primordialmente al sur, hacia las puertas de la Piedad, San Ángel (Niño Perdido), San Antonio y el paseo de la Viga
114 – Mayor John Lind. Smith.
Esta ciudad se erige en un pedazo de tierra cerca del centro de una base irregular y circundada por una zanja en la mayor parte, un canal navegable de gran extensión y profundidad, muy difícil de cruzar en presencia del enemigo y que sirve a la vez como drenaje, puerta de entrada (como aduana) y defensa militar; contando con ocho entradas o puertas arcadas, cada una de las cuales encontramos que estaban fuertemente defendidas y que aparentemente no necesitaban más que de unos cuantos hombres y armas para ser inexpugnables.
Fuera y sin haber cruzado esas puertas encontramos hacia el sur otros obstáculos aunque menos extraordinarios. Todas las formas de aproximarse a la ciudad están sobre caminos elevados, cortados en muchos lugares (para defenderse de nosotros) y flanqueados a ambos lados con brechas, también de dimensiones inusuales. Los numerosos cruces de caminos están flanqueados en todas las maneras posibles, los puentes que existen en las intersecciones han sido rotos recientemente. Los prados cuadriculados (115) están en muchos lados bajo el agua o llenos de fango, dado que, como se recordará, estamos en medio de la temporada de lluvias, aunque con menos de ellas de lo que es habitual, y no podemos esperar a que llegue el otoño para que los lagos vecinos se sequen con el consecuente drenaje de todo el terreno anegado en los límites de la ciudad, los más bajos del valle.
115 – NdT: Probablemente se refiere a las Chinampas.
Después de una investigación personal de las puertas del sur de la ciudad, apoyado por las divisiones de Pillow y las brigadas de Riley y Twiggs, contando con cuatro veces nuestro número, concentrado en nuestro frente inmediato, determiné el día 11 evitar esa red de obstáculos, y buscar vía un imprevisto cambio caminos menos desfavorables por el suroeste y por el oeste.
Para salvar las vidas de nuestros valientes oficiales y hombres, así como para asegurar el éxito, se hizo indispensable que esta resolución se ocultara lo más posible del enemigo y, de nuevo, que cuando este movimiento fuese descubierto se le considerara una treta y que el antiguo movimiento fuese considerado el verdadero y último punto de ataque.
De acuerdo con todo esto, en el sitio, el día 11, ordené a la división de Quitman desplazarse desde Coyoacán para reunirse con Pillow a luz de día ante la entrada del sur de la ciudad, entonces los dos generales con sus divisiones deberían proceder por la noche (por un trecho de dos millas) para encontrarse conmigo en Tacubaya, donde estaba acuartelado con la división de Worth. Twiggs con la brigada de Riley y el capitán Taylor con las baterías de campo de Steptoe (estas últimas con cañones de 12 lb) permanecieron frente a esa entrada para maniobrar engañando y haciendo ataques en falso para tener ocupado al enemigo. La otra brigada de Twiggs (la de Smith) permaneció a una distancia de apoyo en la retaguardia en San Ángel, hasta la mañana del día 13, también para resguardar nuestra bodega general situada en Mixcoac. La estratagema contra el sur fue llevada a cabo de forma admirable el día 12, al atardecer del día 13 de manera tardía se dio cuenta el enemigo del engaño.
El primer paso en el nuevo movimiento fue conquistar Chapultepec, un monte aislado de gran elevación, fuertemente fortificado en su base en sus laderas y altura. Además de que una fuerte guardia reside aquí dado que era el Colegio Militar de la República, con un gran número de subtenientes y otros estudiantes. Este sitio estaba a tiro limpio de la villa de Tacubaya y hasta que no se hubiera realizado bien el plan no podíamos acercarnos a la ciudad por el oeste sin hacer un rodeo muy largo o peligroso.
En el transcurso de la misma noche (la del día 11) se establecieron baterías con buen ángulo de tiro (…)
Para preparar el asalto se previno que la ejecución de las baterías se realizaría en el segundo día; pero las capturas recién realizadas no solamente triplicaron los números sino también nuestras municiones; y sabíamos que podríamos aumentar grandemente ambas si atacábamos la plaza. Por lo tanto no dudé en ordenar el asalto antes de que se hubiesen establecido por completo las posiciones de nuestros misiles.
El bombardeo y cañoneo bajo la dirección del capitán Huger comenzaron temprano en la mañana del día 12. Antes de que cayera la noche, lo que necesariamente pararía a nuestras baterías, nos dimos cuenta de que habíamos logrado de buena manera nuestro objetivo sobre el castillo y sus defensas, y que un gran cuerpo del ejército enemigo se había quedado afuera, entre nosotros y la ciudad, desde temprano para evitar nuestro fuego y para estar listos para apoyar a las guardias contra el asalto. La misma fuerza de defensa en el exterior fue descubierta la mañana siguiente, después de que nuestras baterías reabrieron el fuego contra el castillo, por el cual una vez más redujimos sus guardias a lo mínimo necesario para poder operar sus armas defensivas.
Pillow y Quitman han estado en sus posiciones desde las primeras horas de la noche del día 11. Al general Mayor Worth se le ordenó mantener sus fuerzas en reserva, cerca de la fundición, para apoyar a Pillow, y el Brigadier general Smith de la división de Twiggs acaba de llegar con su brigada de la Piedad (a dos millas), para apoyar a Quitman. Las armas de Twiggs que estaban posicionadas en la entrada sur de la ciudad, nos recordaron, como lo habían hecho el día anterior, que ellos con la brigada de Riley, y las baterías de Taylor y Steptoe estaban en actividad allá, amenazando la entrada del sur y manteniendo a una buena parte del ejército mexicano ocupado en la defensa.
La división de Worth proveyó el ataque de Pillow con una fuerza de asalto de 250 voluntarios entre oficiales y hombres, bajo las órdenes del capitán Mckenzie (116), del 2º de artillería; y la división de Twiggs proveyó a Quitman con un aporte similar, comandado por el capitán Casey, del 2º de infantería. Cada una de estas pequeñas columnas estaba provista con escaleras.
116 – Capitán Samuel Mackenzie, murió el 19 de octubre de 1847 en la ciudad de México.
La señal que había destinado para el ataque era la del momentáneo cese del fuego de parte de nuestras baterías pesadas. Cerca de las ocho de la mañana del día 13, juzgando que era el momento, considerando los misiles con los que contábamos, mandé un emisario a Pillow y otro a Quitman con la noticia de que la orden acordada estaba a punto de ser dada. Ambas columnas avanzaron con prontitud que dio la certeza de un rápido éxito. Las baterías, aprovechando las oportunidades, hicieron disparos y tiraron bombas sobre el enemigo con buen efecto, particularmente a cada intento de reforzarse por parte del enemigo contra nuestro asalto.
La aproximación del general Mayor Pillow en el lado oeste pasó por una arboleda donde había efectivos tiradores que fueron rápidamente desplazados; estando en el frente de ataque y al momento de salir a un espacio abierto en el pie de una ladera rocosa fue herido de muerte.
El comando inmediato recayó en el general Brigadier Cadwalader en ausencia del Brigadier en Jefe (Pierce) de la misma división -que estaba fuera de servicio desde los eventos del 19 de agosto- (117). En un llamado previo por parte de Pillow, Worth le había mandado a la brigada del coronel Clark como refuerzo (118).
117 – Pierce se había herido en una caída de su caballo el 19 de agosto; intentó montar de nuevo antes de la Batalla de Churubusco pero se desmayó y cayó de su montura.
118 – La brigada del coronel Newman S. Clarke, del 5º, 6º y 8º Regimientos de Infantería.
La ladera de ascenso aún debía ser escalada, y una poderosa fortaleza conquistada de paso, antes de llegar al castillo en las alturas. El avance de nuestros valientes hombres, guiados por bravos oficiales, fue por necesidad lento, pero inquebrantable sobre rocas, abismos y minas, bajo un fuerte fuego de cañones y mosquetería. La fortaleza se rendía sin ceder en su valor y los tiros que siguieron le anunciaron al Castillo la suerte que le esperaba. El enemigo fue firmemente llevado de refugio en refugio. La retirada no permitió darse tiempo de disparar ningún tiro que no se estuviera seguro de que ultimaría a cada hombre visible. Aquellos que desde la distancia pretendían hacer algo fueron liquidados por nuestros hombres. Había muertos arriba y abajo en todo el sitio. Al fin la cuneta y la muralla del edificio principal fueron alcanzadas; las escaleras fueron llevadas al sitio y puestas por las partidas de asalto; algunos de los hombres más aventurados en el asalto fueron derribados, ultimados o heridos; pero una intromisión se realizó de manera rápida; ríos de héroes siguieron a esos primeros; toda oposición fue inútil y muchos de los colores de los regimientos ondearon sobre las alturas, entre continuos gritos y porras que enviaron la consternación a toda la capital.
No hay escena que pudiera ser más reanimante y gloriosa.
El general mayor Quitman, noblemente apoyado por los generales brigadieres Shields y Smith (P.F.), con sus otros oficiales y hombres estaba listo con su grupo. Simultáneamente con el movimiento en el oeste, se aproximó valerosamente por el sureste del castillo por una calzada que estaba destrozada y tenía baterías que la custodiaban fuertemente en el lado este del castillo. Quitman debió enfrentarse con esos formidables obstáculos, con muy poco abrigo para sus tropas y con poco espacio para maniobrar. Flanqueaban zanjas profundas a la calzada que hacían difícil cruzar de cualquier lado a los prados cercanos, los cuales a su vez también estaban interceptados por otras zanjas. Smith y su brigada se habían lanzado desde antes para realizar un barrido hacia la derecha de forma tal de presentar un frente contra la línea exterior del enemigo y para interceptar a dos baterías cerca de las faldas de Chapultepec.
Este movimiento también se realizó con el fin de apoyar a las partidas de asalto de Quitman que estaban ambas en la calzada. La primera de ellas, suplementada por la división de Twiggs, fue comandada en sucesión por los capitanes Casey del 2º de Infantería y por el capitán Paul (119) del 7º de Infantería, después de que Casey fue gravemente herido; y el segundo, que originalmente estaba bajo las fuerzas de Marinos del valiente mayor Twiggs, fuera asesinado, entonces el capitán Miller (120) del 2º de Voluntarios de Pennsylvania tomó el cargo. La partida de asalto comandada por el capitán Paul y secundada por el capitán Roberts (121) de los Fusileros, el teniente Stewart (sic) (122), y otros del mismo Regimiento, de la brigada de Smith, llevaron a las dos baterías al camino, tomaron algunas armas con algunos prisioneros, llevando al enemigo asegurado en custodia. Los Voluntarios de Nueva York y Carolina del Sur (la brigada de Shields) y los Voluntarios del 2º de Pennsylvania, todos situados a la derecha de la línea de Quitman, junto con parte de los grupos de asalto, cruzaron los prados al frente, bajo un fuerte fuego, y entraron al otro recinto de Chapultepec justo a tiempo para unirse al asalto final que venía del oeste. (123)
119 – Capitán Gabriel René Paul fue ascendido a Mayor por Chapultepec. Durante la Guerra Civil fue coronel del 4º Regimiento de Infantería de Nuevo México, y general Brigadier de Voluntarios (Ejército de la Unión). Ascendido a general Brigadier por Gettysburg.
120 – Capitán James Miller.
121 – Capitán Benjamin Stone Roberts.
122 – Teniente James Stuart.
123 – General Mayor Winfield Scott, Cuartel general del Ejército, Palacio Nacional de México, ciudad de México, a William L. Marcy, secretaría de Guerra, septiembre 18, 1847, Documentos Ejecutivos del Senado, No. 1, 30 Congreso, 1er Sesión, pp. 376-379.

Una descripción cercana fue hecha por un miembro de la partida de asalto de Casey en el diario de Daniel Harvey Hill:
Estamos finalmente en la ciudad de México tras de la dura batalla del día de ayer.
En la tarde del día 11 regresamos a la Piedad y tuve una plácida noche de descanso. Nos enteramos esa noche de que Chapultepec sería el verdadero punto de ataque, y que se realizaría un ataque engañoso a la calzada de Niño Perdido. Mucho antes del amanecer del día 12 toda nuestra división estaba lista para las armas (la brigada de Smith había llegado la noche anterior); la batería de Steptoe comenzó a disparar en cuanto amaneció sobre los pertrechos cercanos a Niño Perdido. Se intentaba que esto fuera una treta o entretenimiento mientras que el ataque real se hacía contra la fortaleza de Chapultepec. Resultó ser el entretenimiento más poco divertido al fin de cuentas. Nuestras tropas deberían haberse situado a lo largo de la calzada a toda costa para convencer al enemigo de que pensábamos hacer un ataque sobre la posición de la Candelaria, en lugar de eso se nos mantuvo cuidadosamente escondidos, a decir verdad, por miedo a que pudiéramos ser heridos por la artillería del enemigo. El objetivo principal de la distracción se vio arruinado por la gran precaución del general Twiggs. Perdimos solamente un hombre por los cañonazos, pero supimos que las pérdidas en el lado del enemigo no eran considerables, dado que no había más de tres o cuatro muertos y algunos heridos. Al principio engañamos al enemigo con nuestra treta y grandes cuerpos de infantería y caballería vinieron de otros puntos para fortificar la posición de La Candelaria (124), pero al descubrir que el tamaño de la batería de Steptoe era pequeño, y al ver que no se había desplegado ninguna infantería, comenzaron a sospechar del truco. En el transcurso de media hora, nuestras baterías pesadas abrieron fuego sobre Chapultepec y en ese momento todos los refuerzos del enemigo que estaban en Candelaria se marcharon para allá que era el punto del ataque principal.
124 – Garita de la Candelaria. Estaba como a 4 km al este de Tacubaya y a 1.5 km al sur de la ciudad. Chapultepec está a 3.5 km al sureste de la ciudad de México.
Durante casi todo el día, nuestra división se mantuvo en guardia, deseando tener una mejor ocupación que ver aburridamente el bombardeo sobre el Castillo de Chapultepec. Todos nos sentimos satisfechos de que el sitio se rindiera incapaz de defenderse, pero sabiendo que había suficiente abrigo tras de las murallas que circundaban la colina y dentro de ella para que el enemigo hubiera tenido muchas pérdidas. Todo parecía oscuro y deprimente en extremo. Chapultepec se había considerado que sería inexpugnable, los ingenieros pensaban que era una locura el intento de atacar la Candelaria. También había una fuerte depresión entre nosotros, la victoria inútil del día 8 conllevó la pérdida de muchos de nuestros mejores oficiales y hombres, teniendo una enorme influencia desmotivante sobre nosotros, y en gran medida destruyó nuestra confianza en nuestros comandantes.
Esa tarde se realizó una llamada para hacer una partida de ataque de nuestra división consistente en 13 oficiales y 250 hombres. Este cuerpo cooperaría con una fuerza similar escogida de la división del general Worth. Estas partidas serían ayudadas por varios cuerpos de regimientos de voluntarios y gente de la leva bajo el comando de los generales Pillow, Quitman y Shields. Como la partida guía “la desoladora esperanza” se esperaba que sufriera mucho, se prometieron enormes incentivos para propiciar que nos ofreciéramos como voluntarios. A los oficiales se les prometió aumentarles el rango de interinos a sargentos, comisiones como segundos tenientes, de cabos, promoverlos a sargentos y a los soldados rasos que sus nombres serían recordados en los libros del regimiento por siempre, además recibirían premios extras. Yo me ofrecí como voluntario y fui puesto al mando de los hombres del 4º de Artillería, que eran los treinta espíritus más gallardos con los que jamás haya estado. Dejamos la Piedad como a las cinco de la tarde del día 12. La partida de ataque de nuestra división en su totalidad era comandada por el capitán Casey, del 2º de Infantería. Al alcanzar Tacubaya se nos proveyó de picos y escaleras para escalar, y a esa hora llegamos a los cuarteles sin que el enemigo nos disparara ni una sola vez.
Muy temprano en la mañana del día 13, avanzamos por el camino principal para atacar la fortaleza por el frente, mientras que la partida de ataque de la división del general Worth atacaba por atrás. El edificio de construcción sólida usado como Colegio Militar se erguía sobre una colina rugosa rodeada por dos pesadas murallas de doce pies de alto y defendidas por dos fuertes contingentes al frente, constituían la famosa fortaleza de Chapultepec. Nuestra columna de ataque se había movido a corta distancia por el camino principal donde soportamos un pesado fuego de la artillería y de las escopetas, el cual fuimos incapaces de regresar con buen resultado, debido a su posición y a la corta distancia de nuestras armas. El capitán Casey fue herido apenas comenzamos el ataque y el mando de nuestra partida de ataque fue traspasado al capitán Paul, del 7º de Infantería. Se realizó un intento de hacer que el enemigo cambiara sus baterías hacia la izquierda, pero debido a algún malentendido nosotros que éramos los que guiábamos no fuimos seguidos por un número suficiente de nuestros hombres para llevar el plan a cabo. Entonces nos regresamos, y los oficiales de nuestra partida intentaron en vano conseguir apoyo de una columna de marinos para apoyarnos en la carga de las baterías de avanzada del enemigo. Entonces nosotros corrimos hacia delante por el camino y tuvimos a los mexicanos ante nosotros, ocurriendo una gran masacre. La otra partida de ataque, mientras tanto, había alcanzado la cima del lado opuesto y cuando nos encontramos con los contingentes de avanzada del enemigo, las barras y las estrellas estaban ya ondeando en el punto más alto del castillo.
El caos entre los mexicanos era horrible en grado extremo. Atrapados entre dos fuegos, no les quedaba sino una ruta de escape y todos se arremolinaron hacia ella como un rebaño de ovejas. Vi a docenas de ellos colgando de las paredes, descolgándose por los agujeros hechos para las salidas de agua y en estas posiciones eran acribillados sin oponer la menor resistencia. Nuestros hombres gritaban que no darían cuartel a “los canallas traicioneros” y como pude observar los mexicanos no pidieron clemencia. Reuní a mi pequeño destacamento y avanzamos por más de una milla delante de nuestras tropas en persecución del enemigo. Frecuentemente ellos se apostaban sobre el camino, pero unos cuantos buenos tiros de mi grupo los hacían emprender la carrera de nuevo. Fue un sentimiento sublime el que experimentamos mientras perseguíamos a más o menos quinientos hombres con tan solo una docena de nuestros hombres. La batería del capitán Magrouder finalmente nos alcanzó, fue apoyada por mi partida, por un destacamento del 14º de Infantería a las órdenes del teniente Morgan (125), y por un destacamento de la partida de ataque del teniente Bee (126) del 3º de Infantería. Los lanceros intentaron atacar a la batería pero fueron repelidos en unas cuantas descargas de balas y bombas. Después de que perseguimos al enemigo por milla y media fue cuando la División del general Worth llegó habiendo sabido que el ataque había recomenzado. El teniente Bee y yo retornamos a nuestros respectivos regimientos.
125 – Teniente George W. Morgan.
126 – Teniente Barnard E. Bee era 2º teniente del 3º Infantería. Obtuvo condecoraciones por Cerro Gordo y Chapultepec. En la Guerra Civil fue general brigadier (Ejército Confederado) y fue muerto en la primera batalla de Bull Run.
El ataque a Chapultepec es visto como la operación más brillante de toda la guerra. El enemigo estaba situado en la posición más fuerte que hubiera tenido nunca antes, y tenía una fuerza de ataque de doce mil efectivos con diez cañones, estando toda la fuerza bajo el comando de Santa Anna mismo. Las dos partidas de ataque consistían en 250 hombres cada una, la columna de soporte era casi de dos mil efectivos. Esta columna por lo que vi y he escuchado se debió de comportar muy mal, he sabido que los marinos también lo hicieron (127). Las pérdidas del enemigo ascienden a mil hombres muertos o heridos y 500 prisioneros. Entre ellos están los generales Bravo (128) y (¿Monterde?) (129). El resto de nuestras fuerzas que no participó en el asalto, así como la de los mexicanos que tampoco participaron, observaron la sangrienta batalla, que duró una hora y media, con tensionante emoción. Todo porque del resultado de esta batalla dependía el triunfo o la derrota del Ejército Norteamericano, la suerte de la campaña y la pérdida o victoria de la inmensa ciudad de México. El enemigo peleó con desesperanza causada por una conciencia de culpa del conocimiento de su falta de confianza, y por el recuerdo de tantas derrotas. Por el contrario, nosotros sostenidos por un sentido de rectitud uniforme de nuestra conducta y alentados por el prestigio de tantas victorias. (130)
127 – El papel de los Marinos en Chapultepec se hizo un tema controvertido. En defensa del Cuerpo de Marinos se arguye que el general Quitman ordenó al contingente de marinos que se detuviera antes de que pudiera atacar, que sus municiones fallaron, y que entre treinta y cincuenta de los marinos guiados por el capitán Terret querían lucirse a sí mismos. Para el lado de los Marinos de la controversia, ver Mayor John G. Reynolds, A Conclusive Exculpation of the Marine Corps in Mexico (…), Washington, D.C., Stringer & Townsend, 1853, 124 p.
128 – General Nicolás Bravo. Apartado de cualquier actividad, la invasión norteamericana le obligó a volver al servicio de la patria, y fue nombrado comandante general de Puebla. Tras retirarse a las líneas defensivas del sur de la capital, le correspondió dirigir la defensa de Chapultepec, pronto convertida en aplastante derrota. Fue hecho prisionero por los norteamericanos el 13 de septiembre. Calificado de traidor por el general Santa Anna, se enfrentó con este en amarga y áspera disputa.
129 – General José Mariano Monterde, segundo en el mando (después de Bravo) en Chapultepec. Herido y hecho prisionero. Dirigió la fortificación de Chapultepec y el frente de Tacubaya. Un tercer general fue también hecho prisionero en Chapultepec, llamado general José María Díaz Noriega. El general Juan Nepomuceno Pérez murió ahí.
130 – Diario del teniente Daniel Harvey Hill MS, entrada del 14 de septiembre de 1847, So. Hist. Col., NCa.

ENTRADA A LA CIUDAD DE MÉXICO

New York. N. Currier, 1848. (Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C. 2411) Recuperada de: shorturl.at/himYZ
Desde Chapultepec había dos caminos que conducían a la ciudad de México. El más directo era la calzada de Tacubaya que pasaba por la Garita de Belén, que estaba a casi 3 km. Un acueducto corría al centro de la calzada, con una vía para carruajes a cada lado de él. La calzada era “Una alta y masiva estructura de piedra”. El otro camino, con más vueltas que la calzada de Tacubaya, entraba a la ciudad por un suburbio y la Garita de San Cosme. A lo largo de estos dos caminos el ejército de Scott avanzó inmediatamente después de la captura de Chapultepec. Aún hubo contiendas mientras los invasores intentaban entrar a la ciudad. George W. Kendall en la ciudad de México reportaba esta acción final de la campaña al New Orleans Picayunne:
Otra victoria, de gloriosos resultados, y la cual ha dado brillo adicional a las armas norteamericanas, ha sido alcanzada el día de hoy por el ejército bajo las órdenes del general Scott. La orgullosa capital de México ha caído bajo el poderío de un puñado de hombres que lucharon contra los inmensos obstáculos que se erigieron contra ellos, y Santa Anna en lugar de derramar su sangre como había prometido, está vagando, con lo que queda de su ejército, con rumbo desconocido (…)
El general Quitman, apoyado por la brigada del general Smith, tomó el camino por el acueducto de Chapultepec a través de la Garita de Belén y la Ciudadela; El general Worth, apoyado por la brigada del general Cadwalader avanzó por el acueducto de San Cosme hacia la garita del mismo nombre. Ambas rutas estaban cortadas por fosos y defendidas por grupos, barricadas, y fuertes combatientes compuestos por cada rango que se conozca en la ciencia militar, aun así la valentía e impetuosidad de nuestros hombres venció una defensa tras otra, y para la caída de la noche cada trinchera que estaba cercando a la ciudad había sido conquistada. El comando bajo el mandato del general Quitman que seguía el camino de Chapultepec fue el primero que se enfrentó con el enemigo. Sucedió a medio camino antes de llegar a la Garita de Belén. Santa Anna había construido una defensa muy fuerte ahí, pero fue asaltada por una sola vez con vigor por el general Quitman apoyado por fuego en el flanco por dos de las armas de Duncan al cual el general Worth le había ordenado acercarse lo más posible desde el camino de San Cosme. El enemigo fue de nuevo obligado a retirarse en plena carrera. De nuevo se fortificaron fuertemente cerca de la Garita de Belén, abriendo un tremendo fuego de balas, granadas, bombas y mosquetería; aun así el valiente general Quitman avanzó, atacando y conquistando las posiciones, aunque con severas pérdidas, y, de nuevo, cada punto en este lado de la ciudad era nuestro. En esta carnicería dos de nuestros más bravos oficiales fueron ultimados: el capitán Drum y el teniente Benjamin. (131)
131 – Teniente Calvin Benjamin, 1er teniente, 4º Artillería.
Mientras tanto, el general Worth estaba avanzando con rapidez sobre San Cosme. En el panteón inglés el enemigo construyó un parapeto muy fuerte, defendido por la infantería por un breve momento, pues no pudo resistir el asalto de nuestros hombres. Los espantados mexicanos rápidamente corrieron hacia otra línea de defensa cercana a la ciudad, y entonces el general Worth se apoderó de la Garita de San Cosme. Mientras sus hombres avanzaban por la garita, el enemigo abrió un pesado fuego de mosquetería, así como también de granadas, bombas y demás, por parte de las tropas que estaban ahí apostadas, barriendo la calle completamente. En esta situación, se adoptó el viejo juego de Monterrey, de cavar y hacer túneles a través de las casas. A la derecha, al momento de que nuestros hombres se enfrentaban con el enemigo, el acueducto daba un refugio parcial; en la izquierda, las casas daban alguna protección; pero muchos aun eran muertos o heridos por el fuego que barría por todos lados, así como por las balas que continuamente cruzaban en todas direcciones. Cerca de las tres de la tarde el trabajo de los picos y barras, bajo la dirección del teniente G.W. Smith, de los mineros apenas había comenzado, y a cada minuto llevaba a nuestros hombres más cerca del último reducto del enemigo.
Mientras tanto dos obuses se levantaron en la parte alta de una de las casas y en la cúpula de una iglesia, desde las cuales pudieron hacerse disparos efectivos, mientras que uno de los cañones de Duncan, al cargo del teniente Hunt (132), se desplazaba bajo un fuego feroz hacia una trinchera desocupada y una vez ahí abrió fuego hacia la garita. En este último acto de desafío, cuatro hombres de ocho fueron ultimados o heridos, pero aún así se logró un buen trabajo. La labor de los zapadores aún estaba en proceso. En una casa a la que habían entrado por obra del pico, se encontró a uno de los ayudantes de Santa Ana, el gran hombre había huido dejando a su amigo y a su cena servida. Se tomó prisioneros a ambos, la cena fue devorada por nuestros hambrientos oficiales, y el ayudante después de haber hecho los honores a su mesa fue hecho prisionero. Justo cuando anochecía, nuestros hombres casi habían excavado para llegar a donde estaban las armas del enemigo, tras de una breve lucha fueron expulsados con la pérdida de todas sus posesiones. El control de la ciudad por la ruta de San Cosme estaba asegurado.
132 – Teniente Henry Jackson Hunt, 1er teniente, 2º Artillería, condecorado por Contreras y Churubusco y por Chapultepec. Fue general brigadier general de Voluntarios y general mayor de Voluntarios (Ejército de la Unión) durante la Guerra Civil.
Durante la noche el general Quitman comenzó el trabajo de derribar las trincheras y apostar baterías, con la intención de abrir un intenso ataque contra la ciudadela apenas se vieran los primeros rayos del alba. A las 10 de la noche el general Worth ordenó al capitán Huger traer un cañón de 24 lb y un mortero de 10 pulgadas a la Garita o Puerta de San Cosme, y habiendo calculado la distancia de la gran plaza y palacio de una vez abriera fuego sobre esos puntos. Los fuertes cañonazos se oían explotar en el mismo corazón de la ciudad. Y un poco después de la medianoche el Mayor Palacios acompañado de dos o tres miembros del Consejo Municipal de la ciudad llegaron a los cuarteles del general Worth y con gran temor informaron que ¡Santa Anna y su gran ejército habían huido, y que ellos querían de una vez rendir la capital! Fueron referidos al Comandante en Jefe e inmediatamente se marcharon para Tacubaya. Al mismo tiempo el fuego sobre la ciudad cesó.
A las siete de la mañana el general Scott con su equipo fue y tomó cuartel en el Palacio Nacional en la cima del cual la bandera del regimiento de los valientes Fusileros y la de las barras y las estrellas estaban ya ondeando, mientras una inmensa multitud de léperos en cobijas, la basura de la capital, se congregaba en la plaza mientras el Comandante en Jefe entraba en ella. Presionaron a nuestros soldados y los miraban como si fueran seres del otro mundo. Había tantos en el camino y con tanto ahínco presionaron a nuestros soldados, que el general Scott llamó a los Dragones para desalojar la plaza. Se les dijo que no hirieran o dañaran a nadie en la multitud, ya que ellos eran amigos.
Cerca de cinco minutos después y mientras el general Worth regresaba a su división cerca de la Alameda, le dispararon desde una casa cercana al convento de San Francisco. Algunos de los cobardes Polkas (sic) (133), que habían huido el día anterior sin haber entregado sus armas, comenzaron el juego de asesinar a cada uno de nuestros hombres que vieran, desde ventanas, así como de detrás de los parapetos de las azoteas o partes superiores de las casas. En media hora nuestros “buenos amigos” los léperos, en la vecindad del hospital de San Andrés y la Iglesia de Santa clara, también comenzaron a descargar sus mosquetes y a tirar botellas y piedras desde las azoteas. Había olvidado mencionar que justo antes de esto, el coronel Garland había sido severamente herido por un mosquete, disparado por algún individuo sin escrúpulos morales, desde una ventana.
133 – NdT: Los Polkos eran cuatro milicias de la Guardia Nacional formadas en la ciudad de México en 1846. Habían ido a Veracruz comandados por Salas y Matías de la Peña Barragán a detener el desembarco inminente de los invasores norteamericanos. La gente llamaba «polkos” a los cuerpos de la Guardia Nacional, por ser la polka el baile de moda entre la aristocracia de la capital y varios de estos cuerpos estaban formados por gente de la clase acomodada. Cuando Gómez Farías asumió interinamente la presidencia (dic. 1846) aplicó medidas reformistas, entre ellas la de restablecer la Constitución de 1824; la ocupación de los bienes del clero; la clausura de los noviciados, la supresión de la confesión, la libertad de cultos y el matrimonio civil; y la confiscación de los bienes del clero para allegarse de fondos para hacer la guerra contra Estados Unidos. Los liberales moderados tenían influencia sobre los “polkos” y los mayordomos de los conventos eran parte de ellos. Así, los primeros dieron la dirección política y los segundos los recursos económicos para la rebelión. Dado que esta revuelta debilitaba al ejército mexicano, a partir de entonces también se les llamó “polkos” en referencia al presidente norteamericano James Knox Polk, que despojaría a México de más de la mitad de su territorio.
Esta cobarde guerra sobre nuestros hombres prosiguió por algunas horas, y durante este período muchos fueron muertos o heridos. Fue en una pelea de estas que el teniente Sydney Smith (134) recibió una herida mortal. La división del general Twiggs en una parte de la ciudad y la del general Worth en otra se movilizaron rápidamente para poner fin a la insurrección. Se giraron órdenes de disparar a matar a todo hombre que estuviera en las casas desde las cuales provenía el fuego, mientras que las armas de cada batería ligera barrían las calles en todas direcciones. Cuando los asesinos eran repelidos de una casa, se refugiaban en otra; pero para mediados de la tarde se forzó a todos a regresar a las barricadas y suburbios. Sin duda alguna se asesinó a muchos inocentes durante el día, pero esto no podía evitarse. Se habían dado órdenes de derribar toda casa o iglesia desde la cual hubiera un francotirador hasta que se controlaran los disturbios. (135)
134 – Teniente Sindey Smith, 1er teniente, 4º Infantería, murió el 16 de septiembre de las heridas recibidas el 14.
135 – George W. Kendall, correspondencia del New Orleans Picayune, ciudad de México, septiembre 14, 1847, publicado en la edición del 14 de octubre de 1847.
VERSIÓN MEXICANA DE LA ENTRADA DE SCOTT

La versión mexicana de los acontecimientos, desde Molino del Rey hasta la ocupación americana de la capital, se da en una carta de un comerciante que vivía en la ciudad de México, escrita para una casa comercial en la ciudad de Nueva York. Fue llevada a Orizaba y después a Veracruz donde F.M. Diamond, el receptor del puerto, la recibió y la mandó a los Estados Unidos:
En la mañana del día 14, antes de que amaneciera, el enemigo, con una parte de su fuerza, comenzó su marcha hacia la ciudad.
Nuestros soldados apostados detrás de los arcos del acueducto y en varias trincheras que habían sido construidas apresuradamente, incomodaron al enemigo de manera severa, junto con las trincheras sobre las cuales debía de poner algunos puentes, de manera tal que no pudo acercarse a las puertas hasta muy avanzada la tarde. Aquí se detuvieron e intentaron bombardear la ciudad, lo cual hicieron a lo largo del día y al día siguiente causando inmensos daños. En algunos casos cuadras enteras fueron destruidas, un inmenso número de hombres mujeres y niños asesinados o heridos. La imagen era espantosa. Un rugido ensordecedor llenaba nuestros oídos, mientras que una nube de humo cegaba nuestros ojos; aquí y allá mezclados con llamas, se podían escuchar los muchos gritos de los heridos y moribundos. Pero la ciudad resistió con valentía los miles de disparos. Fue lanzar un desafío sobre los yankees sedientos de sangre, y convencerlos de que sus bombas no iban a reducir a la capital mexicana.
El enemigo entonces cambio su plan, se determinó a entrar a la ciudad donde nos preparábamos a recibirlo, habiendo construido barricadas en las calles con costales de arena, colocando en las partes superiores de las casas y en las ventanas a todos aquellos que pudieran manejar un arma o lanzar un misil, piedras, ladrillos etc. contra las cabezas del enemigo.
Antes de que el general Scott hubiera apenas pasado las puertas comprendió lo difícil de su posición. Un perfecto torrente de balas y piedras llovió sobre sus tropas. Muchos fueron muertos y más heridos. Aun así continuó avanzando hasta que se hizo de la entrada de dos calles que conducían directamente hacia la plaza. Viendo que no podría oponerse a nuestros soldados, que estaban situados escondidos, y que estaba perdiendo a sus hombres rápidamente, el general Scott tomó posesión del convento de San Isidor (sic) (136), que se extiende atrás del centro a una cuadra, de inmediato puso a sus excavadores a abrir un camino a través de los edificios. En algunos casos residencias enteras fueron derruidas para facilitarle el avance; pero tras unas horas salió de nuevo a la calle, y finalmente recuperó la plaza con grandes bajas. Al entrar a la plaza un pesado fuego se abrió sobre él proveniente de palacio y catedral que estaban repletos y protegidos por nuestras patrióticas tropas. Encontrándose asaltado, el enemigo desplegó su fuerza en la plaza y abrió fuego de metralla sobre el palacio y la catedral, disparando más de cien disparos, que hicieron inmenso daño a los edificios y causaron severas pérdidas entre muertos y heridos.
136 – Se refiere al Colegio Real San Ildefonso de la Compañía de Jesús.
Viendo que una futura resistencia era inútil, nuestros soldados cesaron el fuego, y el 16 de septiembre (¡Que triste día!) el enemigo estuvo en posesión de la capital mexicana. Aunque infringimos pérdidas y muerte entre los yankees, nosotros también sufrimos de grandes pérdidas. Muchos fueron asesinados por los estallidos en las casas, muchos por los bombardeos, pero muchos otros por la confusión que prevalecía en la ciudad, además, aún no podemos contar a nuestros muertos, heridos y desaparecidos. Desde que comenzó la acción ayer suponemos al menos cuatro mil, entre los que se encuentran mujeres y niños. El enemigo confirma una pérdida de al menos mil, aunque sin duda es mucho mayor ¡Qué calamidad! Pero México tendrá su revancha, Dios nos vengará de nuestros sufrimientos. (137)
137 – “Chapultepec tomado…”, New York Sun, oct. 5, 1847, citado en Nile´s National Register, Vol. 73, oct. 9, 1847, pp. 89-90.

EL SAQUEO DE HUAMANTLA
La captura de la ciudad de México aseguró la victoria de los Estados Unidos e hizo posible el tratado de Guadalupe Hidalgo por el cual México cedía el cincuenta y uno por ciento de su territorio. Pero el conflicto no había terminado con la ocupación de la capital mexicana. Santa Anna huyó de la ciudad de México con un remanente de su ejército e intentó cortar la línea de aprovisionamiento del ejército de Scott hacia Veracruz. Su primer movimiento fue atacar al destacamento norteamericano que se había quedado en Puebla, su fútil ataque iba a ser conocido como “el sitio de Puebla”. Después se movió a Perote desde Puebla donde encontró una fuerza comandada por el general Joseph Laney. Peleó la batalla de Huamantla el 9 de octubre de 1847, en la cual fue de nuevo derrotado. El teniente William D. Walkins (138), del 15º de Infantería, escribió un perceptivo recuento a sus padres:
138 – Teniente William D. Wilkins era 2º teniente, 15º Infantería, en abril 9, 1847 y 1er teniente en agosto 20, 1847. Fue maestro de Cuartel de Regimiento de enero 12 a agosto 7, 1848. Su condecoración en la guerra contra México fue por “valentía y conducta meritoria en algunos asuntos con guerrillas en el Puente Nacional de Paso de Ovejas y Cerro Gordo, México, el 10, 12 y 15 de agosto de 1847”.
Salimos de Jalapa en la mañana del 2 de octubre. Nuestra caravana era la más larga que jamás hubiera ido tierras arriba desde que el general Scott se fue de Veracruz. Consistía en un regimiento de voluntarios de Ohio, y otro de Indiana, ochocientos reclutas, comandados por el capitán Heintzleman (sic) (139), ocho piezas de artillería, comandadas por el teniente Pratt, tres compañías de caballería, y nuestra vieja caravana comandada por el Mayor Rally. Todos sumábamos cerca de 4,000 efectivos, con una caravana de 200 carros. La totalidad de la fuerza estaba bajo el comando del general de brigada (Joseph) Lane de Indiana (…) En la dudosa fortaleza, medio arruinado, miserable y sombrío pueblo de Perote (…) paramos por un par de días, porque tuvimos noticias de que Santa Anna había dejado Puebla, donde por 28 días había sitiado al coronel Childs, y lo había llevado a tomar medidas extremas, y ahora estaba esperándonos, con ocho mil hombres en el paso de El Peñal a 27 millas de Puebla (…)
139 – Capitán Samuel P. Heintzelman, en 1846, transferido del Cuartel de Departamento del Cuartel de Mando a trabajos en el frente. Estaba en el 4º de infantería, y obtuvo una condecoración por Huamantla.
En Perote recibimos refuerzos del batallón del coronel Wynkoop de la célebre compañía del capitán Samuel H. Walkers de los Rangers, y tres piezas de artillería. Dos días de marcha nos llevaron a la Hacienda de Veragua a 12 millas de El Peñal. Aquí recibimos noticias de que Santa Anna había ido del paso a Huamantla, a seis millas del camino, con la intención de atacarnos por la retaguardia cuando el convoy pasara a través del paso. El general Lane de inmediato decidió dejar el convoy donde estaba bajo la custodia del Regimiento de Ohio, y el mando del capitán Heintzleman marchó con el resto de sus hombres, cerca de tres mil efectivos, para encontrarse con Santa Anna.
Comenzamos la mañana del día 9 y era muy bonito ver cómo nuestra larga línea se disponía para la batalla, en la planicie frente a la hacienda. Los estandartes de los diferentes regimientos habían sido sacados de sus forros y ondeaban en la brisa, había hurras resonando mientras nos movíamos por pelotones y compañías; las diversas bandas de metales sonaban las melodías más marciales. Debo confesar que estuve influenciado por esta visión y todo lo que significaba, me hizo sentir lo suficientemente salvaje para poder pelear con una legión de mexicanos con una sola mano. Cerca del mediodía teníamos a la vista Huamantla, un hermoso pueblo, muy bien situado, con una población de cerca de 8,000 personas. Al irnos acercando, tuvimos una bonita vista de la población. Habíamos tomado a Santa Anna por sorpresa y mandó a 2,000 lanceros a atacarnos mientras el sacaba su artillería. Ellos estaban gallardamente uniformados, tenían buenas monturas, y mientras su larga línea galopaba hacia las afueras de la población, con sus largos pendones y brillantes lanzas reluciendo bajo el sol, se pusieron en línea e iniciaron la carga sobre nosotros, entretanto nosotros conteníamos la respiración con ansiedad.
Repentinamente un pequeño cuerpo de caballo salió de nuestras filas, conducido por un caballero alto, y destelló como un meteoro en medio de los brillantes mexicanos. Ellos ondularon por un momento, entonces se deshicieron y corrieron en confusión hacia la población, seguidos de nuestra caballería. Había sido Walter con sus hombres a caballo quien realizó este valiente lance, y con 80 hombres había dispersado a dos mil lanceros. Nuestra caballería los siguió en desorden hasta la población, recibiendo fuego de seis piezas de artillería, las atacaron y capturaron tres de ellas (Walter cortó la cabeza a un oficial mexicano que estaba a punto de dispararles). Tomando prisioneros al coronel de la Vega (hermano del general), al Mayor Iturbide, un asistente de Santa Anna y otros dos oficiales, sacando al enemigo de la plaza. Pero este evento se vio hondamente opacado por la muerte del valiente Walker, quien cayó atravesado por dos tiros de escopeta mientras reagrupaba a su compañía en la plaza. Él fue, en opinión de quienes lo conocieron, el más valiente y más brillante oficial de nuestro ejército un perfecto (MS falta una palabra) un hombre que pareciera no tener miedo, y que pudo y guio a su compañía contra cualquier fuerza opositora.
Mientras tanto nuestra infantería prosiguió en una carrera cruzando los campos enfrente de la ciudad, esperando interceptar la retirada de los mexicanos, cortar y capturar el resto de su artillería. Pero habían huido a toda prisa, abandonado la población solo unos minutos antes de que entráramos. Recorrimos las calles velozmente hacia el Palacio Municipal, donde nos encontramos con el general Lane quien nos dijo que “vengáramos la muerte del valiente Walker y que saqueáramos cada casa y nos lleváramos todo en lo que cupiera en nuestras manos”. De buena y obediente forma seguimos su mandato. Lo primero que se abrió fueron las tiendas de licores, y entonces enloquecidos con el licor, toda clase de ultrajes fueron realizados. Las mujeres viejas y jóvenes fueron desnudadas y muchas sufrieron aún mayores ultrajes. Los hombres fueron asesinados por docenas, mientras trataban de defender sus propiedades, iglesias, tiendas y casas saqueadas. El (palabra ilegible) corrió con disparos, gritos, reportes de armas de fuego y el choque de maderas y vidrios mientras las tropas derribaban las puertas y las ventanas. Las calles mismas estaban llenas de diversos artículos que debieron ser aventados por los saqueadores para dar cabida a otros más valiosos. La plaza presentaba una escena singular. Había sido muy hermosa rodeada por bellos edificios y bordeada por álamos y una soberbia fuente en el centro, pero ahora la lúgubre mirada de la guerra había tomado posesión de ella. Tres de cuatro grandes carros llenos del botín capturado estaban al centro; nuestras tropas estaban destruyendo los fragmentos y desparramándolos alrededor de la plaza. Caballos muertos y hombres yacían amontonados, mientras que los soldados, borrachos, gritaban dando alaridos, entraban a las casas o perseguían a algunos pobres mexicanos que habían abandonado sus casas y habían huido para salvar sus vidas. Espero nunca contemplar semejante escena de nuevo. Me dio una lamentable visión de la naturaleza humana, despojada de todo disfraz y libre de toda restricción, y me hizo por vez primera avergonzarme de mi país.
Dejamos Huamantla entrada la tarde, caminamos toda la noche hacia nuestro antiguo campamento. Y qué jornada fue aquella. La mitad de nuestros soldados estaban borrachos (…) Cuando llegamos al campamento cerca de 200 hombres estaban desaparecidos, yaciendo a lo largo del camino, incapaces debido a la intoxicación de poder siquiera moverse. Sin embargo casi todos fueron traídos al día siguiente. La cantidad de botín tomada por nuestros hombres fue muy grande. Un solo hombre tomó $1,500 en oro, muchos hombres de mi compañía tuvieron de 40 a 60 dólares de ganancia cada uno además de sedas, chales, joyería etc. Durante la crispación capturé un hermoso caballo del cual apenas acababa de ser desmontado un lancero, y encontré un hermoso manto atado a la montura. Esto constituyó todo mi botín, pero uno de mis oficiales hermanos tiene cerca de $500 en oro. Dejamos nuestro campamento el día 10, y pasando a través de El Peñal (140) (lo cual no es tan difícil) llegamos a Puebla el día 12. (141)
140 – El Peñal está a 60 kilómetros de Perote.
141 – Teniente William D. Wilkins, Puebla, a Ross Wilkins, Detroit, oct. 22, 1847, Fondo Ross Wilkins, Burton.

Seis días después del incidente en Huamantla, Santa Anna renunció al mando del ejército mexicano. A excepción de actos menores, acciones de resistencia civil y a guerrilla, las grandes acciones de la guerra habían terminado. Comenzó un impasse que duró hasta mediados de 1848 lleno de disputas políticas entre los norteamericanos que querían seguir la guerra y ocupar todo el territorio, otros que querían parar y terminar, mientras los negociadores de ambas naciones trataban de llegar a un acuerdo, donde la parte mexicana buscaba rescatar en lo posible a la nación mexicana y lograr un acuerdo lo menos oneroso para el país.


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